Reportajes
Caza internacional
Última actualización 01/07/2007@00:00:00 GMT+1
En Botswana, el país con mayor densidad de elefantes de África, el autor lleva organizando varios años un singular safari en el que seis cazadores tratan de conseguir en seis días seis elefantes con puntas de 60 ó más libras. 6x6x6x60 narra la cacería de este año, un apasionante safari realizado hace tan sólo unos meses en el Delta del Okavango.
Desde principios de los años noventa empecé a acudir a África alrededor de la Semana Santa para cazar elefantes con clientes. Hasta la fecha más de setenta cazadores han conseguido igual número de trofeos. Siempre comentaba que empezaban mis viajes anuales al Continente Negro cazando elefantes y terminaba la temporada con la macro excursión de búfalos en Tanzania.
Desde principios de los años noventa empecé a acudir a África alrededor de la Semana Santa para cazar elefantes con clientes. Hasta la fecha más de setenta cazadores han conseguido igual número de trofeos. Siempre comentaba que empezaban mis viajes anuales al Continente Negro cazando elefantes y terminaba la temporada con la macro excursión de búfalos en Tanzania.
Los inicios fueron en Zimbabwe alternando Chirisa y Matetsi Safari Area, con la excepción de un año en que estuvimos en el magnífico y recordado Letaba, en Sudáfrica, cuando aún no había sido absorbido por el Parque Nacional Kruger. Cuando surgieron los problemas en Zimbabwe, dada la lógica intranquilidad producida entre los cazadores, fue cuando acudimos a Botswana, que ya había abierto de nuevo la caza de esta especie después de un muy largo periodo en el que estuvo cerrada.
En Botswana, el país con mayor densidad de elefantes en toda África, más de ciento cincuenta mil, me podía permitir ir con un gran número de cazadores dado que en Okavango, la compañía con la que realizamos estas operaciones, es la única que dispone de dos concesiones y además son vecinas.
6x6x6x60. Pero, ¿por qué no seis elefantes a la vez? Como me gustan los retos, hacer lo que nadie hizo nunca, inventar lo que no está inventado, triunfar donde nunca nadie planteó una batalla..., me decidí a ponerme en marcha.
Diseñar un safari para seis cazadores con la intención de conseguir seis excelentes elefantes parece fácil, pero organizarlo y que salga bien, ya es otra cuestión.
Arturo, al que conozco desde hace 38 años, un cazador africano desde hace 27 años y que ha viajado conmigo por los cinco continentes, se sumó encantado al proyecto y año tras año acude a Botswana para hacerse cargo de uno de los dos campamentos. La realidad es que con su simpatía, entusiasmo, disposición y conocimiento, su ayuda y colaboración es inestimable.
El objetivo de esta excursión es conseguir elefantes cuyos trofeos se sitúen en las sesenta libras por colmillo, peso que considero en la actualidad óptimo para este trofeo, si bien en años precedentes se han conseguido magníficos trofeos superiores a las setenta libras y alguno por encima de las ochenta.
Como en los años precedentes, 2005 y 2006, los elefantes los conseguimos en seis y cinco días respectivamente, pues al nombre de la operación le empecé a añadir dígitos hasta quedar en 6X6X6X60, como se titula este artículo, que se traduce en: seis cazadores, en seis días de caza consiguen seis elefantes de sesenta libras por punta.
Comienza la aventura. En 2007, tan puntuales como siempre, estábamos en la ciudad de Maun, en la cabecera del Delta del Okavango, el día de la apertura de la caza, que es el primer martes del mes de abril de cada año. Ya sabemos que estos británicos son un poco raritos en cuanto a fechas, pesos y medidas, pero aparte de lo curioso y anacrónico de la fecha, hay que resaltar que en ese primer martes no es que se pueda ya cazar sino que es el primer día que se empiezan a emitir licencias, y la oficina la abren a partir del mediodía.
La rutina de cada año es la misma: andando desde el aeropuerto, apenas cincuenta metros, entramos en la oficina de nuestro proveedor, confirmamos las licencias extras junto con la de los elefantes, y se sacan los pertinentes permisos. Nuestro grupo se dirige al bar de la esquina, donde comemos algo hasta que nos avisan que todo está listo. Este año no tardamos mucho porque sólo estábamos nosotros en Maun para sacar las licencias, y pudimos partir.
Primero salieron los de la concesión de Matsebe, ya que el viaje supera de largo las dos horas de coche y cuanto menos se conduzca de noche mejor. Iba al frente Arturo con Javier, Juan y Jesús como cazadores, y Lidia y Carmen como acompañantes.
Kiri está mas cerca y allí me dirigí junto con Juan y Eduardo. Entre los dos tenían las tres licencias de este año, y como habían manifestado su interés por estar presentes en todos los lances, decidí que en Matsebe se cazara en 1x1 mientras que en Kiri cazaríamos en 3x1. La decisión era un tanto arriesgada, pero era la única vía que permitiría a Juan y a Eduardo compartir todos los lances, y de paso me quitaba la incómoda situación de decirle de entrada a un cualificado profesional que estaría de pasmarote en el inicio del safari.
