Hemeroteca :: 01/06/2005
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Opinión

El taco de Tico

Última actualización 01/06/2005@00:00:00 GMT+1
Eso es lo que es la vida, que es a lo que voy, que en primavera la metáfora se altera: una crónica de buitres y de linces, a veces linces emplumados de buitres; en ocasiones, pocas, buitres con la cara zamarra de los linces
Hace muchos años volé por encima del vuelo del cóndor, en los altos Andes. El indio aymará que me acompañaba en el “camino”, en el vuelo, me dijo un día:
– Tengo entendido que ustedes en Castilla –hablaba con un español antiguo, del Altiplano– tienen como un cóndor como el nuestro, sólo que es más del suelo que del cielo. Me han dicho que le llaman “guitre”.

Y luego, masticando su bolo de coca con tiza, me sonrió misterioso y dijo:
– Aunque ya sabe usted que con lo feos que son, también son muy útiles. La mejor policía sanitaria del planeta.

Llevaba razón, los nativos siempre la llevan. Por eso renuevo la memoria del cóndor para escribir del buitre. Acabo de ver en la tele un espectáculo formidable, fascinante, sobre el “gran sepulturero”. En el programa de caza que veo con mi hijo Salvador, que acaba de regresar de Sudáfrica con el deseo de volver por el león, y con mi nieto Manuel, que se pasa el día disparando a los ángeles invisibles, vi a los buitres tras la suerte de la gran cabra cobrada, como Dios manda, en Gredos.

Luego llega lo más impresionante, lo insólito, lo nunca visto. Me lo cuenta José de la Fuente, medalla de oro en tantas cosas, incluida por supuesto la caza:
– Es que era increíble chico, aquél festín, aquél vuelo de plumas, aquélla apoteosis de picos y de garras...

Y me aparece la metáfora. En eso estamos, en la “buitrera de papel” de cada día, los habituales, entre los que me encuentro rebuscando en la entraña viva, aún palpitante, escarbando en el hueso pegado, levantando el efímero trozo sanguinolento –ustedes me perdonen– de la noticia. Menos mal que desde arriba a uno a veces se le permite ver el rastro del lince, ahora de tan enorme actualidad porque nos ha criado entre cuatro paredes, como el que dice. Servidor puede decir que en su día vio la mierda del lince, breve pero brava –que siempre digo– en aquella batida científica por las tierras de Doñana. Uno iba de macutero con Delibes hijo, que tanto sabe de lo que se debe saber en el tiempo que vivimos. Viajábamos en silencio coronados de antenas, escudriñando señales en la tierra como los indios sioux, tratando de saber del lince. Y él, con su abrigo carísimo, nos miraba sin ser visto.

Eso es lo que es la vida, que es a lo que voy, que en primavera la metáfora se altera: una crónica de buitres y de linces, a veces linces emplumados de buitres; en ocasiones, pocas, buitres con la cara zamarra de los linces.

Animales a la caza de animales. En la oscuridad del cine anoto lo de la película “Nunca jamás”: “No se altere, joven, que el tiempo siempre acaba dándonos caza a todos”, dice el viejo buitre al joven lince. Parece premonitorio, porque se nos acaba de morir David Gómez Samitier, el buitrero mayor del Reino. Pasa todo esto en el tiempo en que ha sido denominada “ave del año” el águila perdicera, y con todos los honores.

Miro con deleite la perdiz que un día me pintara el maestro Benjamín Palencia y a la que sólo le falta cantar al alba –igual lo hace–.

Camila le dijo a Carlos luego de la boda –no es un chiste, se lo escucharon decir mientras brindaban en el viejo castillo mirando al horizonte–: “Ahora ya podemos ir al zorro juntos, querido, sin que nos critiquen”. ¡Son los milagros del amor!, claro.

Cómo recuerdo ahora mismo aquella vieja foto, que no sé por dónde andará –siempre se mueve uno en las lindes de la actualidad, aunque sea mensual–, del Príncipe Rainiero vestido de cazador en tierras extremeñas. Llevaba además aquellos zahones de cuero, que igual usó más tarde en sus altas tierras francesas, donde según se ha sabido estos días también tenía ciervos.

Y hablando de ciervos, que no se me olvide: ya saben que se ha publicado mucho sobre que la rayadura de asta de ciervo ayuda cantidad al deseo sexual. Insisto: le llaman la viagra montera, y los hay que se han hecho de un capitalito reuniendo desmogues por esas tierras de Dios, y a veces también del diablo.

Yo por si acaso y aquí, entre nosotros, paso la mano y a veces me rasco como un viejo jabalí la quebrada espalda por el trofeo mínimo que me recuerda aquel día inolvidable con Alfonso de Urquijo en su casa de Centenillo, cuando me permitieron conseguir –bien fácil me lo pusieron– aquel pobre animal en libertad, al que abatí con orgullosa ferocidad, el único y el último de toda mi vida cinegética.

Lo dicho, que soy ese viejo buitre de papel envuelto en la piel de un crecido gato montés, que a lince no llego. Aunque algo cazo. Hoy más que nunca, cinegético Medina.
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