Entrevistas
Algunos consejos para practicarla con éxito
Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
¿Quién no ha cazado alguna vez la perdiz en mano? Se trata sin duda de una de las modalidades de caza menor más queridas y practicadas en nuestro país. Sin embargo, a pesar de su popularidad, no siempre se practica adecuadamente. Este artículo, pensado para los más novatos, vale también para los más veteranos, que muchas veces, por intereses particulares, no hacen lo que deben.
Los cazadores noveles y quienes no han tenido un adiestramiento inicial, suponen que cazar esta gallinácea “en mano” es como ponerse en fila y avanzar hacia delante sin ton ni son. Piensan que es un ave tonta o que simplemente se espanta ante nuestra presencia levantando el vuelo a tiro de escopeta cada vez que nos acercamos a ellas.
Estas líneas van dirigidas, por tanto, a los más nuevos y, ¡cómo no!, a los que aún no se quieren enterar porque suelen buscar su beneficio personal en detrimento del grupo. Porque la caza en mano es, ante todo, una caza social, de grupo, de cuadrilla donde no falta la estrategia.
La perdiz no sólo es por naturaleza una de las especies cinegéticas más bellas que tenemos en nuestros campos, sino una de las más astutas y hábiles para desentenderse de los cazadores y sus perros.
La caza en mano requiere organización si queremos enfrentarnos con éxito a una de las aves que más recursos tiene para desaparecer de quienes le acosan. Esta técnica de enfrentarse colectivamente a la perdiz se denomina de forma diferente dependiendo de la comunidad autónoma: “cazar en cuadrilla”, “cazar en mano” o “cazar en ala” o “en alao”, como vulgarmente se dice en Extremadura y parte de Andalucía, respectivamente.
Mi padre siempre nos hacía referencia a la forma habitual de cazar la perdiz después de la guerra, época en la que abundaba la caza menor. Él lo llamaba “cazar en asa caldero”. Consistía en formar una cuadrilla numerosa de cazadores y avanzar ordenadamente en forma de “C”. En aquellos cerros de la Serena y con cientos de hectáreas por delante las perdices eran perseguidas a las órdenes de los cazadores más experimentados. Montados en burras accedían a las fincas y regresaban dirección al pueblo escopeta en mano. Al llegar “a la vía”, pegando a Castuera, las perdices se veían obligadas a regresar hacia su territorio pasando por encima de las escopetas, momentos en los que eran literalmente acorraladas y se conseguían un gran número de ellas. Después de la última guerra civil no existían los cotos de caza, todos los terrenos eran “libres” y aquellos cazadores eran conscientes de que la zona batida no se volvería a cazar hasta la próxima temporada.
¿Cómo cazarlas?
Para derribar perdices utilizando esta modalidad debemos levantarlas, moverlas y “apretarlas” de forma organizada. La cuadrilla debe lograr cansarlas y dispersarlas para que salgan a tiro o vuelen hacia otros compañeros.
Muchas veces nos preguntaremos si la perdiz aprende. ¡Pues claro que sí, como todos los animales del campo! Una prueba evidente es que ha sido capaz de subsistir hasta nuestros días siendo la pieza de caza menor más acosada, apreciada y valorada con diferencia.
Para cazar “en ala” como es debido hay que tener en cuenta muchos factores relacionados con el terreno, características de la finca y extensión del terreno a batir. Es muy importante conocer la orografía, el número de cazadores que formarán la cuadrilla y por supuesto la densidad de perdiz. No es lo mismo ir detrás de las perdices en una finca con alta densidad de ellas que perseguir durante toda la jornada dos o tres bandillos que terminan mareándonos pero a los que no queda más remedio que seguir, a poder ser sin perderlos de vista.
La climatología juega un papel muy importante. Ese calor sofocante de octubre las agota y tras varios vuelos tienden a camuflarse entre el pasto y la maleza. Una mañana de helada con algún grado bajo cero las deja entumecidas en las primeras horas. La fuerte brisa y el viento racheado determinan sus vuelos y a veces no les permite acudir a esos refugios que sólo ellas conocen.
Otros factores a tener muy en cuenta están relacionados con el resto de especies cinegéticas existentes en la finca: conejos, liebres, codornices sedentarias, etc. Éstas pueden desviar la atención del cazador y sus perros y sobre todo ralentizar la mano. En esta modalidad, el tiempo siempre juega a favor de la perdiz, que peonando, volando o refugiándose, intentará poner tierra de por medio.
Los perros, principalmente los de muestra, también juegan su papel en esta modalidad delatando la presencia de la caza que se escurre o se refugia, y por supuesto cobrando las piezas muertas y heridas, la tarea que más suele frenar el avance de los cazadores. Ahora bien, en esta modalidad los perros deben cazar a un tiro de escopeta de su dueño, algo que demasiadas veces no cumplen los canes por falta de adiestramiento o simple genética. Por este motivo, cada vez es más frecuente observar el empleo de collares eléctricos.
