Arte y Cultura
Libros
Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
Les chocará a ustedes que no mencione en la ficha de un libro el nombre de su autor. Pero en este caso no es un despiste, sino un misterio. Un enigma que desentraña con maestría a lo largo de su apasionante introducción Xavier Trías de Bes remontándose a los manuscritos anteriores a la primera edición impresa, de 1855, cuya portada se reproduce fielmente en la impecable edición de Al-Andalus cálidamente vertida al papel por La Trébere. Y es que antes de pasar por la imprenta circularon numerosas copias manuscritas de un original que Gutiérrez de la Vega atribuyó en su día a Carlos Tomás Guzmán el Bueno. ¿Pero fue este sevillano, caballero de la Orden de Santiago, el autor del primer manuscrito? ¿O fue más bien el granadino Francisco Pacheco de Padilla su verdadero progenitor? Trías de Bes va desenredando el hilo de Ariadna en un marco histórico presidido ni más ni menos que por la prohibición de la caza con reclamo, reiterada por el Real Decreto de 1834. Acabáramos. Una cosa está clara y es que quienquiera que fuese el padre de la criatura no deseaba dejar pruebas palpables de su constante ejercicio de una actividad prohibida. Ello explica la reiteración de manuscritos casi idénticos –pues éstos se regalan a su destinatario y no circulan– y el anonimato del plagista que en 1855 se esconde –digamos, tímidamente– tras el indeterminado colectivo que supone “una sociedad de cazadores de Andalucía” cuando por primera vez se pone a la venta como libro impreso. ¿Derechos de autor? ¿Quién se preocuparía por esa minucia tratándose de un libro escrito por un convicto y confeso perdicida ilegal? Mire usted, yo sólo lo vendo –diría el apurado librero al alguacil– pero no sé quién lo redactó.
Introducción aparte, que ya vale la inversión, sea quien fuere su autor, el contenido del libro incluye lo más antiguo escrito en España sobre el arte de colgar la jaula. Se arranca por bulerías contradiciendo a quienes “calumnian esta diversión con injustos sofismas”, y sigue por soleares con las “delicias y utilidades que ofrece esta cacería”, continuando más hondamente con las reglas para cazar con reclamo, los puestos de alba, la bondad de los reclamos y las pruebas para elegir los mejores pájaros. Como han hecho luego sus continuadores, el autor no escatima tinta a la hora de explicar los modos de enseñar, conservar y manejar los pájaros, dedicando una parte entera a los pelechos, enfermedades y remedios del que está en la jaula. Pero quizá lo más interesante para un pajaritero que ejerza hoy –descartando por tanto los treinta folios dedicados a la hembra y el pollo como reclamos– son las páginas dedicadas a la influencia del tiempo en la actitud y la disposición a la pelea del pájaro macho, así como las relativas a los diversos defectos que pueden presentar los perdigachos y su mayor o menor gravedad.