Hemeroteca :: 01/09/2005
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Entrevistas

Crónica de una espera cochinera que duró dos años

Última actualización 01/09/2005@00:00:00 GMT+1
Esta no es la crónica de una típica espera al jabalí. O sí, porque cuando el verraco es sabio y viejo puede pasar lo que le pasó al cronista, que tuvo que esperar dos años para tentarle las amoladeras.

Dos años en los que pasó de todo y en los que la esperanza se turnaba, con rapidez, con el mayor de los desasosiegos.
Cuentan que Ava Gardner, la primera vez que se acostó con Luis Miguel Dominguín, quedó muy sorprendida de que, nada más concluir la carnal faena, el hispánico amante se levantase y empezara apresuradamente a vestirse.
– Where are you going? (¿A dónde vas?) –le preguntó.
– A contarlo –respondió sincero Dominguín.

La historia de este guarro despierta en mí la misma necesidad irrefrenable de divulgación que debió sentir el torero después de lograr llevar a la cama a un mito como la actriz de Holywood. Vaya por delante que a mí, sin embargo, creo que no me mueve el humano afán de presumir de nada, sino más bien el deseo por dejar constancia de un desafío venatorio más que singular, un desafío de aquellos con los que, en el transcurso de una vida cazadora, sólo se cruza uno –si es que lo hace– muy de tarde en tarde. La talla mostrada por el rival vencido le convierte, en mi opinión, en merecedor al menos del póstumo homenaje que representa el que nuestra liza sea divulgada y ande en los papeles.

Dos años de acoso
Conseguir batirle me ha costado más de dos años de esfuerzo, dos largos años desde que por primera vez vi sus navajazos en un pino que yo, intuyendo que aquello debía ser un buen paso de cochinos desde el monte a las siembras, había untado de olorosa brea. Decidí probar a cebarlo en aquel sitio, y pronto tomó el maíz con prometedora constancia. No lograría, sin embargo, en bastantes esperas que en aquel emplazamiento le hice, oírlo siquiera: cuando yo me ponía, él simplemente no aparecía.

Deduje que algo no funcionaba y cambié el cebadero de sitio. Enseguida lo tomó, y pronto el tronco del nuevo pino estuvo también casi pelado a fuerza de navajazos y restregones. Mis fracasos, sin embargo, continuarían varios meses más, de forma exasperante, ya que al autor de aquéllo no logré nunca ni siquiera sentirlo. Su pisada, inusualmente grande, inconfundible, de pezuñas redondeadas por los años, se me fue haciendo familiar.

Así, sin sentirlo, pasaron varias lunas. Al cabo, hacia Navidades, decidí tomarme el reto definitivamente en serio e intentar poner remedio a la situación. Para ello, opté por sacar aún más el cebadero del monte, y llevarlo a un emplazamiento donde de ninguna manera el bicho pudiese cogerme el aire o cortar mi rastro de llegada. “Si logro traerlo hasta aquí, el guarro está muerto”, concluí convencido.

Y lo traje, vaya si lo traje. En pocos días tenía aquél nuevo pino como si alguien con un hocino lo hubiera aplicadamente descortezado. Pero de eso a que el jabalí ya estuviese muerto, lo que se dice “muerto”... Aunque parezca increíble, el animal tomaba el cebo los días laborables, pero los fines de semana no acudía.
– Eso es que te acercabas al cebadero a registrar, y el cochino recelaba al percibir un olor distinto al habitual –pensaréis los más enterados.

Pues nada de eso, ya que los viernes por la mañana, cuando esperanzado llamaba al lugar para requerir informes, me comunicaban que justo la noche anterior, la del jueves, ya no había entrado. Parecía como si aquel jabalí tuviera un calendario. ¿Increíble?
Así fue durante un tiempo. En fin de semana sólo entró precisamente una noche, aquélla en la que, durante una de las olas polares del pasado invierno, incapaz yo de aguantar más el frío glacial, ya bien oscuro, me retiré después de que los mastines del ganado apareciesen por el camino y montasen un desaforado concierto de ladridos ante mi presencia. ¿A qué intempestiva hora vendría aquella noche el muy ladino, que la barahúnda de los perros y el rumor de mi propia retirada no le espantaron?
Así, poco a poco, semana tras semana, aquel guarro acabaría adquiriendo para mí un perfil fantasmal, convirtiéndose en un reto y una obsesión inaprensible, en un espectro irreal que dejaba rastros y huellas claras de su presencia, pero al que, en más de dos años, no había logrado ni siquiera oír. Hasta que, al fin, una tarde de enero inusualmente tibia y serena...

