Hemeroteca :: 01/08/2005
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Relatos
Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
Cuando las calles estaban muertas, las casas sin sombra, con puertas y ventanas cerradas a cal y canto para que el calor de julio no se colara dentro, nosotros nos escurríamos por las traseras, mientras los demás sesteaban. Perico “Picón” a veces nos solía acompañar, pero eran las menos. La mayoría de los días íbamos solos los tres: Fausto, “Jarete” y yo. A Antonio lo apodábamos Jarete no como diminutivo de jara, sino porqure el viejo decía que parecía un “guarro jaro”, vamos, de esos coloraos. Al pobre los meses de calor le jugaban malas pasadas por su escasez de melanina. Salíamos a hurtadillas, enfilábamos Mojea abajo hasta salir del pueblo por la calleja de la Meata, nombre que le brinda una fuente que en ella se encuentra, pues sus aguas siempre tuvieron fama de limpiar el riñón y aliviar la vejiga. Llegados a la fuente, nos empucherábamos de su agua, incluso algunos metíamos la cabeza en el abrevadero para refrescarnos la sesera. A escasos cien metros estaba la pocilguilla del “Tío Sequillo”, en la que guardábamos a Gorucho, un perdiguero. Entonces no había tanta raza ni tanta leche: que tenía el chucho las orejas derechas, conejero; que las tenía grandes y caídas, perdiguero, que tenía lanas, pues na, carea para ovejas, que era pastor alemán, pues lobo o policía, y añadiendo el mastín y el galgo se acabaron las razas.

Una tarde de mayo andábamos a lagartos en el umbríón del Corralejo, la carretera lo cruzaba por los bajos. Un coche de esos Hayga se paró justo en la chopera. Del vehículo descendieron una señora y un señor, por las pintas y porque no entendía nada de lo que entre ellos hablaban, deduje que serían extranjeros. Él abrió el portón de atrás y dando un tirón, sacó a rastras del auto un chucho, atándolo allí mismo en el tronco de un chopo y, sin más, subieron al coche y siguieron camino sin mirar atrás. El perro comenzó a dar aullidos lastimeros y nosotros, que habíamos visto la escena desde el umbrión, bajamos corriendo. Al llegar, Fausto soltó:
– ¡Coño!, un perdiguero.

Y decidimos casi sin pensarlo quedarnos con él. “Jarete” rápido lo bautizó: pilló de la cadena y dijo:
– Vamos Gorucho. Y hasta hoy, Gorucho se sigue llamando.

Fausto, mientras bebíamos, se había acercado a la pocilguilla en busca del perro. Cuando llegó partimos todos en cuadrilla, saltando por las cercas de los huertos hasta el nogal de los frailucos. Este árbol era querencioso para las tórtolas en horas de calor, pues no había más arboleda en los alrededores y les pillaba cerca del bebedero.

Desde el nogal se veían las eras. A esa hora, las cinco más o menos, los trilladores comenzaban de nuevo la tarea tras la reconfortante siesta. Sobre las hacinas volaban rasantes miles de vencejos, atrapando gorgojos de la algarroba. Entre los trilladores había buenos latigueros que, con este arte, conseguían abatir varias docenas de pájaros en un par de horas y resolver de esta manera la cena a la parienta. Al llegar al nogal, Gorucho, sabedor de nuestras intenciones, giró sobre sus patas y se tumbó, y nosotros hicimos lo mismo sobre el pasto, justo debajo del nogal, sin hablar, con la vista fija en la frondosa hojarasca y las armas prestas para el lance. Escasos minutos habían pasado cuando se dibujó la silueta de una tórtola derecha a la nogala, pero antes de tocar rama, de un certero disparo “Jarete” la echó al suelo. En la cara de “Jarete” se dibujó una sonrisa de oreja a oreja. “Mi primera tórtola, dijo. Mi primera tórtola, precisamente hoy que cumplo los nueve”.

Fausto era un año mayor que nosotros, pero por su carácter afable y bonachón se dejaba llevar, imponiendo nosotros, los pequeños, nuestra voluntad. Tras muchos tiros errados a tórtolas y gorriatos y después de romper una de las gomas de mi tirachinas, decidimos encaminarnos en dirección a las gargantas.

