Hemeroteca :: 01/05/2005
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Opinión

El taco de Tico

Última actualización 01/05/2005@00:00:00 GMT+1
Libre va la liebre de la palabra. No quiero que se me escape. Sus orejas, es una greguería de Ramón, “son un paréntesis en la escarcha”
Con auténtico olfato periodístico, en el número pasado el director actualizaba la liebre –veloz y humilde– en la portada y en las páginas interiores de nuestro trofeo del mes de marzo. La liebre en la cresta de la ola, además de en el surco de la tierra. Y es que la liebre está de moda. A saber:
Por lo pronto en El Prado está, no sé si todavía porque nos la han prestado sólo por unos días, por unas semanas,“La liebre”, de Durero, uno de los más grandes pintores de que se tiene noticia. Una joya de la pintura, una liebre que hasta huele si se acerca uno a sus bigotes que tiemblan con el frío del aire acondicionado, liebre tan dura de Durero.

La liebre en el plato de caza, sabor por excelencia del campo llano y hermoso con estos fríos, liebre con fideos, que les recomiendo. Liebre en los grandes cocineros y en el paisaje de don Andrés Vázquez, que fue señor del toreo, y que la sigue buscando a caballo, a la antigua usanza, por los escarchados campos de Villalpando.

Tambores de Baena que ya suenan, de los antiguos, en la Semana Santa, hechos de piel de liebre de las umbrías. Los galgos del tiempo de don Miguel de Cervantes de tan inmensa actualidad cazaban liebre.

Conozco un aficionado, gitano, de los buenos, que canta todos los cantes y que al presentármelo me lo dicen: “Aquí te presento al Liebre”.

Y en mi pueblo, por donde paso, recuerdo cuando íbamos a cazar la liebre en los secanos y en los barbechos, con mi primo Miguel delante con la sola ayuda de un palo de olivo en la mano: “A mí no hay galgo que me gane...”, decía. Y llevaba razón. Luego, en casa de la abuela hacíamos una liebre con andrajos que daba gusto ser “pordiosero” del paladar.

Bob Dylan, que ha escrito sus memorias, y al que servidor le dio la mano un día y que tenía una uña larga, de tocaor de flamenco, para la guitarra, escribe: “En principio fui como un perro cazador de sueños”.

Yo también. Cazador de sueños fue el maestro don Miguel Delibes al que veo en la tele, abierto, una entrevista difícil de conseguir, contando historias, diciendo que una de las cosas por las que no dejó Valladolid para venirse a dirigir El País, a Madrid, fue porque “no quería dejar, entre otras cosas, mis mañanas de caza...”
Ahora ha cazado un libro –a veces un libro es una liebre porque no se llega a alcanzar nunca– sobre lo que espera al mundo si no nos enmendamos. En un libro, la Condesa de Romanones, Aline, va a contar aquella trama marroquí que se urdió a gran nivel en el norte de África con espías dentro –ella era el tigre en la CIA en el curso de una cacería de las que hacen época–.

Se me viene a la memoria aquel largo fin de semana en que servidor, más que cazar, acompañó a las grandes escopetas a la búsqueda del mítico jabalí de Quetama.

Veo en el cine, de la tele, las Minas del rey Salomón, con Deborah Kerh tan bella, y en un instante, entre jirafas que corren en la estampida del fuego, leones que se pelean, monos que saltan en las ramas de los árboles, mambas asesinas que surgen de entre la hojarasca al pie, Stewart Granger, que en paz descansa, va y comenta con sus acompañantes: “La selva es como la vida que o se es cazador o se es cazado”.

Cierto, que siempre digo lo mismo. Y si no, escuchen lo que dijo de John Steinbek, que era un cazador de historias prodigioso al que tengo que volver a leer inmediatamente: “El hombre es el único zorro que pone la trampa, le mete la carnada dentro y luego mete la pata...”
Hay batida para cazar a los que ponen cebos de veneno en el monte. Están Ilegando a la moda las sandalias de pata de elefante, las nutrias han vuelto al río Congost, en Cataluña –las pobres llevaban veinte años lejos porque su instinto les decía que si regresaban morían–.
La becada en el menú y en la leyenda del libro de Jaume Coll. Anoto del “Hola” la receta, copio textualmente: “Solomillo de ciervo al hojaldre”.

Libre va la liebre de la palabra. No quiero que se me escape. Sus orejas, es una greguería de Ramón, “son un paréntesis en la escarcha”. Cierto. Liebre viene además de libro y, por si fuera poco, la legendaria “Tizona” del Cid fue hecha por árabes del Sur y no sólo para la guerra, vino para que su dueño pudiera cazar liebres, a caballo, en los campos de Castilla.

He dicho.
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