Hemeroteca :: 01/02/2005
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Opinión
Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
La grandeza cinegética de las reservas de caza radica en sus guardas, y Sierra Espuña no es una excepción. Ante esta premisa el autor reflexiona sobre los modernos criterios de selección de estos profesionales, un asunto que afecta sin duda a todos estos espacios cinegéticos.
En el espectacular discurrir de la Cordillera Sub-Bética, que se extiende desde el cabo de La Nao, en Alicante, hasta el golfo de Cádiz, nos encontramos con la joya natural del macizo montañoso de Sierra Espuña, del que los murcianos pueden sentirse más que orgullosos.

Este impresionante paraje, no hace mucho tiempo inmerso en los efectos negativos de una larga y esquilmadora actividad, fue reforestado a finales del siglo XIX bajo la concienzuda dirección del insigne ingeniero de montes Ricardo Codorniú, quién además de dotar a este medio natural de una gran riqueza forestal y de un inmejorable valor paisajístico, consiguió corregir los torrentes y ramblas provocadores de las inundaciones que sufrían las ricas vegas de Totana y Alhama de Murcia.

Ya en 1970, con la creación de la Reserva Nacional de Caza de Sierra Espuña y como complemento generador de biomasa a esta magna obra forestal e hidrológica, se procedió a la repoblación de la zona por una especie de caza mayor, el arrui, habida cuenta de la similitud de los parámetros naturales de esta Sierra con los hábitats ocupados por dicha especie en las montañas del Atlas, en Marruecos, y las Ennedi, en el Chad.

Ha sido precisamente el arrui, con independencia de todos los valores que atesora este singular macizo, quien le está dando fama a Sierra Espuña en el contexto internacional de la caza y de la naturaleza en general. Podemos atestiguar cómo en nuestras expediciones cinegéticas por los cinco continentes, se nos ha ido demandando información acerca de este muflón del Atlas que con tan buenos resultados se desenvuelve en tierras de la región murciana.

Y esto se debe a que este artiodáctilo, al que los zoólogos lo encajan como un pseudo-óvido conjuntamente con el tur del Cáucaso y el bharal del Nepal, engrosa la lista del Super Slam de los grandes carneros, que se ha convertido a nivel mundial en el reto primordial para todo gran cazador deportivo.

Un proyecto cinegético de tal magnitud necesita de una dirección que sea capaz de ensamblar conceptos de ordenación y gestión, análisis y estudio de las poblaciones, delimitación de unidades ambientales y capacidades de carga; así como de todo lo relacionado con los planes de mejoras y aprovechamientos.

En nuestra reciente visita pudimos comprobar con satisfacción profesional como para todo ello se bastan el Jefe del Servicio de Caza, Pesca Fluvial y Defensa del Medio Natural de la Consejería de Medio Ambiente, Enrique Díaz Reygosa, y su competente equipo técnico. Pero el Macizo tiene una serie de secretos que tan sólo los pueden desvelar aquellas personas que posean el don de “pertenecer a la Sierra” y la Reserva Nacional de Sierra Espuña cuenta con tres de ellas, a la sazón celadores de caza, que son un auténtico lujo: Francisco Yepes Pons, Casimiro Esteban Moreno y Juan José Rodriguez Méndez.

Un reencuentro feliz
Recientemente y en un multitudinario sorteo fui agraciado con uno de los escasos permisos de caza selectiva en Espuña, que me permitía el rececho de una hembra de arrui, el que aparece en la foto con mi mujer. Y con el mismo entusiasmo de los años juveniles allí me presenté, aún de madrugada, a Casimiro, un joven guía perteneciente a una familia ancestral de guardas de caza que han sabido y saben “sentir la Sierra”. El encuentro no dejó de ser emotivo para mí, ya que hacía veintidos años que cacé allí mismo con su padre uno de los trofeos de arrui mejor valorados por la Junta Nacional de Homologación.

Aquella felicitaria jornada estuvo marcada por mi reencuentro con el embrujo de la Sierra y por la personalidad de mi acompañante, quién encadenándome al pretérito me hizo recordar las muchas horas de aulas y de campo que me llevó mi labor docente en la formación de técnicos y capataces forestales, ya que tanto por sus conocimientos del medio como por sus ademanes y sapiencia de rastreos y querencias configuraba el perfil que siempre traté de inculcar a mis alumnos.

Inestable situación laboral
Pero la inestable situación laboral que padecen estos trabajadores del campo me invitó a una reflexión que ya me gustaría trasladar a la Administración en general cuando de procesos de contratación de personal se trata. Y es que para determinados puestos ligados a la naturaleza, como es el caso de los celadores de caza, ya sean funcionarios o laborales, se hace necesario introducir entre los criterios de selección al uso una serie de matices que son indispensables para que proyectos como el que nos ocupa naveguen con rumbo firme. Y al igual que un economista, por mucho que sea reconocida su capacidad profesional, no puede hacer las veces del cirujano en el quirófano, lo mismo ocurre en la sierra cuando los recursos humanos a los que se le encomienda la labor de conservarla y defenderla no están dotados de ese sentido especial de pertenecer a ella y saber sentirla.
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