Un error imperdonable
Esa tarde, colocado por enésima vez de aguardo sin demasiadas esperanzas, escuché abajo, aún con luz, hacia los foscos espesares del río, gritar estridente y delatoramente a un mirlo; y, al poco, sentí romper monte a algún bicho grande que claramente venía hacia el cebadero. Quité cuidadosamente el seguro, casi sin creérmelo. Al momento, efectivamente, vi el masivo bulto del cochino que se detenía a no más de quince metros de mí, en un clarito entre las matas, tomando el viento para asegurarse, antes de decidirse a entrar. Pude intentar tirarle allí, pero sólo le veía el cuerpo y bien podía equivocarme y que no fuera el macareno buscado. Además, iba de cabeza al maíz y al revolcadero, y a mí el aire me venía franco a la cara, sin miedo a revoque alguno. El sitio de matarlo no era ése, así que me limité a quedarme inmóvil, conteniendo hasta la respiración, pues sabía que el guarro tenía todos sus sentidos en máxima alerta, y el mínimo ruido podría ponerlo en fuga.

Cuando al fin el jabalí reinició su marcha, tapándose con el último pegote de estepas que le separaban del cebadero, monté rutinariamente el pelo, mientras me encaraba con todo sigilo. Y entonces... !Ay, entonces! Todavía no me explico cómo pudo pasar, pero, bien con el guante o bien con el dedo, seguramente acartonado e insensible por el frío, debí rozar el gatillo, y... !se me escapó el tiro!
Sí, lo confieso: así, como el más chambón de los principiantes, de la forma más incomprensible, ridícula y humillante que uno pueda experimentar, frustré la anhelada ocasión de hacerme con aquel ansiado macareno. Ni que decir tiene la desolación que sentí mientras escuchaba al que ya casi consideraba mío, romper aturulladamente monte camino del perdedero. Creo que las lágrimas que se me saltaron entonces no fueron sólo de frío.

Muy difícil y negra, he de confesarlo, vi la cosa esa noche. Al día siguiente, desolado y con escasas esperanzas, hice lo único que pensé estaba aún en mi mano: cambiarle el cebadero a un sitio más resguardado, a un sitio situado estratégicamente dentro del monte, junto a su viaje de salida desde el encame, que yo ya, al fin, gracias a un mirlo chivato, creía conocer. Al lugar del susto –no tenía dudas– tardaría demasiado en volver, si es que alguna vez lo hacía.

A los dos o tres días, para mi sorpresa, recibí buenas nuevas desde el pueblo: el cochino estaba tomando el cebo en el nuevo emplazamiento. Día tras día, en una semana cuyo fin no llegaba nunca, fui siendo informado de la sorprendente e inconsciente pertinacia del verraco. Y llegó el viernes...

Cuando alcancé al monte, caía una nevada abundante y mansa, de copos grandes como bolas de algodón. Sin arrimarme a registrar el cebadero, pues llegaba demasiado tarde para que mi rastro pudiera orearse, me coloqué directamente de espera. Ya casi de noche, sin que se oyera antes ruido alguno, una silueta oscura cruzó despaciosamente la estrecha calle que yo había abierto entre el montarral, desapareciendo otra vez por el lado opuesto. Al poco, como yo esperaba, el bulto volvió a asomar algo más lejos, dirigiéndose hacia el cebo. A través del visor se perfilaba bien el guarro, a pesar de la escasa luz, contra el fondo blanco de la nieve. Le dejé empezar a comer, apunté con mucho cuidado y, al terciarse –esta vez sin pelo, claro– apreté el gatillo. Al disparo, se produjo un estrepitoso arrollón de monte y, enseguida, el silencio.

