Opinión (Editorial)
Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
En en un acto reciente hablaba con un colega muy perdicero sobre la escasez de patirrojas que padecemos este año por culpa de una sequía que no termina de irse. Pues cómo estará la cosa que en un momento dado me espetó: “Ya estoy contando los días que quedan para octubre... del año que viene”.
Hombre, tampoco es para ponerse así, pero ciertamente no recuerdo una temporada tan escasamente perdicera... y tan extraña. No hay euforia ni entusiasmo, como si esta desveda la diésemos por perdida nada más empezarla.
Sin embargo, por otro lado estoy contento, gratamente sorprendido ante la razonable y madura respuesta de la mayoría de los cazadores ante el desastre, que ha optado masivamente por la abstinencia y/u otras especies y en absoluto por sueltas generalizadas. Incluso muchos se han decidido por una tercera vía mucho más inteligente: contratar jornadas perdiceras en cotos comerciales.
Sin duda esta sequía y el desastre reprodutor de la perdiz ha sido nuestra reválida. Y estamos aprobando con nota. El cazador español sabe ya que hay que cuidar la caza si quiere seguir disfrutándola en el futuro, y que siempre es mejor mantener y favorecer lo mucho o poco que tengamos que recurrir a experimentos que casi siempre se hacen mal y terminan peor. No hay ni un sólo coto de los que conozca que no haya reducido jornadas, o reducido el cupo, o no haya atrasado la apertura o adelantado el cierre, o sencillamente se ha olvidado de la perdiz hasta el año que viene.
Esta madurez del cazador español es lo mejor que puede pasar para nuestros campos y nuestros comunes intereses. Un cazador que cuelga la escopeta durante unas jornadas porque quiere dejar suficiente madre es más capaz y está más autorizado para cantarle las cuarenta al que insinúe el insulto o el capricho burocrático.
Volviendo a la actualidad, a la escasez de perdices se une este año la amenaza de la gripe aviar. Porque si uno pensaba dedicarse más al zorzal, al pato, la paloma o la becada, migratorias por suerte o por desgracia, ya hay voces que, sencillamente por prudencia o por fastidiar, proponen que no se cacen. !Vaya temporadita, sólo falta –perdonen la broma macabra– que las poquitas migratorias que podamos cazar nos contagien la famosa gripe!
¿Podría realmente pasar esto? No se sabe, aunque al margen de la psicosis que se ha generado, la amenaza es real y las consecuencias podrían ser catastróficas. La gripe es un virus con multitud de cepas, unas más potógenas y otras casi inocuas, que afecta a las aves, a los humanos y a los cerdos. Cada “especie” tiene su gripe, pero tan parecida que alguna cepa puede afectar tanto a las aves como a los humanos. Esta cepa de gripe aviar que parece haber llegado ya a Europa es tremendamente patógena tanto para las aves como para los humanos, aunque por ser precisamente aviar, los humanos que puedan infectarse con contactos con aves, difícilmente podrán a su vez contagiarla. El problema, el temor es que esa cepa aviar mute, principalmente porque se recombine con una cepa humana, y se haga altamente contagiosa entre humanos, como son las cepas de nuestra gripe. De ocurrir esto tendríamos una pandemia.
El peligro, por tanto, parece estar en las migratorias, pero se supone que un ave migratoria que enferme con esta cepa caerá fulminada en poco tiempo y por tanto no podrá emprender ningún viaje migratorio. Pero, ¿y si hay aves que no padezcan la enfermedad pero sean portadoras? En fin, que lo más seguro es que no pase nada, pero “aviados” estamos.