Hemeroteca :: 01/08/2007
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Reportajes

Tras los marco polos en el Pamir

Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
Aventuras cinegéticas de un grupo de cazadores españoles en el “techo del mundo” tras el Marco Polo y el íbex, con la dificultad de la la altura, el frío, la falta de oxígeno y la gran distancia de tiro como principales protagonistas de los lances.
Agarrado, para no caerme, al bastón de montaña, con la frente apoyada sobre las manos que aferran la empuñadura, intento a grandes bocanadas meter aire en mis pulmones. No puedo dar un paso más. Las piernas responden, pero el imprescindible oxígeno no te llega en suficiente cantidad y el resultado es una experiencia nueva algo angustiosa: el corazón late desbocado como queriendo salirse de su coraza, todo hasta que te acostumbras a la altitud. Estamos en las montañas del Pamir, el “techo” del mundo.

Todo empezó en febrero de 2005. Llamé a mi amigo Gonzalo, compañero ya de muchas cacerías de montaña y de “voluntad débil”, para persuadirle para una nueva aventura. La única verdad de todas las razones esgrimidas para convencerle de “que había que contratar” era que sólo había dos licencias disponibles para el 2006, ya que todo el 2005 estaba vendido. Como siempre los americanos se nos adelantan.

Gonzalo es de los aficionados de verdad, le gusta sólo la “caza, caza”, como dice él mismo, y es en la montaña donde se encuentra como pez en el agua. De trayectoria deportista, jugador de rugby, tiene una fortaleza física que a veces impresiona. Es como un bulldozer, no hay montaña que se le resista –y son ya muchas las que lleva en su “colección”–. Para él como para todos, se estaba haciendo un sueño realidad.

La ventaja de contratar con tanto tiempo es que nos pudimos asegurar buenas fechas, noviembre fue el mes elegido, y el mejor campamento de los tres que hay –para esa época– en la zona de Murghob, en el famoso Hot Springs.

Llegó Venatoria 2006 y nuestro buen amigo Palop nos presentó a un amigo que quería contratar también un Marco Polo. Él estaba pensando en 2007 ya que no había licencias para el 2006. Negociando y discutiendo hasta la saciedad, conseguimos poderlo incluir en nuestra cacería trasladando las fechas de un americano. Paco era el nuevo miembro de la expedición.

Para Paco, cazar un Marco Polo también suponía un hito en su carrera cinegética, algo especial y añorado durante mucho tiempo, un auténtico reto para un habitante de la “estepa soriana”, tenaz y duro, que se sabe imponer y superar sacrificios para conseguir las metas fijadas, mimbres necesarios para la caza de alta montaña.

Con todos los preparativos muy avanzados aparece una tarde por la oficina Kiko, acompañado de un amigo común y gran cazador, Pedro. La verdad es que es difícil encontrar una persona como Kiko, una afición a prueba de bombas y una experiencia de caza internacional difícil de tener a su edad. Es un afortunado cazador de pedigrí, ya que tiene la inmensa fortuna de haber cazado y seguir cazando con su padre y hermanos desde que son bien pequeños.

La diosa fortuna estaría de su parte porque un cazador americano canceló su cacería y Kiko pudo incorporarse al grupo. Tuvimos la gran suerte de que invitara a acompañarle a un gran amigo suyo, Javi, ahora amigo ya de todo el grupo, profesional del esquí, competidor internacional y como buen aranés, montañero consumado. Además comparte entre profesión y pasión la fotografía en la montaña, con un nivel de calidad insuperable que ustedes mismos pueden comprobar en las fotos que ilustran este artículo. Su mejor condición es que es buena persona donde las haya y un hombre tranquilo y ponderado, que ayudaría no poco a sobrellevar las duras condiciones de la cacería, sobre todo a Kiko.

Todos compartíamos el mismo objetivo, queríamos cazar el Marco Polo, y nos habíamos preparado físicamente a conciencia y sobre todo sicológicamente para esta cacería de alta montaña, con la idea de cazar como se caza en la montaña, localizando la caza, recechando, entrando a los animales y tirando a unas distancias “razonables”.

