Entrevistas
Tras los esquivos carneros de Isfahán y Armenia
Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
En desolados hábitats de montañas desnudas de vegetación y parajes desérticos sobrecogedores, en los que no parece posible que pueda existir vida, transcurre esta aventura cinegética tras las huellas de dos de los carneros más emblemáticos de Irán.
Días 27 y 28 de diciembre. Después de una primera expedición con éxito desigual, trofeo en el bote del carnero rojo y engaño asiático con el urial del trascaspio, repito viaje con mi inseparable Pepé Ampuero para intentar la caza de otros dos carneros.
Buen viaje aéreo, con la alegría de que el despacho de aduanas de los rifles se realiza a ritmo europeo. En el aeropuerto nos está esperando el coronel Azadi, organizador del evento, para impartirnos sus últimas bendiciones y cobrar el saldo de sus haberes.
Ya en ruta cruzamos ante el panteón de Jomeini y de su hijo. A juzgar por lo que vemos el mandatario religioso no se distinguía ni por su buen gusto ni por su sentido de la medida; está iluminado con luces multicolores y recuerda más un puticlub que un camposanto.
El viaje largo, monótono y encerrados en la oscuridad de la noche, aunque por una buena autopista; como no hay mucho tráfico el ánimo no se intranquiliza con la conducción iraní. Al amanecer sobrecoge el paisaje, desnudo, un horizonte plano cerrado por montañas minerales, sin vegetación, sin cultivos y sin ganados. Kilómetros de desolación y espartales.
Llegamos a la reserva de Mouteh, doscientas mil hectáreas de terreno que encierran dos mil carneros de Isfahán, mil bezoares, treinta lobos, tres leopardos y diez jabalíes; los guardas deben ser parientes de Rey Pastor para afinar tanto con las matemáticas. El edificio que señorea tanta vida es un disparate de tres pisos, con tranquilizadoras estufas de petróleo, sin sillas, mesas ni muebles excepto dos severas camas en nuestro dormitorio de la tercera planta. Extraño alojamiento.
Sin dejarnos descansar, salimos a tomar contacto con la naturaleza y a que Pepé receche una buena cabra bezoar que tienen localizada. Vemos muchas gacelas, tres carneros de Isfahán, y dos cabros antes de desembocar a un alto collado donde se explota una mina de oro. Ahí aguardan unos guías que vigilan desde esta mañana temprano a la bezoar en cuestión; Pepé se lanza al ataque y yo me quedo en el coche para no aumentar el ya numeroso grupo. Me despabila de mi siesta un disparo y al poco comunican por radio que mi amigo ha salido victorioso de su empeño. Nos reunimos todos junto a su presa que tiene un trofeo fenomenal y capa muy contrastada de color.
Los guías, con los nervios, le dieron un susto a Pepé al decirle que había disparado a un animal pequeño, pero la realidad devolvió la alegría a todos.
Toca ahora hacer las presentaciones de nuestros acompañantes: con Pepé, Mashoud al volante y Yusuf Suleimán en la caza; conmigo el cazador Akbar y el chófer Siamak, que me acompañó hace dos años; como intérprete Hussain, terrateniente con 460 Has. de regadío que parece un actor de carácter, regordete, andando a pasitos cortos y con pelo cano rodeando la calva; resulta un tanto grotesco y si cantara compondría un Don Hilarión perfecto.
El carnero de Isfahán
29 de diciembre. La primera actividad mañanera consiste en arrancar uno de los todoterrenos a la rastra del otro, se trata de un viejo Nissan que se queja cada vez que se acciona la caja de cambios y al parecer el motor de puesta en marcha también sufre algún achaque. Posteriormente a mí me tocará este inválido.
Salgo en compañía del director de la reserva, Jamshidi de nombre, quien, prudentemente, se mueve en su propio vehículo y que me informa cómo ha dispuesto la cacería: sus comentarios me hacen comprender la explicación que el príncipe Abdoreza me ofreció en su día del sistema de caza que practicaba.
Los once guardas de la reserva se distribuyen por puntos neurálgicos, cada cual con su correspondiente radio, y gracias a la habilidad del señor Marconi van dando noticias al responsable, quien encauza la cacería de acuerdo con la información recibida.
