Opinión
Letras furtivas
Última actualización 01/03/2005@00:00:00 GMT+1
Los buitres, los ganaderos, los cazadores han sabido las reglas de la vida en el campo desde hace mucho tiempo. Algunos, que no distinguen el tomillo del espliego ni la solana de la umbría, quieren ponerle rejas de leguleyo a los cielos y puertas al vuelo de los buitres
Antes que entrar en harina debo responder a una pregunta que el mes pasado hacía Tico Medina en estas páginas. Se interesaba por El Fari, que no sabía nada de su cuerpo zorzalero. Pues ¿dónde iba a estar el Fari?, pues cazando zorzales, hombre. Estuve con él por Cenicientos (Madrid), un día de viento mañanero que hacía aún más endiablado el vuelo de los pájaros y en que ya estábamos colocados antes de ponerse la luna. O sea, de noche. Compartí puesto con Sierra, el campeón, y con tal soporte no quedamos mal en cuanto a percha se refiere. El Fari sigue siendo la alegría andante y teniendo pólvora en las venas. Dinamita pura en tarro pequeño y corazón grande.
He vuelto por El Cerrillar, sobre el barranco del Río Dulce en Aragosa (Guadalajara). Se me acumulaban los recuerdos del amigo que se fue, mientras compartía una mañana de caza con su hijo. Soy testigo presencial de un hecho tan curioso como ridículo. Tienen una explotación de ganadería vacuna extensiva y una primeriza, una novilla, tiene un parto complicado y hay que sacarle muerto el becerro. En los cantiles del río Dulce prospera una colonia de buitres leonados que de continuo radiografían desde la altura la finca en busca de algún animal muerto o algún despojo que les sirva de alimento. Como han hecho los buitres leonados desde que empezaron a ser buitres, comer carroña y convertirse en los “procesadores de residuos cárnicos”, por emplear la terminología ñoña ahora tan en boga. Pues bien, no se comerán el becerro muerto. Los trabajadores de la finca tuvieron que cavar y enterrarlo. Leyes y ordenanzas. Y cuando murió una vaca en unos días de fiesta la tuvieron que tapar con lonas y espantar a las aves carroñeras hasta que vinieran a recogerla para incinerarla. Pagando, claro. Me sonó todo ridículo. Me sonó a que nos estamos pasando de memos. Que estamos convirtiendo la naturaleza salvaje que ha convivido con el hombre, sus labores y sus ganados desde hace diez mil años, en algo cada vez más artificial y estabulado so pretexto de defender la vida salvaje. Porque los buitres del Parque Natural del Río Dulce tienen que comer, claro. ¿Pero saben cómo? pues acudiendo a un “burger” de despojos que les tienen puestos los guardas y donde les arriman sistemáticamente la comida. Buitres estabulados.
Me cuentan que a alguna finca le han puesto una multa muy seria por hacer lo que siempre se hizo, dejar en el campo algunos restos. Desde lo de las “vacas locas” la cosa se ha puesto muy fea, me cuentan.
Cuando vuelvo de El Cerrillar los buitres siguen sobrevolando insistentemente una zona boscosa que da justamente sobre el río. Su instinto ancestral les impone esa tarea. Entonces oigo unos tiros en la distancia y me lo explico mejor. Están dando una montería y los “leonados” esperan que algún animal malherido no sea cobrado por los cazadores, vigilar su rumbo y acechar su muerte para aprovecharlo ellos. Los buitres, los ganaderos, los cazadores han sabido las reglas de la vida en el campo desde hace mucho tiempo. Algunos, que no distinguen el tomillo del espliego ni la solana de la umbría, quieren ponerle rejas de leguleyo a los cielos y puertas al vuelo de los buitres. Lo que son, ante todo y sobre todo, es unos cursis.