Ese no es mi guarro
Esperé unos minutos, escuchando. Nada se oía y me arrimé al tiro. En la nieve blanda, a la luz de la linterna, refulgía claramente la sangre –roja y buena sangre–, pero algo no me gustó: aquellas pezuñas que se marcaban en la arrancada no eran, desde luego, las de “mi” guarro. Fui a buscar al perro, y enseguida mis temores quedaron confirmados: una jabalina grandullona, inusualmente solitaria, ni preñada ni parida, se había encontrado con una muerte que no era a ella a quien buscaba.

Después de aquello, ya sí que el asunto me pareció irreconducible. No lejos debía rondar –rumiaba yo– aquella noche el macareno, y desde luego, el retumbar del tiro y toda la inevitable algarabía –latidos del perro, luces, voces,...– de la cobra y retirada de la cochina, poco podían ayudar a la necesaria recuperación de su tranquilidad y confianza.

Al día siguiente, subí al monte y, apresuradamente, pues la intensa nevada amenazaba con dejarme aislado en el pueblo, comprobé que durante los días anteriores, aquéllos en que habíamos estado cebando en otro sitio equivocadamente a la jabalina, él, el verraco grande, había retornado a su querencia, al cercano pino de la chambonada. Navajazos recientes parecían claramente testimoniarlo. Decidí, pues, en una última y desesperada decisión –no hace falta aclarar que sólo con remota confianza en el resultado– volver a cebar allí; y a escape me volví para Madrid.

Ni que decir tiene cuánto me sorprendió –y alegró– conocer pronto, en un par de días, que el jabalí tomaba el cebadero. Una jornada tras otra, durante toda la semana, me fueron confirmando la inusual y sorprendente regularidad de su acudir. Y llegó de nuevo el viernes.

Salí de Madrid tarde y desbocado, retenido en la ciudad por exasperantes causas laborales bastante más de lo que me hubiera gustado. Por el retrovisor no perdía ojo al declinar del sol, que corría más que nunca.

Cuando alcancé el pueblo, ya el sol se ocultaba tras el quebrado perfil de la sierra. Me cambié de ropa a toda carrera, vistiéndome capa tras capa de abrigo, dispuesto a no dejarme vencer por el frío y a aguardar toda la noche, si era necesario: la temporada de caza se cerraba el domingo, y ésta –pensaba– quizá sería la última oportunidad de vérmelas con el verraco. La ocasión merecía ser apurada hasta las heces.

Volé hasta el puesto. La dirección del viento era la adecuada para el emplazamiento en el que pretendía colocarme. Una vez en él, limpié las hojas del suelo y extendí silenciosamente una vieja manta, por si tenía necesidad de tumbarme: la noche podía ser larga. Además, habría poca luna, y saldría tarde. Cargada el arma y desenfundados los prismáticos, bien a mano, me dispuse a esperar. Recobrada la calma, miré en derredor: todavía se veía bastante. A mí frente, la silueta del pino del rascadero se divisaba prometedora, a unos treinta metros de distancia. El crepúsculo, gracias a Dios, se prolongaba más de lo que yo me había temido. Aún había llegado a tiempo.

Al rato, antes de cerrarse la noche, escandalizaron los mirlos abajo, hacia el hondo del regato. El jabalí se desencamaba. En absoluto silencio, con atención casi dolorosa, yo escuchaba el monte. Pasaban los minutos, la negrura se echaba encima a marchas forzadas, y sin embargo nada se sentía.

En algún momento, bastante después, ya completamente oscurecido, me pareció oír el cauteloso viaje de un bicho entre el monte, siguiendo el raberón de estepas que se extendía por detrás del pino; pero aquello, fuese lo que fuese, pasó de largo y se volcó hacia los barrancos de mi derecha.

Transcurría el tiempo. Una hora, otra más... Las sombras lo habían envuelto todo y el silencio era espeso. Sólo, de vez en cuando, a lo lejos, guarreaba algún raposo desde las altas cuerdas. Al moverme notaba en los hombros la helada que ya estaba cayendo. Un escuálido gajo de luna empezaba asomar por el horizonte. De repente, el ruido de un roce provinente del pino, me puso en guardia. Agucé el oído. Algo parecía, efectivamente, sentirse, pero el rumor me parecía demasiado quedo para poder corresponder al macareno que estaba esperando. ¿Cómo iba a haber llegado hasta el mismo cebo –tan cercano y en una noche serena– un bicho que, a juzgar por su pisada, debía rondar los cien kilos, sin que yo lo hubiera oído? Debía seguramente tratarse del tejón cuya pista en las cercanías había yo visto en varias ocasiones... La duda, sin embargo, no se desvanecía. Me pareció sentir volcar una piedra.