Abdoreza era un ferviente partidario de estos modos que, según confesión propia, son los mejores para conseguir un gran trofeo. Bien, veremos el resultado que dan en un currito que no ocupa lugar ninguno en la sucesión al trono persa; en cualquier caso como la información es la base de la vida moderna, ahora voy a cazar a lo “modelno”.
Dada la extensión de este coto, no me asombra recorrer bastantes kilómetros por la carretera general y entrar al terreno de caza a respetable distancia de nuestro alojamiento.
Una hora después de la salida estamos en zona prometedora. Abandonamos los vehículos y nos encaramos con un repecho que nos lleva a un collado donde nos detenemos para otear; vemos un gran cabro pero ningún carnero.
La montaña es terriza, fácil de andar y con pendientes para octogenarios. Igual de desnuda que las tierras ya vistas y sin otra muestra de vegetación que unos matojos secos de una yerba parecida a nuestro cervunal.
Más tarde y siguiendo las indicaciones de uno de los oteadores trepamos un cerro y veo los primeros especímenes de carnero de Isfahán; son hembras del mismo color desvaído que la tierra y me parecen muy pequeñas de tamaño. Se nos reúne el vigía que había localizado el rebaño, pero como mi farsi es muy limitado no puedo averiguar si estaba al corriente de que no había machos en el grupo.
De nuevo a recorrer pistas. El siguiente recado nos urge pues hay treinta animales, todos machos y magníficos, aguardándonos. Azuzados por las noticias devoramos baches y distancias para llegar a tiempo al lugar adecuado. Dejamos los todoterrenos y nos embocamos por un vallejo que nos proyecta el viento de cara; en lo alto de la montaña opuesta distingo las figuras de los guías que enviaron el correo.
Vamos remontando el barranco que poco a poco se estrecha y empina. Como forma varias revueltas en alguna el viento revoca y se pone en el cogote ¡ojo al aire! No me da lugar a avisar la nueva circunstancia a los guías cuando por lo alto de la vertiente de nuestra izquierda y a respetable distancia vemos correr cuatro lobos y casi al tiempo Akbar avista los carneros. Están en movimiento posiblemente espantados por el tufo lobuno, me aposto en unas rocas y los veo desfilar fuera de tiro. Uno destaca claramente y todo el mundo asegura que tiene un trofeo descomunal, será así pero no lo lucirá en mis paredes. Ha sido una desgracia pues estábamos a punto de llegar al sitio donde sesteaban los carneros.
Regresamos a los coches para rodear la montaña por si sonara la flauta de volver a localizar al grupo huido. Recorriendo la pista, Jamshidi descubre de muy lejos un rebaño numeroso que, vistos con los prismáticos, parecen de buen tamaño. Decidimos entrarles, se quedan las dos ingenieras que acompañan al responsable de la reserva, e iniciamos el rececho Don Hilarión, Akbar, el director y yo.
Al coronar y dominar el valle contrario no se ve nada, pero luego localizamos unas hembras y a continuación al resto del rebaño; como el barranco es angosto me sitúo para tirar en el pecho de enfrente. Algo han sentido los ovejos y dan un espantón ocupando la ladera que domino, entonces les entra el nervio a mis acompañantes y me urgen que tire al último de los machos: también destaca en el grupo pero me parece mucho más pequeño que el espantado por los lobos; insisten y disparo.
El carnero sale de estampída cuesta abajo arrastrando las tripas y con una pata trasera rota. Al llegar al valle se tumba y vuelvo a entrarle por la misma cuerda en la que me hallo y lo remato limpiamente. Acude todo el mundo, ingenieras incluidas, y almorzamos alrededor de mi carnero con gran alegría.
El animal es pequeño de cuerpo y el trofeo lo tiene más bien modesto, pero es bonito y yo estoy contento. Abdoreza en mi caso manda a toda la organización a galeras.
A última hora llega Pepé que ha visto mucha caza pero que no ha tenido oportunidad de tirar. Me dice que le parece muy nerviosa, a lo mejor los lobos la tienen aventada.
Para cenar nos acompañan las dos ingenieras que están haciendo una especie de doctorado en naturaleza, son agradables y soportan estoicamente y con la sonrisa en los labios la larguísima perorata de Hussain sobre las distintas culturas del mundo.
En la antigua capital persa
30 de diciembre. Dedico el día al turismo que, para empezar, es de fauna, unos bandos de gangas saludan nuestro paso al iniciar el viaje.
