Entrevistas
Una cuadrilla pecular con 70 años de historia
Última actualización 01/07/2005@00:00:00 GMT+1
Monteros de la Demanda es una peculiar y veterana cuadrilla de caza con 70 años de historia cuyo cazadero siempre ha sido, como su mismo nombre indica, la Sierra de la Demanda. La historia de esta simpática cuadrilla es también la historia de la caza en nuestro país en el último siglo.
La caza es una actividad que acompaña al hombre desde el principio de los tiempos, pues de ella dependía para sobrevivir y, por lo tanto, para poder crear otras manifestaciones culturales como el lenguaje o el arte.
Desde aquellos tiempos ha cambiado mucho, empezando porque se ha convertido en una actividad voluntaria y placentera de la que ya no dependemos para conseguir nuestro sustento.
Pero sin duda alguna, y de manera parecida a como ha pasado en otros aspectos de la vida, el siglo XX supuso una evolución proporcionalmente mucho mayor que la que se había dado en el resto de historia de la caza. Y para intentar plasmar al menos parte de esa evolución, hablaremos del pasado y del presente de un grupo de cazadores de la provincia de Burgos.
Monteros de la Demanda es una cuadrilla de aficionados a la caza mayor que año tras año practican juntos su pasión. Pero una cuadrilla de este tipo no se forma de la noche a la mañana, y ésta es la prueba palpable de ello. No estamos hablando de un grupo cualquiera de cazadores, sino de un colectivo que lleva a sus espaldas 70 años de monterías, batidas, recechos, anécdotas, risas y recuerdos.
José Antonio Sáez-Royuela, miembro fundador de la SEO-BirdLife en España (1954), asesor de la Junta Nacional de Homologación de Trofeos de Caza y vocal de la de Castilla y León, es miembro de Monteros de la Demanda y se ha mostrado encantado de contar cómo fueron los orígenes de esta cuadrilla y su evolución hasta llegar a hoy, que al final es lo mismo que desvelar qué cambios ha sufrido la caza en los últimos tres cuartos de siglo.
Los inicios
Según nos cuenta, todo empezó en 1934. Federico Sáez-Royuela, su padre, entabló amistad con Félix de Sedano y Vicente Merino, dos naturales de Barbadillo de Herreros, pueblo situado en la parte alta del valle del Pedroso en plena parte burgalesa de la Sierra de la Demanda, que desde aquella época viene siendo uno de los cazaderos preferidos de la cuadrilla. Junto con algunos amigos más de Burgos, la mayoría médicos como él –Federico Urraca, Rodrigo de Sebastián, José de la Cuesta– organizaron el germen de lo que hoy es Monteros de la Demanda para cazar juntos el jabalí y quizá alguno de los pocos venados autóctonos que quedaban por entonces por los alrededores de Barbadillo –puede ser que incluso perviviera alguno de los postreros osos pardos del Sistema Ibérico, pues en la década de los 30 se cobró el último–. A ellos se unieron más naturales del pueblo, como Guillermo Garachana, Ángel “El Molinero”, los hermanos Neila, Nabor Gallo, “El Rey” o “El Tío León”, todos ellos también aficionados a la caza.
A la pregunta de cómo se cazaba en aquella época, José Antonio nos responde abriendo El Libro de la Montería, un magnífico tratado de Alfonso XI –anteriormente atribuido a su abuelo Alfonso X El Sabio– sobre el arte de la caza que cuenta con siete siglos de antigüedad pero que aún así sigue vigente en multitud de aspectos. En él podemos encontrar fragmentos tan curiosos como éste, referente al pueblo donde se gestó la cuadrilla: “La gargata poluorofa de fobre Barbadiello de ferreros, es buen monte de offo y de puerco en verano, y fon las bozerias (los ojeadores) la vna al collado de la cabeza de dos omes, y collado arriba fafta fanta Maria del Otero, y la otra desde fierra corta fafta fanta Maria del Otero. Y es el armada en la vega del otero.”
