Opinión (Editorial)
Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Llevamos bastante tiempo oyendo hablar de la certificación cinegética, pero a día de hoy sigue siendo una idea a la que muchos de nuestros mejores investigadores venatorios siguen buscándole su aplicación práctica.
La certificación cinegética, como cualquier otra certificación, vendría a ser la constatación de que un producto de unas determinadas características se elabora conforme a unas pautas de fabricación deseables. En nuestro caso el producto serían las especies cinegéticas y la pautas de fabricación una adecuada gestión cinegética.
Escribir y reflexionar sobre la certificación de la caza es tarea fácil; el papel lo aguanta todo. Pero ponerla en práctica resulta más complicado. En principio habría que definir perfectamente el producto “caza”, para después establecer su “proceso de fabricación” y certificar que éste se cumple.
El tema da para catorce revistas completas, por lo que recurriré al atajo de las cuatro ideas básicas y a continuación poner un ejemplo que, al menos, nos puede dar una idea de por dónde podrían ir los tiros.
La primera condición que debe reunir el producto “caza” es que sea auténtico, genuino, genéticamente puro puesto que se trata de animales. Que si cazamos un venado sea de verdad un Cervus elaphus o una Alectoris rufa si se trata de una perdiz roja. Que además sean animales sanos, con sus instintos funcionando a pleno rendimiento. Y en cuanto al “proceso de fabricación”, debe confirmarse fundamentalmente que esos animales viven libres y en equilibrio con el ecosistema en el que se desenvuelven.
Y voy con el ejemplo: la certificación que llevan a cabo las denominaciones de origen Dehesa de Extremadura o Jamón de Huelva sobre los productos del cerdo ibérico. Estas certificaciones ponen orden en un mercado en el que hay bastante fraude, o sea, que te venden un jamón “de bellota” de un cerdo que, pudiendo ser ibérico, sólo comió pienso recluido en una hectárea con cien congéneres más.
Pues bien, quien quiere producir y/o vender un jamón, una paletilla o un lomo con denominación de origen “de bellota”, “recebo” o “pienso”, las tres categorías posibles, no tiene más remedio que someterse a unas normas que hacen muy difícil el engaño. ¿Y cómo se certifican las tres calidades mencionadas? Pues muy sencillo: un técnico de la denominación de origen visita la finca del ganadero que quiere certificar sus cochinos como “ibéricos puros de bellota”, comprueba la pureza de los cochinos, las hectáreas disponibles para montanera y estima la cosecha de bellota de ese año. Y con estos datos establece el número de cochinos que caben ese año en esa dehesa para que realmente puedan ser “de bellota”. Cuando esos cochinos salen de la finca al matadero, llevan consigo su certificado y calificación, y finalmente son precintados con las vitolas correspondientes.
Creo que cualquier cazador, desde luego con muchos matices, podrá traspasar este ejemplo a la caza y entender que, con un poco de voluntad por parte de todos, podría ponerse orden en esta actividad donde el fraude y las medias verdades están muy presentes.