Entrevistas
Caza internacional
Siete balas para siete animales
Última actualización 01/04/2005@00:00:00 GMT+1
Dos cazadores amantes de la caza internacional e incondicionales del 375 H&H cuentan sus respectivas experiencias con este calibre, posiblemente el más versátil para la caza internacional.
Justo antes de salir este agosto para Tanzania he podido leer varios artículos sobre balas, calibres, etcétera, adecuados para la caza en África. Encontré mucho y variado, pero siempre aparecía el viejo .375 H&H Magnum al que sin embargo todo el mundo le apostillaba con el correspondiente pero... Parece que, aunque nadie se atreva a denostar definitivamente al viejo veterano de mil safaris, tampoco es “chic” dejarlo pasar con toda su gloria intacta, como si desluciera no marcar distancias y elogiar las oportunas novedades.
Y ya sabemos que este tipo de “peros” son conjunciones adversativas y, en el fondo, demuestran una cierta oposición a algo. Paquito es muy buen cazador pero no le pega al mapa de España, etcétera. Que si se ha quedado viejo, que si no vale para España –por exceso–, que si es pequeño para los “cinco grandes”, que si demasiado rápido, que si esto y que si lo otro.
De acuerdo que el calibre en cuestión no es un stoper –para parar una carga–, pero también está claro que sólo los cazadores profesionales necesitan stopers, los demás no, salvo que nos disfracemos de profesional y nos guste pensar que somos el rey del mambo, carga va y carga viene, que más parece la batalla de Balaclaba que África. Vale también que es grande –pero no demasiado grande– para nuestros lances monteros.
Y claro, para los que también lo usamos aquí y disfrutamos en todas partes de este calibre y tenemos que oír tanto rollo sobre cañones africanistas –por el lado “grande”– y risitas de precisos y ultra veloces –aspirantes a...– snipers y que no se han enterado de la diferencia entre un tiro a 400 yardas y pegarle un tarascazo a un guarrete en un cortadero, no nos queda otra que resignarnos y hacer oídos sordos a tanto experto ultraveloz con culo de bote mientras echamos un cariñoso vistazo a nuestro viejo rifle agraciado en su interior con el extraordinario .375 H&H Magnum. El “tres setenta y cinco” por antonomasia, sin más.
Preparativos previos a la aventura
Así las cosas, y después de tumbar unos cuantos cochinos con el Mauser 66 del .375 en varias de nuestras “terroríficas” monterías y ganchos, me preparé para ir de caza a una zona verdaderamente abierta –no cercada con vallas, quiero decir–, en Tanzania, en el Selous, incluyendo la licencia dos búfalos y “casquería” variada.
Al terminar la temporada montera y como las balas Sako de .270 grains que uso para nuestros admirables jabalíes no parecían muy adecuadas para los Cafer, pues pregunté y pregunté y al final me compré las balas que me dio la gana y ya que estábamos en plan europeo y alineados al eje franco-alemán, me hice con unas cajas de balas RWS de 300 grains, 60 balas TUG –Torpedo Universal Geschoss– y 40 sólidas, de las llamadas Vollmantel Geschoss, y que Dios me perdone por decir palabrotas.
Como es “lógico” y natural en un sitio con varios miles de licencias de caza y muchos miles de armas por ahí pululando, en Cantabria no existe un solo campo de tiro donde regular y probar los rifles, de manera que, una vez más, con la colaboración inestimable de mi buen amigo Miguel San Emeterio, pusimos la herramienta a punto y “fina como un bisturí” en uno de esos valles que abundan por estos lares, siempre con esa sensación de “ilegal” a que te condena nuestra legislación. Miguel, además, dejó el cerrojo retráctil del 66 suave como una caricia, rebajando ligeramente la madera del costado, que se había hinchado un poco con las lluvias del invierno y rozaba al desplazar el carril.
Como la cosa principal iba de búfalos y, por las características de la zona, etcétera, no parecía adecuado tirar a más de 100 metros, pues dejamos todo ajustado para un teórico 0 a 100 para las TUG, que siempre serían la primera opción, seguidas luego en el cargador por dos de las sólidas.
Y, una vez más, el “vetusto” –92 años le contemplan– .375 nos vuelve a demostrar por qué sigue siendo el rey, dando sopas con honda a todos los párvulos pipiolos que abundan por ahí. Había que ver, amigos míos, cómo agrupaba a 90 metros 3 balas diferentes, dos de ellas la TUG y la V MANTEL de 300 grains y la tercera, la de los cochinos, de .270 grains. Y esto es una garantía y una tranquilidad cuando te paseas por esas tierras de la Sra.Tse-tse en busca del tal Ñaty y te salta de sopetón el faco ese tan simpático y rabitieso o tienes que poner mirando para Laredo a un buen –raro– impala.
Por si acaso, también pegamos unos tiros con las miras abiertas, que nunca se sabe..., y pensando en tirar con todo entre 20 y 150 metros.
