Hemeroteca :: 01/05/2005
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Última actualización 01/05/2005@00:00:00 GMT+1
En su todavía corta pero activísima trayectoria literaria, José Ramón de Camps convoca de nuevo a sus lectores. Unos lectores plenamente fidelizados que de nuevo tienen por qué estar de enhorabuena, a los que no ha de extrañar el deseo del autor de reforzar ante ellos su convicción en la trascendencia de sus narraciones cinegéticas. No se me interprete mal. Uno coincide con Marcel Reich-Ranicki, el crítico literario más influyente de Alemania: “Sin vanidad no existe literatura”. Y eso que de Camps hace por ocultarla, tal vez sin demasiado esfuerzo debido a esa llaneza en reconocer errores, en escuchar consejos o en asirse a la sabiduría de otro escritor venatorio, ya sea éste clásico o moderno.

No es el sarrio, en esta ocasión, el leiv motiv del libro. Acostumbrados, o mal acostumbrados, a los tres libros anteriores, puede que algunos lectores especialistas se lleven una decepción. Otros, en cambio, aceptarán la variación de tema, y cuando éstos y aquéllos hayan terminado de leer el texto entenderán y se congratularán del viraje de José R. de Camps. ¿Por qué el zorro? Muy sencillo: porque tiene mucho que ver con su adolescencia cazadora, con su introducción en el arte de la caza, con las orientaciones de campo de su querido padre, con las curiosas cuquerías de guardas y pastores, con “La Morisca”, adorada finca familiar en los aledaños de la Sierra de San Pedro… En cualquier caso me parecen argumentos suficientes –y sentimentalmente poderosos– para ponerse a escribir a partir de ello. Más aún si me remito a esta confidencia: “Los zorros forman parte de mi vida y cada vez que veo uno en el campo, mi instinto cazador me altera el cuerpo”. A costa del raposo aprendió a cazar solo, a descubrir la soledad del monte, a ser paciente en las lentas esperas en amaneceres y atardeceres, y “a conocer, en función del tiempo, del aire o de los meses del año, cómo se mueven los animales cinegéticos dentro de su entorno”. Aunque no lo dice, mucho le habrá servido de cara al rebeco, su otra pública pasión, modalidad venatoria en la que tanto juegan las agallas, la paciencia y la precisión.

Con “El zorro, pasión por su caza” José R. de Camps hace diana. No cabe, pues, mayor precisión, bien que, curiosamente, provenga de una adivinable impaciencia en el escritorio. Nos encontramos ante un tratado completo y moderno sobre el garboso y listo vulpino, sin parangón posible en nuestra literatura de caza, la cual nunca le regateó referencias pero sí una monografía de enjundia. Ya no es así. Se agradece la naturalidad y la claridad expositiva, y la tensión rítmica, en el estilo de nuestro autor; que acierta en la bibliografía consultada, en las notas de biólogos y naturalistas, y en las anécdotas zorreras, sean éstas vascas, extremeñas o propias; que vincule a su causa a Juan Delibes con el prólogo, solventado éste con lenguaje conciso y reflexiones ilustrativas. Capítulo aparte merece lo cuidado de la edición –era de esperar–, sobresaliendo el trabajo de ilustración sustentado en las fotografías de Antonio Vázquez y en los dibujos de Josechu Lalanda.

El corpus fotográfico es asombrosamente bello y sugerente, mientras que el lápiz maestro de Lalanda nos ofrece una sucesión de apuntes de zorros en distintas conductas, llenas de espontaneidad y movimiento. En uno y otro caso me encanta lo intransferible de cada imagen, esa intención cómplice y elocuente. Bien. Después de leer el libro comprendo que J. R. de Camps reclame para el “vilipendiado Juanico” –mote recordado por Juan Delibes– la consideración de res de montería, de pieza de caza mayor. Apalancará su tesis con los testimonios de algún diario o carta-autógrafa de reyes o príncipes españoles, de escritos de autores clásicos y modernos. De éstos concedo un pasaje de “Origen y Dignidad de la Caza” (1634 ) pues lo que dice Juan Mateos es un decisivo aval en el alegato de José R.de Camps: “ (…) monteros, que son los que saben matar el gamo desde la atalaya y el jabalí y el lobo y el venado y la zorra y los que saben y alcanzan por experiencia dónde pare la loba…”. En el siglo XIX al zorro se le despojará de sus modestas dignidades para verlo como a un mero asaltagallineros. En Francia no merece una vénerie propia como la del lobo pero, por lo menos, es un nuisible respetado. Gran Bretaña es otra cosa, claro; fuera de temporada los raposos son intocables, gozan de la alta protección de los duques de Beaufort para que puedan llegar a ese glorioso fin de ser presa de sus incomparables fox-hounds, y de los perros zorreros de los estilosos country gentlemen. Cuando hace años adquirí el “Tratado de la caza de lobos y zorras, y medios más seguros de exterminarlos”, un opúsculo de 1829, pensé por un momento que al zorro le habíamos otorgado una cierta credencial bibliográfica, siquiera compartiendo protagonismo con el lobo. Nada. El anónimo autor apenas le da entrada, tratándolo, a mi modo de ver, como a un tronado usufructuario de las trampas especialmente ideadas para atrapar al primero. Con el tiempo, más de lo mismo. Ahora, con este libro, su suerte ha cambiado. Su honor quedó restituído. Así lo ha querido este certero e infatigable espadachín de nuestras letras venatorias llamado José Ramón de Camps. Gracias a él volvió espectacularmente “el signo del zorro”. Pero sin antifaz. Con la verdad por delante.
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