Relatos
Última actualización 01/10/2005@00:00:00 GMT+1
Nacida el 20 de junio de 1997, se llamaba Taiga, era de raza epagneul bretón y muy especial para mí, por la caza y por la compañía. Conviví con ella la mayor parte de sus días, pues su carácter la hacía una perra diferente.
Compartimos las más significativas etapas de transición en mi vida personal, tales como mi primera experiencia laboral, llevándomela en el coche a visitar las obras forestales que yo dirigía; mi emancipación, viniendo a vivir conmigo en un pequeño apartamento de alquiler; la creación de mi propia familia, al casarme con Nela y nacer la pequeña María –con cuatro meses cuando esto escribo–; y, cómo no, compartió conmigo la pasión por la caza –lo que en realidad más nos unió–, que por primera vez en mi vida se ve desequilibrada a consecuencia de su ausencia.
Heredó de sus padres, Tano y Choca, lo mejor de sus instintos, que también heredaron sus hermanas Pinta y Blanca. De todos ellos sólo vive esta última.
Me acompañó en 161 jornadas, en las que cobré 527 piezas, repartidas en ocho temporadas, todas contabilizadas en mi diario. Sus primeras experiencias de caza las compartió con sus progenitores, siendo su madre la maestra inseparable. Su primera salida fue el día 19 de octubre de 1997, uno antes de cumplir cuatro meses, en La Fresnedilla, donde cobré tres perdices y una liebre. La última fue el pasado 8 de enero, en La Gaspara, un día en el que todas las ilusiones y pasiones con las que uno va de caza desaparecen en milésimas de segundo, porque fue el día de su muerte, el más amargo de mis 25 años de cazador (iniciados el 21 de agosto de 1980, en que maté mi primer conejo cazando con el Tino y la Estrella, cuando yo tenía 10 años).
Su primer cobro lo hizo el 13 de noviembre de 1997, en La Fresnedilla. Fue un conejo, que me trajo con decisión a la misma mano, dejándome cogérselo de la boca con facilidad. Este solo hecho en sí hizo que fuese un gran día de caza. Pero es que a los diez días, el 23, en El Palomar, trajo su primera perdiz tras una gran faena, una perdiz que tiré cuando llevaba la mano baja a la derecha de mi padre, ya camino de los coches para dar por finalizada la jornada. La perdiz cayó de ala en una siembra a unos 150 metros de mí, yendo detrás de ella Choca y Taiga, que la vieron caer. La perdiz alicortada, ante el acoso de las dos perras, empezó a dar vueltas alrededor de una encina, hasta que Taiga se hizo con ella, corriendo instantáneamente hacia mí con la pieza en la boca, que le tapaba prácticamente toda la cara con sus alas, hasta que consiguió encontrarse conmigo sin que se la quitara su madre, entregándomela en la mano con total decisión. La recibí de rodillas con la escopeta en el suelo y viví uno de esos grandiosos momentos que proporciona la caza a quienes la sentimos como parte de nuestra vida.
Su primera temporada, la 1997/98, la inició con sólo cuatro meses, totalizando once salidas en las que se cobraron 216 piezas, obteniendo un sobresaliente pese a su corta edad. Y la última temporada, la 2004/05, la terminó con 7 años y 7 meses el 8 de enero, en La Gaspara, cuando, en fatal desenlace, un tiro mío infortunado acabó con su vida, lo que ocurrió el penúltimo día de caza de pelo.
El día pintaba bien, de esos días que sabes que van a disfrutar los perros y en consecuencia tú también. Se vino de acompañante mi amigo Alberto, que trajo a Choco, un epagneul bretón con pocas oportunidades de pillar un día como el que íbamos a echar, pues en la zona donde a él lo sacan hay menos caza. Sería un día en el que no faltarían las ladras, las posturas y las carreras. Y así fue. Por la mañana, en el cortijo, se decidió echar los cerrillos, lo que para los perros resultaba el mejor cazadero, al ser de las zonas del coto con más monte y más caza. Primero echamos el cerrillo de mi tío Eduardo, conocido como “Cerrillo de Coca”, y luego el “Cerro de los Senes” o “Cerro de la Gaspara”, como se conoce otro cercano y similar al anterior, pero mayor.
