Reportajes
Provocan daños en campos de golf y jardines de nuevas urbanizaciones
Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
El jabalí es una de las especies cinegéticas que más ha aumentado sus poblaciones en los últimos años, expandiendo su área de distribución y colonizando hábitats en los que antes no estaba presente. De esta forma, el jabalí se ha convertido en protagonista de situaciones de conflicto con la caza menor, de problemas de daños y control y hasta de situaciones en las que se desconoce si se está infravalorando o no la presión cinegética sobre la especie. En este artículo se analizan algunas de estas nuevas situaciones.
Hace ya años que se viene hablando de la expansión del jabalí en España. En muchas zonas los jabalíes abundan y, en otras, han aumentado sus poblaciones de manera explosiva. Científicos, naturalistas y cazadores buscan argumentos para explicar el incremento de efectivos y de territorios que ha experimentado esta especie, lo que ha convertido a este proceso biológico en un tema de investigación apasionante, ya que el jabalí ha pasado a ser una pieza cinegética muy común que se puede cazar con relativa facilidad en muchos cotos.
Lo cierto es que el incremento de las poblaciones de jabalí es un proceso natural que se viene observando desde finales de los años setenta. Los cambios de usos del suelo experimentados con las reformas de la política agraria y, en general, la evolución que ha sufrido el mundo rural parecen tener bastante que ver con ello. La reconversión de la ganadería extensiva en intensiva, las repoblaciones forestales y el abandono de tierras marginales de cultivo han favorecido que muchas zonas de monte se hayan cerrado. Donde antes había ganado, espacios abiertos, perdices y conejos ahora hay matorral denso. En consecuecia, se han creado las condiciones favorables de hábitat para una especie forestal, omnívora y poco exigente como el jabalí.
Animal conflictivo. Pero el jabalí es también un animal conflictivo, que tradicionalmente ha sido causante de problemas por daños en el mundo rural y que despierta pasiones enfrentadas, como suele ocurrir a menudo en el mundo de la caza.
Con el incremento poblacional acaecido en las últimas décadas se han puesto de manifiesto, si cabe aún más, muchas carencias de información básica para gestionar la especie, como por ejemplo la falta de métodos de censo veraces, la forma de calcular cupos acordes con la realidad del campo o el establecimiento de criterios de evaluación y valoración de los daños. Además, estos daños se ocasionan cada vez con más frecuencia en terrenos no necesariamente cinegéticos, lo que dificulta la obtención de permisos de control por parte de la Administración.
Como muestra del desconcierto reinante, en algunas zonas se plantea la posibilidad de crear granjas de jabalíes para repoblaciones debido a la fuerte demanda que en estos momentos tiene su caza. Este tipo de iniciativas, además de ser incoherentes con la realidad de una especie en expansión natural, entran en conflicto con otros intereses debido al papel predador que el cochino desempeña sobre las especies de caza menor y sobre los cultivos, por no citar el tema del incremento de los accidentes de tráfico que producen en carreteras rurales.
El jabalí puro se extingue. No sólo el hábitat y la ecología de la especie han tenido que ver con la expansión del jabalí. En algunas zonas de Andalucía se podría afirmar que lo que abunda en el monte es el cochino y no el jabalí. El incremento natural de población y territorio de este ungulado se ha visto reforzado con la plasticidad reproductiva de la especie, que se cruza con facilidad con sus parientes, los cerdos domésticos. La presencia constante de animales en régimen extensivo en muchas zonas de Andalucía, o la suelta de animales al campo en época de montanera, hace que los jabalíes no tengan que ir muy lejos para encontrar hembras domésticas en celo. La capacidad de estos animales y de sus crías para asilvestrarse y vivir en el monte hace el resto.
Actualmente es raro cazar un jabalí puro en muchos cotos andaluces recientemente colonizados por la especie. Obviamente la pureza de los animales abatidos es inversamente proporcional a su grado de mestizaje. Una estimación de este grado para los ejemplares cazados en batidas efectuadas en cotos malagueños durante los tres últimos años es variable y en todo caso inferior al 80 por ciento. En muchos de estos cotos existen cochineras en régimen de semi-extensivo y allí las cochinas son normalmente cubiertas por jabalíes, presentando una prole con un fenotipo rayón que suele oscilar entre un 40 y 65 por ciento. Las sucesivas generaciones de cochinos mestizos van cruzándose entre sí y poco a poco se va diluyendo el fenotipo jabalí. Y hay que tener en cuenta que los cochinos suelen ser más prolíficos que el jabalí. Por cierto, que estas cochineras son una de las mejores zonas, como bien saben los cazadores, para hacer los aguardos de control, ya que es muy frecuente que haya machos del monte rondando el lugar.
Un excelente predador. Uno de los principales problemas de la profileración del jabalí es que ha afectado y afecta negativamente a la perdiz, por varios motivos. El primero y principal es que son especies que ocupan, en principio, hábitats distintos y por simple cuestión de espacio y territorio no suelen coexistir físicamente en el mismo lugar. Es decir, la perdiz prefiere cultivos y monte parcheado, linderos y espacios más o menos abiertos, mientras que el jabalí ocupa el monte cerrado.
Antaño el jabalí sólo salía de prospección a los cultivos y a los espacios abiertos, sobre todo cuando en el monte escaseaba el alimento. Pero como consecuencia de su oportunismo y la expansión de su hábitat tipo, hoy día ha acabado colonizando los agrosistemas y los espacios abiertos.