Menudo viajecito. La aventura comienza con el viaje, ya que sólo llegar al cazadero es en sí mismo una pequeña odisea. Después de varios cambios debidos a las condiciones metereológicas, se decidió el trayecto aéreo habitual: de Madrid a Estambul, de allí a Bishkek, en Kirguizya, luego vuelo corto a Osh casi en la frontera con Uzbekistan, y después... la pesadilla. Por lo menos no nos engañaron con la duración del viaje. Nos dijeron que tardaríamos, en la furgoneta 4 x 4 que nos llevaba, entre 15 y 18 horas. Y sí, tardamos 18 horas, pero ¡qué 18 horas!
La noche que pasamos en Estambul fue muy agradable, cenamos en un magnífico restaurante a orillas del Bósforo. La mañana siguiente hicimos algo de turismo por ese “museo” permanente que es Estambul, la puerta europea a Asia y hervidero de gentes y culturas diversas que hay siempre que visitar.

Cuando por fin llegas a Bishkek y aplicas la diferencia horaria total de 5 horas, empiezas a notar el jet lag. Como se llega a las 2 de la mañana hora local y el siguiente vuelo a Osh es a las 8h., te dicen que no merece la pena ir a un hotel y que es mejor quedarse tranquilamente “tirado” en la sala VIP y esperar con paciencia asiática a que todo se vaya resolviendo. Hay que decir que desde que llegas te están esperando en la sala VIP dos personas de la organización que se encargan absolutamente de todo. En nuestro caso vinieron a buscarnos, como estaba previsto, Otambek y su hermano Alibek, los dos de la familia de Murgab Company, hablando buen inglés y encantadores, y lo que es más importante, se saben manejar con aquellos “burócratas” de una forma muy eficaz.

Pasar una noche “tirado” literalmente en los sofás de la sala VIP, a pesar de dormir algo, no es lo mejor para descansar y enfrentarte a la primera parte del viaje.

A las 9h. de la mañana, con una hora por lo menos de retraso, nos embarcamos en una avión de hélices de plano alto, de antigüedad indeterminada, de aspecto interior tenebroso. No hay reserva de asiento por lo que cada cual se sentaba donde podía o le dejaban. Después de algunos codazos y empujones con los “mongoles” –todos los locales de esa zona son de rasgos mongoloides– nos conseguimos sentar los del grupo de dos en dos.

Lo único bueno de este vuelo entre las montañas en este avioncito que parece que no va a subir lo suficiente es que es corto. Realmente son espectaculares las vistas de la cadena montañosa de las Alay que separa los dos países, con algunos glaciares impresionantes.

Llegamos a Osh y junto con dos americanos que se incorporaron al grupo, nos distribuimos entre las dos furgonetas todoterreno y empezó la travesía, que duró ¡sólo 18 horas! Como bebíamos mucho líquido y ya habíamos empezado el tratamiento preventivo del mal de altura, parábamos cada poco a “desaguar”. La pista, porque de carretera ya no le queda nada, es un continuo puerto ascendente; no en vano salimos de Osh a 800 metros y el campamento está a 4.200.

Se pasa un “puertecito” de sólo 4.650 metros, que es mejor pasarlo de noche para no ver los barrancos y no se te encoja el alma. Sólo hay ¡17 controles policiales y militares! durante el trayecto y hay que enseñar montañas de documentos fotocopiados en cada uno de ellos, además del paso de frontera que ya toma algo más de tiempo, pero todo se resuelve sin grandes problemas.

Llegada al campamento sobre las 5 de la mañana, saludos y a la cama. Estábamos rotos. Llevábamos en ese momento casi 48 horas en pie, casi 6 horas en dos vuelos y 18 horas dando tumbos en las pequeñas furgonetas 4x4.

Puesta de los rifles a 350 metros. El primer día nos los pasamos entre “qué raro me encuentro”, “estoy mareado”, “me duele la cabeza” y la sensación continua de que te falta aire. Hacer cualquier movimiento te causa fatiga y jadeos. Pusimos los rifles a tiro, todos con el 0 a 300 o 350 metros.

Por la noche presentación de los guías y equipos de caza asignados a cada cazador. Mi guía va a ser Sasha, natural de Osh, y Kirguyz por lo tanto, como la mayoría de los habitantes de esa zona del Pamir tajiko, de religión musulmán ismailita. Tiene 54 años, bigote, de complexión fuerte, lleva cazando toda la vida y además fue en sus días un reputado “furtivo”; que más se podía pedir. A pesar de que hablaba cuatro palabras en inglés, vendría con nosotros como asistente Alibek, completando el equipo nuestro chófer, éste de raza pamir. Los habitantes del Pamir son blancos de origen persa, de hecho la lengua tajik es muy parecida al persa, son amables y tranquilos, y conocen aquellos valles y montañas como yo los pasillos de mi casa.

