Opinión (Editorial)
Última actualización 01/12/2004@00:00:00 GMT+1
Hace unos días mi hijo cumplió su primer año de vida. Ya me gustaría hablarles más de él, pero no es el momento ni quiero empalagarles con los babeos de un padre primerizo. No, no es el momento, pero la referencia a mi hijo y a su primer aniversario es obligada para comenzar esta reflexión.
Con motivo de fecha tan señalada me introduje ilusionado en uno de esos grandes almacenes de juguetes y comprarle cualquier cosilla que le pudiese entretener, porque a estas edades los niños son puramente instintivos y lo que quieren y entienden es la causa-efecto: dan un manotazo y pasa algo, y así hasta que se aburren, de modo que le compré la típica mesa llena de cosillas muy coloristas que suenan y destellan cuando se manipulan.
Encontrándome en aquella catedral del juguete recordé por momentos mi lejana infancia y los juguetes que de una forma u otra llegaron a mis manos, y que siempre eran escopetas y rifles más o menos parecidos a los auténticos, entre otras cosas porque mis familiares se dieron muy pronto cuenta de que era lo único que me hacía ilusión.
Y ya que estaba allí, con el recuerdo dulzón de mis viejas escopetillas y de la noche de Reyes, decidí darme una vuelta con la sana intención de reencontrarme con algunas de ellas o sencillamente ver cuáles me gustarían suponiendo que fuese de nuevo aquel niño que despertaba al mundo.
¡Qué desilusión! En tantos miles de metros cuadrados no había un sólo juguete que tuviese algo que ver con la caza como actividad ancestral del hombre, ni siquiera con una escopeta de caza o tiro ni por supuesto con un rifle que, no olvidemos, se consideran armas deportivas. Eso sí, vi alguna que otra metralleta, un kit para vestirse de pistolero y otro de Rambo, con bomba de mano incluida. También recuerdo algún que otro sicodélico artilugio que, con mucha imaginación, podría parecerse a lo que entendemos como un arma.
Sí había un sofisticado juego de tiro al plato; una maquinita que lanzaba al aire unos discos gordotes a los que se les podía tirar unas raras ventosas. Pero cuando vi fotografiada en la caja el tipo de “arma” con la que se disparaba me sentí decepcionado porque se parecía más a una desbrozadora que a una escopeta de tiro al plato. ¿Sabrá el diseñador de semejante bodrio que existen tres modalidades olímpicas de tiro al plato y que se dispara con una escopeta, en este caso superpuesta? ¿De qué ha servido la medalla olímpica en trap que ganó Quintanal en Atenas y que tanto nos gustó a todos?
Después de todo esto se preguntarán a dónde quiero llegar. Sencillamente a que existe una clara intencionalidad de erradicar la caza y su heramienta, el arma, del mundo infantil. Es tal la artillería anticaza que soportamos en nuestra sociedad occidental; o mejor dicho, o es tanta la disneylización de nuestra cultura que a mí mismo me chocaría ver un juguete cuyo blanco fuese la silueta de un animal, como podía ser normal en mi infancia de los años 70. De hecho recuerdo un rifle de juguete, con “visor” incluido, con el que se disparaba una ventosa a siluetas tridimensionales de animales. Eso hoy no sería políticamente correcto.
Creo que sería adecuado que los grandes fabricantes de armas deportivas, incluso las grandes asociaciones cinegéticas, hiciesen de alguna forma posible que un niño pueda jugar a ser cazador con un arma y unos pertrechos de juguete, pero parecidos a los de verdad. Sería una buena progaganda para nuestra causa. Además, a mí me gustaba la escopeta que se parecía a la de mi abuelo y a la de mi padre, no a la de un marciano.