Hemeroteca :: 01/07/2007
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Reportajes

Un recorrido a través de los tiempos en busca de pruebas que avalen la teórica repoblación de la especie

Última actualización 01/07/2007@00:00:00 GMT+1
El gamo es el mÁs desgraciado de nuestros cérvidos. A su supuesta mansedumbre y glotonería, se le ha colgado el “sanbenito” de que es una especie foránea cuando en realidad no existen pruebas que avalen de forma fehaciente la teoría de que esta especie fue introducida.

Texto y fotos: Rafael Serrano Vicente
Existe un proverbio chino que dice: “Si habláramos de lo que verdaderamente conocemos, el mundo estaría en silencio”. Si hiciéramos caso del mismo, si no silencio, lo único que se oiría sería sólo un leve murmullo. Desgraciadamente, estamos asistiendo a unos tiempos en los que las afirmaciones basadas en creencias y tradiciones sin verificación, científica o documental, que las sustente son moneda de pago corriente. Éstas constituyen la base no ya de conservaciones cotidianas sino de artículos y trabajos publicados, incluso, llegan a ser la sustentación de normas y disposiciones que pueden ocasionar –en algunos casos ya están ocasionando– profundos desaguisados sin que nadie se haya parado tan siquiera a analizar la posible veracidad de las creencias en las que tienen su fundamento. Mientras tanto, muchos callamos y asistimos impávidos, todo lo más perplejos, sin hacer nada, siendo cómplices por consentimiento de las consecuencias de dicha política. Tenemos la obligación, por lo menos, de señalar las debilidades y dudas razonables que hay en esas creencias y tradiciones en las que se fundan esos dogmas.

El gamo es, sin duda, el más desgraciado de nuestros cérvidos. Algo así como el gafe de nuestros montes. A su supuesta mansedumbre –¡qué lejos de la opinión de Juan Mateos!, que afirmaba: “montero es aquel que sabe matar los gamos desde el atalaya”– y glotonería, basada en la creencia de que sus necesidades nutritivas son muy superiores a las de los otros cérvidos, –ignoramos en qué método científico se han basado los que hacen esta afirmación ya que las modernas investigaciones no parecen corroborarla–, se le ha adjudicado el “sanbenito” de que es una especie foránea. Esta suposición, ampliamente difundida, es debida a la creencia de que la presencia del gamo en España, y en Europa, se debe a la reintroducción de ejemplares procedentes de Asia Menor por los romanos. Dando por buena esta hipótesis no demostrada, algunos pseudoecologistas, según los cuales no cabe en nuestros montes ningún animal introducido por la mano del hombre, no queda otra acción que erradicar al desafortunado gamo. ¡Qué mala suerte ha tenido el pobre!

Una especie y dos subespecies. El género Dama está constituido por una sola especie con dos subespecies: el gamo común o europeo ­–Dama dama dama­– y el gamo de Mesopotamia o gamo persa ­–Dama dama mesopotámica–. Algunos taxonomistas afirman que existen tales diferencias entre estas dos subespecies, fundamentalmente en el tamaño –ya que el persa es un 33 por ciento mayor– la cola y la forma de la cuerna, que deberían ser diferenciadas en dos especies distintas.

Estas dos subespecies se encuentran actualmente en situaciones opuestas. Mientras que la común o europea es, debido a las reintroducciones y repoblaciones, uno de los cérvidos que cuenta con más efectivos y está más difundido en el mundo, ya que se encuentra en los cinco continentes, el gamo persa, por el contrario, está en peligro de extinción pues su número es tan exiguo que hoy día, todavía, no puede asegurarse su supervivencia. Su censo se limita a unos doscientos cincuenta ejemplares que moran en Israel y a una pequeña población relicta existente en Irán, así como a unos pocos efectivos cautivos, en zoológicos y colecciones particulares.