Ambos estaban de conejos a reventar. Fue entrar en el monte y empezar los perros a echarlos sin parar, un verdadero espectáculo de ladras, tiros, trasluzones entre las matas y lances. Y, en medio de este jaleo, el latido incesante de la Taiga, como si de un podenco se tratase. Cuántas veces le dije a Alberto, poniéndome la mano en la oreja, “esa es la Taiga”, de voz inconfundible para mí. Una vez cazado el cerrillo de mi tío nos cambiamos al cerro grande y el espectáculo continuó. En esas estábamos, cuando se inicia una ladra de mis perros a un conejo que lo traían hacia mí, en zona de mucho monte, donde tenías que andarte hábil para poder tirar. Yo permanecía quieto y pendiente del único clarillo que dejaba un chaparro en un jaral, dirección hacia la que venía la ladra. Los perros traían el conejo cuesta abajo por mitad de un jaral, arroyando monte como si de una piara de cochinos se tratase, y la Taiga en cabeza con su jai, jai, jai. En esto el conejo, por la cuenta que le traía ante lo que le venía detrás, cruza que se las pela por la mata. Suelto el tiro y asoma la perra en el momento de darle al gatillo, cuando ya habían salido de la escopeta los plomos, parte de los cuales le impactaron en la base de la oreja izquierda, interrumpiendo su carrera, callando su latido y provocando su muerte instantánea. “¡No, Dios mío!, ¡Taiga!...”, grité, mientras Alberto se llevaba las manos a la cabeza. No daba crédito a lo sucedido. Al tiro vi caer muerta a mi perra. Dejé la escopeta en el suelo, me fui hacia ella, me arrodillé y rompí a llorar mientras la abrazaba. La cogí en brazos, la puse junto a un majano, le quité el collar, la acaricié y la empecé a cubrir de piedras hasta formar como un mojón, donde me pienso subir cada vez que pase cerca de allí cazando. Cada conejo que mate desde él lo será en memoria de mi perra. Al poco llegamos a las posturas, me fui andando al cortijo, subí los otros perros al remolque y, sin terminar de creerme lo sucedido, cuando repartimos y sorteamos las piezas cobradas me fui a casa, sin la Taiga, dando por concluida la temporada.
Ahora, por tanto, de mi mejor perra lo que me quedan son recuerdos, los buenos ratos de caza que nos hizo pasar, sobre todo esas ocasiones en las que sólo íbamos mi padre y yo con ella, para mí esos ratos con ese equipo no tenían precio, era un equipo muy especial: mi maestro, la Taiga y yo.
Tras ocho temporadas, en las que tuvo la oportunidad de cazar en trece cotos diferentes (La Fresnedilla, El Palomar, Ruilobo, La Gaspara, San Isidro, Los Barrancos, Coto de Mengíbar, Torres, Mercadillo, Dehesa de Arquillos, La Solana de Cantosares y Navarredonda), son muchos los lances y faenas a recordar. Además de anécdotas, como la del cochino que la pinchó en la umbría chica de Ruilobo el 31 de diciembre del 2000, quedándosele la colmillada muy cerca del pulmón, a punto de poner en peligro su vida. O su único parto, el 7 de junio de 2002, en el que parió nueve preciosos cachorros, que mi madre, con mucha paciencia y mérito admirable, fue capaz de sacarlos adelante a base de biberones, porque la perra tenía poca leche. De los cachorros me quedé con una hembra preciosa, Tecka, todavía en periodo de educación, pero cazando y trayendo ya bastante bien.
Lances tiene muchos la Taiga, tanto en el pelo como en la pluma, a la mano o en puesto fijo. De faenas a perdices me quedo con la primera que cobró, en El Palomar, y con otra que tiré en La Venta del Llano, de esas que vienen altas y de pico. La tiré casi pasada y noté que le había pegado, pero se perdió de vista a mis espaldas en la caída del cerro, por lo que me parecía bastante complicado encontrarla, pero la perra debió de verla volar, pues corrió en la misma dirección, perdiéndose también de vista ella, que a los pocos minutos aparecía con la perdiz en la boca, un macho hermoso. Me lo trae a la mano, yo lo cojo, ella lo suelta, y a seguir cazando.