Lo único bueno que podemos esperar de perros que se alargan en exceso es que las piezas se nos “vengan de cara”, pero antes los compañeros se habrán acordado demasiado de nuestra familia y el silencio del campo se habrá transformado en un desagradable griterio de unos pidiendo que se sujeten a esos perros más díscolos y de otros ejecutando esas peticiones, con las nefastas consecuencias que eso conlleva a la hora de sorprender a la perdiz, que con mucha antelación sabrá lo que se le viene encima.
Dirección y fuerza del viento
Otro de los factores a tener muy en cuenta para hacer las cosas bien es observar la fuerza y la dirección del viento, porque la perdiz lo aprovechará siempre en su beneficio para volar más deprisa. Si avanzamos a favor del viento, la perdiz volará con decisión y larga, porque además nos estará oyendo con más nitidez. También los perros ventearán con más dificultad. Por eso lo mejor es cazar, siempre que sea posible, con el viento de cara, o que sople sesgado. Así la perdiz tendrá que volar contra el viento, y por tanto más lentamente, o revolverse, para lo cual tendrá que pasarnos por encima.
Cada uno de estos factores que he nombrado, y hay muchísimos más, condicionan el comportamiento de la patirroja.
A pesar de todo ello el cazador debe actuar con coherencia, controlar siempre la presencia de los compañeros, situarse en el lugar apropiado y moverse correctamente conforme a la evolución del “ala” en el campo.
El alma de la mano
El cazador que lleva la mano o la punta juega un papel de vital importancia. Es la persona que marca el ritmo y la velocidad de todo un grupo de compañeros que persiguen un mismo fin: tirar perdices. Esta persona debe tener buenas piernas, buena vista y un sentido innato para la caza que le permita tomar decisiones en un momento dado.
El “puntero”, como familiarmente lo denominamos en algunas zonas de Extremadura, no sólo va por delante sino que va viendo y observando el movimiento y los vuelos de las perdices, bandos en los primeros momentos y ejemplares sueltos a medida que avanza la mano y la jornada.
Es normal que los más jóvenes lleven la puntas. Es evidente que esta posición tiene unos beneficios, y es que suele ver y tirar más caza, pero tiene que hacer un gran esfuerzo físico por mantener ese ritmo. El que coge la punta debe mirar hacia delante, pero sin olvidarse de los de atrás, a veces personas mayores que hacen un gran esfuerzo por llevar un ritmo acelerado no siempre aconsejable. No cabe duda de que llevar la punta conlleva un conocimiento exhaustivo de las lindes y las querencias de las perdices.
Ir de segundo implica características muy similares al primero, pero debe supeditarse al ritmo de éste. Será la orografía del terreno la que determinará la posición del mismo en cada momento.
Los demás miembros deben funcionar como un verdadero acordeón marcando las distancias y viéndose constantemente entre ellos. Ante un cobro hay que parar la mano un tiempo prudencial. Y si no resulta exitoso, se puede volver al término de la jornada. Siempre he admirado cuando todos y cada uno de los componentes de una cuadrilla guardan la distancia conforme al terreno, esperan al compañero rezagado y ayudan a cobrar una pieza herida.
Gestos más que palabras
Difícil sería cazar en ala si no existiera un rudimentario pero efectivo sistema de comunicación a modo de gestos que indican la posición de los bandos de perdices, la dirección de los vuelos, el ritmo de caza o la cantidad de perdiz que se lleva por delante.
Es un lenguaje básico y eficaz consistente en señalar, mover las manos y brazos simulando, por ejemplo, los movimientos de la gallinácea. La cantidad de perdiz que se mueve o que se ve se puede indicar con las repeticiones continuadas de los gestos, pero sin exageraciones, que los hay que parece que llevan delante todas las perdices de la comarca.
Este trasvase de información permite tomas de decisión muy relevantes en el transcurso de un día de caza, hace más amena y participativa la cacería y permite estar concentrado en el desarrollo de la jornada. Si sabemos dónde ha volado la caza podremos prepararnos con antelación o controlar un poquito más a nuestros perros.
Localizar las perdices
Siempre se ha dicho que la perdiz muere donde nace. Esta frase tiene su fundamento en su desarrollada territorialidad. Suelen dormir todas las noches acurrucadas en las mismas zonas y se desplazan, según las características del terreno, no más de dos kilómetros a la redonda para buscar comida, solearse, tomar baños de arena, etc..
Es indiscutible que una pollada de perdices nos sorprende en cualquier parte, pero no es menos cierto que la climatología condiciona el posicionamiento de la misma. En condiciones adversas, los días de aire frío, suelen refugiarse en la vaguadas y arroyos.