Voy a visitar Isfahán, antigua capital de Persia, que tiene fama de bella e interesante. Está a ciento cincuenta kilómetros por autopista, distancia que devoramos con nuestro potente vehículo en cerca de dos horas.
Una refinería a la entrada da noticia de que la economía del país depende del oro negro. A su vista el coche empieza a producir un ruido estridente y nuestra primera ocupación consiste en buscar un taller donde puedan resolver las dolencias del viejo Nissan.
Luego, en un taxi, Don Hilarión me lleva a conocer las maravillas de esta ciudad: contemplo la tumba de un santón que ofrece la curiosidad de moverse los dos minaretes que la adornan cuando se atraviesa por determinado punto de su interior; como es día festivo no está abierto al público y no puedo comprobar la rareza arquitectónica.
Más tarde Hussain intenta que trepe a un cerrete rocoso culminado por los vestigios de un templo a Zoroastro, subo un trecho para poder ver la extensión de Isfahán y renuncio a visitar ruinas sin gracia. En este sitio se apifona mi máquina de fotos e inmediatamente nos dirigimos a una tienda especializada donde extraen sin daño la película impresionada, sacan ejemplares de la misma e instalan un nuevo rollo. Mientras realizan todas estas operaciones visito un magnífico puente de treinta y tres ojos, antiguo, bien conservado y que tengo la impresión de que es lo más notable de la ciudad.
Esta urbe de nombre sonoro, que sugiere esplendores de otros tiempos, me parece que alimenta su leyenda porque siglos atrás ofrecía un bazar y mucha vida, circunstancias que deslumbraban a los viajantes de entonces, pero hoy es una aglomeración de casas chatas, feas y sucias. Resulta tan impersonal como un pueblo de Minnesota, aunque para ser asiática muestra una aceptable higiene ya que no arrojan los desperdicios en las aceras y no hay buitres en los pasos de cebra esperando el cambio de luces para cruzar la calle, como tuve oportunidad de ver en Karachi.
Almorzamos unas codornices muy sabrosas y luego visito la plaza mayor que tiene colosales dimensiones y acoge una mezquita, con portada de azulejos en cada lateral. La reedificó el último Shah inspirándose en el puente que he visitado, y el interior de los edificios que la conforman componen una galería abovedada donde se aloja el bazar.
Cuando llego al hogar, dulce hogar, Pepé me cuenta que ha disparado a distancias estratosféricas al gran carnero que me ahuyentaron los lobos. Como se fue convenientemente tiroteado ya es difícil volverlo a encontrar. No está contento de haberse dejado convencer por los guías de darle al gatillo.
El carnero de Pepé
31 de diciembre. Llevo dos días luchando contra un catarro incipiente que me deja con mal cuerpo e intenta licuar mi nariz; hoy parece que las medicinas empiezan a surtir efecto, el algodón que rellenaba mi cráneo se ha desvanecido y empiezo a recuperar sensaciones propias de los humanos.
Día de descanso, hay un sol espléndido y como no puedo sentarme en la casa por falta de sillas me dedico a pasear. Por la tarde lectura tumbado sobre la moqueta de nuestro desnudo salón.
Pepé, que había salido dispuesto a volver con un carnero de Isfahán del tamaño que fuera, llega con sonrisa de victoria. Entró a una partida de machos en terreno muy abierto y tiró a gran distancia pero enganchó a su carnero. Se pusieron al rastro como pachones y después de atravesar dos barrancos lo encontraron en el tercero, allí lo remató. Es un buen trofeo de 70 centímetros de cuerna que lo llena de felicidad.
La mimética y cara gacela de bocio
1 de enero. Plácido inicio del año. Como el sistema burocrático del Irán no nos autoriza a trasladarnos a la reserva de Haftad Gholleh, nos dedicamos los dos amigos, juntos y sin demasiado entusiasmo, a la persecución de la gacela de bocio, que tiene un precio como si fuera un visón curtido y compuesto por un peletero de fama.
Como suele ocurrir con esos antílopes, vive en llanuras planas como mesas de billar, que se entretiene en recorrer a veces con su marcha viva, a veces en carrera desenfrenada.
