Entrevistas
Caza de jabalíes y búfalos de agua en la lejana Australia
Última actualización 01/07/2005@00:00:00 GMT+1
Un grupo de cazadores arqueros españoles se trasladó a la Australia más indómita a la caza del jabalí y el búfalo de agua. Entre las serpientes más venenosas del mundo y los cocodrilos más feroces vivieron una aventura inolvidable en la que no faltó el contacto con los aborígenes.
Australia, continente indómito donde los haya, se muestra en su más poderoso apogeo en el Northern Territory, una inmensa superficie de 1.350.000 kilómetros cuadrados a la que los nativos del país denominan sin pudor “la Australia auténtica”. Junglas exuberantes, verdes e interminables llanuras y profundos pantanos se unen en una amalgama de contrastes que hacen de este territorio un lugar único en el mundo que sin duda ejercerá fascinación sobre el viajero.
Si la vegetación puede resultar sobrecogedora y sorprendente, no digamos ya la fauna. Aquí pueden hallarse peces con capacidad pulmonar, mamíferos que ponen huevos, arañas capaces de saltar más de dos metros, serpientes venenosas, amén del cocodrilo de agua salada, uno de los mayores y más peligrosos predadores del planeta. Todo ello hace de estas lejanas tierras un destino donde el tiempo parece haberse detenido, un paraíso inalterado donde aún es posible vivir la aventura.
He de reconocer que, aunque conocía este viaje desde hacia tiempo, no me uní a él hasta después de que me fallaran en dos ocasiones sendos proyectos para cazar en África. Esta vez todo el trabajo de planificación y duro papeleo recayó enteramente en Josetxo Rico Altuna, uno de nuestros cazadores más reconocidos y respetados cuyo currículo arquero abarca los cinco continentes. De su mano nos pusimos en marcha y finalmente, tras muchas, muchas horas de vuelo, pusimos pie en Darwin, capital administrativa del Territorio Norte, una basta superficie compuesta, en un 80 por ciento de junglas tropicales flanqueadas de manglares alimentados por el océano Índico cuyas aguas discurren a lo largo de 6.200 kilómetros de litoral, originando una interminable costa llana como la palma de la mano.
Darwin es la típica ciudad fronteriza en la que se aprecia claramente el choque entre dos culturas, por una lado, la cultura ancestral de los aborígenes que habitan estas tierras desde hace al menos 60.000 años, como así lo demuestran los restos arqueológicos encontrados en el yacimiento de Malakunanja ubicado en las postrimerías del parque nacional de Kakadu –Gagudju en la lengua de la comunidad aborigen Mirrar–. Y por otro lado la europea, aportada por los colonos que llegaron a Australia en 1788. Fundada en el año 1869, la capital del Northern Territory cuenta en la actualidad con una población cercana a los 81.000 habitantes.
Nuestro destino final sería el Stuart Tree Camp, un campamento de caza situado en las planas de Swim Creeck, muy cerca del parque nacional de Kakadu, en las tierras de Arnhem, un santuario virgen habitado por tres mil aborígenes donde el hombre blanco no puede entrar sin permiso.
Nuestro objetivo era doble, por un lado un grupo intentaría una gesta a priori bastante complicada, pues se trataba de abatir con arco uno de los animales más duros y peligrosos del planeta: el búfalo acuático –Bubalus bubalis–. Una especie de caza mayor emblemática, muy abundante en los numerosos pantanos y billabongs existentes en Swim Creeck. Nuestro segundo y principal objetivo era colaborar con el programa anual que el Australian Wild Life Research Department pone en funcionamiento para controlar las altas concentración de jabalíes (Feral pigs) existentes que, en algunos lugares, llega a convertirse en un auténtico problema de superpoblación debido a la enorme presión predadora que ejercen sobre la flora y la fauna autóctona.
El jabalí es una especie foránea inexistente en este continente hasta la llegada de los colonos europeos. Las poblaciones que allí residen son familias dispares, individuos híbridos procedentes del mestizaje entre distintas especies como el jabalí europeo, el jabalí asiático y el cerdo doméstico asilvestrado. No obstante, el nivel de salvajismo al que han llegado estos animales es total, contándose por millones los animales que hoy pueblan todo el país.