Orígenes. El gamo, en su forma actual, se originó en el último periodo interglacial a partir de un ancestro de gamo: el gamo de Clapton, o gamo de Brown –Dama claptoniani–, mucho más corpulento y con una cuerna ligeramente diferente a la del actual: pala menos desarrollada y presencia de una tercera luchadera. Uno de los cráneos mejor conservados de este animal puede verse en el British Museum, en Londres. La subespecie persa habría ocupado la franja de territorio norteafricano que va desde Túnez al Mar Rojo y toda la zona de Oriente Próximo que va desde Siria hasta al oeste de Persia. Incluso, hay quien piensa que ocupó Turquía, solapándose aquí con el común. Al habitar en una zona más meridional, soportó mejor la última glaciación y su zona de expansión no menguó con ésta, llegando a ser muy abundante en tiempos pasados, como demuestran la cantidad de fósiles y restos encontrados. A medida que pasan los tiempos y, quizás, por un aumento de la aridez de la zona, su número disminuyó considerablemente para, posteriormente, sufrir un proceso de extinción paulatina en sus primitivos enclaves por la presión del hombre, que los persiguió implacablemente por su carne, y por la destrucción de su hábitat. Así, a finales del siglo XIX, el gamo que los asirios representaban con sus dioses, que la Biblia recoge en numerosos pasajes y que llegó a ser extraordinariamente abundante en lugares como Cirenaica, en Libia o el Monte Carmelo, en Israel, no era más que un recuerdo del pasado.

La subespecie europea, según se ha podido saber por los fósiles recogidos, habitó en toda Europa y parte de Asía Menor, desde las Islas Británicas hasta la Meseta Turca. Incluso, habría alcanzado zonas tan alejadas como Armenia o Georgia. Éste debió desaparecer de gran parte de su antigua área de distribución con los hielos de la última glaciación, pues no se han encontrado evidencias de que sobreviviera a los mismos. Basándose en estos hechos, ciertos autores, como Kurtén (1969) o Kowacsky (1968), dieron por buena la creencia de su extinción total en Europa y la posterior repoblación romana. Sin embargo, no podemos descartar que en las zonas más meridionales de su primitiva área de expansión, en la Europa Mediterránea, el gamo común pudiera haber sobrevivido a los hielos ya que éstas, según se ha podido comprobar, quedaron a salvo de los mismos. Es, también, factible que, a partir de estas poblaciones, podría haberse producido una recuperación natural de su primitiva distribución.

Evidentemente, existen pocos documentos antiguos que nos hablen de la fauna existente antes del dominio de Roma, sin embargo, nos han llegado algunos, como la obra Geographika, del griego Estrabón, en la cual se describe, al menos parcialmente, la existente en la Península Ibérica. En la misma no se cita la presencia del gamo, pero eso no significa que no los hubiera ya que, por ejemplo, tampoco cita la existencia del jabalí y del ciervo que, evidentemente, sí los había y, además, en abundancia.

La ausencia de restos de gamos en asentamientos de civilizaciones y tribus anteriores a la dominación de Roma tampoco nos puede permitir concluir que no existieran gamos en esos tiempos pues, en primer lugar, existen muy pocas excavaciones y prospecciones arqueológicas sobre estos pueblos. En segundo lugar, los restos de huesos encontrados proceden de cocinas y fogones y casi todos se encuentran fragmentados y muy deteriorados, con lo que es muy difícil poder confirmar si pertenecieron a un gamo o un ciervo. Por lo tanto, debemos considerar, a la vista de los datos, que la ausencia de huesos u otros restos no es una prueba irrefutable de la ausencia del gamo en la Iberia prerromana.