¡El verraco!
“¡A ver si va a estar el jabalí merendándose el cebo ahí mismo, en mis narices, y yo en las nubes...!” Sin demasiado convencimiento, más bien para salir de la incertidumbre, apoyé el rifle cautelosamente en la horquilla, revestida por un guante de lana, y tomé los prismáticos. La oscuridad era casi absoluta pero gracias a la luminosa óptica de Leica, pude intuir que una sombra negra y grande parecía moverse debajo de donde sabía que se encontraba el pino: ¡el verraco!
Dejé con todo cuidado los prismáticos y busqué la sombra a través del visor del rifle. Con él, sin embargo, no era capaz de distinguir nada. Me esforzaba desesperadamente por ver al cochino, al que ahora oía claramente mascar el maíz. Nada. Mi única opción era esperar, confiar en que el guarro se entretuviese lo suficiente como para que la creciente luminosidad, que iba en aumento conforme la escasa luna ascendía en el firmamento, me ayudase.

No sé cuanto tiempo estuve esperando. No hace falta decir que me pareció una eternidad. Cada poco miraba por el visor, pero nada veía. Contenía casi la respiración y los latidos de mi corazón me parecía que retumbaban con escándalo. Escuchaba crispado, tenso, temiendo sentir en cualquier momento la marcha definitiva del jabalí. Sin embargo, un rumor constante me indicaba que el animal no sólo seguía allí, sino que, sin recelo, andaba comistrajeando, a la rebusca de los granos de maíz esparcidos entre las estepas. Al fin, una de tantas veces que miré por el visor, pude detectar, entre las demás sombras, una que se movía. Con esfuerzo, mirando más al entorno que a la propia sombra, forzando la vista hasta el dolor, pude singularizar su perfil.

En un momento, me pareció que el corpachón del cerdoso se ofrecía de costado, así que, apuntando a donde suponía el codillo, apreté despaciosamente el gatillo. Sonó el trallazo del disparo, a la vez que el cochino arrancaba en aturullada carrera. Escuché con angustia la galopada del jabalí cruzar el camino, sesgadamente hacia mi derecha, romper monte bastante cerca y, después, nada.

Esperé un poco, sin moverme de mi aguardo. Buscaba tanto recuperar el sosiego como paladear la incomparable intensidad de los instantes recién vivido. Un silencio opresivo había vuelto al campo: nada en absoluto ya se oía. Completamente solo, envuelto en la espesa negrura de la noche, repasaba mentalmente la vorágine de acontecimientos recién vividos, y el balance me hacía ser optimista: había apuntado bien y el tiro me había sorprendido, estaba casi seguro de haber escuchado el tamborazo de la bala al hacer carne, y el jabalí había corrido alocadamente, quebrando monte, fuera de su trocha. Además, antes de hacerse definitivamente el silencio, me había parecido oír ruido durante unos segundos en el mismo sitio, allá, hacia la pestaña del barranco. No podía aún cantar victoria, pero aquello tenía buena pinta. Al cabo, lentamente, casi convencido de haber llevado por fin a término un reto que duraba ya muchos meses, me dirigí, camino adelante, hacia la zona por donde yo había sentido cruzar la galopada del macareno.

A la luz de la linterna, pronto descubrí un poderoso uñetazo en la tierra húmeda. El tamaño de la pezuña no dejaba esta vez lugar a dudas: ¡éste sí era mi rival! Junto a la marca, un pequeño e insólito pedazo de carne roja, llamó mi atención.

Signos esperanzadores, pero nada más
“Zumbarle, le he zumbado”, pensé. Busqué cuidadosamente sangre en el camino, y no la hallé. Empecé a preocuparme. Por si había que pistear, y a fin de evitar ensuciarle al perro el rastro en la dirección que había seguido el guarro, opté por registrar en sentido inverso, hacia el lugar del tiro. Pronto hallé indicios más tranquilizadores, aunque contradictorios: varios tomillos bien manchados de sangre alta, trozos de grasa de apreciable tamaño e, incluso, varios pedazos de lo que al tacto parecía el hígado del animal. En el lugar del disparo, más pedazos de hígado indicaban a las claras que el animal estaba bien tocado por el disparo.

