Entrevistas
Más luz sobre una polémica reciente
Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
Desde la aparición de las granjas de perdices existe la polémica sobre qué ejemplares son mejores para reclamo, los nacidos en el campo o en la incubadora de una granja.
El doctor Francisco Fuentes, especialista en etología de la Facultad de Veterinaria de Murcia y gran aficionado al reclamo, hace un certero análisis sobre esta nueva discusión desde la etología y la genética. Él, a diferencia de otros colegas, cría sus propios reclamos cruzando los machos con los que caza.
Con 20 años compré el primer número de esta revista y aunque sin haber sido nunca suscriptor, soy un asiduo y ávido lector de la misma, sobre todo cuando aparece algún artículo relacionado con nuestra perdiz roja en general y con la modalidad de reclamo en particular.
Ha llovido mucho desde entonces y cambiado algunas cosas en esta modalidad de caza, no sé si para bien o para mal, porque en los años pasados anduvimos de sobresalto en sobresalto pensando en Europa y en sus directivas, para luego resultar que más que en Europa es en nuestro país donde más enemigos parece tener el reclamo. Por eso agradezco la filosofía de cuidadoso respeto que su publicación viene mostrando en los últimos años hacia sus practicantes, entre los que me encuentro.
Retrocediendo en el tiempo, en su propia revista y tratando de recordar lo publicado en la misma en épocas pasadas sobre esta modalidad cinegética, en mi habitual velada después de un jornada de caza, mientras los leños de olivo crepitaban en la chimenea y mis reclamos maullaban adormecidos y confortables en el jaulero, encontré el número 82 que corresponde a marzo de 1977, en cuya portada aparece una foto de perdiz asomando la cabeza por una piquera en una jaula de madera o de mimbre.
Completan esta portada tres titulares, dos de ellos bastante llamativos, uno que hace alusión “Mal año de la perdiz española” y otro que “El reclamo mantiene su afición”, dos enunciados sin duda, teniendo en cuenta que hablamos de hace casi 30 años, que siguen plenamente vigentes. Pero lo más curioso fue que tratando de encontrar el sustancioso artículo sobre el reclamo, al que la portada parecía hacer alusión, no hallé nada en una primera revisión, lo que me hizo pensar que habría arrancado las hojas correspondientes para archivarlas, sin embargo la revista estaba completa. Una segunda búsqueda más exhaustiva dio como resultado que en la página 75, en una columna dedicada al final de la temporada, se hace una alusión un tanto despectiva hacia esta modalidad cinegética, y si no juzguen ustedes mismo: “La caza de octubre a febrero terminó y luego se inició ese apéndice cinegético llamado caza de reclamo”. En una columna contigua y firmada por Miguel García de Mora aparece otro apartado con el título “Los pajariteros del reclamo” que alude a la reducción del gremio con estas palabras: “Veteranos y veteranos murieron y no han surgido otros en la misma medida”. No merece más comentario, a tenor del momento presente, pero es sólo un botón de muestra de lo que todavía hoy muchos opinan de la misma.
Alargar el lance lo más posible
Yo no sé el número de los que pertenecen a este gremio de la jaula, no manejo datos oficiales, lo que sí sé es que conozco a muchos aficionados, unos más y otros menos, y algunos muy chiflados y puristas que con caja y media de cartuchos por temporada son o somos felices, pues hacemos tantos o más puestos con escopeta que sin ella, ¡y no me digan que eso no es caza ecológica y sin muerte! Y esta chifladura consiste en criar y educar buenos reclamos y disfrutar con ellos a diario y en el campo en cada celo. Dice un buen amigo mío que es la única caza que se práctica todos los días del año.
Esta forma de pensar quizás venga ya recogida en mi código genético, pues mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre han cazado con mucha asiduidad el reclamo en tierras manchegas y andaluzas, y mis comienzos fueron hacia los 16 ó 17 años, no sé exactamente la edad, lo que sí recuerdo a la perfección es el primer puesto en que con una vieja escopeta Jabalí del 16 y con un “mediocuchara” de campo –entonces no había granjas– de nombre Verdejo, en el puesto de la Tinajilla, en los altos del coto de la Cubana, cerca del Llano del Espinar, en tierras cordobesas, tiré por primera vez una perdiz y hará de esto unos 34 ó 35 años, no sin antes notar cómo temblaba de emoción todo mi cuerpo y el galopar del corazón atronaba mis oídos con una violencia inusitada, al contemplar a través de la ventana indiscreta que es la tronera del puesto, como gallardo y silencioso aparecía entre la niebla un magnífico macho de perdiz que, arañando el suelo con sus alas, se dirigía altivo y retador hacia el tanto. ¡Cuántas veces se ha repetido esta escena a lo largo de los años y sigo sin acostumbrarme a ella! Y es que en esto del reclamo somos meros espectadores del lance, que en mi opinión, debemos alargar lo máximo posible –aunque el monte se marche– para que la jaula se empape del campo y se acostumbre a su presencia sin violentarse. No hay mucho más, ahí radica la esencia de esta caza y eso, como acabo de decir, me lo inculcaron desde muy pequeño.