Camino de las gargantas, justo en la pared del colmenar, Gorucho, a pesar del calor y la sequedad de la tierra, tocó rastro y enfiló solana arriba con el gouuu...gouuu característico de un perro de este oficio. A media ladera, en un clarillo, pudimos ver pasar al raposo cusante del sofoco de Gorucho, el cual, se dió la vuelta en las risquillas del collado, volviendo de nuevo para abajo por la vereda de la umbría, tratando de despistar al perro en el alto, para salir por la trocha de entre los berruecos, justo al punto de partida: la pared del colmenar. El zorro tiende siempre a jugar las mismas cartas, utilizando la vía de escape de costumbre mientras se sienta seguro. Por eso, con la lección aprendida de otras ocasiones, nos limitamos a verlo escabullirse mirándole de reojillo sin chistarle siquiera. Hoy en día, cuando practico la caza, siempre que un zorro o zorra trata de alejarme los podencos de su querencia, en vez de continuar tras los perros espero en el sitio para tirarlo. Si entra, bien, si no, finjo no verlo y en otra jornada que ande por ese cazadero, si me vuelve a hacer las mismas, lo espero en el sitio adecuado, dándole las uvas al del jopo.

Seguimos hasta llegar a la garganta El Giguerón, y en un barranco que formó el agua a fuerza de golpear el granito durante siglos, conocido en la zona por el Pilón de la Serrana, nos despojamos de la poca ropa que llevábamos para darnos un buen chapuzón. En esa estábamos, cuando Fausto soltó un coño de los suyos y con gesto compungido exclamó:
– ¡Me picó!. ¡me picó!, ¡me picó un satalarno, y en la misma pirula, coño!
– ¡Pues te va a engordar como la de un pollino! – le decíamos Jarete y yo, partiéndonos de risa mientras el pobre Fausto se revolcaba de dolor.

El viejo, que estaba en el huerto que hay aguas abajo, acudió al oír el alboroto. Al explicarle que a Fausto le había picado una avispa en tal sitio, se le escapó la risa, apreciando entonces nosotros la necesidad de dientes que tenía su boca. El viejo le dijo a Fausto que orinara sobre un puñado de limo cogido a la orilla del arroyo y se lo colocara en la picadura, como una cataplasma, eso le aliviaría el escozor y evitaría, según él, una mayor hinchazón. No estaba falto de razón en su remedio, pues la orina tiene gran cantidad de amoniaco y éste va bien para las picaduras.

Repuesto Fausto, nos acercamos invitados por el viejo hasta su huerto con el propósito de comer unos higos, pues no los había mejores en todas las gargantas. La tórtola que abatimos se la dimos y él se entretuvo pelándola, mientras nosotros comíamos higos. Al bajar de la higuera, el viejo se nos acercó y nos dijo:
– Mirad chavales, las nubes están creciendo y con lo que el sol pica, dentro de un rato habrá tormenta, así que, atacando leches pa el pueblo. Salid cuanto antes de la garganta. Si la tormenta cae en la sierra os pilla una avenida sin enteraros, venga, venga, para el pueblo.

Obedeciendo al viejo, por el cerquillo de la Blazca, salimos del cauce de la garganta. Enfrente, en un corro de enebros pegado a la pared del majadal, nos hizo un visaje un conejo. Gorucho corrió a él, encerrándolo en un agujero. Intenté pillarlo introduciendo el brazo, pero a pesar de tocarlo con la yema de los dedos, no hice presa. “Jarete”, con la cabritera, cortó una varilla de un fresno con la que conseguimos al fin atraparlo pero, al sacarlo, nos dimos cuenta que, por la mixo, tenía la cabeza más hinchá que la pirula de Fausto por la picadura del satalarno. Así las cosas, dejamos que se metiera de nuevo en el agujero.

Entretenidos por la peripecia del conejo, la tormenta que el viejo barruntaba se nos echó encima. Traía tantos ruidos como nueces, y aparte de ponernos como sopas, nos subió los atributos al tragadero.

Nuestras madres, al echarnos a faltar y angustiadas por la tormenta, indagaron nuestro paradero. Pedro Picón se chivó indicando las gargantas, referencia que les puso más nerviosas aún. Una tía de Fausto y mi madre bajaron a buscarnos, nos encontraron llegando al pueblo y esa noche dormimos calentitos, con el trasero morao por los azotes y zapatillazos.

Ese verano se acabaron las solanas, umbrías y gargantas. Nos prohibieron salir del pueblo y nos ordenaron la siesta. Un señor del Norte, viajante de telas, se llevó a Gorucho. Según él, en su tierra apreciaban mucho esa raza de perros para el rastro del jabalí. Pero a pesar de dicha prohibición, yo durante la siesta, en sueños, seguía recorriendo las gargantas.
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