Arte y Cultura
Visión parcial y festiva de la Historia
Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
La historia de la humanidad puede contarse desde muchos ángulos. El marqués de Laula lo hace desde la caza y con sentido del humor, y Barca, con sus magníficas ilustraciones, remata el propósito lúdico y divertido de esta sección.
En el siglo XIX una parte importante del orbe estaba sin descubrir por los países que se llaman civilizados, y África celaba la mayoría de esas tierras ignotas; territorios que el americano Stanley recorrió en busca de un profesor distraído que se había quedado obnubilado contemplando las cataratas Victoria. A su regreso escribió un relato del viaje que se convirtió en el best seller de la temporada, poniendo de moda el Continente Negro y consiguiendo que todos los europeos vibraran con sus experiencias y se lanzaran a seguir sus pasos.
La pasión africana llegó con algún retraso a España, el país que había descubierto medio mundo y circunvalado él entero, pero un alavés intrépido, Manuel Iradier, se lanzó a la costa de los Camarones, en el golfo de Guinea, y consiguió cerrar acuerdos y pactos con un buen número de jefes tribales que garantizaban un trozo significativo del gran pastel, que luego el Congreso de Berlín redujo a algo así como una peladilla.
Francia, Inglaterra y Alemania se repartieron el continente, respetando los territorios portugueses porque llevaban unos cuantos siglos disfrutándolos, y acto seguido lo ocuparon militarmente, consiguiendo para sus oficiales un cómodo entrenamiento frente a los indígenas y la oportunidad de gozar unos divertidísimos permisos entregados a la cinegética.
Los libros con las aventuras de estos militares, en los que se hacía patente la abundancia de caza, fueron el reclamo para que los cazadores se pusieran en camino hacia esa tierra de promisión, y con ellos los españoles.
Entre los primeros se cuentan cuatro duques, un marqués y un conde, y si bien no era obligatorio un nombre ilustre para hacer esa excursión, sí debía ser conveniente porque en la segunda hornada hay dos duques y otra vez un marqués y un conde. A pesar de ello, en estas cacerías estuvieron representadas todas las clases sociales porque también viajaron los ayuda de cámara correspondientes.
La expedición se iniciaba con un viaje a Londres para adquirir el equipo necesario: tiendas de campaña, cestas de merienda muy inteligentemente distribuidas, conservas enlatadas, y por supuesto los rifles en casa de los armeros señores Holland o Purdey, que empezaban a ser conocidos como mañosos artesanos. En algún caso, que denuncia su origen andaluz, se llevaron al safari “dos cajas de vino de Jerez, [...] carne de membrillo de Puente Genil, pasas e higos, turrón, aceitunas sevillanas, etcétera”. La dieta mediterránea en las sabanas de Kenia.
Luego había que volver a casa para terminar el equipaje, despedirse de la familia y las amistades, visitar al notario y dirigirse al puerto elegido para embarcar, que según conviniera podía ser Southampton, Tánger, Gibraltar o Marsella, en una de las dos únicas compañías que mantenían una línea regular hacia la costa este africana, la Deustch Ost Afrika y Les Messageries Maritimes. A bordo tenía lugar una intensa vida social, con bailes y chicoleo, se conocía Nápoles y Port Said y se recorría, ¡gran novedad!, el canal de Suez para desembocar en el Océano Índico y al cabo arribar a Mombasa donde se rendía viaje. El crucero duraba alrededor de un mes en función del puerto de embarque.
Una vez en el continente negro lo usual era trasladarse por ferrocarril a Nairobi aunque, según el capricho de cada cual, cabía realizar una parada en Tsavo, donde los leones vivían a todo regalo.