Esa es en mi opinión sobre esta modalidad cinegética tan controvertida a veces, una caza de ilusión. Lo demás –jauleros de 30 ó 40 reclamos, 6 ó 7 puestos diarios, los coches atiborrados de jaulas, puestos de 30 minutos y todo el día saltando de cerro en cerro–, perdónenme los que no lo compartan, pero eso no es cazar la perdiz, es... matar perdices de otra forma pero nada más, pues ni así se hacen buenos reclamos ni se disfruta del puesto como mandan los cánones de esta caza que también los tiene.
Centrando la polémica
Nunca he escrito en una revista de caza, a pesar de que mi trabajo universitario me obliga a publicar en revistas científicas, pero son otros los campos y otros los planteamientos.
En cambio en esto de la caza, y en particular en lo referente al reclamo, hay muchos intereses encontrados y normalmente las discusiones no llegan a ninguna parte, y los perjudicados sin duda serán nuestras perdices y los sufridos cazadores que la practicamos.
Cualquier actividad que implique la captura, muerte o privación de libertad de un ser vivo, puede ser objeto de polémica según la persona que lo enjuicie. Y sería muy saludable que las revistas especializadas trataran este tema sin complejos, pues somos muchos los que la practicamos y algunos menos los que las leemos y existen multitud de parcelas relacionadas con ella, como la gestión del coto, el manejo, alimentación, aseo, cuidados, educación, estado sanitario y bienestar de nuestros perdigones, que yo echo mucho en falta y que trasmitidas de padres a hijos, qué duda cabe, necesitan ya de una revisión y puesta al día, porque las cosas, como decía al principio, han cambiado mucho, también para nuestras jaulas.
Y dicho esto les ruego que sean indulgentes conmigo, porque aunque algunos se atreven con todo, y la ignorancia suele ser muy atrevida, ser escritor y cazador al mismo tiempo es muy difícil, y sólo algunos privilegiados tienen ese don, del que yo sin duda carezco.
La cuestión sobre la utilización de perdiz para reclamo de granja o de campo, es complicada de responder, si no queremos caer en lo fácil, en lo irreal o en lo utópico.
Cuando yo empecé a cazar utilizaba los machos de casa que poseía mi padre y en aquella época no se hablaba todavía de repoblaciones ni de granjas de perdices, pues todas eran de campo, y los “mochuelos”, “mediascucharas” y demás términos utilizados para catalogar a los reclamos medianos, regulares y malos, tan abundantes como ahora.
Los tratos y sobre todo cambios de pájaros –que es como en Andalucía les llamamos a las perdices–, se prodigaban entre aficionados, lógicamente porque entonces no se podían comprar con la facilidad de ahora, dado que, como acabo de decir, no había granjas.
Entonces, como ahora, eran famosos los perdigones de Almería, Yeste, Arévalo y un sinfín de lugares, pero con una diferencia: no había sueltas. Eso empezó a suceder a finales de los años 70, y digo esto porque a mi profesor de Proyectos y Construcciones Ganaderas en la Facultad de Veterinaria de Córdoba, donde yo cursé la licenciatura de Veterinaria, le sorprendió que yo apareciera, un buen día, con mi proyecto sobre una granja de perdiz roja.
Eran los años en que en Lugar Nuevo comenzaba a funcionar una granja de ICONA y con anterioridad, creo recordar, otra en Los Quintos de Mora. Sabemos que las sufridas “gallinas americanas” siempre han criado en cautividad con bastante efectividad; otra cosa fueron los resultados posteriores, con aquellos manejos tan primitivos, en las que las mortandades eran la regla general. En la actualidad, con tal cantidad de sueltas, vaya usted a saber cuáles son de campo auténticas, entendiendo como tales las que entre sus antepasados no exista ninguna intervención humana.
No pongo en duda que muchas de las que se ofrecen no sean fruto de capturas clandestinas de perdigoncillos o de huevos, que esto sí que viene recogido en las directivas comunitarias, pero de eso a decir que allí no llegaron las “granjeras”, creo honestamente que hay un abismo.
