Reportajes
Caza internacional
Diario de una aventura cinegética en Suecia,
cerca del Círculo Polar Ártico, tras el alce y el reno
Texto y fotos: marqués de Laula
Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
24 de Septiembre. Hace muchos años estuve por estas tierras de Suecia, pero el tiempo transcurrido ha borrado la memoria que tenía de ellas.
La primera impresión que produce el país es de orden y sencillez; el aeropuerto de Estocolmo no tiene suelos de mármol, ni costosas estatuas señoreando espacios más propicios a la prisa que a la contemplación, es funcional y su tamaño lo hace también sosegado.
A la sensación de limpieza colabora la alta pluviometría, porque la vegetación cubre y oculta los pequeños deshechos de la civilización de consumo que en los climas secos resultan demasiado evidentes.
Además compruebo que los empleados de SAS se consideran al servicio de los clientes y con la sonrisa en los labios procuran ayudarlos, en notable contraste con las costumbres de otras compañías aéreas que, como cualquier funcionario que se respete, estiman que el usuario es un esclavo al dictado de sus caprichos. A lo mejor es que mi alma mediterránea se esponja con el sol de esta mañana de otoño y ve las cosas desde su lado más favorable.
En Luleå, a una hora de vuelo desde Estocolmo en dirección norte, me recoge Roger Sandberg, que no sé si será mi guía en la cacería o solamente un enviado del agente de caza. Recorremos ciento y pico kilómetros de carretera atravesando bosques de silvestre, abeto y abedul entremezclado, con el otoño asomando en el colorido de los de hoja caduca y pintando de naranja y amarillo la oscuridad de las resinosas.
Es una zona poco habitada y solo de tanto en cuanto asoma alguna edificación rodeada de pastizales. Junto a la carretera se vuela un urogallo ¡Qué buen saludo!
Al fin llegamos a una hostería bastante rústica pero confortable: un buen dormitorio, un gran salón que acoge comedor y cocina, calentado todo ello por una única estufa de leña que mantiene el interior a una temperatura como para criar pollitos.
Pruebo el rifle y damos una vuelta en coche para ambientarme: bosques y más bosques salpicados de pequeños lagos; se cruzan tres renos y de la cuneta salta otro urogallo.
Roger me explica que los renos son absolutamente silvestres aunque tienen marcas en las orejas como nuestros toros bravos, pues los capturan una vez al año cuando las crías todavía siguen a las madres y cada dueño les pone su señal. Voy a cazar renos salvajes que son propiedad privada, no hay duda que estos escandinavos desconocen el derecho romano y el res nullius. Espero que sean verdaderamente silvestres y mi amigo Eduardo Coca Vita no me regañe a mi vuelta.
25 de Septiembre. Primer día de caza y de toma de contacto con estos pagos. La jornada empieza con el madrugón de costumbre ¡cuando aprenderán los animales las delicias de levantarse tarde! En esta ocasión el cazadero está a tres cuartos de hora de distancia de donde duermo.
Los guías Bert Åström e Igge Bertilsson esperan en una cabaña tan destartalada y sucia como bien calentada, esta última condición es una circunstancia que resulta muy de agradecer cuando se está a pocos kilómetros del círculo polar ártico. El primero se va a dedicar a ojear con su perro y el segundo me lleva a un mirador para cruzar los dedos y desear que se mueva algún alce por esa zona. Nos visita a larga distancia una cría que luego se sepulta en el bosque; éste repite lo que ya había visto ayer: abetos sombríos, rojizos silvestres y alegres abedules de troncos desnudos y blancos. Sentado en un tablón, a la sombra, y con -6º C, he estado a punto de convertirme yo también en un palo. Hacemos luego otro intento en un sitio más soleado y nos volvemos a la cabaña a recuperar fuerzas con una comida caliente.
Por la tarde más aguardo, tres horas y media mirando el paisaje mientras Ingee reclama a los alces con un gruñido nasal y sordo que al final se prolonga en un tono agudo. O no es buen músico o los alces están reparados del oído. La tarde cae sobre nosotros y sin darme cuenta me quedo como un pajarito a pesar de que la temperatura no ha descendido por debajo de cero grados.
Al llegar a mi alojamiento encuentro a dos amables norteamericanos que, aunque son nacidos en Tejas, hablan de forma inteligible. Uno de ellos conoce bastante castellano y disfruta haciendo exhibición de sus saberes.
Mañana cazaré al estilo tradicional de aquí, con perro especialista. A ver que me depara la suerte.
26 de Septiembre. El madrugón habitual hoy está marcado a las cuatro y media; desayuno ligero y al coche.
Cae un sirimiri constante que puede hacer ingrata la caería e impedir que los alces se muevan, pues los animales irracionales son mucho más inteligentes que los racionales y cuando el tiempo no es favorable se quedan al cobijo. Bert también desconfía de cómo pinta la jornada y con esos auspicios contrarios nos ponemos en camino. Abre marcha Hälge, un perro con experiencia y… a mojarse tocan.
Al poco rato escampa. Nos adentramos en un territorio de bosquetes salpicados con pequeñas praderas y con algún regato, ideal para nuestra caza.
Seguimos una ruta que en invierno utilizan las motonieves y está balizada con la figura de esas máquinas.