350.000 hectáreas para cazar. La cacería se desarrolla en un área de cerca de 350.000 has. que hace frontera con China y Afganistán. Se trata de la porción más grande del Pamir en la provincia tayika de Gorno-Badaskhsahn. Son enormes valles alrededor de los 4.200 m. de altitud –de ahí el nombre de “techo del mundo” que le dio el famoso Marco Polo– tan inmensos que hacen parecer pequeñas las montañas que los circundan, cuando éstas tienen desde los 700/900 metros hasta más de 2.000, es decir, que puedes subir a 6.000 metros sin darte cuenta.

Los carneros van en grandes grupos. Es fácil ver manadas de trescientos y más individuos, sobre todo cuando se trata de hembras y jóvenes. Bajan al atardecer a los valles a pastar y a primeras horas de la mañana comienzan la ascensión a las grandes cumbres donde se acuestan y vigilan desde inalcanzables atalayas.

Se trata de acercarte a primera hora de la mañana con el todoterreno ruso a los sopiés de las montañas, antes de que empiecen el careo hacia arriba, localizar alguno que te guste e intentar la aproximación. La dificultad estriba en la increíble vista que tienen estos animales que, a varios kilómetros, o te ven o te presienten.

Con Sasha, mi guía, y Alibek de ayudante, vimos la primera mañana tres grupos en una cordillera enfrente nuestro sobre un gran lago ya helado. Estarían por lo menos a 4 kms., eran las 8,30h. y ya se iban para arriba. Nos aproximamos algo más a la montaña y pudimos ver cómo el grupo más numeroso subía por una garganta en umbría y a un tercio de la cumbre se tumbaban.

Nos acercamos a la base de la montaña, a unos 2 kms. a la derecha de donde se encontraba el grupo, e iniciamos una ascensión transversal faldeando aquellas pedrizas interminables. Sasha, cigarro en ristre, subía a “pico”, nadie le había enseñado lo de subir en zig-zag, aunque tampoco lo necesitaba. Yo, cada cincuenta pasos, me paraba e intentaba coger aire a base de angustiosas bocanadas. Menos mal que llevaba una buena preparación física y el problema sólo era la falta de oxígeno porque si no aquel rececho hubiera sido imposible.

Echamos a dos de los grupos que habíamos avistado antes, pero como subían por sus propias gargantas hasta desaparecer en el viso contra el cielo –casi diría en el propio cielo porque era donde se subían sin aparente dificultad estos malditos–, no molestaban a nuestro grupo.

Ascendimos la última ladera, después de varias paradas para que yo me pudiera recuperar, hasta una cuchilla que daba vista a la umbría donde debían de estar tumbados los carneros si los cálculos de Sasha no fallaban. Ellos se habían adelantado y al llegar me señalan con el dedo pulgar hacia arriba; había habido suerte. Teníamos al otro lado de la cuchilla de piedra los carneros debajo de nosotros a escasos 300 m. sesteando. Habíamos hecho un perfecto rececho que sólo es posible hacer si vas acompañado por alguien que conozca el terreno como aquellos guías lo conocen. Nos habíamos puesto encima de los Marco Polo.

En caza de montaña ponerte por encima y sin que te vea el trofeo que persigues es sinónimo de éxito casi seguro. Mi altímetro marcaba 4.834 m. y la cumbre estaba a unos 400 más arriba en unos impresionantes farallones de piedra a todas luces infranqueables.

Estuvimos 36 minutos exactamente contemplando y filmando aquellos magníficos animales. Era un grupo de 26, estaban todos echados pero de tal forma que había siempre alguno mirando en cualquiera de los ángulos posibles, vigilando de esta forma el inmenso valle que se desplegaba a sus pies, con el gran lago helado al fondo.