En esta obra es posible comprobar qué poco ha cambiado la caza en algunos aspectos. Se mencionan manchas de monte a las que actualmente se designan con el mismo nombre que entonces; y al leer cómo se cazaba en aquellos lugares, uno se da cuenta de que el método era básicamente el mismo: las posturas se colocaban en los mismos sitios que hoy en día y los perros –en aquella época aún no existían las rehalas como tal, sino que cada participante en la batida llevaba los perros de que disponía– se soltaban en idéntico emplazamiento.
Escopetas y caballerías
Todo esto con la salvedad de que en los años treinta los medios con los que contaban no eran los que hay ahora ni mucho menos: no se cazaba con rifle, sino con escopeta. Hay quien recuerda en Barbadillo de Herreros como el primer rifle que apareció aquí lo trajeron los Royuela, y fue en los años cincuenta, y de hecho ese rifle que Federico Sáez-Royuela llevó a Barbadillo por primera vez hace medio siglo es el mismo que José Antonio usa actualmente montería tras montería.
Otra diferencia es que se colocaban menos puestos que ahora –adquirir un arma no estaba al alcance de todos– y se utilizaban más ojeadores –“se apuntaba medio pueblo, que por entonces podían llevar armas”–. Los vehículos todoterreno que se usan hoy eran entonces caballerías que tenían la misión de llevar a los cazadores hacia los puestos, así como de traerlos al pueblo, y sobre todo transportar las piezas cobradas –pocas–, porque aunque habitualmente se piense que en la caza “cualquier tiempo pasado fue mejor”, la realidad es que hace setenta años había mucha menos caza mayor en nuestros montes que la que tenemos ahora.
Según nos cuenta José Antonio, por aquellos tiempos todavía quedaban algunos de los últimos ciervos autóctonos de la Sierra de la Demanda en la zona de Barbadillo de Herreros –y, como hemos comentado antes, quizá también algún oso pardo–, que fueron finalmente exterminados y más tarde se sustituyeron por ejemplares de repoblación traídos de otros lugares, pero en cualquier caso la densidad de piezas era infinitamente menor.
De hecho, actualmente se está viviendo un momento espectacular para la caza mayor, algo de lo que muchos aficionados no son conscientes. Esto es debido básicamente al abandono del campo que se ha dado en las últimas décadas, que ha traido comida, refugio y tranquilidad a los animales.
En los años treinta, los habitantes de los pueblos de la Sierra de la Demanda dependían de la leña que almacenaran para poder sobrevivir en el duro invierno, almacenamiento que el gas y la electricidad han convertido en innecesario. También la cantidad de rebaños de ganado ha descendido vertiginosamente, así como el número de habitantes del mundo rural que no dudaban en abatir cualquier animal salvaje comestible. Todo esto ha reducido la presencia humana en los montes y así las molestias que sufren jabalíes, ciervos y corzos son casi inexistentes, de tal manera que pueden criar y campar a sus anchas por nuestras serranías sin que tengan que preocuparse más que de evitar el acoso de los cazadores una o dos veces al año, ya que lobos y águilas no son precisamente abundantes, por no hablar del lince ibérico o los osos pardos.
El caso es que durante dos años, este grupo de amigos estuvo disfrutando de su afición favorita hasta que la fatalidad lo disolvió momentáneamente: comenzó la Guerra Civil Española. Pero lo que no se disolvió fue la enorme afición por la caza de todos los componentes ni la amistad que había entre ellos. Por eso, en cuanto las circunstancias lo permitieron, se volvieron a reunir para reanudar sus insustituibles jornadas de caza. Esto fue en 1950, y la cuadrilla se mantuvo sin cambios hasta que en 1966 comenzaron a incorporarse hijos y nietos de los fundadores, uno de los cuales es el protagonista de este artículo, José Antonio Sáez-Royuela. Y fue también entonces cuando el grupo tomó el nombre que sigue conservando casi cuarenta años después: Monteros de la Demanda.
