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Una de las técnicas más sugerentes y emocionantes para cazar raposos

Zorros con chillo

Última actualización 01/07/2005@00:00:00 GMT+1
La caza del zorro con chillo, un reclamo que imita el quejido de un conejo herido, es una modalidad emocinante y una auténtica escuela de caza para los cazadores más jóvenes.
Después de comprobar la dirección del aire, nos dirigimos a una de las zorreras más antiguas que tiene La Morisca, la finca de los Camps, en pleno sopié de la Sierra de San Pedro, en la provincia de Cáceres. Estamos a mediados de abril y los zorros, al igual que el resto de los animales, andan reproduciéndose.

José Ramón de Camps, que encabeza la marcha, se para en seco y se agacha, y volviéndose nervioso me indica que me aproxime a él con cuidado. No hace falta decir que algo ha visto. Llego hasta él y me susurra que tenemos delante cachorros de zorros, que no tardo en entrever entre las matitas de cantuesos, jaras y retamas que se distribuyen en los alrededores de la zorrera. Antonio Buitrago, que también nos acompaña, se ha quedado un poco más atrás recostado sobre el tronco de una encina con la cámara preparada.

Observamos las evoluciones de los zorritos, que apenas tienen un mes, cuando de repente aparece la zorra en el mismo escenario en el que se mueven los cachorros. José Ramón y yo estamos a no más de cincuenta metros de la escena sin protección ninguna, aunque somos dos auténticas estatuas. Creo que no nos ha visto, pero se le nota inquieta. José Ramón me susurra que si le hace un “piao”. Asiento. Con cuidado se acerca el reclamo a la boca y lo hace sonar dos o tres veces imitando el chillido de un conejo herido. Ante sonido tan sugerente, máxime cuando tiene cachorros, la zorra se pone en guardia mirando con mucho interés hacia nosotros. Intuyo que está deseando venir, pero al mismo tiempo su instinto le debe estar diciendo que se asegure de que lo que escucha es de verdad lo que se imagina.

Oímos a la Nikon de Antonio disparar, y al instante la zorra –la misma que aparece en la foto– comienza a deslizarse hacia la derecha, cruza el barranco, muy cerca precisamente del charco que lleva su nombre, toma la ladera e inicia una clara maniobra para cogernos el aire. José Ramón de vez en cuando le lanza algún reclamo y Antonio no para de hacerle fotos. La zorra no debe saber que somos personas porque de lo contrario habría huido a la carrera. Algo no le cuadra, pero ese sonido también se le hace irresistible. Al final su astucia y su instinto le hacen actuar sabiamente e inicia la maniobra de rodeo para cogernos el aire. Quizá tres personas somos multitud para esta modalidad.

Al rato la perdemos de vista y segundos más tarde posiblemente nuestro olor llegó a sus narices. Repuestos de la escena, vemos que uno de los cachorros deambula por las inmediaciones de la madriguera. Es ahora José Ramón quien toma la cámara y se acerca sigilosamente con la intención de fotografiarlo. Y lo consigue de veras llegando a escasos metros del animal. Qué vulnerable puede llegar a ser un cachorrito de zorro.

Un reportaje muy esperado
Por fin he podido quedar con José Ramón de Camps y hacer este reportaje de la caza de zorros con chillo, o “al piao”, como le dicen por esta zona de Extremadura.

A grandes rasgos, esta modalidad consiste en atraer a los zorros imitando el sonido de un conejo herido y dispararle cuando se pone a tiro, muchas veces a quemarropa, porque habitualmente el zorro acude al reclamo como un auténtico suicida.

En la España rural quedan aún auténticos maestros del “chillo”, que imitan a la perfección el quejido del conejo sin más ayuda que sus dedos o una simple hoja de encina doblada y colocada de una determinada forma. Este dominio y el conocimiento que tienen de zorros y querencias, los hace sumamente eficaces en el control de zorros.

José Ramón de Camps no es uno de ellos, pero casi. Lleva 35 años practicando esta modalidad con verdadera pasión. Tanto es así que después del rececho de sarrio, modalidad sobre la que ya ha escrito tres libros, la caza del zorro con chillo es la que más le cautiva.

A José Ramón le conocí durante una entrevista a propósito de su tercer libro sobre el sarrio. Durante la misma, me reveló esa otra “afición vulpina” que, a diferencia de lo que pueda parecer, me llamó mucho la atención porque denotaba una verdadera afición por la caza y por el lance. Desde aquel momento no paré de perseguirlo para hacer este reportaje, tiempo en el que se ha permitido publicar su cuarto libro de caza precisamente sobre el zorro: “El zorro, pasión por su caza”, en el que lógicamente cuenta con pelos y señales cómo se caza con el chillo.

Por fin esta primavera concertamos esa visita a su finca extremeña para realizar este reportaje atípico, porque José Ramón no caza zorros en primavera ni tiene permiso para ello. El plan es, por tanto, “cazar” el zorro como él suele hacerlo, pero sin matarlo en caso de que hubiese oportunidad. Sólo fotografiarlo.