Hago un intento de acercarme a un bando de ellas y en cuanto me distinguen desaparecen en el horizonte. La misma situación se repite varias veces y no importa que sea andando o con el coche. Deben estar muy tiroteadas
Volvemos a almorzar en el edificio donde vivimos y ahí están mucho más tranquilas. Cerca de un abrevadero las estudio a mis anchas: me parecen muy miméticas, parecidas a las de Mongolia y a la chinkara india. Después de contemplarlas con atención, renuncio a la mano de Dª Leonor y al desembolso que implica ese cortejo.
Por la tarde, damos otra vuelta en coche y vemos muchísimas. En esta zona están menos nerviosas.
Pepé, que ha comprado en Nueva York una guía de este país, me alecciona con sensacionales informes sobre sus usos y costumbres, por ejemplo que Irán recibe unos 350.000 turistas por año, de los que 5.000 son europeos, y que los más apreciados por la administración iraní son los eslovenos y macedonios, misterios de la diplomacia internacional.
Carneros en Haftad Gholleh
2 de enero. Camino de Arak el paisaje es desolador, cerros yermos, tierras desnudas y matas de esparto. Una visión lunar sin asomo de agricultura. La explicación reside en la pluviometría de la zona ¡140 mm al año! El doble escaso de la del desierto de Sonora, uno de los más secos del mundo.
La instalación en Haftad Gholleh es buena, habitación con camas, estufas en todos lados, una estupenda ducha y el salón con mesas y sillas; se acabó el arrastrarse por los suelos para comer. Inesperadamente el edificio está situado al borde de la autopista y a una media hora larga de las montañas.
Por la tarde tomamos contacto con la reserva. Las sierras se coronan con grandes rocas y verticales precipicios que se funden en unos sopiés muy tendidos donde vemos bastantes carneros de Armenia. El rececho va a ser complicado en este terreno tan descubierto. Me temo que habrá que realizar disparos kilométricos, en fin, aquí estamos.
Subida inútil y paseo estúpido
3 de Enero. Empieza el día repostando el coche, lo que supone caminar en dirección a Arak y entrar al cazadero cruzando un pueblo donde mi gente se pierde varias veces y a través de caminos vecinales por los que equivocan la ruta todo el tiempo.
La aventura supone desperdiciar el madrugón y malgastar el amanecer en llegar hasta la reserva.
Una vez en la montaña descubrimos mucha caza y localizo el primer carnero de Armenia. Se trata de un animal adulto aunque con trofeo pequeño y resulta muy evidente el dibujo hacia atrás de los cuernos.
Luego seguimos peregrinando por los valles y oteando las alturas. Vemos dos partidas más de hembras con cría. Más tarde nuestros prismáticos encuentran, en lo alto de la sierra a la que nos dirigimos, a Pepé con su gente. La reserva tiene 82.000 hectáreas y los organizadores han conseguido que nos estorbemos.
Dejo el lugar y continuamos por el sopié de esta cuerda para atacarla unos kilómetros más arriba. En el sitio oportuno nos empinamos para buscar las alturas, subida cómoda por piso terrizo y con pendientes aceptables. Hora y media de subir y coronamos frente a un horcajo rocoso donde se unen dos cadenas inaccesibles desde este collado. Me proponen, ya que las crestas no son practicables, continuar por la vertiente opuesta a lo largo de una estrecha poyata a media altura; sigo un trecho por ese pasillo que se va reduciendo cada vez más y comprendo que en breve va acabar desapareciendo entre el cortado de peñas quedándome colgado como un aguilucho en su nido. El invento tiene la ventaja de que tampoco se consigue dominar la ladera, ¡un éxito!
Como es imposible explicar por señas lo que pienso, bajo al valle por un canuto y luego continúo siguiendo las aguas hasta el coche que esperaba al final de la sierra. Un estúpido paseo.
Tomamos un bocado y los iraníes reniegan de Mahoma ante mi jamón bellotero, globalización alimentaria.
Más tarde me encuentro con Pepé filosóficamente sentado a la espera de su coche, el inefable Nissan, que ha tenido que visitar otra vez el taller de reparaciones. Después de un rato de charla continuamos nuestro deambular sin conseguir localizar, en el resto de la tarde, más que un grupo de siete estupendos bezoares.
Al regreso me ocupo de echar gasolina para no perder tiempo por la mañana. Por la noche, después del arroz nuestro de cada día, me explico con el intérprete para que no vuelvan a repetirse situaciones tan absurdas como la de hoy.
¡No eran kuchik!