En zonas donde se da una alta abundancia de suidos es presumible que mantengan a la perdiz en ese famoso pozo de la predación del que resulta tan difícil salir. En muchos casos se olvida que el jabalí es un predador, papel demostrado sobre los nidos de perdiz roja, gazapos y lebratos, e incluso sobre las crías del ganado doméstico, como relatan muchos pastores de la serranía de Ronda. La presencia de altas densidades de jabalí en los cotos de caza menor, especialmente en las zonas donde se realizan las tan habituales repoblaciones, condiciona bastante el éxito de las mismas.
Además, el jabalí no sólo actúa como predador sino que también destroza las siembras, los comederos, bebederos y muchas de las mejoras que se hacen para ayudar al éxito de la repoblación. Cuando comprueban que existe un aporte de recursos suplementario –por ejemplo, las típicas cebas de trigo en los carriles para las perdices–, fácilmente adquieren la rutina diaria de visitarlas y cebarse en ellas.
Así pues, los jabalíes dan al traste con muchos de los esfuerzos de mejora que se hacen por y para la perdiz. No es de extrañar, por tanto, que muchos aficionados a la caza del pájaro no vean con buenos ojos a los jabalíes, situación que muchas veces degenera en abiertos enfrentamientos entre los partidarios del fomento de la suelta de cochinos silvestres en el monte y los cazadores de menor, dentro del mismo acotado.
Así pues, ¿es realmente incompatible la caza menor y la mayor –entiéndase jabalí–? En un coto enfocado a la producción principal de cochinos, la perdiz tendría serios problemas. Igual que el conejo en un coto de venados. La clave está en el tamaño del coto. Si el coto es extenso y existe un buen parcheado de hábitats, con suficiente superficie y capacidad de acogida para diferentes especies, pues probablemente las zonas bajas y las vegas serán para la caza menor y las zonas altas y las cañadas para el jabalí y otras especies de ungulados.
Pero la realidad es menos utópica. La mayoría de los cotos no son lo suficientemente extensos. Esta limitación territorial obliga a elegir entre el hábitat de la caza mayor o el de la caza menor, de manera que, para muchos cotos, tener jabalíes y perdices en densidades apreciables no es posible. Y en estos momentos la elección viene impuesta por la evolución natural de los acontecimientos sociales, en la mayoría de los casos hacia el fomento de la caza mayor.
¿Se cazan pocos jabalíes? A la vista de lo expuesto, y teniendo sobre todo en cuenta los daños que causan y la constante presencia de rastros en el campo, surge la siguiente pregunta: ¿se cazan demasiados jabalíes o los cupos se quedan cortos? Y la verdad es que resulta muy difícil de contestarla con criterios objetivos.
En un coto local de un pueblo de la costa occidental de Málaga se capturaron en la última temporada entre 20 y 30 jabalíes. El coto no representa ni siquiera el 1 por ciento de la superficie municipal, uno de los municipios más extensos de la provincia, que alberga más de seis campos de golf y es, en su mayoría, de orografía montañosa abrupta y vocación forestal.
La presión que ha ejercido el animal sobre los campos de golf locales ha sido constante casi todo el año 2005, que ha sido muy seco. Si se tienen en cuenta las actuaciones de control y las cacerías más o menos furtivas habidas, se pone de manifiesto que ni una sola semana del año se ha dejado de cazar el jabalí, estimándose a la baja que las capturas anuales han sido al menos seis veces superiores al número de jabalíes cazados antes citado, sin que por ello haya disminuido la intensidad de los daños. ¿Llegarían los cochinos a meterse en la cocinas de las casas si no se les controlara?
Otro ejemplo. En un gancho de control en una zona urbana colindante con este mismo pueblo se levantaron cincuenta ejemplares en sólo veinticinco hectáreas. Han pasado ya seis meses tras esa actuación de control y al día de hoy los jabalíes siguen causando grandes daños en la zona y no parece haberse rebajado la presión cinegética. Así pues, ¿qué criterio habría que emplear para ajustar la presión de caza a la realidad de las cosas? ¿Se debería intensificar el número de aguardos y batidas?
En conclusión… Con esta especie uno de los principales problemas que se le plantea a los investigadores es la dificultad de obtener estimaciones y datos poblacionales de forma fiable y eficaz, incluso con animales radiomarcados no hay métodos de muestreo veraces. Por tanto, de cara a la gestión es necesario una mayor colaboración y apertura informativa de los propios cazadores que, sin duda, son los que realmente saben, porque lo ven en el campo, los animales que hay y los que se cazan. Sólo así es posible adecuar los cupos a las existencias reales y defender con argumentos objetivos ante la administración mayores tasas de captura.
No menos importante es plantearse qué tipo de caza es la que quieren los cazadores para el futuro próximo. Soltar miles de perdices al año en cotos donde el hábitat favorece a la caza mayor es una pérdida de tiempo y dinero, aunque siempre se le pueda echar la culpa del fracaso a los predadores. En un momento en el que se habla tanto de calidad y buenas prácticas cinegéticas, se dan situaciones incoherentes que deberían corregirse considerando la potencialidad real de nuestro coto.
Finalmente, las situaciones en las que el jabalí está causando problemas y daños económicos en esos nuevos ambientes colonizados requieren respuestas más rápidas, valoraciones más ágiles y amplias miras por parte de la administración a la hora de gestionar y tramitar los permisos de control. En estas situaciones el papel a desempeñar por los cazadores es básico. Debemos superar las actuaciones de control furtivas y pasar a situaciones de control legales, en las que el cazador colabore en la resolución de un problema al tiempo que disfruta de la pasión venatoria. n
Jesús DUARTE (1), J. Mario VARGAS (1) y Pablo RUBIO (2)
(1) Dpto. Biología Animal, Universidad de Málaga, Facultad de Ciencias, Campus de Teatinos, 29071 Málaga
(2) Técnico Medio Ambiente, Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol Occidental, 29600 Marbella