Decidí bajar al pueblo en busca del perro y de ayuda. En la decisión de hacerlo, sin esperar, como es de ley, a las luces del día, pesaron seguramente tanto el comprensible afán de salir lo antes posible de dudas y evitar una noche de incertidumbres, como el recuerdo de la fácil cobra de la jabalina del fin de semana anterior. Yo tenía, además, el convencimiento subconsciente de haber apuntado a su sitio, y de que el jabalí tenía que estar muerto bastante cerca, ya que no le había sentido repechar, de huida, por la ladera opuesta del barranco.

De vuelta, con Emilio y el perro, en el lugar de autos, la cosa sin embargo se torció nada más empezar. Thor, puesto en el rastro en el mismo camino, tiraba de la traílla con vigor y yo, convencido de la proximidad del jabalí y cierto de su muerte, cometí el error de soltar al perro, que, tras unas desconcertadas carreras iniciales, se volcó al galope hacia el barranco, alejándose de nosotros. Con el alma en vilo, sentí la cencerrilla trastear unos segundos en lo hondo y, al cabo, su viaje ladera arriba, hasta trasponer la cuerda.

Pasaba el tiempo, y el perro no retornaba. Le llamé una y otra vez. Ni el pito ni mis voces, que se perdían en la lejanía, en la serenidad de una noche sin viento, surtían efecto alguno. La noche parecía cada vez más negra y silenciosa, y el ánimo se iba encogiendo.

Como nada sino esperar el retorno del perro podía hacerse, Emilio y yo decidimos intentar desentrañar por nosotros mismos el rastro y seguir, a la luz de la linterna, la pista del cochino. Algunas manchas de sangre en las matas y, sobre todo, los llamativos, por blanquecinos, restos de mantecas nos permitieron un fácil rastreo tan sólo durante quince o veinte metros. Después, al llegar a un cruce de veredas, al borde de la cuesta que ya caía hacia el regato, toda traza del paso del jabalí se esfumaba.

Desconcertados, dimos vueltas por allí, adelante y atrás, a la vez que voceábamos al perro desaparecido. Nada: ni del jabalí hallábamos más rastro, ni Thor retornaba. La esperanza inicial de que el perro hubiera llegado enseguida hasta el bicho muerto y allí, lejos sin duda, estuviera aguardando nuestra llegada, iba dejando paso, conforme la noche avanzaba, a un cuadro mucho más funesto: ya era demasiado tiempo para que el perro no se hubiera hartado de morder al jabalí. El navajero, sin duda malherido, debía haber aguardado a Thor y... Sólo, en un momento, la esperanza pareció retornar cuando sentimos algo que claramente venía hacia nosotros. Lo que fuera, sin embargo, no traía campanilla, y pronto supimos que eran los tres mastines de la majada cercana, que acudían a nuestras voces.

En un último intento por averiguar la dirección tomada por el jabalí en su huida, bajé al barranco, no muchos metros más allá de donde se perdía la sangre, e intenté, en la limpia y delatadora arena húmeda del fondo del torrente, cortar su pista.

Sin embargo, a pesar de que recorrí el cauce despacio, un par de veces, arriba y abajo, nada hallé. Aquello no había quién lo entendiera. Al cabo, incapaces de hacer ya nada más por hallar el rastro, cogimos el coche y nos asomamos a varios altos que dominaban la zona hacia la que el perro había corrido. Nada más que un silencio exasperante y profundo respondió a nuestros gritos.

El cansancio de toda una semana de trabajo y el agotamiento súbito que sigue a la tensión cuando ésta desaparece, me cayeron entonces encima. Poco más podía hacerse, así que optamos por bajar al pueblo, a cenar algo. Mientras lo hacíamos, decidí que la tesitura requería de ayuda, y pensé en Álvaro y su sabuesa de Baviera. Por teléfono, le puse al corriente de la situación. No lo dudó: aunque al día siguiente tenía el compromiso de asistir a una batida de jabalíes, ésta era por la zona, así que podía estar bien temprano conmigo en el monte, intentar resolver en lo posible el enigma y, sin entretenerse mucho, seguir ruta hacia la batida en cuestión.