Reaparición en la época romana. Los romanos desarrollaron una extraordinaria afición a la caza. Así, entre los esclavos, de los más valorados eran los que habían sido cazadores. La carne de caza era preferida sobre la de los animales domésticos, lo que les llevó crear cercados donde mantener diversas especies cinegéticas, como gamos, ciervos y jabalíes, para asegurar su suministro a la mesa, suponemos, de los pudientes. También, fruto de esta pasión cinegética, surgieron las venationes que eran eventos celebrados en los circos y anfiteatros, en los cuales se soltaban animales salvajes para que los bestiarii los abatieran empleando las más diversas armas. Estos espectáculos, que empezaron teniendo una categoría secundaria dentro del repertorio de los ludi circense, prueba de ello es que en los primeros tiempos se celebraban por la mañana, acabaron convirtiéndose en los actos estelares. En su origen, recreaban cacerías de los animales salvajes de la Península Itálica. Luego, al ampliarse los dominios de Roma, pasarían a ser exhibiciones de animales exóticos, traídos de las más remotas provincias del imperio, ya que era la única manera que tenía el pueblo de conocerlos y saber de su existencia. Asombra la capacidad de los romanos para capturar y transportar animales salvajes del porte de hipopótamos, rinocerontes o jirafas, o para hacerlo en cantidades ingentes, transportándolos desde distancias enormes. Estos espectáculos llegaron a ser acontecimientos memorables y fueron descritos minuciosamente por los cronistas de la época, quienes resaltaban el origen de las fieras expuestas. Entre otras muchas, nos ha llegado, por el historiador Flavio Vopisco, que el efímero Emperador Gordiano I, en al año 238, dio una espectacular venatione, en el Circo Máximo, en la cual participaron nada menos que 1.300 animales. Entre otros, según el cronista, hubo “...100 toros de Chipre, 300 avestruces de Mauritania, 30 onagros de Abisinia, 30 caballos salvajes, 100 corderos salvajes –¿muflones?– 200 ciervos, algunos de Bretaña, 150 jabalíes, 200 gamuzas... y 200 gamos... animales que después del espectáculo –una vez muertos por los bestiarii– se dieron al pueblo”. Debemos pensar que, si los gamos se hubieran traído de alguna provincia romana del Asia Menor, el autor lo hubiera indicado en su narración. El Emperador Probo celebró otro espectáculo, también en el Circo Máximo, en el cual se recreó una cacería en los bosques del Lacio, para lo cual hubo que transportar grandes árboles completos, incluso con sus raíces. En este bosque artificial se soltó todo tipo de animales salvajes propios de estos bosques: lobos, ciervos, jabalíes, corzos... y gamos. En la detallada crónica sobre la misma no se hace ninguna referencia al posible exotismo de los animales. Por otro lado, Lucio Moderato Colmuela, famoso tratadista romano nacido en Cádiz, nos describió en su obra “Los Doce Libros de la Agricultura” de manera exhaustiva la agricultura y ganadería de la época. En la misma, escrita hacia el año 42 (D.C.) en el “Libro Nono”, que trata de las crías de la casa de campo, en el capítulo I, titulado “De la formación de cotos, y que se encierren en ellos animales montaraces”, nos dice: “Los animales silvestres, como corzos y los gamos, y no menos todas las especies de cabras monteses, ciervos y jabalíes.....”. Si los gamos no hubieran sido animales originarios de otra zona, Colmuela, debiera haberlo indicado en la pormenorizada descripción que hace en su otra, tal como hizo con otros animales o razas.

Además, aunque distinta partes de Asia Menor ya fueron un dominio romano desde el año 129 (A. C.), la zona se caracterizó, durante la época, por las continuas revueltas y sublevaciones, siendo escenarios de varias guerras. Su costa fue durante mucho tiempo un nido de piratas –los piratas cilicios- que impidieron el comercio y la navegación segura. No sería plenamente pacificada e incorporada, como una provincia imperial, hasta Tiberio, en el 17 (D. C.) No hubo, por consiguiente, tiempo material para traer tal número de gamos, o para que se reprodujeran, una vez importados, que hicieran que por efectivos e implantación merecieran la consideración de animales propios de los bosques occidentales del imperio, cuando los cronistas anteriormente citados hablan de ellos.

Otro hecho en contra de la teoría de la repoblación, es que el gamo se encuentra, tras el ocaso de la civilización romana, distribuido por toda la Europa Mediterránea, incluso en la mayor parte de las islas: Córcega, Cerdeña, Sicilia, etc. implicando, si fuese cierta esta teoría, que debieron ser muchas, por no decir innumerables, las reintroducciones que se hizo de la especie. ¿Por qué no existe ninguna evidencia, ni una sola, a pesar de haberse buscado con tenacidad obsesiva, sobre estas reintroducciones? ¿Por qué nos ha llegado una abundante documentación sobre las vicisitudes de las capturas y los transportes de otros animales y no del gamo? ¿Por qué cuando se hicieron, posteriormente, repoblaciones más modestas sí ha quedado constancia de las mismas? Por ejemplo, la que realizaron, en la Edad Media, en la Isla de Rodas, los Caballeros de San Juan de Jerusalén, dueños de la misma desde las cruzadas hasta su caída en poder de los turcos. Estos repoblaron con gamos persas la isla, para que se comieran las numerosas serpientes que había en ella, ya que en la Edad Media existía la creencia de que gamos y ciervos se comían los ofidios para rejuvenecerse.

También nos surge la incógnita, ¿por qué los romanos no se realizaron repoblaciones con gamos persas? Estos eran de mayor porte, siendo más impresionantes, y estaban más a mano ya que, al menos, los había en Judea y Siria.

Por lo tanto, siendo rigurosos, podemos concluir que, de momento, no existen pruebas fehacientes a favor de la teoría de la repoblación y sí algunos hechos que nos hacen dudar, aunque no rebatir, la misma. n
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