Tiros siderales. Esta situación es la que obliga, cuando la aproximación se hace de abajo hacia arriba –la más frecuente– a tirar a “tres tiros” de distancia. Mike Barton, uno de los americanos, nos contó que había tirado la tarde anterior su carnero a nada más que 560 yardas –¡505 metros aproximadamente!– con su 30-378 Weatherby, distancia inverosímil para un mortal, pero que allí enseguida te parece algo “razonable”. Os podéis imaginar las miradas entre nuestro grupo cuando intentábamos asimilar aquello que estábamos escuchando, por cierto con total naturalidad.

El problema radica en elegir el mejor trofeo o el más bonito. No hay ninguno espectacular, pero es que de esos no hay tantos y yo estaba decidido a tirar en cuanto viera alguno sobre las 56 pulgadas pero que fuera bonito. Destaca uno con una cuerna derecha a la que Sasha le da unas 58 pulgadas, pero el cuerno izquierdo está muy roto y le faltan más de 25 centímetros. También hay dos o tres largos, pero algo finos y en el centro del grupo destaca uno con cuerna no muy larga pero muy abierto y que a mí me parece precioso. Mi guía me dice que tiene entre 55 y 56 pulgadas; “es mi Marco Polo”, contesté sin pensarlo.

En esta cacería, en estas montañas y a estas altitudes, donde no sabes cómo va a reaccionar tu organismo, donde se puede poner a nevar tres días seguidos o hacer niebla o viento o qué se yo, no se deben desaprovechar las oportunidades. Era una decisión difícil, ya que era el primer día de caza, pero yo lo tenía claro. Habíamos hecho un magnifico y auténtico rececho, que no siempre es posible allí, y además estábamos a una distancia más que razonable.

Tomada la decisión, ahora Sasha quiere ver los carneros de pie, la única forma de juzgar bien un trofeo, pero no queríamos asustarlos demasiado y que se nos fueran sin darnos oportunidad de tiro. Nos solucionó el problema el chófer. Como le habíamos dejado hacía ya más de tres horas, se le ocurrió venirse hacia donde estábamos paralelo al sopié de la montaña y a unos 2 kms. de distancia. Cuando alcanzo la vertical con nosotros los carneros, nerviosos, empezaron a levantarse e iniciaron su acostumbrada fila india buscando el cielo.

Por la razón que fuera no lo sé, pero nosotros lo que esperábamos era, una vez iniciada la marcha, que se pararan de vez en cuando y mirasen al valle. No señor, pasaron del paso al galope sin más y entonces empezó la adrenalina a golpearme las sienes con fuerza. Se nos iban a toda velocidad y yo no sabía a cuál había que tirar. En la confusión se habían cambiado varias veces de posición. Sasha con los nervios hablaba en kirguiz, yo por lo tanto no entendía nada; Alibek no decía nada y yo todo lo que pude hacer fue buscar una posición de tiro apoyado en aquella cuchilla.

A toda velocidad pensaba lo absurdo de aquella situación después de más de media hora allí teniéndolos a “moja dedo”. Veía cómo se iban, cómo me quedaba sin “mi carnero”. Despierto de mi ensoñación y escucho a Alibek que me dice: “¡El cuarto por detrás, no perdó, el quinto!”
Yo seguía con el visor aquella fila apretada de carneros rampantes y sólo veía un mar de cuernas ambarinas en el que no podía precisar cuál era mi carnero. De repente grita Alibek: “¡El quinto por delante!”. Los carneros estaban a punto de pasar un portillo entre el primer farallón de piedra que se elevaba hasta la cumbre, era la última oportunidad porque luego se me taparían volviendo a aparecer después a una distancia absolutamente fuera de tiro.

Un tiro decisivo. Todo esto está sucediendo en escasos segundos. Los carneros estaban a no más de 230 /240 metros un poco hacia arriba, distancia muy razonable teniendo en cuenta las circunstancias y el gran tamaño de estos animales. Le veo un instante, es él, su cuerna abierta es inconfundible, le meto la cruz y disparo. Veo perfectamente el efecto demoledor de los 180 grains de la Nosler Partition del 300 Weatherby, se para, se tambalea y cae por la pedriza, los primeros metros aún vivo; se detiene unos segundos y luego ya muerto sigue cayendo otros 70 u 80 metros más; yo no me lo creo.

Los demás al tiro se parten en tres grupos e inician una carrera de huida de la muerte por aquella empinadísima pedriza haciendo un ruido increíble, hasta trasponer a más de 5.200 metros con una facilidad que sobrecoge.

