Hemeroteca :: 01/01/2005
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Opinión

Desde mi postura

Última actualización 01/01/2005@00:00:00 GMT+1
Rosa Montero está en el grupo de periodistas combatientes de la caza. No deja de flagelarnos con ondulados latigazos de su pluma dirigidos con habilidad a nuestras partes vulnerables. Un día decidí responderle y le dije esto (omito el atento saludo y la cordial despedida)
En la página 8 de un dominical de El País (23-X-94), que guardo en mi carpeta de reflexiones personales, figura, de mi puño y letra, la siguiente nota, al lado de los dos primeros párrafos de su artículo Animales:
“Cuántas veces no habré yo dicho esto y habré hablado del subdesarrollo y regreso que representa la civilización de Occidente, sus gustos y sus gastos. Cuántas veces antes no habré dicho yo, casi con las mismas palabras, una cosa así. Hasta ponerme pesado. ¿Es que también de Rosa Montero soy empático? Yo creía que era sólo de Delibes, pero estoy empezando –llevo ya tiempo– a verme con fuerza en la mente de esta virtuosa escritora y pensadora (24-X-94)”.

Hace unos días acabé de leer La función delta, regalo de una hija, que conoce mis preferencias literarias. Y, como estoy suscrito a El País desde hace años, nunca dejo de leer sus colaboraciones de los domingos (y también busco con avidez su columnita de otros días en la última página). Siempre que hace entrevistas o es entrevistada me adentro en su personalidad a través de las preguntas y respuestas.

Precisamente porque cualquier noticia de su obra o persona es objeto de mi atento análisis, veo su ascendente carrera, que le está dando brillo social y triunfo. Aquél, una tentación para alejarse de la virtud; éste, un imán de la riqueza (su casa nueva no la imagino igual que la anterior y, sin duda alguna, su cuenta corriente está creciendo).

Y en estas circunstancias debo situar dos hechos de los últimos tiempos que podrían cuartear mi devoción por Vd.

En primer lugar, el dogmatismo del artículo sobre las 600.000 pequeñas muertes, en un suplemento dominical de primeros de mayo. Un tiro al tuntún contra la muchedumbre de cazadores.

De otra parte, la intensa publicidad comercial que a sus libros ha venido haciendo su periódico, lo que empaña la transparencia de sus artículos y no parece acorde con lo que predican sus contagiosas cavilaciones, tan puras que desasosiegan a quienes no las cumplimos como ideal de vida: sobre la existencia; sobre el desarrollo social y su evolución; sobre las buenas y malas apetencias; sobre el grano y la paja de la acción humana. Y siempre con los débiles, pobres y negros en pantalla. ¿No será que también está Vd. claudicando ante lo que la desazona, que va a caer presa de lo que censura?
Seguiré leyendo sus escritos, escuchando sus declaraciones, observando su evolución. Veré si puedo seguir creyendo de principio a fin en la Rosa Montero coherente que logró mi admiración. Aunque en lo que nunca dejaré de confiar es en la destreza de su pluma; en el genio y la inspiración de su mente innovadora; en los recursos artísticos de su brillante prosa. En fin, en tantas cosas que la hacen ya, en plena juventud (la que Vd. tanto añora antes de perderla), una escritora de época. Una figura y una primera espada, usando un símil taurino que espero no la irrite porque no es mi propósito.

Párese a pensar que no pueden darse el salvajismo canallesco y la brutalidad como únicos lazos de coincidencia entre tantos aficionados a los toros y a la caza: filósofos, médicos, artistas, poetas, intelectuales, sencillos hombres del pueblo y del campo, pobres y ricos, viejos y jóvenes, incultos o ilustrados. ¿Es posible que todos confundamos mística con irracionalidad? ¿No habrá algo que Vd. no comprende porque no lo siente o no lo vive?
Tipos cursis, figurines de catálogo y cabezas vacías asisten también al cine, a los ateneos y a los conciertos. Los esperpentos burgueses no son privilegio exclusivo del mundo de la caza. Proliferan a causa de la irracionalidad desarrollista, sucedáneo de la fortaleza moral, que en esta sociedad caduca tiñe todo de fines aparentes, con el mercantilismo como fondo, y sin que la literatura y el periodismo sean una excepción. Pero los maximalismos son siempre indeseables.

Con el artículo que le acompaño, una “relativización” de la crueldad de la caza (Caza y Safaris, abril 1995), pretendo hacer ver que las cosas no son tan elementales como a veces se sostiene.

Yo no escribo como Vd., pero pienso a diario. Y no me resulta nada fácil, ni aun por “reduccionismo”, llegar a demostrarme a mí mismo la verdad ética, ni en lo que hace a nobleza ni en lo que toca a crueldad. ¿Vd. y yo somos crueles o nobles? ¿Y quién es más noble? No sé si el que va a los toros o el que no va a los mataderos municipales. ¿Y quién más cruel? Dudo entre quien se desentiende de las granjas pero consume sus productos en restaurantes de buena cocina o quien practica la caza y come en el campo de sartén. Difícil elección entre “no ver para no saber ni sufrir” o “cabeza para conocer y corazón para sentir”.

Le ruego que haga una gestión en El País para que publiquen este escrito. Lo creo bueno para la formación de opinión en un tema eterno. Y me haría ilusión, mucha ilusión. Pero si tiene algún inconveniente o escrúpulo, concédame al menos el honor de su respuesta.

(*) El periódico de Rosa Montero, “El País”, no publicó esta carta ni ella la contestó. Está, pues, inédita, aunque haya llovido desde su fecha (¡julio del 97!). Aprovecho esta página para divulgar su contenido, de permanente y vivo interés: la caza y su crueldad. No le cambio ni una coma. El tiempo no ha hecho grieta alguna en su integridad: nuestros detractores siguen erre que erre y nosotros aguantando armados de paciencia.
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