Entrevistas
Ante la disminución de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas, caminamos hacia una estepa sin árboles en gran parte del país
Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
El cambio climático, algo que ya nadie discute, afecta sin duda a nuestra fauna y a nuestra flora, por lo que es necesario comenzar a tomar medidas preventivas
Posiblemente hoy carezca de sentido ya el discutir sobre la existencia o no del cambio climático. Todo indica que es un hecho reciente –desde aproximadamente 1.970– y cierto, con causas tal vez dudosas –probablemente por múltiples– pero con efectos sobre la biología global del planeta resultan indudables. En cualquier caso, y al margen de los datos y pruebas científicas ya existentes, y que cada día se acumulan en mayor número, razones de prudencia aconsejarían, además, actuar frente a él a título preventivo: tomar en todo caso medidas contra el mismo.
Culturalmente estamos acostumbrados a considerar a las fuerzas "telúricas" de la Naturaleza como algo que está allí, pero cuyas actuaciones resultan tan remotas e improbables que podemos actuar en la práctica como si no existieran.
Los grandes cambios geológicos o del clima son hoy, para nosotros algo más bien del "parque jurásico" que de ahora mismo. ¿Seremos capaces de vencer nuestra inercia y nuestra pereza intelectual ante un hecho nuevo que rompe con todos nuestros esquemas tradicionales de relación con una Naturaleza que ingenuamente hemos juzgado como estable e inmutable?
El cambio climático en España
En España diversas cuestiones de campo, varios problemas recientes y multitud de datos científicos apuntan hacia la existencia e importancia del cambio climático. Al margen de la infrecuente repetición de los conocidos fenómenos de "gota fría" o de las "pertinaces sequías", son ya muchos los cursos de agua y las fuentes que de siempre tuvieron agua –e incluso abundante pesca– y que hoy se secan.
En el campo, los agricultores y los pastores conocen bien hasta qué extremo las nieves e incluso el mismo rocío están desapareciendo, y los cazadores relacionan esta pérdida de los rocíos, derivada del descenso de la humedad ambiental, con la reducción de las codornices y otras especies en muchas zonas de secano.
El arbolado forestal presenta frecuentemente indicios de decaimiento, y muchas especies silvestres –animales o vegetales– tienen serios problemas de supervivencia y sanitarios.
Siendo indudable el recalentamiento actual de nuestra atmósfera en relación a las temperaturas pasadas o "normales" –como consecuencia del llamado "efecto invernadero" o por cualquier otra posible causa–, es a la vez muy frecuente el incremento asociado de la sequía, si bien la distribución de las precipitaciones parece presentar en España dos grandes tipos de tendencias, en principio opuestas: hacia el incremento de las precipitaciones en las zonas más bien serranas, de montaña, y hacia su alarmante disminución en la mayor parte del país.
Según zonas geográficas concretas, la vegetación española evoluciona hacia la estepa –estepa mediterránea infraarbórea, “sin árboles”, en valoración fitoclimática de Allué-Andrade, que no hacia el desierto, como se ha llegado a decir– o hacia la ancestral laurisilva –el antecedente del mundo mediterráneo, hoy relíctica en algunas zonas de Canarias y Cádiz–.
En ambos casos existe un común aumento de las temperaturas y, en contraste y según zonas, particulares reducciones –estepa– o aumentos –laurisilva– de las precipitaciones.
No obstante, están ya publicados los Mapas del Cambio Climático en España (Allué-Andrade 1995) con zonas en la Cornisa Cantábrica sin cambios comprobados, zonas de montaña con cierta mejoría –menos frío y, por excepción, más agua–, y un generalizado empeoramiento –hacia la estepa– en buena parte del resto del territorio nacional: más calor y más sequía.
En todo caso, es palpable que todos estos cambios están teniendo efectos claros y bien reconocibles sobre nuestra fauna y flora y sobre nuestros ecosistemas. No podemos por tanto seguir con la "política del avestruz": hay que meditar, tomar decisiones y actuar.
Veremos ahora los indicios de cambio climático que, al margen de lo que ya denuncian las casetas y datos meteorológicos, y los ordenadores y sus análisis científicos, vienen denunciando nuestra fauna y nuestra flora.
Indicios faunísticos
Cuando esos mapas sobre el cambio climático en España se estudian desde la perspectiva y los conocimientos de los cazadores, se entienden no pocas cosas, por ejemplo: por qué aumentan las tórtolas en Galicia, vertiente sur de la Cornisa Cantábrica, Cuenca y –sorprendentemente– en algunas zonas del sureste español, por ejemplo Murcia, en donde las precipitaciones, en concreto las estivales, están "sorprendentemente" aumentando; por qué las codornices atraviesan serias dificultades en Soria o en la zona sur de Burgos o, en general, en toda la Castilla la Vieja de baja altitud; por qué la perdiz ya no es lo que era en Castilla-La Mancha; por qué, dónde y desde cuándo ataca la sarna a la cabra montés, al rebeco y al arrui, etc...