En el campamento
Con el equipo preparado y después de los penares de rigor, llegamos al campamento con una tarde de antelación, gracias a las eficaces previsiones de mi colega y sin embargo amigo, Santiago Garrido, al que podemos ver probando su Blaser, también del .375 y con freno de boca, en la misma zona del campamento. Yo disparé un tiro y como las cosas estaban igual de bien a la orilla del Río Kilombero que en la vega del Río Pas, pues no le di más gusto al gatillo, que teníamos siete días de caza por delante.
Aquí sí quiero hacer un inciso, que también afecta al tema de la “balacera”, pues la caja de balas de un compañero de cacería fue extraviada no sabemos dónde –¿Barajas, Amsterdam, Tanzania?– ni por quién. Lo que sí sabemos es que al día siguiente, a las 12, una avioneta fletada por KLM aterrizó en la pista donde habíamos “africanizado” el día anterior y lo hizo con la caja en cuestión, sin cargo alguno y, después de firmar el recibo más curioso que he firmado en mi vida, se fue por donde vino, ¡y sin pedir propina!
Con los “pequeños” no perdona
Y éste es el meollo de la cuestión: ¿es el .375 H&H Mag. el campeón del vale pá tó, u all around?, que también dicen por ahí. ¡Pó zí, lo eh! Veamos.
El primer lance se produce a la media hora de salir del campamento. Nos dirigíamos con viento fresco hacia una zona donde esperábamos encontrarnos con los toros y, de repente, a un costado del camino, vemos un par de impalas machos hechos y derechos y con las puntas de los cuernos ya separándose. De hecho, fueron los mejores que vi en toda la semana.
Aquí los impalas son “pequeños” y sin pensarlo más avisamos al ínclito que nos acompañaba como cazador profesional (PH), apodado “Chanquete” por un voto de diferencia sobre la alternativa “Mr. Magoo”, valorando su aspecto para el primero y su certera visión para el segundo apodo. Baste con decir que es la primera vez que no le doy ni un raquítico dólar a un PH por una cacería en África.
Nos bajamos del Toyota y gracias a los nativos que hacían de pisteadores damos con los impalas que se habían resguardado a 50 metros detrás de unos arbustos. Bien, he aquí una de las primeras situaciones para las que se supone que funciona el calibre en cuestión: del animal sólo vemos los cuernos y por una mancha rojiza detrás del follaje, hemos de deducir por dónde pensamos que está el hueco de las cosquillas. ¡Pum!, TUG al aire e impala patas arriba sin dar un paso.
Al día siguiente y después de que Santiago diese cuenta de su excelente hartebeest de lichtenstein –kongoni le dicen por aquí, aunque en mi Guía de la Caza en África le dicen kongoni al de coke´s–, pues ya me tocaba a mi tirar a este bicho tan feo. Después de localizar un grupo hacemos un minirececho hasta buscar una posición desde la que valorar el animal. Ponemos los palos y la situación estaba clara: sólo había un candidato y, un segundo después, ya no lo había. Ahora el tiro había sido limpio, a 80 metros y con apoyo. En honor a la vedad y al nombre del animal, hemos de reconocer que éste sí dio dos pasos, aunque Santiago dice que fueron tres. No sé, no sé, me embarga la duda.
El día siguiente lo pasé haciendo el censo de impalas y kongonis de la zona –justo lo que ya había cazado– y observando con mucho interés el entusiasmo de estos pirómanos consumados que nos acompañaban, si bien haciendo siempre uso de una sola técnica, que por ello supongo perfectamente dominada: encender una cerilla desde el coche y tirarla a lo seco, así, con garbo y precisión.
El Selous huele a quemado y, todo hay que decirlo, te vienes con olor a quemado, y no en la sombra del viento, sino en la memoria de tu pituitaria grabada a fuego en tu cerebro y en el recuerdo de tu viaje; y es una pena, pues son tantos los olores evocadores de tantos viajes, que regresar con el sentido más evocador abotargado te roba una parte de tus recuerdos.
Más mosqueados con “Chanquete” que un vegetariano con un esquimal, seguíamos paseando nuestras posaderas por el Selous. Estaba en mi turno cuando, en un secarral que la gente del lugar llamaba “Serengueti” en honor al afamado parque, vemos un faco macho y bien dotado que se coge las de Villadiego. Aporreamos el techo y le sugerimos lo de cazar al animal, por eso de que está en la licencia, con el debido respeto, si no es mucha molestia y tal y tal... Al final “Chanquete” se mete por donde no debe y desiste mientras vemos cómo el animaluco se marcha por estribor, a sotavento. Jurando en cántabro clásico le digo a “Chanquete” que todo para la derecha, o sea, culia, culia y más culia...; “Chanquete” para el Toyota –que sí que es fantástico– y sin esperar a recibir plácet alguno le pego un disgusto al colmilludo que se había parado para mirarnos a la sombra de un arbusto 80 ó 90 metros más allá del Swarovski Habicht de 1,5-6 x 42 que le seguía con tan malas intenciones.