Hemeroteca :: 01/11/2004
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Opinión

Desde mi postura

Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
Aunque no
seas cazador ni lo hayas sido nunca, cuenta con los
cazadores siempre,

porque, sin serlo, eras uno de los nuestros. Supiste no ser cazador y estar con ellos.
El BOE de 29 de julio publicaba la ORDEN INT/2531/2004, del anterior día 22, con el cese del General de Brigada de la Guardia Civil don Manuel Silos Pavón en el Mando de la Jefatura del Servicio de Protección de la Naturaleza, por pase a la reserva a partir del 4 de agosto. Desde entonces, pues, nuestro viejo amigo no es “el General del Seprona”, denominación que bastaba –y se usaba tanto como su nombre de pila– para referirnos a este entrañable personaje, tan familiar a los cazadores pese a no cazar ni haber cazado nunca. No había acto del sector institucional o privado que atañese a los que hacemos o leemos TROFEO donde, de uniforme o de paisano, no estuviera Silos, en persona o representado, para realzar su desarrollo o imprimirle seriedad, sin contar los casos de ir a presentar logros, recibir homenajes o recoger distinciones.

La resolución de cese, a propuesta del Director General del Cuerpo y con conformidad del Secretario de Estado de Seguridad, invoca el artículo 14.1 de la Ley Orgánica 2/1986, de 13 de marzo, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, y las atribuciones que confiere al Ministro del Interior el artículo 73 de la Ley 42/1999, de 25 de noviembre, de Régimen del Personal del Cuerpo de la Guardia Civil. Cosas de los reglamentos, tan fríos y apáticos como necesarios. Y más los de la milicia, hechos sin pensar en lo que no sea servicio público y deber profesional.

Ya en el mes de junio nos adelantaba Manuel Silos esta circunstancia a quienes habíamos tenido relación con él. A mí literalmente me decía:
“En fechas próximas cesaré en el Mando de la Jefatura del SEPRONA que actualmente ostento y de cuya estructura formo parte desde su creación en 1988.

Ha constituido para mí una especial satisfacción y ha sido una agradable experiencia el poder disponer de tu incondicional colaboración y ayuda en el desarrollo de esta labor tan ilusionante y en la que he puesto todo mi afán de servicio.

Es por ello que quiero agradecer sentidamente todo tu apoyo, esperando haber correspondido, cuando menos, en la misma medida, en la seguridad y con el deseo de que esta sintonía continúe en el futuro a través de las personas que me sucedan en el cargo.

Allá donde me encuentre, cuenta con mi absoluta disposición y estima”.

El 23 de junio contesté a esta despedida en los términos que me sirven hoy para hacer pública la gratitud al General Silos por su trabajo y lamentar la contrariedad de su retirada. Le decía entonces lo que ahora copio:
“Buen disgusto me he llevado al recibir tu carta. Primero, porque deja su destino el amigo al que tenía ocasión de ver a menudo en actos de interés común y podía pedirle favores de interés público. Y, en segundo lugar, porque eres otro más de los conocidos procedentes de mi época de protagonismo que deja paso a nuevos nombres, lo que yo hice ya hace tiempo.

Nos vamos quedando aislados, solos. Es tanto como decir que nos vamos haciendo viejos. Al menos en mi caso ello es radicalmente cierto. Todo lo cual me entristece mucho, pues soy más bien de carácter melancólico y nostálgico. Más sentimental que racional.

Aunque de poco te vayan a servir mi amistad firme y mi afecto personal, sabes que cuentas con ellos incondicionalmente, lo mismo que antes cuando eras el Jefe. Además, el viaje a Viso no está anulado. Sólo suspendido y aplazado. Hay que hacerlo, para conocer AVAN y comer las migas prometidas”.

Querido Silos: que Dios te pague los servicios prestados a la caza legal y justa –esa caza deportiva por la que yo me desgañito– mientras mandabas el SEPRONA, últimamente de general y antes de coronel, siempre de la Benemérita. Lo digo sin detrimento de los premios que en estos últimos años, con todos los orígenes y desde todos los ámbitos –incluido el cinegético, por supuesto–, ha ido mereciendo tu gestión y recibiendo el buen funcionamiento del Servicio de Protección de la Naturaleza. El mundo de la caza acepta que las cosas deben de ser como son (el tiempo y la edad tienen la palabra en el ámbito militar), lo que no quiere decir que ese mundo de la caza no lamente en profundidad que las cosas no puedan ser de otra manera para no tener que verte dejando tu destino.

Aunque no seas cazador ni lo hayas sido nunca, cuenta con los cazadores siempre (y con el que suscribe sin ninguna duda ni condición), porque, sin serlo, eras uno de los nuestros. Supiste no ser cazador y estar con ellos. Entender la caza sin practicarla. Separar función y afición, obligación y opinión. Si descanso merecido va a tener ahora tu cuerpo, soporte de las preocupaciones del alma en los puestos de responsabilidad, no menos será el sosiego de tu espíritu por la satisfacción del deber cumplido con honor. Con todo el honor que sirve de divisa a la Guardia Civil, tu entrañable institución y la de los cazadores de ley (entre otros muchos españoles del campo y la ciudad que en ella confían). Dentro del mundo de la caza te echaremos de menos. Sin ninguna duda tu marcha es sentida, y hasta lamentada, por nuestros estamentos federativos y oficiales. Pero también por los cazadores limpios y de orden. Incluso –perdón por mi audacia– por los animales, pues de ellos, como parte de la naturaleza, eras protector al hacer cumplir la ley: si de cazables se trataba, para que les llegara el final en su momento y de acuerdo con la legalidad que regía su noble condición de víctimas necesarias; y si no eran piezas de caza, para que también, conforme a la ley, se les dejara vivir en paz. De todos, irracionales incluidos, recibe ahora nuestros mejores votos para tu etapa en la reserva. Y a tus órdenes siempre, mi general.
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