4 de Enero. La filípica de ayer ha producido el resultado apetecido y todo el mundo está desayunando a la hora programada y los coches pueden salir puntuales. Al romper el día llegamos a la reserva y nos dirigimos directamente al valle que vamos a recechar.
Una larga y cómoda subida para estar al cabo de dos horas oteando las cabeceras del barranco; vemos dos grupos de hembras con machetes y un registro más minucioso de los cortados que cierran este circo no depara nada nuevo. Es raro pues está todo lleno de muestras. Al descender descubrimos una huellas recientes de lobo que puedan explicar el vacío.
Tomamos un ligero refrigerio y nos lanzamos al siguiente valle que es paralelo al que acabamos de abandonar. Otra suave subida, sin grandes pendientes y con laderas que se dominan bien. Cerca de la cumbre empiezan las emociones: los guías han localizado cuatro machos y parece que hay alguno más que no han llegado a ver. Nos acercamos con mil precauciones al barranco que los acoge y simultáneamente empieza a nevar.
Vuelve a repetirse la eterna canción de esta cacería: la incomunicación absoluta con los guías; me paso un cuarto de hora para tratar de averiguar el tamaño de los trofeos y decido abandonar porque me parece comprender que son pequeños; Akbar entonces toma una cinta métrica y me indica ¡por fin! el tamaño con exactitud. Cambio de opinión al tiempo que los carneros deciden moverse y se ponen a caminar de culo, trasponen una loma y cuando nosotros llagamos a ella los vemos en el collado que cierra el valle.
Esta torre de Babel me ha estropeado la oportunidad, sólo queda volver cantando bajo la nieve. Al llegar a nuestro coche, un bezoar gigantesco nos hace burla desde las alturas.
En casa encuentro muy deprimido a Pepé que se ha dado la gran paliza sin ver más que hembras y ganado joven. El cansancio le ha hundido el ánimo, pero tiene razón en que se ven poquísimos machos adultos. La primera palabra que hemos aprendido es kuchik, que significa pequeño.
Cocino unas pastas para variar un poco el régimen alimenticio, que por otro lado es bueno y sabroso.
Más nieve y desesperación
5 de enero. Regresamos al mismo barranco donde estuvimos ayer con la ilusión puesta en los carneros que vimos, pero nos encontramos con huellas fresquísimas de cinco lobos que se adentran valle arriba. En vista de la inoportuna visita nos vamos con nuestros bártulos al valle contiguo. Una cuesta bastante importante nos baja el desayuno, pero una vez alcanzada el alto, la cuerda constituye un afable lometón que recorremos desojándonos para descubrir caza; es un desierto sin vida que está cubierto por la nieve.
Al fin desembocamos al mismo lugar donde estuvimos ayer que está tan vacío como era de prever. El guía local es bastante cabezota y estaba empeñado en visitar estos lugares a pesar de los lobos. Hace una asomada, por indicación mía, y se convence de que no hay ser vivo en la zona. Toca volver y lo hacemos bajo una tormenta de nieve con viento muy fuerte soplando de cara, francamente desagradable.
Con el coche nos vamos a una majada abandonada para dejar pasar la tempestad y huroneo esas construcciones medio derruidas. El resguardo para las ovejas está excavado en la tierra formando una profunda bodega que se cierra con una única puerta. Seguro que se trata de un modo de proteger el ganado de los abundantes predadores y además para que no sufran con las frías o tórridas temperaturas de este clima extremo.
Mientras comemos, Siamak localiza una partida de carneros en la parte más llana y desnuda del valle; casi a gatas intento una entrada contra viento en medio de la planicie, pero naturalmente me ven y se largan.
Cuando vuelvo al coche, que es como mi casa en esta cacería, distinguimos otro nuevo grupo: esta vez son veinticinco y alguno de ellos parece tirable, el viento nos es favorable y pastean hacia nosotros. Me froto las manos ante un éxito posible cuando otra tormenta de nieve nos deja sin visión de nuestro entorno; cuando pasa el temporal la caza, por la razón que sea, ha vuelto grupas y caminan en dirección contraria. Los dejo trasponer y me largo a por ellos; emoción mientras me aproximo y luego al ir descubriendo terreno, pero la cosa se queda ahí, pues la partida de machos está pastando en mitad de la llanura y lejísimos.
No hay tiempo para más y vuelvo a casa donde Pepé está con el director de la reserva contándole sus cuitas. Comentamos la fama que tuvo en tiempos Irán como paraíso de los cazadores y el responsable nos contesta con mucha convicción: “Entonces, teníamos un Rey”.