Una vegetación exuberante
Básicamente, en Swim Creeck íbamos a encontrar tres tipos de hábitat bien diferenciados. Por un lado, las interminables planicies que dan nombre al lugar –Swim Creeck Plains–.
Estas gigantescas áreas de terreno pueden pasar del más árido secarral al más verde pasto, dependiendo directamente del nivel freático del agua. Un preciado elemento que, según pudimos constatar, siempre posee un mayor o menor grado de salinidad dado su proximidad al Océano Índico.
En estas zonas los árboles son un bien escaso, limitándose a pequeños grupos de palmeras que aparecen aquí y allá, salpicando con su reparadora sombra la gran planicie. En estas planicies y rodeados o no de palmeras también se podía encontrar los conocidos billabongs, término con el que los paisanos denominan a los revolcaderos de los búfalos. Los animales huelen el agua con facilidad allí donde el nivel freático esté alto, empiezan a escarbar el terreno con la ayuda de sus poderosos cascos hasta que el agua aflora a la superficie. La acción continuada de estos animales origina grandes lodazales fácilmente localizables por la gran cantidad de aves que los visitan.
De aguas dulces o salobres, los pantanos resultaban también un hábitat muy frecuente en esta zona, amplias zonas encharcadas de profundidad variable que aparecían siempre muy pobladas por los conocidos “árboles de papel”, árboles de grandes proporciones cuyo tronco y ramas parecen estar hechas con hojas de papel sobrepuestas. Finalmente, podíamos localizar lo que nosotros denominaríamos “el monte”, que en Australia puede ir desde una intrincada maraña de árboles y arbustos, entre los que predominan el árbol pandanus o el turkeybush, hasta la más exuberante jungla húmeda donde abundan toda clase de eucaliptos como los jarrah o los creba, con una madera tan dura que son capaces de despuntar la sierra más resistente.
Serpientes y cocodrilos
Entre la innumerable lista de distintos “bichos” que pueblan estos lares podríamos destacar algunos a quienes sus “cualidades” les hacen resultar especialmente peligrosos. Estamos en el Territorio Norte y aquí la familia de los oficios está ampliamente representada: un total de veintidós de las veinticinco serpientes más venenosas del mundo habitan en Australia. No resulta demasiado difícil toparse con una taipan (Oxyuranus scutellatus), una mamba negra (Dendroaspis polylepis) o una serpiente tigre (Notechis scutatus). No obstante, las más abundantes son la serpiente marrón del oeste (Pseudonaja nuchalis) y la víbora de la muerte (Acanthophis praelongus). De hecho, uno de estos bellos “animalitos” nos hizo abortar el tiro a un dingo cuando ya nos habíamos metido a unos 20 metros escasos de él después de una complicada aproximación. La víbora salió bajo unas hojas de palmera a unos dos metros escasos de mí, y se dirigió como una exhalación hacia mi compañero Ezequiel. Mis voces de aviso pusieron al dingo en alerta mientras nosotros dejábamos atrás aquel mal bicho. Unos largos colmillos junto a un potente veneno neurotóxico hacen de esta víbora una de las más mortales del Territorio Norte, cuyos habitantes la llaman “two steps adder”, la víbora dos pasos, pues esto es lo máximo que caminarás después de ser mordido por una de ellas.
Aunque carentes de veneno, las pitones no dejan de ser menos respetables pues producen una mordedura muy dolorosa y un profundo desgarro tisular que puede infectarse con suma facilidad. Es ésta una familia de ofidios ampliamente representada en este territorio. Está la pitón de cabeza negra (Aspidites melanocephalus), la pitón verde (Liasis olivaceus) o la pitón alfombra (Morelia s. variegata). Como pudimos comprobar durante una “inesperada” salida nocturna, la más abundante en los pantanos era la pitón acuática (Liasis fuscus), una robusta serpiente que puede alcanzar sin problemas los tres metros de longitud.
Finalmente nos podemos olvidar que, en estas tierras, habita uno de los predadores más peligrosos del planeta, el cocodrilo de agua salada, un reptil voraz y muy agresivo que puede llegar a alcanzar los siete metros de longitud. Muy abundante en cualquiera de los veintiún tipos de manglares existentes, resulta complicado verlos fuera del agua, tal y como sucede con otras especies de cocodrilos. El cocodrilo de agua salada permanece horas, incluso días, inmóvil, sumergido entre la vegetación a la espera de que algún incauto se le aproxime. Es entonces cuando pondrá en marcha toda su capacidad predadora realizando un ataque veloz, certero y letal. Como pudimos comprobar por las numerosas huellas que encontramos, estos animales no necesitan el hábitat marino para sobrevivir, no siendo difícil localizarlos en los pantanos de agua dulce existentes tierra a dentro a muchas millas del mar.
