Hemeroteca :: 01/12/2005
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Arte y Cultura

Visión parcial y festiva de la Historia

Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
Con este capítulo finaliza esta magnífica sección que ha durado más de dos años y en la que el humor, la opinión y la historia se han dado la mano gracias al talento de dos pesos pesados de nuestra venatoria,
el marqués
de Laula y Javier Barcaíztegui, “Barca”.
En estos tiempos modernos se asiste a profundas transformaciones tanto en el Antiguo como en el Nuevo Continente: la vieja Europa, que construyó su civilización abrazada a una cruz de madera, se arroja a los pies del becerro de oro con tanto mayor entusiasmo que lo único que debe sacrificar a la deidad es el espíritu, que en términos económicos no es cuantificable.

Los Estados Unidos de América, por su lado, después de haber vencido en dos guerras mundiales, modifica su filosofía internacional mudando el “América para los americanos”, a ser posible yankees, por “el mundo para los americanos”, a ser posible yankees. Acto seguido toman posesión de los nuevos territorios y se dedican a ocuparlos económica y comercialmente: la población mundial cubre su desnudez con pantalones de dril, aplaca su sed con bebidas espumosas de sabor farmacéutico, se alimenta con bocadillos de carne picada de insólitos cuadrúpedos, y se lanza a bailar al ritmo frenético de las más distinguidas tribus africanas, recriadas allende los mares.

Además EEUU exporta su religión del éxito, considerado como un premio terrenal a la virtud, siempre que cumpla con los principios básicos de la moral presbiteriana. Esta doctrina, mucho más útil a la sociedad que la tradicional envidia hispánica, impulsa la creatividad y concede un reconocido prestigio al triunfador, pero tiene el vicio original de homologar el resultado final, obviando caminos intermedios.

Lo cierto es que el agro se ha despoblado y ha acudido en masa a las ciudades, produciendo un nuevo espécimen humano, el “urbanita”: criado entre cemento, cristal y acero, vive en una burbuja de plástico, cree que los parques de su urbe son la expresión fidedigna de la naturaleza, que los espacios abiertos que visita los domingos son bienes mostrencos y se asombra al descubrir que la actividad sexual, que le resulta tan placentera para su solaz, también es patrimonio de los bichos del campo para su reproducción.

Lo artificial se ha convertido en norma para el urbanita y por lo tanto no se asombra que ese vocablo informe también la actividad cinegética, circunstancia que se potencia con un amor apasionado al “poderoso caballero” produciendo hondas innovaciones en la forma de entender la caza.

Se impone el dogma del trofeo como medida del éxito venatorio, e imbuidos los neófitos por la corriente de emulación que suponen las olimpiadas, trasladan esa competición al mundo cinegético y, como hay que cuantificar toda actividad humana para poder establecer el necesario escalafón, una empresa armera establece un premio que distingue a quién haya abatido mayor número de especies cinegéticas, reduciendo a matemáticas el reto personal del cazador frente a la naturaleza.

Diego Muñoz Cobos en sus Recuerdos de montería, ya anticipaba al montero actual: “Ved a el pobre cazador y al pobre criado agobiados, con un sin número de aparatos [...] Llegó el momento de ocupar el puesto, y después de una larguísima parada que fastidia a todos, porque necesariamente hay que hacer la descarga, el cazador desenfunda su escopeta, la carabina repetidora de 16 tiros, el cuchillo de monte que para nada le ha de servir, se provee de su silla con su asiento de goma, toma un cestito donde lleva la comida y la alfombra o manta para defenderse de la humedad, así como el termo y el anteojo de larga vista para ver venir las fieras o estudiar el paisaje, no faltando tampoco la máquina de retratar para hacer instantáneas, completando este equipo una colección de gorras y abrigos...”
Se caza para conseguir gestas memorables que se inmortalizan en fotografías en colores, que luego deben enseñarse a las amistades con aire displicente. Acudir a cacerías famosas y regresar sin un número impresionante de piezas, si se trata de menor, o un trofeo medalla de oro si se trata de mayor, supone un fracaso personal que repercute en la consideración social. Como resulta imperativo garantizar el éxito, se recurre a toda suerte de argucias que aumenten las probabilidades en una actividad que siempre fue aleatoria, entre las que se incluyen la introducción de animales criados en granjas especializadas que tienen la ventaja de un carácter más dulce por el roce con humanos educados.
¡Cuántos problemas semánticos hubiera supuesto esta situación a los sesudos legisladores que promulgaron la ley de caza de 1902, en la que sólo se establecía que “son animales fieros o salvajes los que vagan libremente y no pueden ser cogidos sino por la fuerza” y “son animales amansados o domesticados los que, siendo por naturaleza fieros o salvajes, se ocupan, reducen y acostumbran por el hombre!”
España entretanto encarrila sus pasos y la Monarquía vuelve a su secular tarea de presidir la historia patria y, a pesar de modas pasajeras, la caza sigue su rumbo “pues en su uso se hacen vigilantes los sentidos, se alientan las fuerzas, se endurecen los miembros, se alientan los espíritus, se engrandecen los corazones,” en palabras de Martínez del Espinar.

Terminaré como lo hice años ha en un breve estudio sobre “El cazador en el tiempo”: “No creo que la cacería haya cumplido su ciclo. La vejez se anuncia más por la falta de entusiasmo que por decaimiento de las fuerzas, y el número de cazadores avala su buena salud y lo mismo ocurre con el arte y la bibliografía venatoria, que experimentan un auge desconocido en España hasta el momento.”
“Se necesita sólo mantener el espíritu de la cinegética, lo que le es propio y la distingue: la dificultad en la acción que la hace esforzada; la escasez de las piezas que impide se convierta en una rutina sin emoción; la espontaneidad de la fauna y su aroma silvestre, para que esta pasión enraizada en las vivencias más antiguas de la humanidad mantenga en el tercer milenio de nuestro calendario la misma vigencia que con la cultura del paleolítico, porque el despertar del oído cuando rompe el día sobre los collados, el vuelo de un halcón inventando la velocidad, el canto con perfume a jara de la perdiz en celo, o la silueta de un sarrio a la luz cárdena del atardecer, expresan idénticas plenitudes que en la época del sílex”.
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