Opinión
Recechando ideas
Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
“Hemos vuelto a cazar con la paralela del abuelo u otra parecida aunque tengamos el armero bien provisto y cada vez nos abruma más toda la parafernalia consumista de equipos y pertrechos para cazar –aunque nos la compremos– ahora que hay tan poca caza, tan cara, tan civilizada”
La agencia Sra Rhusmore en un anuncio para el refresco más consumido en el mundo –después del té– describe con unas pocas y acertadas pinceladas e imágenes a la generación de españoles que nació en los sesenta: somos esos que los niños llaman ahora señor, esos que vimos jugar a Maradona, disfrutamos con Orzowei, jugamos a los marcianitos, nos chupábamos 12 horas de caravana para ir de vacaciones a Alicante y vivíamos con un VHS que se atascaba y sólo dos canales de TV, inventamos la palabra guay, super guay, tope guay y…que tenemos una inmensa capacidad para ser felices con cualquier cosa porque no bebemos para olvidar sino para disfrutar... –algo así dice el anuncio–.
Y los cazadores de esa generación fuimos los últimos que pudimos cazar conejos y perdices salvajes en una abundancia que ahora nos parece increíble, pagar unos precios sensatos por los cotos o ir a lo libre y cazar casi lo mismo, no tener que sacarnos diecisiete licencias, coger cualquier carril o camino de cabras con el utilitario sin necesitar potentes todoterrenos, vestirnos sin el Barbour, el forro polar ni el Gore-tex y no pasar frío, desconocíamos eso de la caza virtual en el PC y el PC mismo, salíamos de caza todos los domingos de la temporada sin fallar ni uno, éramos amigos del guarda y podíamos decir que éramos cazadores sin sentirnos malmirados o perseguidos. Gente con una inmensa capacidad para ser felices con cualquier cosa porque no cazábamos para presumir de trofeo sino para disfrutar…
Efectivamente así es. Nosotros los cuarentones fuimos los últimos en vivir eso de salir unos kilómetros del pueblo o la ciudad y poder cazar sin problemas con una escopeta prestada o heredada, conocimos esa caza que tan bien describió Delibes y que a los cazadores de otras generaciones posteriores les parece otro país y otro mundo remoto.
No son éstas palabras de añoranza por cierto idealizado y perdido paraíso cinegético, sino la breve descripción de otra realidad que como cazadores y como ciudadanos ha contribuido a que tengamos otra forma de ser. No se si tenemos esa inmensa capacidad para disfrutar con cualquier cosa como dice el anuncio, aunque creo que sí. Tal vez porque tenemos en la memoria ese pasado ahora disfrutamos sólo con salir al campo, sólo con pegar un tiro, sólo con escuchar a las perdices, sólo con salir de caza cuatro días por temporada. Hemos vuelto a cazar con la paralela del abuelo u otra parecida aunque tengamos el armero bien provisto y cada vez nos abruma más toda la parafernalia consumista de equipos y pertrechos para cazar –aunque nos la compremos– ahora que hay tan poca caza, tan cara, tan civilizada.
Cuarentones con capacidad para disfrutar con cualquier cosa… El creativo del anuncio, cuarentón también, exagera un poco. También yo, pero ambos no demasiado. Quizá porque entonces en España el consumismo no era masivo sino incipiente y convivieron juguetes comprados o regalados no demasiado sofisticados con otros fabricados por nosotros mismos –cerbatanas de soplillos de papel y alfiler plomado en la punta; tirachinas de horquillas de olivo o escopetas de gomas y gatillo de una pinza de la ropa–, y el campo o la calle era nuestros espacios naturales para el juego. Luego las nuevas generaciones vivieron otra realidad, ni mejor ni peor, repito: aparecieron las gameboys y las plays, las calles y los pueblos se llenaron de coches, subieron los pisos y los cotos en paralelo negocio especulativo, la caza mayor ha ido sustituyendo a la menor y ya no sirve cualquier coche, cualquier escopeta, cualquier trofeo… para ser felices. Pero a nosotros sí.
La agencia Sra Rhusmore ha sabido describirnos con maestría para vender así más refrescos de cierta marca, tocar la debilidad de nuestra memoria y regalarnos los oídos con eso de tener una inmensa capacidad para ser felices y no beber para olvidar sino para disfrutar. Pero me gustaría que el lector, cuarentón como yo, cuando viera el anuncio, siguiera tirando de ese hilo recordando cómo era cazar y ser cazador en esos años y si de verdad como cazadores hemos conseguido esa inmensa capacidad para ser felices sin otra sofisticación que tener un día de campo por delante.
Ramón J. SORIA BREÑA