El zorro, pieza de caza a cuidar
Antes, durante y después de la cacería “sin muerte” en la que llegamos a ver cuatro zorros adultos de los que sólo uno estuvo a tiro, comenté con José Ramón cómo cambia la consideración hacia un animal cuando se convierte en valiosa pieza cinegética. Si en un coto normal de caza menor el zorro es un animal dañino a exterminar, o ignorado si hablamos de un coto de caza mayor, en La Morisca, finca ganadera y de caza mayor, prácticamente sin perdices ni conejos, el zorro, al convertirse en deseada pieza de caza, es mimado. Por ejemplo todas las camadas salen adelante porque nadie se empeña en liquidarlas. Es más, José Ramón no descarta hacer alguna que otra repoblación de conejos, que apenas quedan en la finca, ¡para tener más zorros!
De todas formas y con toda la razón, José Ramón comenta que en casi todos los países europeos el zorro es bastante apreciado como pieza de caza, tanto con perros de madriguera como de rastro. Y tiene razón, siendo el Reino Unido donde el zorro, por lo menos hasta la reciente y polémica prohibición de su caza a caballo, se cuidaba con esmero. Los laboristas británicos, obsesionados por hacerle la puñeta a la aristocracia rural, no se han dado cuenta de que lo mejor que le puede pasar a una especie para sobrevivir es convertirse en una emblemática pieza de caza.

Cómo se desarrolla
La técnica es muy sencilla, pero ejecutarla a la perfección lleva su tiempo y requiere práctica, sobre todo hacer un buen “piao” con sólo la ayuda de los dedos.

Como esto se tarda en aprender y generalmente no conoceremos a nadie que sepa hacernos un reclamo más tradicional, no nos quedará más remedio que comprarnos uno en alguna armería y ensayar un poco.

Habituados a él, acudiremos al campo con nuestra escopeta cargada con perdigones de sexta en adelante, incluso con doble cero, aunque no es necesario porque se dispara casi siempre a corta distancia.

Nos dirigiremos, al amanecer o al atardecer, a aquella zona que consideramos más querenciosa para los raposos, generalmente lugares de campeo o donde buscan alimentarse. Lo primero que debemos hacer es comprobar la dirección del viento, que siempre debe soplar hacia nosotros desde el lugar al que nos dirigimos y del que suponemos debe venir el zorro. Si entrase por otro lado nos venteará antes de que podamos verlo.

Debemos colocarnos semiocultos, pero teniendo una libertad absoluta de movimientos para encarar y disparar con rapidez en caso de que se nos eche encima. Nos valdrá cualquier matita de mediana altura por encima de la cual, ya sea sentado o de pie, podamos ver lo que se mueve a nuestro alrededor. Si existen árboles, nos podemos sentar delante del tronco apoyando en él nuestra espalda. Si nos quedamos de pie, nos colocaremos mejor detrás. Esta es la fórmula que elige generalmente José Ramón, quizá también porque La Morisca es una preciosa dehesa.

Una vez colocados cómodamente cargaremos la escopeta y haremos sonar el reclamo durante unos 15 ó 20 segundos para después callar durante un par de minutos, y así, con esta cadencia, durante un cuarto de hora como máximo. Si después de este tiempo no hemos tenido éxito, habrá que cambiar de sitio y volver a empezar. José Ramón afirma que, por su experiencia, de cada diez “piaos” –diez intentos en zonas diferentes– tres tienen éxitos, es decir, que ve o le viene un zorro. Ni que decir tiene que durante la caza debemos reducir al mínimo nuestros movimientos, y por supuesto ralentizarlos, como si actuásemos a cámara lenta, porque es el movimiento, sobre todo brusco, lo que más detecta un animal.

El zorro puede venir hacia nosotros decididamente y a la carrera, tanto que a veces José Ramón dice sentirse “presa”. También lo podemos ver aparecer pero quedarse parado y mirando, para a lo mejor de repente correr hacia nosotros o finalmente irse. El caso es que el cazador, cuando el zorro se aproxime lo suficiente, encarará rápidamente la escopeta y disparará, mejor cuando esté de frente o cruzado. Por esta razón, el terreno que tenga el cazador a su alrededor debe estar medianamente despejado, porque un vegetación excesiva dificultará el tiro.

Los mejores horarios para cazar con chillo, la primera media hora de la mañana y la última de la tarde, que es cuando el zorro inicia su campeo más activo. Y la época más adecuada, toda la temporada de caza, especialmente los meses de octubre y noviembre, que es cuando comienzan a dispersarse los zorros del año, sobre todo machos, que hasta ese momento han estado con sus padres. Incluso se les puede cazar a cualquier hora del día. Las estadísticas nacionales dicen que el 70 por ciento de los zorros que se abaten son del año. Ahora bien, en la época de celo –dependiendo de las zonas, desde principios de enero a finales de febrero– no hacen ni caso.

La primavera también es una época apropiada porque no paran de buscar alimento para sus cachorros, pero tiene dos inconvenientes: no se puede cazar, salvo que se tenga alguna autorización excepcional; y la especie está criando, por lo que no es lo más recomendable si lo que se quiere es tener zorros suficientes para disfrutar cazándolos.

Tengo que reconocer, sin embargo, que en la inmensa mayoría de los cotos, por supuesto los de menor, es zorro sigue siendo una “alimaña” a exterminar. Generalmente el zorro no se caza, se elimina.

Sin embargo esta emocionante técnica de caza podría, de alguna forma, dignificar al zorro como pieza de caza. De hecho así lo es para José Ramón de Camps, que lógicamente también defiende su homologación, como ya propuso en su día, a través de un informe, mi paisano y amigo Lucas Llanes Borrero en la Comisión Andaluza de Trofeos de Caza. José Ramón guarda desde hace tiempo los cráneos de los zorros que abate, y dice tener al menos “un plata”.

No es ninguna tontería, primero porque el zorro se homologa desde hace mucho tiempo en un gran número de países europeos con fórmulas CIC, y segundo porque su homologación dignificaría a la especie y le daría otra dimensión. ¿Cuántos cazadores no buscarían ese gran zorro para ocupar después puestos destacados en los listados correspondientes?
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