Ahí empezaba realmente el safari; se visitaba a los sastres locales para que confeccionaran la ropa adecuada al clima y vegetación de las altas mesetas africanas, y sobre todo, se contrataba al equipo humano. Este asunto era verdaderamente peliagudo pues se necesitaban muchos porteadores para acarrear el voluminoso equipaje y encima había que ajustar a otros tantos para llevar las vituallas que consumían éstos. Si no se tomaban decisiones drásticas, podía plantearse un problema tan complicado como el del barquero que tuvo que cruzar un río con un lobo, una oveja y una col, y se vio obligado a exprimirse el caletre para conseguir completar su tarea sin que un viajero devorara a otro. Una de las expediciones españolas se compuso de 146 personas y en otras: “no pudiendo encontrarse en Nairobi más que 60 porters y necesitando nuestro safari cerca de 100, tenemos que substituirlos con burros, de los cuales alquilamos veinte”. Ya se sabe, la relación técnica en expediciones de lujo es un burro equivalente a dos porteadores, y a falta de pan, buenas son tortas.
La salida de un safari era un espectáculo superior a la mejor Aida en La Scala milanesa: en cabeza los cazadores, jinetes en jacas o mulas, detrás los escopeteros y muchachos encargados de las caballerías; los profesionales o white hunters; el Neopara, personaje fundamental encargado del buen orden del campamento, juez y verdugo del personal que gobernaba a punta de látigo; cocineros; camareros; desolladores; los infinitos porteadores con sus bultos en la cabeza y, cerrando la marcha, los askaris o guardias armados.
Los actores principales van “con traje de cazador, camisa de lana gorda, blusa y breeches de tela Burberry impermeabilizada y a prueba de zarzas, putees –bandas para las piernas que sustituyen a las polainas– y casco”.
La marcha era solemne y la distancia recorrida escasa; hay que tener en cuenta que muchas veces se cambiaba de campamento a diario y eso suponía desmontar y montar las tiendas de campaña, empaquetar y desempaquetar toda la impedimenta, y poner en movimiento ese gentío. Quien recuerde el esfuerzo que cuesta arrancar las excursiones infantiles, puede hacerse una idea de lo que suponía movilizar a tal batallón.
Al final no se cazaban demasiadas piezas, teniendo en cuenta el tiempo de duración de los viajes y, sobre todo si se descuentan de la cifra total el importante número de antílopes que se sacrificaba para alimento del personal; además, la variedad era escasa pues cada especie tiene un hábitat determinado y a pie no se podían recorrer provincias.
Repasando la relación de los “cinco grandes”: elefante, rinoceronte, león, leopardo y búfalo, que conforman el súmmum de la ilusión de los safaristas, los resultados no fueron como para tirar cohetes. En la primera expedición, que duró 168 días en total, ¡cinco meses y medio! y que estaba compuesta por tres cazadores, se consiguieron dos leopardos, cuatro búfalos, nueve rinocerontes y ningún elefante ni león; y en la segunda, durante las 131 jornadas, casi tres meses y medio de viaje, los dos esforzados cazadores obtuvieron por todo potaje un elefante, un león, un leopardo, un búfalo y nueve rinocerontes.
Se ve que los rinos eran abundantes y los demás animales muy complicados de cazar; tan es así que los duques de Mandas y Peñaranda, para conseguir sus elefantes tuvieron que penetrar en un safari posterior por las selvas del Congo Belga y regresar Nilo abajo para embarcar de regreso en Alejandría.
Independientemente de todo ello, los libros que cuentan las aventuras de los safaristas españoles trasmiten todo el encanto de una actividad pionera con las imágenes de sus fotografías desvaídas por el tiempo, excitando la imaginación y haciendo revivir las andanzas y ensoñaciones de esos cazadores. En especial una ilustración que muestra a nuestros compatriotas a la puerta de sus tiendas, la barba crecida, las mangas remangadas, polainas en las piernas, y el típico salacot cubriendo unas sonrisas que expresan la satisfacción de la vida en la sabana.
Algún safarista, como el duque de Medinaceli, quiso hermanar el arte y la cacería y se llevó la mandolina en el equipaje para tocar sonatas al paisaje en los lánguidos atardeceres del Serengueti.