Cuando la perdiz de suelta es de verdad perdiz roja, aunque sea de granja, cría en el campo de maravilla y además tengo datos sobrados que lo confirman –éste es uno de los bulos más extendidos–. Por tanto yo me pregunto en este caso: ¿Qué diferencias genéticas habría si el pollo que nos ofrecen es hijo de una suelta anterior? Me refiero en esto a los precios que se barajan por justificar que es de campo.
Si acaso, las posibles diferencias vendrían marcadas por su nacimiento en libertad, con menos contacto con el hombre, es decir, lo que en etología llamamos “acostumbramiento o habituamiento” y que consiste en que cuando un animal se expone muchas veces a un estímulo pierde capacidad de reacción. Esto, unido a un mayor entrenamiento frente a los depredadores naturales, la haría prácticamente indistinguible, en mi opinión, de las auténticamente salvajes, por lo que para caza en mano o en ojeo sería muy bueno y lo más parecido a la forma salvaje. Pero para reclamo, uno de los atributos preferidos del cazador es la mansedumbre, que viene dada, en la mayoría de las ocasiones, por el mayor contacto con el hombre.
Personalmente un macho que cuando voy a taparlo se destroza en la jaula con sólo verme, dura poco en mi jaulero si tras un período no muy prolongado de intensa exposición a personas y animales no se corrige. Por tanto, mientras más manso y noble sea mejor, y esta cualidad es atributo de muchos reclamos de granja, por lo que acabo de apuntar sobre amansamiento o socialización que acontece cuando nos ve y no se altera.
Sin embargo, ese comportamiento no indica que esté “domesticado” como algunos apuntan. La domesticación abarcaría a toda la especie, y además si los hijos de nuestra perdiz “supuestamente amansada” nacieran en el campo sin contacto con el hombre, serían igual que las salvajes, es decir, que habría que comenzar a amansarlas de nuevo, pues ese carácter, debido a múltiples factores, en el tiempo que las perdices se llevan criando en cautividad, no se hereda y en los animales domésticos sí.
Ahí tenemos el ejemplo del perro que, descendiente del lobo, comenzó su acercamiento al hombre 12.000 años antes de Cristo, por lo que ha tardado 14.000 años en llegar a la situación actual.
¿Qué reclamo buscamos?
¿Cuáles son pues los caracteres que el cazador actual busca, además de la mansedumbre, en su reclamo?
La bibliografía es muy abundante en cuanto al reclamo se refiere, y en todos los libros cada autor hace valoración personal de lo que todo reclamo debe poseer, lo que diría Pequeño D. (1903), “las bondades que deben acompañar al reclamo”.
Entre estas bondades se incluirían las siguientes citando a diversos autores: tranquilo en el tanto; pronta salida; variedad en el canto; paradas y observaciones; diferentes recibos según el sexo del entrante; suave en el recibo, sin brusquedades ni saltos; no muy fuerte con los machos y suave con las hembras; insistente en su trabajo en cualquier lugar y día y muy tranquilo, e incluso recibiendo al ir a descolgarlo.
Podríamos hacer esta lista mucho más amplia, pero más o menos esto resumiría, como acabo de apuntar, las cualidades buscadas por el cazador en su reclamo.
La mayoría de estos caracteres, por no decir todos, vienen recogidos en el código genético de la especie y se heredan, independientemente de si la perdiz nace en una siembra o lo hace en una incubadora. Otra cosa bien distinta son las leyes de la herencia que modulan la variabilidad de presentación de estos patrones de comportamiento y las posibles influencias del medio ambiente.
A este tipo de comportamiento se le conoce en etología como “comportamiento agonístico” y se define como “aquel mediante el cual un animal causa daño a otro, o bien intenta o amenaza con causarlo incluyéndose también en este sistema de comportamiento aquel que se dirige a evitar la agresión”, como es el caso del acicalamiento que practican muchos reclamos.
El comportamiento valiente o agresivo, que enciende la imaginación del puestero cuando acerca su jaula a la del compañero, que repito denominamos agonístico, tiene su origen en la competencia existente entre los animales por los distintos recursos: comida, pareja, espacio propio, etcétera, que tanto tiene que ver con esta caza. Los machos, como les ocurre a nuestras perdices, tienen mayor tendencia a pelear que las hembras, cuyo deseo parece estar controlado, en parte, por las hormonas sexuales.
El estímulo primario para la pelea, es decir, la manifestación de la agresividad, viene marcada en ocasiones por la presencia del dolor o bien por la introducción de un animal nuevo en el territorio de otro, otra de las situaciones típicas de esta caza y característica de muchas especies.
Lo que nuestro perdigón hace en su jaula cuando aparece “el campo” y con lo que tanto disfrutamos tanto en actitudes posturales, como en sonidos, son las luchas ritualizadas que caracterizan el comportamiento agonístico intraespecífico de la perdiz y que ya fue descrito en su día por Lorenz (1978) en otros animales.
