Opinión
Desde mi postura
Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
Lo que digo me lo hacen saber, desde fuentes coincidentes, testigos directos que conocen mi posición sobre la caza moderna. Pero creo que estas cosas, no tan infrecuentes, merecen la censura de todos por pasar de castaño oscuro
Me aseguran ser cierto cuanto voy a decir. Y debo darle crédito, por grande que sea mi perplejidad. La misma que embargará a los de afición limpia que sigan leyendo, aunque estoy curado de espanto y puede que alguien se indigne por criticar yo lo que ellos juzgan bueno para la tradición de la caza de ungulados en montería española, en vez de entender que la desvirtúan quienes asisten a sus simulacros, ya más abundantes de lo que se imagina.
Por lo pronto, la dotación que estos “magníficos” de turno acopian y acarrean a la postura es más de estrategia militar que de táctica cinegética: rifles diversos con su munición y visores; accesorios para el confort en la espera (sombrillas, bolsas y cestas, termos y fiambreras); sillas y catrecillos adaptables a cualquier terreno y situación; horquillas y trípodes que afirmen la puntería; cámara de vídeo y de fotos, teléfono y prismáticos, más los telémetros y otra juguetería topográfica y meteorológica (con GPS, por descontado, no vayan a perderse en el campo inhóspito). De ropa menuda, ni hablemos: guantes, bufandas, verdugos, gorras…). Y como suelen llevar acompañantes, para doblar el puesto o lucirse en él, añádase el equipaje de tantos como sean.
Todo ello, señores, para dos “horillas” de ojeo sobre un par de cientos de hectáreas, cercadas y asfaltadas en accesos y caminos. A poco más se hace preciso un remolque con su operario cargador y descargador de trastos. Algo que se antoja necedad del montero-actor más que necesidad de cazador/tirador para partidas con poco chiste y en fincas sin misterio, artificialmente montadas y donde convenientemente se apartan los cochinos de los ciervos, las hembras de los machos, los machos sementales de los sacrificables, etc. Todos censados por sus criadores.
Completan la comparsa unos pocos perros (no sé para qué, si no hay ni monte; con dos careas de pastor bastaba) y unos cuantos batidores que, como si fueran ojeando perdices de granja, tienen la precaución de encauzar las reses a los puestos que no tiren a tono con la media. O de peor fortuna, pues algunos tienen tanta que desde el coche (potente todoterreno, como pide el caso) despatarran los venados más mansurrones. Por cierto, de tal peso que los de la carne los califican de “burros”, aunque algunos prefieran llamarlos “vacas” cuando, en común con los bóvidos, portan su pendiente en la oreja.
Lo que digo me lo hacen saber, desde fuentes coincidentes, testigos directos que conocen mi posición sobre la caza moderna. Pero creo que estas cosas, no tan infrecuentes, merecen la censura de todos por pasar de castaño oscuro. Más aún cuando supongo que tanta arboladura y lomo lustroso no se logran sólo añadiendo piensos vitaminados a una sangre y semen exclusivos del país.
Tremenda decepción deberían causar hechos así (y sus sospechas), en vez de proporcionar placer a quien tiene la “suerte” de asistir a estos “monteriones”, aspirantes quizá a premios y menciones. Hay que ver qué cosas tienen los que, con dinero de sobra, están faltos de ilusión.
Como estoy saturado de decir lo mismo siempre, y mis lectores empachados de leerme las mismas tabarras, reproduzco las meditaciones –en los años 60– de Luis Berenguer, malogrado autor de El mundo de Juan Lobón (pp.132-3 de la edición de Espasa Calpe que manejo). Lean y juzguen:
“Esto lo quería arreglar don Gumersindo buscando machos de venado de por ahí, para que hicieran cría. Yo mismo le subí a buscar uno al Tomellar, que ya lo contaré, y por eso sé lo que estoy diciendo.
Pero la sangre nueva era floja, pastueña, sin genio ni brío y con casta de corral, que se te arrimaban como esperando que les dieras una zanahoria. Matar un bicho de aquéllos, daba asco.
No se puede llevar al monte lo que se crió entre la reja y el mimo, porque los hierros, los encalijos, la hierba cortada y el cajón de pienso, meten sebo al lado del corazón y ese sebo da cuajo a la sangre y la enfría.
[...]
Ni los corzos ni las cabras eran así, sino que daba regalo verlos tan valientes, tan broncos, botando como pelotas montunas a nada que sentían. A la cabra engloria tomarle las vueltas de poder a poder: son bichos del monte, no bueyes.
[…]
Muchos berrinches sordos he tomado yo a cuenta de estas cosas, porque el amo quiere los ciervos para divertirse y para divertir a unos y otros y hacer su apaño, pero yo los quise siempre para vivir.
[…]
Gente gandula, gente que se pincha en el monte, que valía menos que todo bicho, pues ni para arrimarse a ellos servían, los mataban repompeados en sus asientos, con rifles con canuto de mirar, o echados encima de una manta; con un tío que les cargaba el arma y otro que les daba agua en botella”.
Parece que estoy hablando yo –ahora– y no Lobón –hace medio siglo–. Los que aún guarden una pizca de nobleza en sus venas monteras, no me negarán que esto se va a pique, sin que Dios mismo lo remedie. ¿Por qué iba Dios a arreglar lo que tantos regalones ven en su mejor momento y con el porvenir más seguro que nunca en España? Sus 50 provincias, más Ceuta y Melilla (ésta sin campo, pero con parque de recambio), podían beneficiarse del explosivo florecer de la caza mayor, admirable por su abundancia y calidad. ¿Para qué intervenir Dios? Agradecérselo más bien. ¡Menuda bendición!