Hemeroteca :: 01/03/2010
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Perros de caza
Por Redacción
Última actualización 25/02/2010@09:05:25 GMT+1
Mediante una experiencia real vivida con sus perros, el autor explica los factores climáticos que influyen en la capacidad olfativa de los perros, imprescindibles para poder analizar los resultados y obtener conclusiones fiables sobre su capacidad de rastreo.

Texto y fotos: Juan José
García Estévez

El día de año nuevo, bastante avanzada la tarde, salí a dar una vuelta con mis perras. Totalmente nublado, como muchos días de invierno en el norte de España, con una humedad muy elevada por las frecuentes lluvias de las últimas semanas y una temperatura de 8 ºC, coincidían las condiciones idóneas para el rastreo de mis dos perritas teckel –Pizca y Pese– que, junto a mis pachonas –Boga y Pocha–, se disponían a acompañarme a pasar un rato en el campo.

Los libros más antiguos de caza ya hablan de las situaciones climáticas favorables para que el olfato del perro funcione lo mejor posible, especialmente cuando se trataba de perros de rastreo. Los griegos ya sabían que la humedad elevada y las temperaturas frescas eran mejores para el rastreo y admiraban –tanto como lo hacemos ahora– la capacidad olfativa de un buen sabueso.

Las Condiciones eran idóneas. El olfato en el perro se resume en una reacción química. De una manera muy esquemática podemos decir que los animales de caza dejan pequeñas partículas que provienen de la piel, el pelo o las plumas, que el perro recoge al inspirar y que llegan a la pituitaria. En esta zona, en la mucosa olfativa o pituitaria, están las terminaciones nerviosas de las células olfativas que reaccionan con estas partículas provocando un estímulo a nivel cerebral. Esta reacción química se produce mucho mejor en presencia del líquido base, el agua. Por ello los perros siempre tienen la nariz húmeda, para olfatear mejor, y los días de humedad alta cumplen mejor con esta función.

También por eso, cualquier sabuesero sabe que después de llover, cuando el campo está húmedo y fresco, hay buenas condiciones de rastreo. Si el día está nublado, mucho mejor, porque la humedad persiste más que en los días despejados. También la temperatura baja ayuda a mantener mejor los rastros. Y si además hay un viento suave, preferentemente del norte, las condiciones son ideales. Por lo tanto, hacía una tarde perfecta para el trabajo de los teckel.

Pero no fue así. Poco después de salir y al entrar por la umbría de una pronunciada y pequeña vaguada, me pareció ver la figura grisácea de un corzo metida en el fondo del valle, entre un pequeño grupo de pinos dispersos. La mancha blanca de las nalgas atrajo mi vista hacia el lugar, a unos ochenta metros de distancia. Pero no podía ser, los perros no paraban de correr a mí alrededor –las pachonas de un llamativo color blanco y los teckel con cascabeles–, y en ocasiones se aproximaban mucho al lugar donde yo percibía la mancha blanca. “Debe ser un nido de procesionaria, no es posible que un corzo esté parado tan cerca con los perros sin parar de corretear alrededor”, me dije a mí mismo.

Dudando de la situación, me quité la mochila, busqué los prismáticos y pude observar una preciosa corza que miraba atenta, pero sin mucha preocupación, en mi dirección. Estuve un buen rato observándola, hasta que decidí acercarme un poco más para ver si había algún otro ejemplar, ya que parecía un individuo joven. Recorrí unos veinte metros y, efectivamente, localicé una segunda corza, mucho más corpulenta, con la misma actitud. Sin duda era la madre. De nuevo paré durante un buen rato para observarlas con detenimiento, mientras que mis perras –que son bastante activas– no paraban de corretear en busca de rastros a mí alrededor. No me lo podía creer, ni las corzas huían, ni las perras las detectaban.

