Hemeroteca :: 01/09/2007
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Arte y Cultura

Concurso de relatos

Benito Vieira Arias

Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
Allí estaban de nuevo aquellos forasteros en el bar, igual que todos los fines de semana de la temporada. A Nené aquéllo le enfermaba, tomando copas y jactándose de haber tirado más que nadie, y claro, por supuesto las mejores reses de la jornada cada uno decía que eran las suyas.

Lo peor de todo es que algunos del pueblo parecían reírles las gracias encandilados con los comentarios y también, cómo no, con las copas a las que aquellos “tiradores” les estaban convidando. Eso sí, una vez que los forasteros se iban, les ponían a bajar de un burro en un momento. También estaba el cabo de la Guardia Civil; él no tomaba, pero las gracias las reía de igual modo.

Nené se entristeció pensando en el día que fue a solicitar el aguardo por daños en el patatal del Picomonte aquel pasado verano del ochenta y seis. Su abuelo se lo había dicho ya unos días antes:
– Que no, Inocencio, ¡que no! Ya te lo digo yo, no te lo van a dar. ¿Con qué les vas a decir que piensas cazar a ese guarro?
– ¡Pero abuelo! –le respondió Nené. Usted ya sabe con qué.

Nené no le había hecho caso y el resultado fue el esperado por su abuelo. Cuando les dijo que construiría un arco y unas flechas, casi se mueren de risa. Sobre todo el cabo.
– No quedará esto así –pensó Nené. Lo solicitaré de nuevo y tendrán que dármelo.

Se dirigió calle abajo hasta la fragua.
– ¡Bernardo! ¡Eh, Bernardo! –llamó Nené al herrero desde la puerta.
– Pasa rapaz, ya tengo lo que me pediste, están allí sobre la repisa –le contestó Bernardo desde la pila de enfriar el hierro del patio.

Nene se dirigió a la repisa y recogió las tres puntas de flecha que él había diseñado y que con paciencia y buena mano había hecho el herrero. Las sopesó y tocando el filo de una de ellas con la uña comento:
– Vaya, parece que lo que me dijiste sobre el recocido en las cenizas tras el temple les ha ido bien, vaya buen sonido que tienen.
– Claro hombre, desde siempre se ha hecho buen acero así, y lo que bien funciona no hay por qué cambiarlo. No creo que se rompan con facilidad, además ya ves cómo cortan.

Pagó a Bernardo, aunque éste no le quería cobrar, y sin más se fue pensando en sus cosas hasta el antiguo molino. Bajó al lado de las ruedas hasta el agua y recogió lo que desde hacía un par de meses tenía guardado allí.

Bien sujeto a una piedra de la orilla con un acero y dentro de un tubo metálico había tres varas de avellano muy finas y apretadas para que se mantuviesen bien rectas; había también un largo palo de avellano, recto, grueso y casi tan alto como Inocencio.

De camino a casa paró en la tenada y entre el heno dejó las varas y el palo para que secasen sin deformarse, a la sombra, tal como se lo había enseñado su abuelo.

Al caer la tarde se fue al cuartel y aguantando de nuevo las risas solicitó el aguardo, y esta vez, ante la insistencia, el cabo lo tramitó diciendo:
– Tú verás, pero ten cuidado no vayas a matar más de uno, dicen que hay tantos... y se fue riendo hacia la intervención de armas.

Semana y media más tarde, el sábado, ayudado con un trozo de cristal del culo de una botella fue quitando la corteza al palo de avellano. Fue afinando las puntas hasta que pudo colocarle la cuerda que, bien untada de pez, tenía un brillo oscuro como acero envejecido.

Montó dentro de las puntas las varas que metódicamente había afinado y repasado con el mismo cristal. Fijó en el otro extremo del astil las tres plumas atándolas con un fino hilo de nylon y tras observarlas bien eligió la menos recta de las tres.

Ya con el arco montado tiró sobre el portón del patio con la flecha que había elegido y comprobó que tan sólo se había desviado unos diez centímetros del punto al que apuntaba.

Así repitió con la misma flecha seis veces más el disparo. Tan sólo en el último tiro la flecha comenzó a estar un poco deteriorada por lo que marró este disparo por unos veinte centímetros a la derecha.
– Lo voy a hartar de patatas.

Sí claro, se refería Nené al gran macareno que desde hacía tres años disfrutaba a sus anchas de la cosecha de patatas del Picomonte.

Aquel domingo había estado un poco nervioso Nené y, cuando con el arco y las flechas envueltos en la manta se dirigía hacia el aguardo, les vio recoger los perros tras la batida de aquella tarde.

Los observó con aquellos preciosos rifles al hombro y pensó:
– Ya me gustaría a mi tener uno, aunque fuese esa antigualla del guarda.

Desde el pinar, a unos veinte metros de la linde de las patatas y apoyada la espalda sobre un viejo pino, vio cómo empezaba a bajar la niebla al fondo del valle.

No le serviría de mucho la espera si la niebla se pegaba al suelo, y eso fue lo que ocurrió.

Observó que en algunos puntos la brisa movía la niebla dejando momentáneamente pequeños claros, y así pasó durante casi una hora.

Totalmente quieto, con el arco montado y las manos temblorosas por la humedad y el fresco de la niebla, esperó algún tiempo más. La claridad del día ya muy menguada a causa de la niebla no ofrecía muchas esperanzas.

Desde la derecha del patatal sopló una leve brisa hacia lo alto del valle y escuchó entonces el leve rumor de algo que movía la tierra no muy lejos de allí. Sentía que el guarro estaba apenas a unos metros, pero no podía verlo.

No supo nunca por qué –quizás eso que dicen instinto–, pero tensó el arco y de repente la silueta del gran macareno se destacó ante un fondo lechoso al apartar la brisa una tenue cortina de niebla.

A cámara lenta y contando las eses que definían el sonido de la flecha la vio alejarse y perderse dentro del oscuro bulto, apenas unos centímetros tras la paleta. El enorme bicho apoyó la mano izquierda levemente sobre el suelo antes de salir con rápido tropel hacia quién sabe dónde.

A la mañana siguiente le costó encontrar el rastro, pero no tuvo que alejarse mucho, lo vio tumbado sobre el lado izquierdo entre unos juncos a unos quinientos metros del pinar.

Por fin Nené pudo comprar el rifle del guarda, le pagaron muy bien la carne en el mesón.

Sobre una tabla que grabó su abuelo Nené colocó las impresionantes defensas y se las regaló a Amaro poniéndole una condición:
– No quiero que nadie sepa de quién es la tabla; a cambio puedes colgarlas en la pared.

Allí siguen aún junto a la televisión del bar y cada temporada varios forasteros se interesan y hasta alguno las ha medido, pero cuando preguntan de quién es la tabla Amaro siempre les responde:
– Lo cazó la niebla.
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