Según nos explicaría un guía local acostumbrado a deambular cotidianamente por estos pagos, un cocodrilo adulto es capaz de abandonar su escondrijo bajo el agua y adentrarse en tierra a gran velocidad para atrapar a un jabalí despistado, algo que bien podría corroborar el hecho de que todos los rascaderos y bañas que encontramos durante nuestros recechos tras los jabalíes por los pantanos, se encontraran siempre a una distancia mínima de entre setenta y ochenta metros del agua, un margen de “seguridad” que nosotros también mantuvimos escrupulosamente.
El día a día
Cada día nos levantábamos a las cinco y media y tras el aseo matutino nos dirigíamos hasta el barracón que servía como punto de reunión y comedor improvisado donde “saboreábamos” una taza de café local, aderezada con algún sandwich de pan blanco, mantequilla y mermelada. Después, llegaba la hora de llenar las cantimploras hasta el borde, teniendo mucho cuidado de no permitir la entrada de alguna hormiga verde, unos curiosos insectos que se introducían por grifos y tuberías realizando con sus cuerpos auténticos tapones que colapsaban el paso del agua durante minutos hasta que finalmente ésta conseguía desplazarlos por la fuerza. La presencia de las hormigas no pasaría de ser una anécdota de no ser por lo molesta que resulta su picadura, pues tienen la “simpática” manía de inyectar ácido fórmico en cada uno de sus picotazos, y aunque obviamente sus picaduras son un hecho cotidiano al que terminas por acostúmbrate, ha de tenerse especial cuidado en evitar que, por una ingestión a accidental, puedan llegar a picarte en los labios, la lengua o el esófago.
Distribuidos por parejas, montábamos en los ATV para cruzar las enormes llanuras que separan la costa de la jungla húmeda, recorrido que en ocasiones podía llevarnos más de una hora y que transcurría por un terreno llano pero con una superficie muy dura y quebrada como consecuencia de la acción trituradora que ejercen sobre él los cascos de los miles de búfalos acuáticos que allí pastan cotidianamente. Muchas veces nuestra ruta discurría atravesando enormes manadas de hembras que rápidamente adoptaban una posición defensiva formando un apretado circulo alrededor de sus crías. En más de una ocasión tuvimos que poner pies en polvorosa perseguidos por alguna furiosa madre que consideró que nos habíamos acercado demasiado a su ternero.
Los dos primeros días resultaron desesperantes, todo el día de aquí para allá bajo un sol abrasador, y aunque pudimos ver algún que otro jabalí, siempre se mostraban a más de 50 metros, una distancia a priori muy complicada para los arcos.
Después de analizar la situación sobre el terreno, vimos como la principal actividad de los cochinos se centraba en los numerosos pantanos que existían en la jungla así como en los billabongs que salpicaban las llanuras. De esta manera nos plateamos dos estrategias distintas. Por un lado realizábamos recechos continuos a través de la jungla intentando localizar los grupos de jabalíes allí donde se encontrasen. Este era un trabajo que realizábamos en grupo o por parejas. Peinábamos grandes extensiones de jungla o pantanos en una ardua tarea que podía durar horas o incluso todo el día. La otra estrategia era emboscar a los jabalíes en el llano, tratando de interceptarlos durante sus rutas diarias desde la jungla hasta los billabongs. De esta manera, algunos de nosotros establecíamos puntos de observación en remotos palmerales desde los que aprovechando la velocidad y capacidad de maniobra de los ATV hostigábamos a los grupos de jabalíes que salían al descubierto, empujándolos hasta los lugares donde previamente se habían apostado el resto de los arqueros. Ambas estrategias resultaron fructuosas y comenzamos a realizar las primeras capturas que, en días sucesivos, aumentarían en progresión aritmética.