Muchas veces los cazadores más expertos indican a los más jóvenes punteros lo que deben hacer para mejorar y encauzar el vuelo de las mismas: “¡Estira bien la punta cuando llegues por la siembra!...; “el segundo que siga por los mismos pasos a unos setenta o cien metros por detrás”. Indiscutiblemente las siembras se caracterizan por ser un terreno relativamente llano y por tanto la perdiz tiene controlado perfectamente el posicionamiento de los cazadores. Es frecuente verlas apeonar por delante de nosotros hasta que por fin deciden iniciar el vuelo. Si se ven las cabecillas por delante se deduce fácilmente que nos tienen perfectamente controlados y localizados.
El tercer vuelo
Con respecto a la perdiz siempre se ha dicho: “¡Ya las tiraremos en el tercer vuelo!”; y es que cuando ellas “no aguantan” resulta casi imposible tenerlas a tiro.
En terrenos de una orografía extremadamente abrupta resulta imprescindible adelantar unas escopetas y hacer unas puertas o puestos para poder disparar; esto permite acceder no sólo a la perdiz que nunca se ve sino también a frenar un poquito la caza.
Estoy seguro que más de un lector estará pensando que ya no estamos hablando de cazar en mano. Bueno, quizá, pero hay lugares en que no hay otra manera de aprovechar unas perdices que por cuestiones de lindes u orografía resulta imposible meterles mano.
Esta licencia o ventajilla está muy indicada para esos cazadores con limitaciones físicas o de edad avanzada, no para las “escopetas finas”, que las matan todas.
Una siembra pegada al monte es un lugar idóneo para encontrar la perdiz a primera hora de la mañana y por tanto poco afectarán los vientos para encauzarlas al monte que es su refugio natural. Pero existen unas circunstancias muy significativas a la hora de emprender el vuelo: terrenos con mucha pendiente en los que la perdiz, en vez de recurrir al monte, tiende a refugiarse en los llanos.
Las características del terreno nos condicionan a todos y es evidente. En un año lluvioso la siembra y los barbechos se empapan de agua, la perdiz lo sabe y es evidente que será ahí donde se encontrará protegida, pues ella no se hunde como nosotros.
He cazado muchos años en la Serena extremeña y puedo asegurar que las características del terreno invitan a cazar bien y organizadamente como base fundamental para que una jornada tras las perdices salga medianamente fructífera. Poco sentido tiene cazar una zona con abundante perdiz y que se chuleen de nosotros, con perdón.
Picardía y sentidos para la caza
En el campo, como en todas partes, hay que tener los sentidos muy desarrollados. Resulta imprescindible estar pendiente de cualquier detalle que nos pueda facilitar información de dónde y por dónde nos podemos encontrar la caza o hacia dónde han volado las perdices. No cabe duda que la vista nos ayuda considerablemente para localizar los pájaros.
Para cazar la perdiz como es debido es necesario actuar con elegancia ante los compañeros, aunque imprimamos una pequeña dosis de picardía, pues poco sentido tendría la caza si el cazador de limitara a funcionar como un reloj marcando tiempos y distancias.
Los instintos de la perdiz
La perdiz roja es lista por naturaleza y tiene una capacidad de defensa innata prácticamente desde que nace. Algunos cazadores más experimentados saben perfectamente que la perdiz asocia la tarde con la tranquilidad de la escopeta, distinguen perfectamente al cazador del pastor y, si me apuran un poco, el niño del adulto.
Ya son muchas las ocasiones en que a mi hijo Boni, que no lleva escopeta, le han salido las perdices de los pies, mientras que a su padre se le levantan siempre largas. Demasiadas veces para que sea casualidad.
Ni que decir tiene que la perdiz de granja introducida en los últimos años en algunas fincas no se comporta igual que la perdiz autóctona. Esta perdiz no tiene los instintos naturales y mecanismos de defensa como aquéllas que desde pequeñitas se criaron en libertad conociendo todos los peligros del campo.
Pasados algunos meses y, si me permiten, años, llegaremos a encontrar similitudes con las autóctonas, pero hoy día cazarlas “en ala” es sustancialmente diferente. Esta perdiz, nos guste o no, tiene un comportamiento distinto en lo referente a sus querencias, tendencias y comportamientos. Uno de los factores a tener en cuenta de esta perdiz sembrada respecto a la autóctona es que, ya en el primer vuelo, termina aprendiendo a camuflarse como una liebre. En estos casos deja que los cazadores pasen por encima de ellas y hace imprescindible el auxilio de un buen perro para echarlas a volar. La perdiz autóctona, por el contrario, necesita varios vuelos, pasto en abundancia y que la fatiga y el cansancio se adueñen de ella para que se quede “aplastada”.
Para concluir, un deseo: pongamos algo más de empeño para cazar en equipo y en armonía, que no es tan difícil. Tomemos nota de ellas, de nuestras perdices. En su organización manifiestan que tienen tanto o más capacidad que nosotros para evadirse de las escopetas.