Resurge la esperanza
6 de enero. Los Reyes no me han traído nada, tampoco carbón y esa es la parte positiva.
Hoy voy a una nueva zona que está situada en uno de los bordes de la reserva y no se ha cazado este año. Me dicen que es más suave y con montañas de menos envergadura.
Al llegar, ¡emoción! Un gran grupo de óvidos atraviesa el valle ante nuestra mirada; después del primer sobresalto resultan ser hembras con un pequeño macho.
A la media hora nueva alegría y esta vez parece que la partida contiene algún carnero apetecible. Están tumbados en un alto collado y de inmediato iniciamos el rececho. De pronto, sin nada que lo justifique, se mueven y trasponen. No importa, se han ido tranquilos y esperamos encontrarlos en la otra vertiente. Coronamos despacio y registrando las laderas comprobamos que se han apostado sobre un cerrete, casi en el llano, que nos obliga a acercarnos más; rodeamos a cubierto y descendemos un buen trecho para volver a asomar: todavía están lejos pero como no cabe reducir distancias voy a intentar el disparo desde aquí, ¡puede ser mi última oportunidad!
Sitúo la mochila, busco postura y entonces sin motivo alguno se levantan y dan una carrera en mi dirección ganando un centenar de metros. Ahí se detienen y yo, como un pardillo, no espero a que terminen su movimiento de aproximación o a que se tranquilicen donde están; pierdo los nervios y disparo al mejor macho del rebaño cuando está de pico y lo marro miserablemente. Me sigo poniendo nervioso como un principiante y aunque eso puede indicar que me produce la misma emoción que a un novato, no me consuela nada la pifia.
El resto del día, durante el inútil paseo por estas cumbres, rumio mi mal humor repitiendo en la imaginación la imagen vivida corrigiendo mi chambonada.
A última hora nos acercamos a una ladera en sombra para distinguir un gran rebaño con tres magníficos carneros de Armenia, sin duda los mejores que hemos visto a lo largo de estos días. Intento el rececho pero la distancia a la que conseguimos situarnos es excesiva y renuncio a tirar, a pesar de la insistencia de los guías, pues sopla una suave brisa huracanada que puede mandar la bala a Teherán sin necesidad de otro transporte.
Volveré mañana. He recuperado la ilusión.
En el refugio, Mashoud, el chófer de Pepé, nos comunica los resultados de los partidos de la liga española de fútbol y que Raúl ha marcado un gol. España pesa en el mundo gracias a la liga de las estrellas.
Se acaba el tiempo
7 de enero. Llenos de esperanzas nos acercamos a la montaña donde ayer dejamos pastando los carneros; desde la lejanía de las llanuras y con el sol de cara no se puede registrar la zona por lo que rodeamos esta cuerda para atacarla por su otro extremo y tener el viento a favor.
La subida es tan suave como de costumbre. Hay que reconocer que los guías dominan su territorio y conocen los mejores accesos. Una vez en la cuerda escudriñamos cada garganta avanzando hacia donde termina esta montaña, lugar en el que suponemos está nuestro objetivo; el viento es franco y lo recibimos de frente.
Paso a paso nos acercamos al desenlace, yo camino por el lomo de la cumbre y mi gente se rebaja para otear en la ladera. Súbitamente veo una tropa de carneros de Armenia trepar por delante de mí y a demasiada distancia para intentar nada. Enseguida van surgiendo más ovejos que siguen a los que abrieron marcha, cuento más de treinta y entre ellos distingo los grandes que avistamos ayer. Se sitúan dominando el horizonte y al fin abandonan esta sierra dejándonos cariacontecidos.
La explicación reside en la forma redondeada del término de esta montaña que llevó el olor de mis guías a los carneros cuando alcanzaron un determinado punto. Era mi postrera esperanza, ahora hay que volver a casa, cerrar equipajes, llegar a Teherán y tomar el avión hacia casa.
Cumplimos el programa y a las cinco de la madrugada del día 8 embarcamos rumbo a Madrid, vía Estambúl.
La segunda parte de la cacería ha sido mucho más divertida que la primera aunque no he conseguido otro resultado que el recuerdo ingrato de una pieza fallada que, a esta distancia de casa, resulta bastante doloroso.