Opinión
Mi rincón
Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
Desde la ventana de mi estudio veo la cortina de agua y escucho su inefable música al rebotar contra el suelo. A ver si sigue muchos días. Lástima que los chiquillos están en clase, porque me gustaría oír sus gritos clásicos saludando la lluvia
Bueno, pues ya está Dios lloviendo sobre los campos. Y el agua puede meterse en temporal con este cielo encapotado, bien apretado de nubes, que sólo deja pasar una luz muy pobre. De vez en cuando rueda un trueno lejano.
Hace muchos años que no veíamos la sierra tan seca. El monte está engurruñido. Tanto que, si le diese a un marrano por pasarse pechenfrente por una solana, se le iban a ver hasta las pezuñas cuando, en tiempos normales, sólo veríamos banderear un poco las pimpolletas de las jaras.
Y es que está todo churruscado. Mantener las reses en las grandes cercas ha supuesto este año unos ingentes esfuerzos económicos. Y todo para conseguir solamente unos resultados pobres en cuanto a gallardía de cuernas. Bien alimentados con apoyos artificiales, hay fincas en las que los venados están espelotados, hasta con brillo en el pelo, pero con cabezas más pobres que las del año anterior.
El monte de cabeza es un invento de Dios. El roíjo, que dicen los serranos, del que un venado puede elegir entre los renuevos aterciopelados de las madroñas, el durillo o las carrascas, no puede sustituirse con dinero. ¿Habrá algo más deseable para las reses que la granilla del lentisco?
Y están los pastos, que también han faltado a lista. Dice Jorge Martínez, que sabe muchísimo de esto, que lo mejor para que den los venados buenas cabezas son las flores. Las flores, coronando una buena primavera de pastos ricos. Un símbolo.
Pues nada. Se pueden estudiar los componentes de los piensos, tratar de que tengan todo lo que suponemos que las reses necesitan, usar de generosidad en las raciones. Y, con esta sequía, las cuernas, para atrás.
¿Y los pobres cochinos? Cómo lo están pasando de mal en este durísimo final del estiaje. Llegan hueseando a todas partes, perdida la vergüenza apretados por las hambres. Y dando facilidades a quienes los presionan con los aguardos.
Bendita lluvia. Ahora aprieta más. Desde la ventana de mi estudio veo la cortina de agua y escucho su inefable música al rebotar contra el suelo. A ver si sigue muchos días. Lástima que los chiquillos están en clase, porque me gustaría oír sus gritos clásicos saludando la lluvia. Que llueva, que llueva…