Soy de naturaleza poco dado a los aspavientos o manifestaciones de alegría típicas de estos lances, pero en esta ocasión pegué un grito que me sorprendió a mí mismo. Era la necesidad de liberarme de la tensión acumulada en los últimos minutos lo que me había hecho estallar. Nos abrazamos los tres, en una explosión de alegría y emoción, y no pude evitar que se me humedecieran los ojos, era de verdad una emoción incontenible.

Lo siguiente que recuerdo era ver cómo Sasha seguía con preocupación la caída del carnero, esperando que se parara y que no se destrozara los cuernos; no dejaba de repetir “Stop, stop...”
Llegamos al carnero después de una bajada casi vertical por la pedriza. Se ha despuntado los dos cuernos, sobre todo el derecho. Sasha me dice no me preocupara, que encontraríamos los trocitos y lo arreglaríamos, pero yo le dije que no, que siempre me ha parecido mejor dejar los trofeos tal y como los encuentras.

Es un precioso carnero de 56 pulgadas, de cuerna muy abierta y grueso en las bases, el mejor del mundo porque es mi carnero. Me sorprende el gran tamaño corporal y la capa de grasa que tiene, preparación del crudísimo invierno que se avecinaba. Los guías estiman que pesa más de 150 Kgs., y así parece porque aún eviscerado nos costó lo suyo cargarlo al coche.

Casi a 500 metros. Afortunadamente me entero que no he sido el único con suerte, también Paco, nuestro compañero soriano, ha tenido su oportunidad. Casi de noche llega entusiasmado al campamento después de todo el día gemeleando y viendo marco polos. Al final se habían podido aproximar a un grupo donde había uno que destacaba. El problema era que ya les habían visto y se les estaban yendo ladera arriba. Paco se preparó para tirar lo mejor que pudo. La distancia, a“tres tiros”, el animal que se para justo antes de trascumbrar a nada más que ¡487 metros! Paco le tiene, levanta algo el tiro y ven la reacción clara del carnero acusando el impacto. Le ha cogido de atrás hacia delante partiéndole claramente un jamón. Se vuelve a parar justo antes de desaparecer en el viso y le vuelve a tirar dando con él por tierra pero hacia el otro lado de la montaña.

El problema es cobrarlo. Deciden llevar a Paco y a Juan Carlos al campamento y regresar los guías a por el Marco Polo. Fue una decisión acertada, ya que regresaron a las 4 de la mañana con el carnero, pues además de cobrarlo hay que eviscerarlo y sacarle la piel, porque es imposible bajárselo entero desde la cumbre. Paco, que había protestado porque quería haberles acompañado, se dio cuenta de que hubiera sido imposible. La verdad es que teníamos luna llena y con el cielo completamente despejado se veía sin ninguna dificultad, pero si era peligroso andar por las umbrías heladas de día, no digamos de noche bajo la luna.

Mike, el segundo americano, también había tirado su poli de ladera a ladera a “sólo” 700 yardas, y también se lo tuvieron que cobrar porque cayó muerto por una zona de glaciar a la que era muy difícil llegar y peligrosa transitar.

Gonzalo y Kiko llegan rotos después de largos recechos y recorrerse toda la frontera con Afganistán. Vieron muchos polis pero imposible acercarse a una distancia razonable. Cena tajika, pero “arreglada” con material de la tierra. Hay que ver lo rico que te sabe el jamón, lomo, cecina y queso manchego en aquellas latitudes. Paco no se quería ir a la cama hasta que no trajeran su carnero. Le convencimos a regañadientes que se fuera con la promesa de que le despertarían cuando regresaran. Estaba como un niño con zapatos nuevos, se había cumplido su sueño, pero lo quería “tocar” con sus manos para realmente creérselo.

El Marco Polo de Paco al final llegó a las 4 de la mañana, precioso trofeo de 58 pulgadas, que ya es un señor trofeo. Nos alegramos todos mucho porque realmente le había puesto mucha pasión y mucha ilusión a esta cacería y ya la había culminado con éxito. Estaba realmente emocionado y nos repetía continuamente su lance y los tiros a aquellas distancias estratosféricas.

Juan Antonio GARCíA ALONSO
Camino Real Hunting Consultants S.L.


Fotos: Javier Montes
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