Entrevistas
Última actualización 01/11/2005@00:00:00 GMT+1
Octubre trae una nueva y apasionante temporada de caza. Sin embargo, la extrema sequía ha conseguido que nuestras perdices apenas hayan criado. Además tendremos que estar muy atentos a dos enfermedades que, como las aves migratorias, podrían llegarnos de Europa, la gripe aviar y la newcastle.
Pero no es momento para el desánimo. La naturaleza siempre es agradecida y seguro que nos brinda muchas posibilidades cinegéticas. La ilusión la ponemos los cazadores.
Parece mentira un cambio tan drástico. Si hace un año por estas fechas los campos españoles rebosaban de perdices tras una cría espectacular, ahora pasa exactamente lo contrario. Y como muestra, nuestras portadas de los últimos dos octubres. Si el año pasado titulábamos “Otra temporada para soñar”, en esta ocasión no podemos poner otra cosa que “pocas perdices”.
Y es que la perdiz ha criado francamente mal en toda España, salvo excepciones muy contadas. Ya por el mes de mayo saltaban las alarmas y comenzaban a llegarnos noticias del desastre que se avecinaba.
Amigos y colaboradores nos decían que estaban viendo, por estas fechas, demasiadas parejas de perdices, lo que significaba que las hembras no estaban empollando.
Llegó junio y comenzaron a confirmarse los peores pronósticos. No se veían polladas y las pocas que daban señales de vida sumaban poquísimos pollos. Para colmo quedaba por delante un largo y seco verano con unas siembras a medio crecer y, por tanto, menos cobertura para pasar desapercibido ante los predadores.
La media veda sirvió entonces para que los más optimistas se dieran cuenta del desastre perdicero mientras buscaban los pasos de tórtolas y torcaces o pateaban unos campos sin paja –porque este año, la poca que había, se ha pagado carísima– esperando que saltase alguna codorniz, que también crió de pena.
Razones
de este desastre
Pero, ¿qué ha pasado? O mejor dicho, ¿por qué no han criado las perdices? Por el nefasto año hidrometeorológico –septiembre de 2004 a agosto de 2005– que hemos padecido, que nuestro Instituto Nacional de Meteorología ha calificado como el más seco desde 1947, que es cuando al parecer comenzaron los registros fiables de las precipitaciones en nuestro país, aunque si se tienen en cuenta los primeros datos proporcionados por los escasos observatorios que existían a finales del XIX y principios del XX, podemos estar hablando de la peor sequía desde 1.887.
Yo a mis paisanos les he oído hablar de la sequía del 41, que debió ser de aúpa, agravada además por las secuelas de la Guerra Civil. Pero ésta, de haber sido en aquella España rural de la postguerra, hubiese hecho también bastante daño. Otro dato tangible de la pésima otoñada que tuvimos, seca y muy fría, me lo proporcionó otro paisano de más de 70 años que esta primavera me comentó que había sido la primera vez en su vida que no había probado los gurumelos, una seta –Amanita ponderosa– que se cría desde finales de enero en todo el oeste peninsular –desde Salamanca a Huelva– y que necesita una mínima pluviometría otoñal para nacer.
La precipitación media de este año, desde septiembre de 2004 a agosto de 2005, ha sido de 411 litros por metro cuadrado, cuando la media está en los 613.
Según el Instituto Nacional de Meteorología, prácticamente toda la Península, “salvo una pequeña zona entre Navarra y Aragón, ha tenido precipitaciones por debajo de la media de los últimos 30 años”. Es más, en muchas zonas españolas ha llovido menos que en el Sahel, al sur del desierto del Sahara. Y lo peor es que nuestro querido Instituto señala que todas las sequías desde 1.941 –desde que se tienen datos fiables– han durado entre cuatro y seis años.
Ojalá que cuando lean estas líneas estén en casa porque no deja de llover, pero el panorama anunciado no es nada halagüeño. El propio Ministerio de Medio Ambiente no se muestra demasiado optimista, incluso este verano le escuché decir a un experto en las cabañuelas que tendríamos un otoño más bien seco y quizá un invierno lluvioso, aunque fue el primero en desear equivocarse.
No quiero pensar tampoco que estemos en los inicios de una nueva sequía como la que padecimos desde 1990 a 1995, que dejó los campos bajo mínimos vitales en todos los sentidos.
Hay que controlarse
Volviendo a la perdiz, está claro que esta exagerada escasez de lluvias, también y fundamentalmente en primavera, hizo que la humedad y la temperatura que necesitan los huevos para eclosionar brillaran por su ausencia. Tan sólo salieron adelante aquellos nidos ubicados en lugares más propicios. También la predación, ante la escasez de cobertura herbácea, habrá sido sin duda más abundante.
Esta mayor predación ya la pusimos de manifiesto en el mes de agosto tras la conversación que mantuvimos con Manuel Puigcerver, del Grupo Coturnix de la Universidad de Barcelona, que nos avisó que la predación de nidos de codornices estaba siendo mucho más alta que otros años. Curiosamente, perdices y codornices han sido las especies cinegéticas que peor han criado. Un dato decisivo: de las 52 codornices que esta media veda ha abatido en Soria nuestro colaborador José Luis Martínez, ¡ni una era joven!
Ante este panorama perdicero tan nefasto, está claro que hay que reaccionar, o sea, cazar muy poco la perdiz. No hacerlo será cargarse “la madre” del coto posiblemente para siempre.
