Hemeroteca :: 01/02/2005
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Relatos
Última actualización 01/02/2005@00:00:00 GMT+1
Todavía hoy,
cuando cazo “La Torca” y paso por las querencias donde suelen saltar
las piezas de caza,
me parece ver salir

a la Senda entre la maleza para meterse entre
mis piernas buscando mis caricias
Los golpes en la puerta le sacaron del sopor del sueño. Abrió los ojos con dificultad y apenas musitó un “enterado” mientras se revolvía entre las sábanas. No había pasado buena noche. Los tiernos filetes de ternera extremeña habían sido regados abundantemente con un buen pitarra que engañaba por su ligereza. Unido a los puros y el coñac posteriores, el coctel de excesos pasaba factura a horas tan tempranas como las siete de la mañana. Pedro González de Miravia, más conocido como Don Pedro, no estaba acostumbrado a levantarse tan temprano después de una buena cena y posterior sobremesa con sus colegas. Normalmente se habría despertado rallando la hora de comer. Sin embargo aquel día era un día de montería con letras mayúsculas. Habían acudido a la cita los empresarios mejor relacionados del Régimen. Los contactos que surgieran aquel día podrían ser vitales. Esa idea le despejó de repente, se levantó y se vistió en un santiamén.

Había escogido la ropa para aquel día en una de las mejores tiendas de Madrid. Pantalones, chaqueta, corbata, sombrero, todo de la mejor calidad y más caro; incluso las botas de piel eran importadas.

Bajó y se unió a un grupo de conocidos, los cuales le recibieron con saludos y apretones de manos. La conversación giró sobre el día que les esperaba y las esperanzas de abatir los mejores trofeos. Al rato, uno de los organizadores, un hombrecillo obsequioso, les interrumpió amablemente para comunicarles que los secretarios les aguardan fuera para llevarles hasta los puestos.
– Espero que mi puesto sea bueno –le espetó Don Pedro mirándole serio.
– Por supuesto, Don Pedro. Acompáñeme fuera y les diré quienes son sus respectivos secretarios –dijo haciendo ademán para que le siguieran todos los presentes.

En la puerta de la gran casa señorial se alineaban varios hombres del pueblo cercano contratados para el evento.
– El suyo es aquél, el flaco. Se llama Antonio.

El hombre levantó la vista y le miró. De estatura baja, vestido con traje de pana y gorra, iba ligeramente inclinado hacia delante como si el peso de la vida fuera excesivo para él. Tenía ojos oscuros enmarcados por gruesas cejas. Ojos inexpresivos que no transmitían los pensamientos de su dueño.
– Bien, que venga a recoger mi rifle y las otras cosas –dijo echando a andar.

Antonio recogió los pertrechos que le indicaban y le siguió. Una vez alcanzado se puso delante para orientarle.
– Es por aquí –le dijo sin volver la vista atrás.

Don Pedro le siguió sin dirigirle la palabra, como si aquel pobre hombre no mereciera el gasto de saliva.

Formaban una curiosa pareja. El hombre bajo y nervudo delante, cargado, andando de forma elástica, como sólo lo hace un hombre de campo. Detrás, el señor, el amo, vestido de lujo para la ocasión, resoplando por el esfuerzo inusual.

Al principio el sendero era llano y caminaron acompañados por otros cazadores. Después empezó a hacerse cuesta arriba y fueron quedándose solos a medida que cada uno ocupaba su puesto.

Al rato Antonio se salió del camino y se dirigió hacia unos canchos de granito que se asomaban al pequeño valle que había debajo. Era un buen oteadero desde el que cubrirían el lado opuesto, una vertiente saturada de encinas y chaparros con algunos claros aquí y allá. El tiempo era frío y una neblina ligera lo cubría todo. Plantó la silla plegable en el suelo y empezó a sacar el magnífico rifle de su funda.
– ¡Eh!, déjalo. Yo lo sacaré. Es un arma muy cara para que andes toqueteándolo. Tú limítate a estar al tanto de avisarme si ves que viene algún bicho. No está hecha la miel para la boca del asno –le soltó bruscamente Don Pedro.