Terminada la frugal cena y concertada la cita, sin demasiadas esperanzas, volví al monte. El perro, sin embargo, seguía sin aparecer, conque, ya agotados todos los recursos, opté por extender mi forro polar en el suelo, a la vera del camino, por si Thor retornaba, e irme a la cama. La jornada venidera se prometía intensa.

No sé si aquella noche llegué a dormir algo. Di vueltas y vueltas repasando todos y cada uno de los detalles del lance vivido. Cada vez que intentaba abandonarme al sueño, la inquietud por lo que podía haber sucedido me asaltaba, impidiéndome descansar. La situación era negra y, a la congoja de haber malbaratado –¡otra vez, y ahora de manera definitiva e irremediable!– la posibilidad de hacerme con aquel macareno, se sumaba el agobio por la más que probable muerte del perro, causada por mi insensatez al liberarle, en plena noche, tras de un navajero como aquél. Pensaba en los niños, y en cómo iba a contarles y justificarles el suceso. Además, para ensombrecer aún más el escenario, durante la cena Emilio me había dado noticia de que al día siguiente, el domingo, los del coto vecino tenían autorizada una batida en el robledal que se iniciaba en nuestra misma linde, aquél hacia el que aparentemente se dirigía el rastro del jabalí y donde por última vez había sentido tintinear, al trasponer, la cencerrilla del perro. ¿Cómo iba yo a entrar yo allí, la víspera de una cacería, y encima armado, pues el caso sin duda lo requería? Intentar pedir permiso para ello significaría retrasar la búsqueda un tiempo precioso del que, además, Álvaro no disponía, para obtener al cabo una segura y hasta lógica negativa por respuesta. Si, por el contrario, me arriesgaba a cruzar la linde sin autorización, alguien podría verme y pensar que lo que andaba haciendo era chantear la mancha. Pero, ¿cómo iba, por otra parte, a resolver el problema sin entrar allí?
Bastante antes de amanecer, ya estaba en pié. Me hice un té, para tratar de sentar algo las tripas de punta, y cogiendo el coche, subí al encuentro de Álvaro. Por Saliente, la raya del horizonte empezaba a perfilarse cuando llegué al sitio de la cita. Allí, como un clavo, fiel a su compromiso de la víspera, estaba el amigo.

Atropelladamente, volví a contarle los detalles de la historia. A la luz de los faros, incluso le mostré un par de los trozos de hígado hallados, que llevaba cuidadosamente envueltos, como una reliquia, en un paño húmedo, y a los que yo me agarraba para argumentar la imposibilidad de que el jabalí estuviera muy lejos.
– Mal tiro. A ver qué hace la perra. ¿Por dónde se va?
– Sígueme.

Aparece Thor
En silencio, nos dirigimos a lugar de los hechos. Ensimismado, cavilaba yo acerca de la letalidad de un tiro en el hígado –que yo, contra la opinión expresada por Álvaro, consideraba alta–, y le daba vueltas a tomar o no el riesgo de entrar en la finca vecina, cuando, ya casi llegando, al salir de una revuelta del camino, vimos venir por él a Thor, que, al sentir el motor del coche y ver los faros, salía alocado a nuestro encuentro. La alegría, ante lo repentino e inesperado de la aparición, fue aún mayor. Al bajarme del coche, el perro, en apariencia indemne, me hizo grandes fiestas. Tras sosegarle un poco, lo inspeccioné ávida e infructuosamente, en busca de alguna señal esclarecedora de lo que pudiera haber pasado aquella noche. Nada hallé, por lo que, tras recoger mi forro polar, sobre el que por todas las trazas había estado echado el braco, procedí a atarle a un enebro, a fin de dejar el campo libre a la sabuesa. El cincuenta por ciento, al menos, del problema estaba ya resuelto.