Cada coto tendrá que calcular muy bien lo que tiene y hasta dónde puede llegar. Así es la caza y así es el campo. Y este año, está claro que muchos cotos tendrán a principios de temporada las mismas perdices, por no decir menos, que tenían a finales de la pasada.
Sin duda será un año que va a poner a prueba a todos los cazadores que tengan coto propio y se encuentren con este panorama. Quienes sean capaces de contenerse y conservar sus perdices en número suficiente, tendrán patirrojas en el futuro y habrán demostrado, ante sí mismos y ante los demás, que son auténticos cazadores que saben hasta dónde tienen que cazar al margen de las advertencias cansinas, vacías y rutinarias que sin duda harán las administraciones.
Ojo con las perdices de granja
Una vez confirmada la escasez de perdices, mucha gente habrá pensado sin duda en las de granja. Unos viendo en ellas una posible salvación para la nefasta campaña perdicera, quizá como mal menor. Otros, sin embargo, temen que la situación provoque una suelta masiva de estas perdices con los problemas que ello podría acarrear, al tiempo que se acordarán de los pingües beneficios que van a tener los productores de perdices.
Cada cual es libre de opinar y hacer lo que crea más conveniente, por supuesto dentro de la legalidad, pero conviene aclarar, una vez más, algunas cuestiones.
Para empezar, quienes se van a “poner las botas” con la venta de perdices no son precisamente los productores de perdices, entendiendo como tal a quienes realicen en sus granjas el ciclo completo, es decir, que tengan reproductores, sino todos los que se dedican ahora, y son muchos, sólo a eclosionar los huevos o a engordar pollitos traidos principalmente de países europeos. O más aún personas, intermediarios, que se dedican sólo a vender perdices adultas traídas de donde sea.
Los productores que hacen ciclo completo no pueden criar más perdices de la que pueden darle cada año sus reproductores, y por tanto su producción es todos los años más o menos similar. Sin duda podrán verder sus perdices adultas un poco más caras, pero nunca podrán tener más de las que sus reproductores les den. Y una pareja de perdices reproductoras no se improvisa de un día para otro.
Sin embargo, los intermediarios y los productores de ciclo, digamos, incompleto, pueden adaptarse fácilmente al mercado y conseguir las perdices que quieran de los orígenes más variados. Por tanto, aquellos cazadores que decidan repoblar o simplemente soltar perdices para cazarlas a continuación, que investiguen de dónde vienen esas perdices, y ante la duda, lo mejor es abstenerse, máxime cuando la enfermedad de newcastle es una amenaza real, como podrán leer en recuadro aparte.
No quiere esto decir que los productores de ciclo completo sean de absoluta confianza, pero siempre se podrá visitar sus instalaciones, ver los reproductores, etc.
Liebres y conejos
A nuestras especies de pelo, sin embargo, no les ha ido tan mal. No quiero decir ni mucho menos que abunden como las hormigas, porque la verdad es que ambas especies llevan años escaseando en una gran cantidad de cotos, pero por lo menos han criado con mayor normalidad.
Sabemos que con la llegada de la neumonía el conejo tuvo un espectacular bajón en toda España, y hoy es el día en que no se ha recupado, si bien es cierto que en muchos lugares ya no se mueren masivamente y en otros, muy pocos, vuelven a ser plaga. La Federación sigue luchando porque se autorice de una vez su vacuna recombinante, pero a día de hoy no sabemos cuándo podremos utilizarla.
Mientras tanto los cazadores siguen haciendo por el conejo lo que pueden sin tener muy claro si es o no lo deseable: vacunaciones, majanos, instalación de comederos y bebederos... Pero sin duda siempre es mejor que quedarse cruzados de brazos a la espera de una vacuna que, si llega, tampoco será la panacea.
Parece ser que lo que funciona es favorecer el hábitat –siembras, bebederos, madrigueras artificiales, cazar poco, etc.– de los conejos allí donde existan para que sean ellos, de forma natural, los que consigan vencer a las enfermedades. Y donde no haya, repoblar con cabeza y armados de paciencia.
Sea como fuere, parece evidente que los años secos, o sequísimos, no les afecta tanto a la hora de multiplicarse. Primero porque no hay riesgo de que se inunden madrigueras y gazaperas, y porque esa falta de humedad frena la proliferación de los insectos que transmiten muchas enfermedades.
También es cierto que la reproducción del conejo está directamente relacionada con la existencia de “verde” en el campo, pero el poco que ha habido le ha bastado para sacar, por esa falta de agua, muchas gazaperas adelante y han sido muchos menos los adultos que han perecido por enfermedad ante la escasez de insectos transmisores.
De todas formas hay que incidir en que se cace con moderación, sobre todo en cotos en los que sea escaso. El conejo no debe el cabeza de turco ante la escasez de perdices.
Ni tampoco la liebre, que en general no termina de levantar cabeza. Una excesiva presión cinegética se apunta en muchos cotos como la causa principal de su descenso, aunque tampoco es descartable algunos problemas sanitarios que, silenciosamente, estén acabando con la rabona en algunos cotos. O algunos herbicidas, amén de semillas blindadas de demostrada toxicidad.
Los estudios de la Federación Española de Galgos está demostrando –como ya dijimos en marzo– que nuestras liebres están muy parasitadas, pero a priori no parece que sea la causa directa de esa supuesta desaparición. En los cotos galgueros suele haber más liebres que en aquellos otros en que se cazan con escopeta. Esto significa, aparte de que se les puede cuidar mejor, que el abuso de la escopeta es sin duda una de las causas principales de su rarificación.