Como lo mejor es enemigo de lo bueno, también los cazadores me manifestaron, con razón, que al quedarnos sólo con un profesional las posibilidades de información las reducíamos a la mitad, pero yo les dije que confiaba en el buen hacer de nuestro equipo con Gary a la cabeza; la verdad es que me la jugué un tanto.
Un hábitat singular. El Delta del Okavango, junto con el Cráter del Ngorongoro y el Parque Nacional de Serengeti, son hábitats de los más singulares de África y de los más visitados por los turistas. A primeros de abril las aguas que cada año, procedentes de Angola, llenan toda la superficie del Delta no suelen haber llegado. Esta circunstancia es mejor para la caza, ya que los puntos de agua son menores, y sabida es la absoluta dependencia del gran paquidermo con el agua.
Por otro lado, cazar en seco permite a los coches llegar a todas partes. Pero casi nunca un año es igual al otro. Por ejemplo en 2006 teníamos que entrar al campamento navegando, embarcados, pero en abril de 2007 el agua estaba empezando a llegar y día a día se podía apreciar como iba subiendo su nivel.
Los elefantes de Kiri. Llegamos al campamento de Kiri contemplando un precioso anochecer africano, justo en ese momento cuando el rojo sol se desploma de repente, como cansado de alumbrar durante horas a este maravilloso continente. Pero antes de llegar, ya mis queridos elefantes nos habían saludado trompeteando furiosamente y agitando sus inmensas cabezotas. Tanto Juan como Eduardo estaban encantados ante el espectáculo.
Gary, que llevaba tiempo poniendo a punto los campamentos y los caminos, en las labores propias de pretemporada de los profesionales fijos en una compañía de caza, tenía localizado un buen elefante alrededor del campamento, pero en la primera mañana de caza no lo pudimos ver, por lo que nos acercamos hasta Guvennaru, que linda con el Parque Moremi. Allí sí vimos bastantes elefantes, sólo machos y afanados, como es su costumbre, en devorar el fruto de la marula. Es curioso comprobar, al examinar las deposiciones, que el fruto sale intacto.
Comimos contemplando un aguadero al que acudieron varios elefantes sin importarles nuestra presencia y donde una jirafa corría alocada, tal vez porque olió a los leones. Cuando nos fuimos, un ejemplar que salía del bosque nos miró con sus miopes ojos, y una vez comprobado que éramos despreciables humanos, siguió su bamboleante marcha ante el estupor de Juan y Eduardo y la indiferencia del resto del avezado equipo de caza, con la excepción de miss Kiri, la Game Scout del Gobierno que nos había tocado en suerte, y que disfrutaba como una loca por estas deliciosas vacaciones pagadas contemplando la fauna.
Seguimos viendo elefantes hasta que uno, que divisamos en la raya del bosque, llama la atención de Gary, y éste decide acercarse andando para verlo más de cerca. Mientras regresaba ya sabía por los gestos que valdría la pena echarle un vistazo. Gary nos dice que sólo le había visto una punta, pero que era bastante buena. Armas fuera de las fundas y listos para dar un paseíto. Salvamos dos elefantes jóvenes y observamos al grande, pero ¡oh, decepción!: tiene una punta claramente buena apuntando al cielo, pero la otra, que también se dirige al cielo, es muchísimo más pequeña, o parece serlo al menos.
Ya sé que es la primera tarde del primer día, pero esa punta, que debe superar los 180 centímetros de longitud, con un grosor de 18 pulgadas en la boca, significa 60 libras largas, o lo que es lo mismo, que es un gran animal. La cola sin pelos demuestra además que es un veterano, todo es positivo salvo esa otra punta tan diferente...
Gary decide desechar el elefante, pero yo no estoy de acuerdo porque la punta corta no me parece tan pequeña. Como Juan tiene dos licencias de elefante, le digo lo que opino: una punta superará las 60 libras y la otra se acercará mucho; por otro lado, la aparente deformidad cuando estén los colmillos colocados en una peana no se va a notar. Juan se deja aconsejar y me asegura que confía en mi criterio.
Sin embargo, el elefante se ha cansado de nuestro parloteo y se ha adentrado en el bosque. Inicialmente lo teníamos a menos de 25 metros y en lo limpio, y ahora estará mezclado con los dos jóvenes y en lo sucio.
Le comento a Gary nuestras intenciones y se queda un tanto perplejo pero asiente. Rodeamos el bosque con mucha precaución pero nuestro elefante no sale a lo limpio, aunque con dificultad se le puede ver mientras sacude el follaje alimentándose. De repente, algo le llama la atención, se acerca a nosotros de frente y al ver los dos colmillos enfrentados aún lo tengo más claro al tiempo que otra vez Gary pregunta sobre si lo vamos a tirar y de nuevo Juan asiente, pero el elefante se gira y se vuelve a tapar en la vegetación.
Como el elefante no sale del bosque entramos nosotros. En un claro vemos a los dos escuderos moviéndose de izquierda a derecha, el grande –¡cuántos cazadores te despreciaron con anterioridad por la malformación en la boca de tus defensas!– empieza a aparecer. Gary pide de nuevo la confirmación del deseo de tirarle. Esto es como lo de San Pedro, pero al revés, ya que es una confirmación, no una negativa.
