Hemeroteca :: 01/08/2007
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Reportajes

Caza Mayor

Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
La espera, al igual que otras modalidades de caza, se está artificializando en exceso. Por una parte, los cercones están convirtiendo el aguardo en una caza segura y a la carta, mientras que aparatos cada vez más sofisticados aumentan en exceso la ventaja del cazador sobre el jabalí. Uno de nuestros más insignes esperistas reflexiona sobre estos aspectos siempre polémicos.
Hablar de esperas o aguardos es mi pasión y hablar de la ética en esta modalidad de caza es aceptar de entrada que, normalmente, no tendremos testigos –salvo la luna y no siempre– y que seremos nuestro propio juez. Quizás por todo ello los esperistas tendremos que ser muy exigentes con nosotros mismos, trazando cada uno esa línea que separa lo que nos satisface interiormente por hacer bien las cosas de lo que nos deja un punto de culpa en nuestro corazón.

También he colocado la palabra modernidad, porque al hilo de lo anterior, debemos señalar que este tipo de caza –muy “de moda”– se ha visto invadido por tal cantidad de “inventos” y artilugios que, sin ser malos en sí, desvirtúan un poco –por lo menos para mí– eso que se ha dado en llamar –hasta ahora– el noble arte del aguardo.

Como decía, no estoy en contra de esos adelantos y yo utilizo alguno –muy pocos– ya que considero que varios de ellos han venido a paliar muchos de los problemas que teníamos los amantes de la espera. Vamos a darles un repaso, dividiéndolos en dos grupos.

Comodidad y seguridad. En el primer grupo pondríamos aquellos útiles que nos dan más comodidad o seguridad, como son los trajes especiales o “monos” que nos defienden de las bajas temperaturas sin tener que estar agobiados por varias capas de ropa tipo “cebolla” –amén de las mantas– que no nos dejaban casi movernos.

Diríamos lo mismo del resto de esas modernas prendas fabricadas con tejidos especiales que nos protegen de las inclemencias, sean calcetines, gorros e incluso botas que soportan perfectamente el frío y repelen la humedad. Todos ellos contribuyen, indudablemente, a hacer más confortables los aguardos sin perder nada de deportividad.

En este apartado podríamos incluir también las estupendas linternas con mucha más luz y autonomía de uso, los cuchillos y navajas del mejor acero, las cómodas sillas de espera y… ¡poco más! Repito, nada que alegar en su uso deportivo.

Las torretas construidas para los aguardos ya están justo “en la linde”. Nos quitan muy bien el aire –aparte del frío– pero son muy “artificiales”. Se pierden muchos olores y sonidos por lo que, en definitiva, el cazador no tiene el mismo contacto con la noche y con la naturaleza, que es uno de los mayores encantos del aguardo.

Otros instrumentos. En el segundo grupo incluiríamos los “aparatos” que nos ayudan a controlar el animal, detectando sus andanzas y aproximación, disparar más certeramente y cobrar posteriormente el animal herido.

Atrayentes de todo tipo han ido sustituyendo –o mezclándose– a los antiguos cebaderos de maíz, trigo u otra comida. Incluso se utilizan los atrayentes sexuales que semejan el olor de las jabalinas en celo. Pero bien pensado... ¿no se usaban las guarras domésticas atadas en las dehesas para abatir a los navajeros que acudían a la llamada del sexo? No se ha inventado nada nuevo, desde luego.
¿Amplificadores de sonido? Totalmente válidos si los usa una persona que ha perdido parte de su agudeza auditiva, pero si el que lo utiliza es una persona normal… ¡allá él! ¿Detectores de calor para seguir el rastro de una pieza herida en lugar del pisteo por sí mismo o por un buen perro de sangre? Digo lo mismo: no es nada punible y nos puede ahorrar mucho trabajo, pero se pierde la emoción del pisteo a la “antigua usanza”. Otra vez… ¡allá el aguardista!

Visores luminosos y “puntos rojos”. Los visores muy luminosos y los “puntos rojos” o retículas iluminadas están permitidos pero, hagamos de abogados del diablo: ¿por qué no los faros? Y si ampliamos el tema, ¿por qué también están prohibidos los aparatos de visión nocturna? Realmente nadie puede darnos una razón para ello porque, simplemente, no existe. ¿Qué razón se puede argumentar para suprimir algo que nos ayuda a identificar la pieza a la que vamos a disparar para no confundirla con otra o, en el peor de los casos, para evitar un desgraciado accidente con una persona? Podrá gustarnos más o menos el cazar un jabalí de espera ayudados por la luz de la luna –como es mi caso, aunque sólo disponga de unas noches al mes– en lugar de con otros tipos o ayudas de iluminación, pero prohibirlo... ¿a santo de qué? Dejémonos ya de tantos inconvenientes y pegas que cada día nos van poniendo a los cazadores.

El uso de los teléfonos móviles debe estar limitado a la seguridad y a la ayuda necesaria para recoger una pieza o evitar esfuerzos inútiles, pero no para llamar a la esposa y decirle que se ha matado un jabalí de espera, recibiendo por respuesta el recordatorio de que al día siguiente hay que llevar al niño al dentista.

Dos premisas fundamentales. Esperas en cercones “a rebosar”, calefacción y bebidas en las torretas citadas, dispensadores automáticos de comida, relojes para controlar las horas de “entrada”, células fotoeléctricas, lentes esféricas y estabilizadores de imagen, etc. La lista es interminable y, desde luego, se le seguirán añadiendo más y más artilugios.

Resumiendo, la espera o aguardo al jabalí es una modalidad de caza mayor en la que, como ya he dicho muchas veces, hay dos premisas fundamentales: silencio total y quietud absoluta, siendo el resto los aderezos del guiso principal. La mayoría de las veces estaremos nosotros solos enfrente de un astuto y noble animal con la responsabilidad de tomar la decisión de quitarle, ni más ni menos, su preciosa y salvaje existencia. Por ello, sin ignorar el avance de la técnica aplicada a la caza, debemos utilizar aquello que nos ayude a hacer que el jabalí sufra lo menos posible, mirando de reojo –sin criticarlo– lo que reste opciones de escape a ese animal y haga artificial nuestra relación con el campo, colocándonos a un lado u otro de esa línea que citaba al principio y que señala la ética que debemos guardar en relación con ese cochino y con el resto de las criaturas. n

Alfredo Martín GonzÁlez
www.webtioluna.com
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