La primera rehala de la Demanda
Desde entonces, esta cuadrilla ha mantenido su actividad año tras año sin interrupción, con cientos de anécdotas, algunas de las cuales se recuerdan con alegría y otras con más tristeza. Por ejemplo, José Antonio evoca cómo hasta el año 70 no cazaban con rehalas, sino con los dos, tres o cuatro perros que podía aportar cada cazador. Pero en ese año, el coronel del Ejército Raúl García Bengoechea, dueño de una impresionante rehala de podencos andaluces, fue destinado al Sáhara y, no sabiendo qué hacer con ella, se la regaló a la cuadrilla con la que había compartido muchas jornadas de caza. Y fue a partir de ese momento cuando empezaron a usarse rehalas en Monteros de la Demanda; de hecho, la cuadrilla estuvo usando esa rehala y sus descendientes durante más de 25 años.
Y al hablar de rehalas no podemos dejar de mencionar a Esteban Garachana, “El Bombero”, un perrero natural de Barbadillo que cazó muchos años con Monteros de la Demanda; un perrero que conocía y entendía el monte como nadie y que hace apenas dos meses, ya casi apartado de la actividad cinegética, recibió un merecido homenaje por parte de casi medio centenar de personas que supieron apreciar su buen hacer con las rehalas a lo largo de los años.
José Antonio también recuerda otra anécdota, repetida en muchas ocasiones, con un sabueso blanco como protagonista. El can en cuestión se perdía en el monte jornada sí, jornada también, y cada vez que la comida se alargaba más de lo normal tras la montería, el pobre sabueso era la excusa que usaban los miembros de la cuadrilla al llegar a sus hogares más tarde de lo habitual: “Se nos ha perdido un perro y hemos tenido que quedarnos a buscarlo”.
Otro episodio curioso que le ha ocurrido al grupo sucedió en Nebreda cuando un cerdo doméstico de más de 100 kilos apareció al finalizar el último ojeo tirándose a por los perros como haría cualquier jabalí acosado. Por las heridas que presentaba en sus jamones dedujeron que debía de haberse caído de un camión de transporte de ganado, pero eso no impidió que se hiciera una deliciosa matanza con él.
Aunque también hay capítulos tristes, como aquel día en el que 11 de los perros murieron envenenados con estricnina junto a un águila real. Y otros lamentables, aunque ciertamente cómicos, como un día en Barbadillo en el que dejaron los jabalíes matados en el primer ojeo agrupados mientras daban el segundo. Cuál no sería su sorpresa cuando, al ir a recogerlos después de finalizar, se encontraron con que los buitres habían dejado poco más que los huesos y el pellejo de los animales.
Otro de los recuerdos de José Antonio viene de una montería en Negredo. Aquel día no pudo acudir “El Bombero”, que mandó a un ayudante advirtiéndole: “Quiero ver de vuelta a todos los perros que te llevas, ni uno menos”. No sólo no perdió ni uno, sino que volvió con uno más que se había perdido un mes antes en Arlanza, a varias decenas de kilómetros de allí.
Y el último episodio para recordar le ocurrió a la cuadrilla este mismo año en Barbadillo: un día tuvieron que quedarse a subir jabalíes de los barrancos hasta los caminos hasta pasadas las nueve de la noche, en total más de diez cochinos de sesenta kilos el que menos –había un medalla de oro, otro de plata y otro de bronce–, lo que no les permitió empezar a “comer” hasta casi las diez de la noche, aunque dicen que sarna con gusto no pica.
Así pues, a lo largo de los años la cuadrilla ha seguido cazando sin interrupción, con bajas pero también con nuevas incorporaciones, y parece que la cosa va para largo viendo que algunos de sus componentes apenas sobrepasan los veinticinco años, como es el caso de Daniel Serrano Lara, un cazador con más experiencia a sus espaldas que muchos veteranos, vocal de la Asociación del Corzo Español y que cuenta en su vitrina de trofeos con el que en su momento fue récord de España de corzo, que ahora se encuentra en segundo lugar.