El elefante, ante tanto bulto sospechoso, gira la cabeza en nuestra dirección, apenas hay 15 metros, y es la última cosa que el cerebro del elefante ordena a su organismo: con el elefante en el suelo, Gary me da la mano, y cuando contempla la punta pequeña, que es la que ha quedado en el aire, felicitándome dice: “Ha sido una buena, una gran decisión”.
Otro elefante a la vista. Llamamos al campamento para que vengan a echarnos una mano, ya que Juan quiere hacer el elefante de pechos, pero cuando estamos trajinando el trofeo, elevando la cabeza para poder hacer buenas fotos, nos llama el coche que ha salido del campamento para decirnos que se acaban de cruzar con un grupo de cinco ejemplares donde va uno grande, por lo que rápidamente recogemos y nos vamos.
Han dicho media hora de viaje pero parece que son dos. La tarde empieza a caer y cuando llegamos son las seis y cuarto, aunque todavía se ve sin problemas. Avistamos el grupo sobre las seis y media y Gary cuenta los elefantes: sólo cuatro, falta uno. Damos una vuelta a la vegetación y encontramos el número cinco con unos colmillos claramente gordos, por lo que nos acercamos. Miss Kiri reclama la atención del profesional, y Gary nos comunica que no podemos tirarle porque es demasiado tarde y nadie se hace responsable. Eduardo lo vuelve a apuntar con pena –estaba muerto sin duda– y lo dejamos para el día siguiente aún a sabiendas de que “el que guarda en el campo no guarda nada o guarda para otro”. Con esta negra perspectiva nos acostamos.
Turno para Eduardo. Pero el día siguiente no trae “negros nubarrones” como presagiábamos, sino un gran elefante de 19 pulgadas de grosor, que se acerca o supera las 70 libras. No hubo mucha historia, estaban apenas a 500 metros de donde los dejamos el día anterior y después de asegurarlo concienzudamente, Eduardo lo dejó planchado con un solo tiro frontal al cerebro sin necesidad de remate alguno. El resto del día lo echamos “apañando” a lo dos elefantes porque Eduardo también lo quiere de pechos.
La radio nos trae la noticia del primer elefante de Matsebe, el de Juan. Al día siguiente intentamos localizar al elefante que está cerca del campamento, y buscándolo nos volvemos a dirigir a Guvennaru. Desde lejos vemos un elefante que lleva mucho marfil, con los prismáticos lo confirmamos. Damos una vuelta para coger el viento bueno y andando me voy con Gary para verlo de cerca, comprobando que se puede tirar.
Sin embargo, tenemos varios problemas, el viento, que cambia más de lo habitual, la cercanía al Parque Nacional de Moremi y que alrededor hay otros seis machos. Pero el equipo trabaja bien y vamos sorteando elefantes hasta ponernos a tiro del deseado que, herido en su huida, no llega a la comprometida linde del parque. Es muy gordo, pero mucho: 20, 5 pulgadas. Al día siguiente lo pesan y nos da 36 kilos, ¡ochenta libras!, el segundo elefante de más peso conseguido en estas excursiones hasta la fecha. Han pasado 38 horas desde que abatimos el primer elefante hasta que conseguimos el tercero.
El último, a contrareloj. De vuelta al campamento la radio nos trae la buena noticia del segundo elefante de Matsebe, después de un emocionante lance. Sólo queda un elefante, el de Javier, así que tengo que preparar mi salida a Matsebe para el día siguiente con el fin de echar una mano. Pero las cosas se complican por un malentendido, y el día siguiente lo tenemos que emplear en liquidar las licencias de un lechwe, dos tsessbes, un babuino y un impala. Cuando por la mañana ya tenemos el plan para coincidir en el catle line con un coche que me acerque a Matsebe, empieza la radio a relatar la cacería de Javier y en la distancia seguimos paso a paso las incidencias, hasta que el último de los seis elefantes está en el suelo. La noticia les viene de perlas a Juan y a Eduardo, ya que, de nuevo, cambio de planes y sigo de caza con ellos en Sudáfrica.
A por el 10x10x10x60. El total del peso de los tres elefantes de Kiri es de 68, 73 y 80 libras, casi 74 libras de media, no está mal para apenas día y medio de caza. En Matsebe han sido 61, 65 y 70, dando la media de los seis 69,5 libras, un “disparate”, hemos “destrozado” los 6X6X6X60. No obstante, hay que ser prudentes, ha sido el mejor año hasta la fecha y será muy difícil de mejorar.
Pero, ¿quién dijo miedo? Ya estoy preparando –lo siento, está todo vendido– para 2007 en el Delta del Okavango un inédito y ambicioso 10X10X10X60, diez cazadores, diez días, con diez elefantes de 60 libras. A mí me gustaría que fuera un 10X10X10X100, pero ni es posible ahora y lo peor, nunca lo será. Pero uno, sólo uno, San Huberto, ¿por qué no un 100 libras?
José GARCÍA ESCORIAL
garciaescorial@safariheadlands.com