Entre los animales domésticos, estas manifestaciones son menos aparentes, porque a través del tiempo las necesidades de lucha, alimentación, etcétera, han sido sufragadas por el hombre y porque al convivir en menor espacio se reconocen unos a otros. Pero lo que sería más interesante para nosotros, en el caso que nos ocupa, es conocer los factores que condicionan esa pretendida agresividad en nuestro reclamo de campo o de granja y que en el argot cinegético denominamos “bravura”.
La “bravura”
Pues bien, son cuatro los factores que justificarían esa pretendida bravura en nuestras jaulas y en “el campo”, entendiendo como campo las perdices salvajes.
Como es natural, la primera es la dotación genética que ese animal posea y que tiene poco que ver con el lugar de nacimiento –granja o campo–. Además en aves se ha conseguido de hecho una verdadera selección en función de la agresividad.
En segundo lugar el medio externo que rodea al animal puede actuar modificando su comportamiento agonístico básicamente de dos maneras:
a) Modificando la frecuencia de aparición de las situaciones agresivas.
b) Disminuyendo el estímulo umbral necesario para que se produzca la agresión.
Por esto decimos muchas veces que nuestro reclamo está cada vez mejor, porque como consecuencia de su exposición al medio, en el que tiene la posibilidad de desarrollar todos los patrones relacionados con el cortejo, lucha y defensa del nuevo territorio, si tiene clase, es decir, si su dotación genética es la adecuada, en cada nueva exposición el estímulo umbral para que se desencadene se reduce. Por eso decimos al principio de la pica que todavía el pájaro está “frío”.
A veces ocurre lo contrario, que por una excesiva exposición en el medio sin obtener resultado alguno disminuye la excitación y decimos que el reclamo no canta cuando debería de hacerlo. Ahí está la labor e intuición del puestero, pues esos detalles no son fijos ni vienen en los manuales.
En tercer lugar los niveles hormonales y la salud de nuestro reclamo son muy importantes, porque no sólo condicionan el tipo de respuesta física y real de cada individuo sino que, además, tienden a disminuir el umbral de estimulación para explicitar la agresión.
Existen reclamos que tardan más en encelarse y otros menos, y de forma artificial –lo cual yo considero engañarse así mismo– se pueden utilizar determinados fármacos para potenciar esta tasa hormonal que desencadene el proceso buscado.
En cuarto lugar el estado psicológico de nuestro perdigón puede verse afectado sobre el nivel de agresión. Los animales acostumbrados a luchar y ganar suelen ser dominantes, e intentarán vencer siempre, mientras que los que han perdido la pelea en agresiones anteriores van a ser sumisos y tratarán de evitarla. Así se observa que si en alguna ocasión uno de nuestros machos ha peleado con otro y le ha producido incluso lesiones, en algunas ocasiones estos reclamos se acobardan y en otras no, particularmente ante la presencia de los que en su día le ganaron el combate. Muchos de estos problemas se evitarían teniendo separados, como dicen los manuales, los perdigones de diferente edad, aunque al que sale de verdad valiente, nada de esto le influye; y estos “valientes” nacen de un huevo, puesto por una perdiz en una jaula o debajo de una mata.
Con respecto a la “dureza” de los del campo frente a los de granja, indudablemente las condiciones en el medio ambiente resultan ser más difíciles que en una granja y la selección natural elimina a los más débiles, mientras que en la granja, la selección natural poco o casi nada influye.
La vida útil de los reclamos
Hay otra cuestión que tampoco resulta cierta y que conviene no generalizar, y es la vida útil de cada reclamo, pues hay quien mantiene que los de campo tienen una vida útil mayor, cuando en la realidad es una característica propia de cada individuo y que está relacionada con los cuatro apartados antes comentados.
Llevo trabajando en estos temas de selección de comportamiento agonístico, a nivel particular, casi diez años, buscando obtener hijos de reclamos sobresalientes para reponer mi jaulero, para lo cual incorporé a mi bolsa de caza unos pequeños prismáticos, libreta y pluma; después, a pesar del riesgo que dicen los libros supone para el reclamo el “mantener relaciones con una perdiz”, hice la prueba –que cualquiera puede hacer en su casa– y hoy puedo decir con satisfacción que los resultados son muy aceptables, en algunos casos espectaculares, y que para mi es mucho más emocionante cazar estos reclamos de mi “ganadería”, que además distribuyo entre mis amigos, que probar ningún pájaro venga de donde venga.
Todos estos parámetros aparecen en las perdices de granja de la misma manera que en las de campo, por tanto no creo que existan diferencias para polemizar como se está haciendo con este tema.