Decidí forzar un poco más la situación y acercarme todavía más, y recorrí otros veinte metros, aproximadamente, hasta situarme a menos de cuarenta de ellas. Inexplicablemente seguían mirándome sin demasiada alarma, mientras que mis perras continuaban correteando, llegando a aproximarse a apenas diez metros de las corzas. Era una situación sumamente extraña, ninguna de mis cuatro perras las localizaba, ni ellas se asustaban.

¿Que había ocurrido? Después de un rato, las corzas decidieron marcharse sin mucha prisa, faldeando a media ladera por la solana para coronar el monte y desaparecer de mi vista. Casi al llegar a arriba, pasando por unos pinos, levantaron un zorro que corrió en sentido contrario a nuestra marcha, también con la intención de coronar y desaparecer de la zona. Las perras tampoco se enteraron de esta acción.

Presumo de tener buenos perros de caza, pero si alguien me hubiese acompañado en esta ocasión, hubiese deducido que mis perros son unos inútiles. Estuvieron a diez metros de las corzas y ni se dieron cuenta. Pero para mí, que conozco la zona y los hábitos de los animales, ocurrió exactamente lo que tenía que pasar. Las corzas entraron por la solana, precisamente por el mismo lugar que huyeron. He visto más de una tarde a los corzos hacer este recorrido. Mis perros en ningún momento pasaron por la zona que ellas habían transitado hasta llegar al punto donde se encontraban, por lo tanto nunca se cruzaron con su rastro y no tuvieron la oportunidad de darse cuenta de que habían pasado por allí. Además, el viento nos venía de detrás, por lo para el olfato de los perros era imposible localizar a las corzas, por muy cerca que estuviesen de ellas. Aunque muy fáciles de ver, y ante los ojos de una persona poco experimentada parecería imposible que no diesen con las piezas, dada la situación y por el olfato, eran imposibles de ubicar aunque resulte paradójico.

Di un pequeño rodeo para que las perras no llegasen donde habían estado las corzas, ya que no quería molestarlas pues prefiero que frecuenten la zona y así poderlas ver más veces. Me pasé a la solana, y comencé a ascender por un camino hasta llegar al viso, justo por donde había pasado el zorro. Mis perras teckel buscaban muy cerca de mí, por lo que pude ver perfectamente la acción: Pizca husmeaba a unos metros delante cuando de repente cambió de actitud, sus músculos se tensaron, la expresión de la cara le cambió y rastreaba intensamente moviendo la cola con alegría. Había tocado el rastro del zorro, justo por donde había pasado. Cogió el rastro a la contra, y tras recorrer unos cinco metros corrigió, cambió de dirección y lo empezó a seguir correctamente. Llegó la segunda perra, Pese, e hizo lo mismo. Coronaron por el viso, por el mismo lugar que el zorro, y se metieron a la siguiente umbría.

Tras unos minutos durante los que escuché los cascabeles trabajar intensamente comencé a oír latir el rastro con fuerza, seguridad y rapidez: lo habían vuelto a levantar, y si hacían bien su trabajo, el zorro pasaría por el collado que separan los dos valles. Y así fue, por allí pasó seguido de mis perritas, aunque llegué tarde para verlo. Volvieron a casa pasadas las diez de la noche. ¡Buen trabajo!

Conclusiones. A la hora de evaluar un perro, sus dotes olfativas y su capacidad en el campo, todas estas situaciones hay que tenerlas muy en cuenta. Condiciones ambientales para la olfacción, rastros, humedad, viento, que esté a favor y en contra, etc., es imprescindibles ponerlas juntas, analizar la globalidad y sacar conclusiones correctas.

Para una persona poco experimentada y que no conozca todas estas variables, al ver la primera actuación de las perras con las corzas delante, hubiese pensado que no eran unas buenas perras. Pero la verdad es que, aunque las condiciones ambientales eran las idóneas, todas las circunstancias del lance estaban en contra de mis canes. En la segunda acción, con el zorro, en las que las condiciones eran normales, las perras cumplieron con creces su papel.
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