La fauna finalmente viene señalando el reciente cambio climático de las siguientes formas:
1. Con una indudable expansión en nuestro territorio hacia el norte y hacia el interior de las especies de origen "africano", propias de climas tradicionalmente más cálidos que el nuestro. Así diversas especies comienzan a abundar en nuestro país o ascienden desde el sur hacia el norte –garcilla bueyera, meloncillo, elanio azul, abejaruco, flamenco...–. Otras presentan alteraciones importantes en sus comportamientos migratorios ancestrales y tendencias recientes hacia la sedentarización –cigüeña, paloma torcaz, codorniz...–. Es cierto que en todos estos casos las razones pueden –suelen– ser múltiples, pero indudablemente la hipótesis de que el cambio climático esté interviniendo de forma importante no es, ni mucho menos, una hipótesis aventurada.
2. Con fenómenos de debilidad acusados en la fauna autóctona, como sucede en el caso del corzo en la zona de Cádiz-Málaga –límite sur de su área de distribución natural– o en otras zonas que resultan ser límites ecológicamente hablando –Cabañeros, Montes de Toledo, Sierra Morena–, y con la expansión de enfermedades en los animales de alta montaña, como la sarna que afecta hoy a la cabra montés y al rebeco, e incluso al ciervo y al introducido arrui. También es cierto que en estos casos la causalidad es siempre múltiple, siendo difícil discernir entre las simples correlaciones y las verdaderas causas, así como atribuir un peso a cada uno de los distintos factores que intervienen. En todo caso, la masividad de estos hechos debe de relacionarse con el clima y los estudios climáticos comienzan a demostrar que esto es así.
3. Con la indudable variación de densidad poblacional, y con el cambio en las zonas de distribución tradicional de no pocas especies cinegéticas, como la perdiz roja, la codorniz y otras como la tórtola y la becada; variaciones que señalan también cambios ambientales recientes e indudables. En este sentido, es llamativo que las especies estivales, como la codorniz o la tórtola, estén desplazándose hacia el norte o los regadíos, lo que denunciaría un aumento de la sequía. En contraste, la becada, al amparo de la relativa "atlantización" –menos sequía estival– de algunas zonas serranas , comienza a aparecer en algunos lugares inhabituales para ella. En el mundo vegetal y en iguales zonas lo viene haciendo también el haya.
Nos hemos referido ahora a las especies cinegéticas, porque son objeto de un intenso seguimiento anual poblacional, pero indudablemente lo mismo está sucediendo con numerosas especies protegidas. También la fauna piscícola está sufriendo serias modificaciones en muchos ríos, con notables ascensos hacia arriba de especies de peces propias de tramos más bajos y cálidos.
Todos estos cambios, con causas indudablemente complejas y múltiples, y precisamente por lo extenso y difuso –generalizado– de su aparición, tienen que tener en común una causa esencialmente climática, al margen de que puedan superponerse a la misma, y en cada caso concreto, otros factores aludidos o causas concomitantes.
Los animales tienen la ventaja sobre los vegetales que pueden desplazarse hacia los lugares más convenientes para ellos en cada momento, lo que sólo logran lentamente –y no siempre– la mayor parte de los vegetales tras la dispersión de sus propágulos y renovación de las sucesivas generaciones. Por esto, los animales resultan indicadores mucho más inmediatos y rápidos del cambio climático que los vegetales, y están en general más preparados que éstos para resistir cambios climáticos bruscos.
Pero también la vegetación –incluso la arbórea que es siempre la más estable y permanente– está denunciando ya con claridad el cambio climático.
Incendios forestales
En 1o que concierne a la vegetación, la actual multiplicación de los incendios forestales en España y la mundial repetición de los fenómenos de decaimiento del arbolado conocidos entre nosotros como "Seca de los Quercus", son también claros indicadores del reciente cambio climático global. ¿Pues qué otro cambio puede estar afectando a todos los bosques del planeta a la vez?
En el caso de los incendios forestales, la ampliación del periodo seco estival y la indudable mayor intensidad de la sequía, están actuando de forma indiscutible en la evidente mayor incidencia de los mismos en España. En este caso de los incendios forestales, la implicación de la sequía es obvia, pues, al margen de otros factores como errores en la gestión de los bosques, sólo ella puede justificar un incremento tan desmesurado de los incendios forestales como el habido en los últimos años de sequía.
En el caso de los fenómenos de decaimiento o "seca" del arbolado, se ha identificado a la sequía –y sobre todo a la ampliación de la duración de la sequía estival– como el factor detonador o desencadenante fundamental de todos estos fenómenos.
Urgencia de unas medidas preventivas
Todo ello nos lleva a una única alternativa, salida o conclusión: aunque pueda ser estadísticamente posible que este fenómeno del cambio climático que se detecta hoy, pueda ser oscilación y no cambio y resulte finalmente reversible –después de todo el clima sólo se conoce "marcha atrás"–, deben de tomarse ya todas las medidas precisas para combatir los efectos del mismo como si en cada lugar fuera a permanecer el cambio climático por el camino actual e incluso agravarse.
¿Qué medidas? Como no parece probable el regreso al clima pasado ante el fracaso, al menos por ahora, de las políticas del CO2 –fracaso de Kioto, por ejemplo–, urge iniciar una adaptación de nuestros ecosistemas a la presente y futurible realidad.
En este sentido, es necesario comenzar a plantear estrategias diferenciadas según los diferentes campos afectados por el cambio climático: urbanismo, turismo, agricultura, conservación de la Naturaleza y caza, etc. Deben pues de tomarse medidas preventivas claras frente a la incidencia del cambio climático sobre nuestro medio ambiente.