Hemeroteca :: 01/07/2005
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Arte y Cultura

Crónica venatoria

Última actualización 01/07/2005@00:00:00 GMT+1
La historia de la humanidad puede contarse desde muchos ángulos. El marqués de Laula lo hace desde la caza y con sentido del humor, y Barca, con sus magníficas ilustraciones, remata el propósito lúdico y divertido de esta sección.
Plutarco podría haber incluido por más de un motivo a Felipe IV y a Carlos IV en sus vidas paralelas: ambos tuvieron como pintores de cámara a verdaderos genios del pincel, aunque los inmortalizaran, con suerte diversa, Velázquez con respeto por la realeza, y Goya con una mirada tan crítica que resulta casi ofensiva; los dos reyes se entregaron a la caza con pasión devoradora y también se apoyaron en validos con igual rechazo por parte de sus sufridos súbditos. La repulsa a Godoy queda bien reflejada en las palabras del anciano y respetado conde de Aranda acusando al favorito de “empujar al monarca al desenfrenado ejercicio de la caza, desatendiendo altos deberes, con el fin de que él tuviera las manos libres para manejos sospechosos, que llevarían a la nación a la ruina”. La opinión del viejo ministro no sólo no fue considerada, sino que, además, le valió el destierro inmediato a sus tierras de Aragón.

Al tercer Carlos se le ha llamado “El rey cazador”, aunque el calificativo quizás le hubiera correspondido con más justicia a su heredero Carlos IV, y buena muestra de su dedicación es un documento que se conserva en el archivo Municipal de Madrid que incluye un cuadro estadístico con las piezas muertas por el rey durante el año 1805. Dice así: “14 lobos, 33 zorros, 3 gatos, 16 jabalíes, 35 venados, 483 gamos, 156 liebres, 2.016 conejos, 14 avutardas, 2.152 perdices, 425 codornices, 682 chochas, 206 palomas, 37 faisanes, 43 patos, 195 tórtolas, 138 zorzales, y 559 varios”. Es una relación verdaderamente regia con la que, al revisarla, se me encampana la codicia cinegética especialmente por el número extraordinario de becadas, las misteriosas damas del bosque.

Los monarcas anteriores habían legislado sobre la caza tratando especialmente aspectos puntuales, pero en 1804 se publica una Real cédula que ordena esta actividad de modo general: establece la veda en todos los reinos desde el 1º de marzo hasta el 1º de agosto, prohibiendo en esos meses el uso de galgos y escopetas; manda se sacrifiquen los hurones, excepto en vedados, proscribiendo los reclamos de todo tipo, incluidos los perdigones, y disparar a las palomas a menos de una legua de los palomares, y “en consideración a ser no sólo util, sino casi preciso al regalo de las mesas el uso de la caza en ellas, se permiten los cazadores de oficio”, que la conservación de las especies no está reñida con los manteles ni con los fogones. En otro artículo detalla: “En el resto del año sólo podrán cazar con escopeta y perros los nobles, eclesiásticos, y toda persona honrada de los pueblos [...] y de ningún modo los jornaleros ni los que sirven oficios mecánicos, que sólo lo podrán hacer por pura diversión los días de fiesta de precepto". Se manifiesta el alto concepto en que se tenía la jornada laboral a pesar de no existir sindicatos ni asociaciones patronales.

En 1790 se edita la obra titulada “El experimentado cazador y perfecto tirador”. El autor, hombre discreto donde los haya, firma escuetamente con las iniciales “D.J.M.G.N”. Además de impartir sana doctrina sobre cómo cargar la escopeta, de chispa y avancarga por supuesto, y muy sabios consejos sobre toda suerte de caza y cacerías, explica el mejor atuendo para el cazador: “En primer lugar debes hacerte zapatos, botas, zajones, y mangas de becerro de Irlanda [...] para librarse en el campo de una garranchada, [...] escusar de mojarse la ropa interior [...] y principalmente para ir seguro de las picadas de las Vívoras y de otros vichos ponzoñosos que hay en los campos; la ropa exterior, esto es, chupa y calzón debe ser en todo tiempo de paño burdo [...] el sombrero debe ser chambergo y corto de ala.” Después habla de la mochila que “no puede excusar ningún cazador, debe ser de becerro suave y ha de contener hilo, agujas, limas, yesca, pedernal, eslabón, pajuela, un cabo de vela, bálsamo para las heridas –dos cucharas, una para ti y otra por si convidas a algún compañero–, un tornillo, un bote de sal, ajos y pimentón, una vasija con aceite, y vinagre, una liara para beber con su cordel para sacar agua de los pozos, pan y vino... Y te librarás de las necesidades que ocurren a los cazadores”.

Lo notable es que recomiende solamente un macuto y no un baúl de los que se llamaban “mundo” porque podían contener a la tierra entera. El libro tuvo un enorme éxito y se siguió editando hasta 1853, seguramente porque seguía siendo imprescindible para poder cazar llevar consigo dos cucharas, “una para sí y otra para el amigo”.

El reinado de Carlos IV acaba tristemente con abdicaciones y renuncias poco edificantes, destierros de la Familia Real y con el país invadido por los ejércitos napoleónicos. Esta incómoda situación desemboca en una cacería al hombre, siempre que fuera francés, en la que alguno puso tanto entusiasmo que mereció el apodo de “El Empecinado.”
Las cosas no vuelven a su cauce hasta que Napoleón es derrotado en el partido de ida y en el de vuelta, en Leipzig y Waterloo, y se establece una especie de remedo de la antigua forma de vivir. Fernando VII regresa al Palacio Real de Madrid y la situación empieza a normalizarse.

De todos modos, este rey interrumpe la costumbre de monarcas aficionados a la cacería, y entre su falta de entusiasmo y el excesivo de la mayoría de los súbditos, que se habían apoderado de la multitud de armas que la guerra había repartido por el país, la caza prospera poco durante esos años.

Aunque hay un refrán que dice “en tiempos de tribulación, no hacer mudanza”, los cazadores adoptaron exactamente la postura contraria saludando con regocijo las novedades en las armas. Con anterioridad se había puesto de moda fundir los cañones de los arcabuces primero y de las escopetas después con callos de herradura, ya que descubrieron que el continuo roce con los guijarros de los caminos templaba el hierro del calzado de las caballerías y mejoraba las condiciones del metal.

Pero el descubrimiento del fulminato de mercurio y el pistón que lo contenía fue un avance técnico que el mundo cinegético acogió con entusiasmo, pues reducía notablemente el tiempo de encendido de la pólvora y el disparo empezó a hacer realidad el dicho: “Aquí te espero, aquí te mato”.

Gracias a esas ventajas la escopeta de pistón hizo auténtico furor y muy pronto salen al mercado varios libros que explican cómo desenvolverse con las nuevas armas y técnicas, como son el “Tratado de las escopetas llamadas de pistón”, en 1829, y “El observador en la diversión de la caza y escopeta de pistón”, de Francisco Zolines en 1830.

Con estas obras se aprende a utilizar sin riesgo las revolucionarias armas y se conoce su indudable superioridad, que permite disparar incluso bajo un aguacero, avance muy significativo pues con las escopetas de chispa en las cacerías de acuáticas lo único que se conseguía era disfrutar del vuelo rápido de los patos sin poder saludarlo con la pólvora porque la pólvora estaba empapada. Pequeñas causas, grandes efectos.
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