Un encuentro inesperado
Caían ya las últimas luces del día cuando, apurados, dejábamos atrás una zona de charcas en la que habíamos realizado un infructuosa espera de algo más de cuatro horas. Llega el momento de comprobar el GPS, aprovechando la ausencia de árboles en la zona de charcas establezco una ruta de salida y emprendemos la marcha. Unos dos kilómetros y medio de densa jungla nos separan de la estrecha pista donde hemos establecido el punto de reunión. Aquí, el ocaso dura tan sólo unos pocos minutos, por lo que no tardamos en vernos envueltos por la oscuridad más absoluta. Sin perder tiempo, me coloco el chaleco reflectante y el frontal, pero por desgracia mi compañero olvidó su linterna en el asiento del todoterreno que nos trajo hasta aquí, hecho que retrasaría considerablemente nuestra marcha.
Hemos recorrido algo más de un kilómetro cuando un intenso olor a buey inunda mis fosas nasales. Nos detenemos de inmediato y levanto la cabeza para intentar que la luz del frontal me permita ver algo más lejos. Un mar de ojos naranja brillan como candelas a nuestro alrededor. Sin pretenderlo nos hemos colado en el interior de un dormidero de búfalos. Tan sorprendidos como nosotros, los animales comienzan a incorporarse resoplando y sin duda molestos por nuestra presencia. Con cautela, pero siendo conscientes de la peligrosa situación en la que sin pretenderlo nos hemos metido, ponemos tierra por medio rápidamente sin prestar mucha atención a la dirección que tomamos. Ya a una distancia prudencial, vuelvo a comprobar la pantalla del GPS observando que éste muestra una lectura claramente errónea al no haber tenido tiempo de establecer un nuevo punto de referencia –waypoint–. Trato de reubicar nuestra posición, pero la comunicación con los satélites resulta infructuosa debido a la densidad y gran altura de los árboles que nos rodean. No queda otra solución, caminaremos a ciegas hasta localizar una zona sin árboles que nos permita reiniciar el aparato y así poder ubicar nuestra posición para establecer una nueva ruta de salida.
Comenzamos a caminar sin rumbo fijo, con la esperanza de localizar rápidamente un claro en la jungla. El tiempo pasa rápidamente y ya hace más de treinta minutos que reiniciamos la marcha, cuando nos topamos con una hermosa mamba negra que acababa de capturar algún tipo de roedor nocturno. El fulgor de sus ojos contrasta con el brillante color de sus escamas. Sin perder un instante, ponemos tierra de por medio dejando a la serpiente ocupada tratando de engullir aquel desventurado animalillo.
No hemos recorrido ni doscientos metros cuando nos topamos con otras dos serpientes, en esta ocasión se trata de sendas pitones acuáticas cuya longitud supera los dos metros y medio. Observo, no sin cierta preocupación, como el suelo se torna cada vez más húmedo por lo que deduzco que, sin pretenderlo, nos hemos dirigido hacia el mar. Cambiamos rápidamente de dirección tratando de adentrarnos nuevamente en la jungla, cuando compruebo como la pantalla del GPS parpadea indicando claramente que se le están terminado las baterías. Para nuestro pesar, la brújula que siempre llevo en el bolsillo se había quedado olvidada en la caja del ATV que habíamos utilizado el día anterior. Estábamos perdidos, no había duda, pues en aquella intrincada jungla y con un cielo nocturno cuya disposición estelar nos era totalmente desconocida, resultaba del todo imposible poder orientarse con ciertas garantías. Tras aceptar nuestra situación, comenzamos los preparativos para pasar la noche al raso, empezando por preparar una buena fogata que arrojase un poco de luz sobre nuestras tinieblas.
Ya cuando los rescoldos de la fogata comenzaban a menguar, decidimos que había llegado la hora de descabezar un sueño, o al menos intentarlo, pues bajo la luz estelar se dejaba oír una incansable serenata nocturna pródiga en incontables sonidos guturales procedentes de las más sorprendentes gargantas. De pronto y entre el mar de sonidos reinante, me parece escuchar uno que me resulta familiar. Pongo atención y allí está de nuevo. Sí, ahora estoy seguro, se trata de una voz humana, alguien está mascullando algo que no acabo de entender bajo un gran árbol, a unos treinta metros de nuestro improvisado campamento. Golpeo ligeramente el hombro de mi compañero y como un resorte ya estamos los dos en pie mirando hacia el grueso árbol.
– ¡Viene gente!, le digo.
