Hemeroteca :: 01/08/2005
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Entrevistas

Cómo actuar después del disparo y seguir con éxito un rastro de sangre

Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Nuestra ética como cazadores nos exige intentar, hasta donde sea posible, el cobro del ejemplar que ha resultado herido por nuestro disparo. Sin embargo, para poder seguir el rastro de una pieza herida es necesario conocer cómo se comportan los animales heridos en su huida y saber reconocer la importancia de las heridas por los rastros de sangre, temas que junto con la conveniencia y mejor uso de los perros de sangre, trata el autor.
Los cambios que se han producido en el mundo de la caza mayor en España, tanto en la abundancia y variedad de especies cazables como de modelos de armas y equipos, están dando lugar a una creciente popularización de la caza en rececho. Esta modalidad se caracteriza por la soledad con la que se afronta el lance, el uso de calibres ligeros –al menos en comparación con la batida o la montería– y, en muchas ocasiones, por ser una caza crepuscular.

En la modalidad de rececho se hace más necesario que nunca abordar la oportunidad asegurando un disparo certero, con un calibre suficiente, a un animal por lo general en reposo. Cada vez es más importante tener en cuenta una aproximación ética al hecho de la muerte consustancial a la caza. En esa muerte es necesario garantizar un desenlace rápido, con el menor sufrimiento posible, pero a la vez con un nivel de daño compatible con la exhibición decorosa del trofeo y el consumo de su carne. De ahí que con más frecuencia muchos cazadores se decanten hacia calibres rápidos y ligeros.

En muchas ocasiones, más de las que generalmente aceptaríamos, los animales escapan heridos después del disparo y, dados los efectos de la municiones modernas, con pocas posibilidades de sobrevivir. Nuestra ética como cazadores, nuestro compromiso con la gestión y conservación del territorio y de la especie de caza –un animal herido debe ser considerado como una eventual baja y como tal una captura en el plan de caza–, nos exige intentar hasta donde sea posible el cobro del ejemplar que ha resultado herido. Por ello, cada vez son más los cazadores que demuestran interés en introducirse en el mundo del rastreo de la piezas heridas con perros de rastro especialmente capacitados.

Cómo actuar después del disparo
Una premisa para poder garantizar el cobro es ser capaz de observar la reacción de la pieza en el momento inmediato al disparo. Si éste ha sido herido lo acusará, las más de las veces, con algún gesto de dolor. La naturaleza de esta reacción es el primer indicio para el cobro. Generalmente el animal caerá derrumbado, abatido, pero en otras iniciará una huida, a la carrera, en ocasiones marcadamente desordenada, pero en otras ocasiones la reacción no resulta ni mucho menos tan clara. En este momento es conveniente tener presentes algunos principios que serán la garantía del éxito.

En primer lugar debemos saber que es necesario señalar de algún modo el punto exacto desde donde hemos disparado. Con este fin podemos auxiliarnos de los habituales pañuelos de celulosa que resultan bien visibles en la distancia. Ello nos permitirá reconstruir el momento del disparo y asegurar la dirección correcta de la huida. Posteriormente debemos esperar unos minutos antes de aproximarnos al punto en el que la pieza estaba antes de huir. En no pocas ocasiones ésta se habrá tumbado en las inmediaciones del borde del monte por el que ha escapado. Si nos aproximamos de forma apresurada se rehará y volverá a huir sin que podamos tener certeza de la dirección que ahora ha tomado. Si por el contrario adoptamos la cautela de dejar reposar al animal éste se tumbará buscando alivio a su sufrimiento. Si la herida produce sangre su pérdida le debilitará y finalmente le causará el óbito. Así pues, el primer garante de un cobro eficaz es la serenidad, antes y después de disparar.

Una vez que llegamos al punto en el que creemos que estaba el animal antes de escapar debemos volver a marcar ese punto, comprobar la trayectoria del disparo y comprobar desde este punto posibles obstáculos que nos expliquen la reacción. A continuación buscaremos la existencia de los signos de un animal herido: la sangre, el pelo, esquirlas de hueso y las huellas del arreón o arranque violento de la huida. Cualquiera de los tres primeros son fácilmente interpretables como signos del acierto, si bien la valoración del alcance de la herida precisa de una mayor precisión. Resulta imprescindible señalar de nuevo el primer signo de animal herido que en ocasiones coincidirá con el punto de impacto y en otras no.

La sangre delata la herida
La sangre es el signo inequívoco de que el animal ha sido herido, si bien será su color, olor, altura y textura la que nos indique el alcance del daño. Esto no es siempre sencillo, en especial cuando el disparo se ha realizado al oscurecer y si el día es ventoso, seco o muy lluvioso. Diversos manuales indican, en función del color y textura, las posibilidades de cobro varían. Así, las heridas en el abdomen, en especial en los rumiantes, suelen tener un aspecto oscuro y grumoso y un olor muy peculiar que nos indica la salida del contenido de la panza. Ocasionalmente se pueden encontrar incluso restos de tejidos, como asas intestinales e hígado, o heces. Estas heridas comprometen definitivamente la vida del animal siendo, absolutamente incompatibles con cualquier posibilidad de supervivencia, ahora bien, el cobro puede resultar muy complicado, en especial en el caso de jabalíes, gamos y venados. Es necesario tener presente que en este tipo de heridas es muy común no encontrar restos se sangre debido a que un asa intestinal ha podido taponar el orificio de salida de la bala por un efecto de succión o por el esfuerzo de la huida. Ello no impide que en las inmediaciones podamos encontrar pelo o piel. En todo caso, si estamos auxiliados por un perro de rastro especializado, para él será evidente la presencia de un animal herido por el olor que se mantiene en las inmediaciones.

En el caso de heridas que afecten al vientre conviene dejar transcurrir no menos de media hora antes de iniciar las maniobras de cobro, en especial si la cobertura vegetal es grande. En este tiempo el animal se irá debilitando hasta morir o no tendrá fuerzas para emprender una franca y definitiva huida. Si nos decidimos por un cobro más rápido, es preciso considerar que habrá necesidad de realizar quizás un disparo apresurado entre la maleza, con lo que ello puede suponer de inseguro tanto para nosotros, para nuestros acompañantes e incluso para la integridad del trofeo.

En el caso de disparos al pecho veremos rastros claros de sangre, que si afecta a los grandes vasos o corazón, ocasionarán la muerte rápida, quizá en los 200 ó 300 metros inmediatos. La sangre será muy abundante con la impresión de que ha manado a borbotones. Son rastros sencillos y de desenlaces felices para el cazador. Si la bala hubiera afectado a los pulmones, originando pneumotórax, la sangre será menos abundante, ocasionalmente con un aspecto rosáceo y espumoso, con posibilidades de que se encame en pocos metros en busca de resuello. El animal está muy fatigado, fruto de su incapacidad de ingresar suficiente oxígeno, la muerte es inevitable a corto plazo. Resulta de nuevo conveniente una espera razonable, que quizás con cinco o diez minutos sea suficiente.

En otras ocasiones, más de las que quisiéramos, la herida afectará a algún miembro, bien los remos anteriores o
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