Antonio volvió a meterlo en la funda y se retiró sin que le cambiase un ápice la expresión de la cara.
– ¡Un Holland & Holland hecho a medida en el extranjero|. Vamos hombre, ni lo toques. Lo golpeas o cualquier cosa y es para matarte... –Su voz rezumaba altanería.

Don Pedro desenfundó el arma y la acarició como a una amante. Los dos cañones paralelos lucían la suave pátina de las armas nuevas y la culata de madera brillaba recién lustrada. La abrió con toda ceremonia e introdujo dos balas, después la cerró lentamente y miró hacia la hondonada que se abría abajo.
– Permanece atento y en cuanto veas algo moverse, ya sabes, me lo señalas. Y no te muevas no vayas a espantar lo que entre –espetó desabrido.

Era el sentimiento de un hombre con mucho dinero y poder que se dirigía a otro de clase inferior en una época de radicales diferencias sociales. Dos personas tan diferentes como la noche y el día que se verían obligados a pasar las siguientes dos horas juntas.

Antonio se apoyó sobre una piedras dispuesto a esperar pacientemente. Don Pedro miró a uno y otro lado para señalar su posición a los otros monteros, pero la situación del canchal impedía que los puestos contiguos pudieran verle.

Pasaron media hora en completa quietud, acompañados únicamente de los graznidos de las chovas y el ocasional repiqueteo de un lejano picapinos. De repente, a la derecha se escuchó un disparo seguido de algunas voces.
– Ya han empezado, maldita sea, y por aquí nada –escupió Don Pedro.
– Este sitio es de los mejores de esta mancha –le respondió Antonio–, las reses están muy aquerenciadas.

De repente, como dándole la razón, apareció una piara de cochinos justo en la falda de enfrente. La hembra que iba en primer lugar era grande y vieja y conducía a los demás parándose cada poco a husmear el aire. Don Pedro se ajustó el rifle y apuntó con cuidado, sin prisas. El disparo atronó en sus oídos y una nube de tierra se levantó dos metros por debajo de los jabalíes, pasó el dedo al otro gatillo y la segunda bala golpeó una piedra un poco más cerca. Los animales pegaron la espantada y empezaron a correr a toda velocidad. “Imposible acertar en esas condiciones”, pensó.
– ¡Joder, no vamos a cazar nada así! –voceó Don Pedro volviendo a cargar rápidamente.

Antonio se vio en la necesidad de responderle:
– Los animales cruzan confiados porque estamos lejos. Además tiene muchas oportunidades de disparar porque cubrimos mucha loma desde aquí. Lo malo es que si se arrancan es difícil darles.
– Hombre, a mí me vas a dar lecciones de caza a estas alturas. Éste es un mal sitio y punto.

Ambos siguieron mirando hacia delante. Durante los siguientes treinta minutos cruzaron varios venados y cochinos, pero la puntería de Don Pedro no mejoró. Después todo se paró y parecía que el día de caza hubiera acabado allí.

Repentinamente las voces y los disparos arreciaron por la derecha. Algo venía atravesando el monte. Algo grande. Los dos hombres observaron con detenimiento pero no se veía nada debido a la densidad de encinas.

Y entonces apareció. Justo a la derecha en un pequeño claro se detuvo, altanero, majestuoso como pocos, el gran venado, el rey de la dehesa. Enorme como no se había visto nunca por aquella sierra, con una cuerna alta que parecía querer arañar el cielo. Miró hacia atrás como si sintiera desprecio por los que le seguían y se volvió a perder de vista entre los árboles con un galope lento pero constante. Don Pedro se hallaba ya al borde del ataque de nervios viendo cómo se le habían ido escapando trofeos.
– Éste no puede irse. Éste tiene que caer –dijo– y se dispuso a disparar de nuevo.

