Relatos
Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
“Lucero”, de Carlos Enrique López Martínez, es el relato ganador de esta VII edición de Relatos de Caza, que patrocina Eduard Kettner. Los dos accésits han correspondido, respectivamente, a los relatos “Nuevas tribus”, de Luis Ramos Martín, y “Lance en Verdelpino de Huete”, de Enrique Cuesta Jiménez. El jurado lo componía la redacción de trofeo, Mariano Aguayo y Antonio Fernández Tomás. El jurado también quiere destacar la calidad de otros relatos como “cazar con Joaquinito”, escrito también por el ganador del concurso; “El venado de la virgen”, también de Luis Ramos, y “Obrando con el corazón”, de Manuel Jerónimo Lluch Lluch. El mes que viene publicaremos las bases de la octava edición.
– Padre nuestro que estás en los cielos. Ha parío la Tula
– Santificado sea tu nombre. ¿Cuántos?
– Venga a nosotros tu reino. Cuatro
– Hágase tu voluntad. ¿Blanco y negro?
– Así en la tierra como en el Cielo. Uno
– El pan nuestro de cada día. Ese pa mí
– Dánosle hoy. Lo quiere un amigo de mi padre
– Y perdona nuestras deudas. A mediodía voy
– Así como nosotros. Si llegas a tiempo...
En la clase se hizo el silencio y antes de que pudiera reaccionar noté el estampido de la mano de Don Luis contra mi cara. Estaba en el suelo sentado de culo junto a mí compañero que ya había roto a llorar sujetándose la mandíbula con su mano derecha, como si quisiera evitar que se le escapara. Esa mirada de Don Luis cargada de fiereza y hasta creo que de odio, sólo me la ha recordado al cabo de los años la de algún jabalí mortalmente herido.
La cara me hervía y el lado derecho me pitaba como el silbato de la fábrica de La Constancia, se me caían las lágrimas mientras me ponía de pie oyendo a aquel energúmeno gritar: “¿Hablando durante el rezo?, ¡Fuera de clase y de rodillas al pasillo!”
Mientras cruzábamos la clase para dirigirnos al lugar indicado para cumplir condena, recibimos otra media docena de pescozones de primera, al mismo tiempo que el condenado calvo vociferaba como si estuviera poseído: “¡Hablando durante el rezo!, ¡ateos!, apóstatas!, ya se enterarán vuestros padres.
Si mi padre se hubiera enterado del trato que nos daba aquel animal a niños de apenas nueve años, probablemente se lo hubiera hecho pasar mal, pero yo no me atrevía a decir nada por miedo a represalias futuras.
Una vez en el pasillo, mi interés por el parto de la Tula resurgió como Ave Fénix.
– Pepe, ¿el blanco y negro es macho o hembra?
El pobre Pepe no estaba para interrogatorios. Con un hipo que apenas le dejaba hablar, sólo acertaba a decir:
– Calla, que va a venir otra vez.
La puerta del aula, abierta, permitía que don Luis nos vigilara mientras impartía la clase. Yo lo miraba fíjamente mientras mentalmente le dirigía los improperios más duros que mi corta edad era capaz de concebir. Pensaba en la remota posibilidad de una muerte súbita y me lo imaginaba a las puertas del Cielo –poniendo la misma cara de bueno que ponía cuando hablaba con mi padre– consiguiendo engatusar al mismísimo San Pedro, pero entonces aparecía en escena San Huberto con su arco y sus flechas, y le señalaba el abismo mientras le decía:
–Tú eres el que pegaba a los niños cazadores... ¡Fuera del Cielo! Y lo expulsaba del Paraíso como él a nosotros de la clase. Eso sí, sin pegarle, que San Huberto era justo pero buena gente.
Desarrollando esta idea, se me iba dibujando una sonrisilla que mi amigo Pepe borró de un plumazo:
– ¿De qué te ríes, gili?, a que no te doy el perro...
La oreja me picaba más –si cabe– que la cara, y me notaba zumbar la sangre a su paso por el cuello. ¡Señor qué pescozones! Pero daba igual, mi perro blanco y negro sólo esperaba junto a su madre mi llegada. Mi padre haba sido claro al respecto: si entraba un perro en la casa tenía que ser un pachón blanco y negro. La Tula era una pachona preciosa y un vástago suyo no podía ser de otra manera.
Mi penitencia no estaba resultando muy dura, después de tres horas de rodillas imaginándome a don Luis expulsado del Paraíso, cosa segura por otra parte fuera San Huberto fiscal del caso o no.Sin haber salido al recreo ni comer el bocadillo y tener los meniscos hechos polvo, yo me imaginaba a mi perro mostrando las perdices mientras mi padre tardaba en ordenarle entrar para disfrutar de un trago de la cantimplora “a perro