Entonces bajó Álvaro a la perra del coche, le puso la traílla y nos dirigimos al lugar del tiro. En las mismas piedras del cebadero aún quedaban trozos de hígado del jabalí. Lo aturullado de su huida, tras recibir el disparo, atravesando y quebrando un manchón de estepas, era, a la luz del día, aún más evidente. Había bastante sangre allí, ya seca, y más aún al otro lado del manchón, aunque no era fácil de distinguir, pues a la luz del amanecer invernal aún en el campo no había colores y, para remate, la dura helada de la madrugada había posado sobre cada detalle su uniformador velo de escarcha.

Encuentro inesperado
Mientras Álvaro intentaba centrar a la perra y que tomase vientos sobre una emanación difícil, por helada y además reiteradamente pisada por nosotros la noche anterior, recorrí el trozo de rastro andado la víspera, con la intención de llegar al cabo del mismo, hasta donde, en la oscuridad de la noche, habíamos perdido la pista. Pretendía alcanzar ese punto para, desde allí, llamar a Álvaro a fin de que trajese a la perra a un rastro más limpio.

Por los pasos de la noche anterior, y sin gran dificultad, ayudado por la luz que crecía por momentos, reencontré manchas de sangre ya vistas horas antes, algunos trozos de lo que parecía sebo, ahora congelado, ciertas matas claramente tronchadas por el macareno en su huida,... Así, llegué hasta el mismo punto donde la pista parecía desaparecer. De frente, por la terrera que caía hasta el barranco, no se apreciaba pisada ni carrera alguna. Nada que hacer. Hacia la derecha había otra vereda, que seguí tan sólo durante corto trecho, pues tampoco semejaba haber sido tomada por el animal. Volví sobre mis pasos. Dudé. A la izquierda parecía arrancar otra trocha, pero se abría en un ángulo demasiado quebrado, hasta casi volver hacia atrás. No era probable que un cochino de estampida hiciese semejante quiebro. De hecho, recordaba que la noche anterior hice un intento de iniciar el rastreo de esa vereda, y Emilio me había llamado al orden para que no perdiese el tiempo, pues hacia atrás el verraco no podía haberse ido. Me quedé parado, dudando qué hacer, miré a mi alrededor y... entonces lo vi: allí mismo, tieso en mitad de unos tomillos que casi no le ocultaban ni las pezuñas, a menos de diez metros de la encrucijada en la que habíamos estado buscando la noche anterior ¡acompañados además de tres mastines!, yacía el macareno. ¡No me lo podía creer!
– ¡Aquí está! –acerté a vocear a Álvaro, que alzó la vista y me miró con cierta cara de incredulidad.

Me acerqué al jabalí. Se había hecho desear largamente, pero ahora que –¡al fin!– podía tentarle el pelo, no me defraudaba: el verraco, en capa invernal, tenía unas hechuras imponentes, de animal poderoso y recio, a las que acompañaban unas navajas perfectas, largas y anchas, y unas amoladeras excepcionales. No podía haber soñado final mejor para la historia. Sólo entonces me di cuenta de que el gris y destemplado amanecer había dado paso a una espléndida mañana de sol.
– !Vaya guarro! –fue todo lo que Álvaro dijo al acercarse.

La aturullada carrera del jabalí había sido, como yo inicialmente supuse, una galopada de muerte. Aunque no se le veía salida al tiro, al abrir al animal comprobamos que la bala, perfectamente colocada, se había fragmentado dentro de la caja torácica, afectando a todas las vísceras, incluso al corazón. Al tacto, siguiendo con el dedo índice la trayectoria del disparo, hallé la camisa del proyectil, alojado entre la carne y el cuero de la paletilla opuesta a la entrada. La deformada masa de plomo y cobre se la quedó Álvaro para su colección, como recuerdo de una jornada singular.

Epílogo
Veo aquellas laderas y barrancos vacíos y tristes. He retornado por allí algunas veces, y tengo que confesar que, al mirar el escenario donde transcurrió esta historia, ahora ya sólo pasado, me oprime la melancolía. Desde entonces, sobre la grata sensación de victoria que saboreo cada vez que rememoro la aventura, se impone un irreprimible lamento por su final. Me consuelo, sin embargo, en pensar que algún día, en cualquier rincón de aquellos agrestes robledales, tropezaré al paso con el irresistible envite de otras pisadas grandes de jabalí, que harán renacer en mí el deseo de reiniciar una lid antigua como el mundo.
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