Arte y Cultura
Crónica venatoria
Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
La historia de la humanidad puede contarse desde muchos ángulos. El marqués de Laula lo hace desde la caza y con sentido del humor, y Barca, con sus magníficas ilustraciones, remata el propósito lúdico y divertido de esta sección.
Los pueblos del Anahuac eran unos cazadores muy especiales y, si bien estaban interesados en los animales silvestres, sus preferencias se dirigían sobre todo a los bípedos humanos de las tribus enemigas, mucho más esquivos y que se defendían de la captura con extraordinario vigor.
Esas cacerías las denominaban “Guerra florida”, y consistían en “divertidas” excursiones venatorias por tierras de los vecinos menos afectos, a los que se procuraba apresar en combates singulares. La emoción formaba parte de la aventura pues muy a menudo se volvían las tornas y el cazador se convertía en pieza y el que creía ser predador volvía como prisionero. Venciera quien venciera, el resultado era siempre el mismo para los perdedores: la esclavitud, que terminaba indefectiblemente en un gran espectáculo de masas en el que las vedettes eran precisamente los esclavos. Desgraciadamente eran representaciones de función única ya que una vez cortado el pecho con los preciados cuchillos de obsdiana y extraído el corazón, las víctimas quedaban muy deprimidas.
Eso no quiere decir que no gustaran de otras formas de caza, y la mejor prueba es el zoológico que se encontró Cortés en Méjico: un parque que reunía ocelotes, lobos, zorras y coyotes, junto con una interesante sección dedicada a las serpientes más venenosas guardadas en tinajas de alfarería y que alimentaban con las vísceras de los sacrificios, dando prueba de un elevado espíritu de economía al aprovechar residuos y desperdicios. Ese interés por las sobras lo extendían a los humanos recuperando los restos de los sacrificios, que cocinaban con esmero haciendo bueno el dicho de “animal que vuela –o que no vuela en este caso– a la cazuela”.
También descubrieron los españoles un edificio en el que, a modo de museo teratológico, convivían toda suerte de rarezas humanas: enanos, jorobados, contrahechos distintos y albinos, estos últimos especialmente apreciados, siguiendo curiosamente las modas imperantes entre los bufones europeos al otro lado del Atlántico.
Durante su cautiverio, Moctezuna echaba muy en falta sus cazatas y en cuanto tuvo noticia de que Cortés había construido unos bergantines que surcaban la laguna sin necesidad de remeros, pidió licencia para organizar una excursión cinegética a una isla que tenía dedicada a coto de caza. El conquistador español, muy galante, dio su autorización y en la mayor de las embarcaciones se instaló un toldo y se izaron banderas con las armas del mejicano y las del propio Cortés, aunque éste no formó parte de la partida.
Moctezuma embarcó con numeroso séquito y en otro bergantín subió uno de sus hijos con el resto. Pedro de Alvarado junto con otros capitanes y un contingente de soldados, daban guardia al prisionero imperial. El viento hinchó las velas y todo el mundo se divirtió con el esfuerzo de los remeros que, en centenares de canoas, transportaban a equipo y auxiliares, incapaces de seguir la velocidad de las novedosas embarcaciones de los españoles. El emperador mejicano concluyó que “era una gran maestría lo de las velas y remos, todo junto”.
Una vez en la isla, Moctezuma se esmeró con su cerbatana y se hizo con todos los conejos y aves que se pusieron a su alcance. Fue un día de auténtica distracción que modificó el programa habitual de un cautivo en su palacio.
También en Castilla se vivía la misma pasión por la cacería y un ejemplo de ello es que, con ocasión del viaje de Hernán Cortés a España para hacerse valer ante Carlos V, aunque no consiguió ser nombrado gobernador de las tierras por él conquistadas, el Emperador firmó el seis de julio de 1529 cuatro cédulas por las que le convirtió en marqués del Valle de Oaxaca, le obsequió con veintitrés mil vasallos, le refrendó como capitán general y en un arranque de generosidad le concedió dos cotos de caza situados en unos peñones de la laguna mejicana para que no sintiera pelusa retrospectiva del finado Moctezuma y tuviera con qué divertirse.
Así Cortés tendrá ocasión de ejercitarse con la docena de cerbatanas, ricamente labradas y alhajadas con boquillas de oro, que Moctezuma, inmerso en el síndrome de Estocolmo, le había regalado durante su cautiverio.
Siguiendo a Motolinia, fray Juan de Torquemada describe una montería organizada en 1540 por Don Antonio de Mendoza, primer virrey de la Nueva España, siguiendo los usos y costumbres de los indios mejicanos, para “quererse certificar si era verdad, que en ellas se cogiesen tanta caza, como se decía: y siéndolo holgarse de ver tanto animal junto”. A continuación se comprobará que con suficiente número de ojeadores, un poco de organización y gente advertida con las armas, se consigue el solaz de un sano ejercicio y el disfrute de un distendido día de campo:
“Salieron los indios, muy de mañana, y cercaron más de cinco leguas de monte, porque eran más de quince mil [...] batiendo las manos y los arcos fuéronse recogiendo y apiñando más [...] y llegaron a juntarse hombro con hombro y, en medio, traían tanto número de venados, conejos, liebres y coyotes, que parece increíble”.
El virrey viendo “el exceso grande”, como buen administrador mandó abrir el cerco para que parte de la caza escapase y “salieron grandes manadas” hasta que cerraron los boquetes y estrecharon el copo hasta el punto que los batidores “estaban doblados y puestos de tres en tres, unos tras otros [...] porque no cabían todos”.
“Comenzóse la montería [...] y andaban dentro algunos jinetes alanceando, otros con arcabuces y ballestas tirando y matando lo que querían. Había también muchos indios flecheros muy diestros [...] y también muchos perros [...] y no se daban mano a coger caza viva y muerta, andando a las vueltas los cocineros con sus asados, porque se les venía la caza a la cocina”.
“Era la caza muy de ver, y los que la hacían descansaban a ratos y luego volvían a montear: gastaron el día en este gustoso ejercicio y, a puesta de sol, se halló que habían muerto seiscientos venados chicos y grandes, más de cien coyotes, zorrillos, liebres y conejos muy gran multitud. Pero como llegó, por una parte el cansancio del día y por otra la noche, que los despartió y fuéronse cada cual a su rancho y albergue”.
¡Qué fácil es divertirse al aire libre cuando hay imaginación y buena voluntad! La historia cuenta que el virrey quedó “engolosinado” con la experiencia.