Pasan los minutos y no vemos nada, nadie se mueve junto a aquel viejo árbol. Con la garganta reseca y la boca un tanto escasa de saliva deje escapar un saludo.
– Good night! Who are there? (¡Buenas noches! ¿Quién esta ahí?).
Pasan los minutos sin recibir contestación, así que vuelvo a intentarlo.
– Come on, You are welcome! (Venid, sois bienvenidos).
De pronto, la jungla parece haber enmudecido. Transcurren unos segundos de tensa espera, hasta que una pequeña y enjuta figura se hace visible bajo el gran árbol. Primero uno, detrás otro más hasta un total de cinco hombres aparecen ante nuestros ojos como salidos de la nada. Son aborígenes, nativos australianos, concretamente una partida de caza que se ha adentrado en la jungla en busca de alguna presa. Avanzan hacia nosotros con cautela pero con paso firme, afortunadamente algunos de ellos chapurrea el inglés, por lo que no resulta difícil entablar conversación, ayudados eso sí por las últimas tiras de bush steak –carne de búfalo seca y especiada– que guardaba en la mochila y que gentilmente ofrecemos a nuestros invitados. Ellos por su parte nos corresponden echando sobre las rojas brasas el cuerpo de una pitón de buen tamaño que justo acababan de capturar.
Comienzan las risas y la charla se ameniza mientras intercambiamos arcos por bumeranes para satisfacer nuestra mutua curiosidad. Observo con atención como todos ellos saben lo que es un arco aunque en la antigüedad éste arma nunca llegara a colonizar el continente australiano. Me comenta el jefe del grupo que, aunque de lejos todos ellos han visto arcos con anterioridad en manos de alguno de los numerosos cazadores estadounidenses que en la actualidad visitan Australia, atraídos como nosotros por la importante oferta cinegética que ofrece este inmenso país. Lo que ya resultó algo más complicado fue hacerles entender que nosotros veníamos desde España. Es decir, de sus antípodas, un lugar situado al otro lado del globo terrestre.
Durante la charla pensé que, quizá, ellos podrían orientarnos y así ayudarnos a localizar la pista donde teníamos establecido el punto de reunión con nuestros compañeros, así que opte por preguntarle:
– Excuse me, do you now were is the North? (Perdone, ¿sabe dónde esta el norte?).
Mirándome a los ojos pero sin dejar de masticar un trozo de serpiente, estiró un brazo para señalar una dirección.
– Over there (Hacia allí).
Sorprendido ante su seguridad, pues ni siquiera se había molestado en mirar las estrellas, no pude por menos que preguntarle:
– But, why do you know that the North is there? (Pero, ¿cómo sabe usted que el norte esta allí?
Mostrando una clara cara de sorpresa ante lo “absurdo” de mi pregunta, se puso en pie –sin soltar el trozo de serpiente, que todo ahí que decirlo– y tras mirar a sus compañeros, se encogió de hombros para señalar nuevamente hacia el mismo lugar mientras dejaba escapar una socarrona sonrisa. Fue entonces cuando nos dijo algo tan rotundo como sensato:
– Because, ever, ever be there! (Porque, siempre, siempre, esta allí).
Finalmente, con su inestimable ayuda pudimos localizar la senda y reencontrarnos con nuestros preocupados compañeros. Al día siguiente y tras pedir el oportuno permiso, abatí un gran varano y lo llevé hasta el lugar donde había tenido lugar nuestro encuentro. Les llamé muchas veces, pero no obtuve respuesta. Me marché de allí dejando el varano en un lugar visible. Algo me decía que me habían escuchado, no había podido verles, pero seguro que estaban allí. Dos días más tarde regresé a aquel lugar y pude comprobar cómo el enorme lagarto había desaparecido. No había ido muy lejos, a unos veinte metros escasos del lugar pude localizar los rescoldos de una extinta hoguera y junto a ella las ennegrecidas garras del varano, lo único que había quedado después del festín.
Resulta asombroso y sobrecogedor comprobar cómo entre los miembros de este pueblo aún late con fuerza el espíritu primitivo que antaño unía a todos los hombres con la madre naturaleza. Aquella noche tuvimos la oportunidad de recibir una de esas lecciones de sabiduría y humildad que la vida tiene reservadas y que sólo la diosa fortuna decide a quién y en qué momento brindará.