El animal aparecía y desaparecía en los claros hasta que se detuvo en uno de ellos bien a la vista. Don Pedro disparó los dos tiros casi seguidos pero el rey reinició su marcha indemne. Recargó rápidamente con dedos temblorosos y volvió a encarar esperando que apareciera de nuevo. Unas retamas parecieron moverse y sin pensárselo dos veces volvió a apretar el gatillo disparando a bulto. Nada ocurrió.
– Maldita sea, maldita sea –estalló en un arranque de furia arrojando el rifle al suelo–, mierda de cacharro. No hay manera de darle a un bicho. Y encima con esta distancia del demonio. Por Dios, es el mayor trofeo que he visto nunca y se me va a escapar.
– Si quiere yo se lo abatiré –dijo Antonio.

Don Pedro le miró con sorna.
– Sí hombre, y qué más. Lo único que habrás matado en tu vida será algún conejo a garrotazos y pretendes disparar con un rifle como éste a doscientos metros por lo menos y darle a ese bicho a la carrera. Esta sí que es buena. Vaya con el paletillo...
– Usted mismo.
– No venga va, hombre. Si total me da igual ya el puñetero rifle, con los duros que me ha costado. Adelante, tira un par de balas –y le puso el arma en las manos con brusquedad.

Antonio le miró durante un momento con aquellos ojos inexpresivos y sin más se apostó en la piedra que tenía delante. El “rey” había atravesado ya prácticamente todo el espacio delante del puesto y subía por la loma avanzando en oblicuo. El hombre se concentró y apuntó. Ralentizó su respiración todo lo que pudo quedándose totalmente quieto durante unos segundos. Don Pedro le observaba mientras su expresión cambiaba de la burla y la chanza a la más absoluta incredulidad. ¡Realmente pensaba parar a aquel bicho a aquella distancia!
Miró hacia el enorme venado y sin poder evitarlo se sobresaltó con el estruendo del disparo. El animal se encogió ligeramente al acusar el impacto y se volvió con brusquedad en dirección a ellos. A aquella distancia pareció que miraba a su cazador como si no pudiera creerse lo que le había pasado. Se tambaleó como si estuviera borracho y se desplomó sin más.

Antonio se giró lentamente hacia Don Pedro que le miraba boquiabierto. Y éste lo comprendió todo en menos de dos segundos. Aquel hombre era un cazador. No como él, disparando por deporte con la mejor de las armas y de la forma más cómoda. No, este hombre cazaba por necesidad. Quizá la mejor de las maestras. La que no admitía fallos al disparar porque un cartucho valía dinero. La que no admitía volver a casa con las manos vacías porque había bocas que alimentar.

Debajo del gastado traje de pana y la gorra, debajo de la barba hirsuta y basta, debajo de aquellos ojos inexpresivos había algo que él no era. Había un hombre, había un cazador.

Las palabras de Antonio le sacaron de su ensimismamiento:
– Diremos que lo ha abatido Usted. Es suyo. Es un venado de los buenos.
– Si, bueno..., claro..., sí... –acertó a contestar.

Los ladridos de las rehalas sonaban ya muy cercanas. Don Pedro, como en trance, metió el costoso rifle en su funda y miró a Antonio. La vergüenza que sentía le impedía sostenerle la mirada. Se daba cuenta en lo más profundo de su ser que aquel hombre era en realidad superior a él. Admitirlo para sí mismo era sorprendente.

Un cuerno sonó a lo lejos señalando el final de la montería. Ambos hombres emprendieron el regreso. Sólo que ahora el que iba detrás avanzaba cabizbajo, olvidada la soberbia.

Cuando llegaron donde ya se reunían los demás cazadores se separaron. Volvían a sus mundos, en diferentes estratos sociales. Se miraron un momento a los ojos sin decir una palabra.

Don Pedro se unió a un grupo que le recibió entusiasmado.
– Eh Pedro, hemos visto cómo caía el medalla de oro cuando pasaba delante de tu puesto. Es impresionante. Te llevas el mejor trofeo que he visto en veinte años. Ha sido increíble. Ha escapado por lo menos de diez puestos sin que le rozara nadie y vas tú y le das a una distancia de la leche. Eres todo un cazador, hombre.
– Sí... todo un cazador... –dijo cruzando la mirada con unos ojos inexpresivos que le observaban.
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