A la hora y media el perro empieza a ladrar de forma continua, lo que indica que tiene parado a un alce, corremos hacia una calle abierta para un tendido eléctrico con el fin de localizar mejor dónde puede estar nuestro amigo Hälge con su presa. Cruza muy lejos la raya el alce con el fiel can detrás y luego vuelve a pararse. Cuando la caza corre, el perro se calla y vuelve a ladrar cuando se detiene, con lo que se sigue perfectamente la acción cinegética.
Se repite varias veces esta cadencia y en una de ellas Bert asegura que se trata de un macho, pero a un silencio prolongado sigue la llegada en solitario de nuestro perro. Bert lo anima de nuevo y se marcha con él encargándome que permanezca aquí, Ingee aparece entonces convenientemente advertido por el teléfono móvil y juntos nos apostamos a esperar acontecimientos. ¡Y se producen! Oímos un ruido en el monte y por la izquierda entreveo al alce; Ingee excitadísimo me asegura que es un buen macho y que debo tirarlo.
Espero a que cruce el limpio pues en medio, aunque en la lejanía, estaba Bert y, en cuanto se desenfila, disparo entre los abedules y cae como una piedra. Tengo mi alce.
Abrazos, satisfacción, y mi acompañante me asegura que es un buen trofeo, está tan entusiasmado que diría lo mismo si fuera una hembra. Yo estoy encantado.
Después de las sesión de fotos toca vaciar el animal, para lo que contamos con la inestimable ayuda de Jessica, novia de Bert que ha acudido avisada por el inevitable móvil que tan buenos servicios presta. La moza se entrega a la labor con fruición bajo la mirada aprobadora del experto guía.
Un tractor saca al enorme cérvido hasta la carretera y desde allí se lo llevan al pueblo cercano para repartir la carne y cortarle el trofeo. El coto de Buddbyn donde lo he matado, de más de mil hectáreas, es un conglomerado de parcelas dispersas que obliga a llegar a toda suerte de acuerdos con los cotos vecinos, que también sufren las mismas circunstancias.
Festejamos el éxito en la cabaña de Bert quien se pone cómodo, tras solicitar muy correctamente mi autorización, y se queda en calzoncillos; como es más bien orondo, su figura no mejora mucho con esa ropa informal.
Lo he matado a las nueve de la mañana y a eso de las tres de la tarde llega Magnus Lindstrom, el cazador profesional con quien contraté la cacería. Como hemos almorzado con un vino español que tenían aquí, he dormido una agradable siesta y tengo en mi poder el alce, veo todo de color de rosa. Una vez en mi albergue me ducho, afeito, recupero una presencia civilizada y me quedo rumiando mi satisfacción.
Durante la cena, Magnus me comunica que mañana no puede acompañarme a cazar pero que iremos juntos a comer a un hotel contemplando una cascada que es aquí famosa; pongo cara de cuerno y con exquisita corrección le indico que vine hasta el círculo polar a cazar y no a hacer turismo, entonces me sugiere que quizás podríamos dedicar la tarde a los renos. Veremos.
27 de Septiembre. Mi ceño de ayer no ha producido el menor resultado hoy, y a media mañana Lindstrom me lleva a almorzar al hotel anunciado, que está a hora y media de carretera y dominando una catarata múltiple de poca altura y mucha agua. Allí están los dos tejanos que aún no han conseguido disparar ningún urogallo. En el caso de Pat es comprensible pues tiene casi mi edad, aunque peor llevada y con una operación de reducción de estómago con la que ha adelgazado ¡cien kilos! Aún así su agilidad no es de saltimbanqui. Comemos, visito la catarata, me explican que en verano bulle de turistas y regreso al hogar sin explicarme por qué no he cazado hoy.
28 de Septiembre. El territorio de caza resulta que está cerca del hotel de las cataratas, lo que hace más absurdo el plan diseñado por esta orgánica.
El reno lo voy a recechar con Andrés Öhman, un joven e hirsuto hombre de bosque que pilota una camioneta con la cabina rebosante de envases vacíos, casquillos, herramientas varias y todo tipo de desperdicios que parece imposible que se hayan acumulado en la limitada vida de un vehículo campestre. Su dueño me hace saber que aunque no sea un Rolls le presta muy buen servicio y nunca le deja tirado. Me alegra que el cacharro se comporte debidamente porque la lluvia con la que llegué a esta zona, enseguida se ha convertido en nieve y nieve espesa.
Mi guía me instruye que tengo que aguardar a su autorización para disparar porque efectivamente los renos son propiedad privada y tiene que reconocer la señal en las orejas para saber si su dueño es de los que acceden a su venta. Me enseña un folleto donde figuran todas las marcas y me tranquiliza comunicándome que su familia posee mil cien cabezas. ¡Tendré donde elegir!
El terreno donde viven estos cérvidos, Rodingstrask de nombre, ocupa unas dieciséis mil hectáreas de bosque comunal o estatal, que debe ser, al igual que los propios renos, restos de lo adjudicado a las tribus laponas. El arbolado es más denso que lo visto hasta ahora y el sotobosque está cubierto de arándanos, lo que justifica que abunden los urogallos, perdices nivales y gallos lira que se regodean con las bayas de esas plantas. También veo infinidad de zorzales, incluso charlos, que dentro de unos meses acudirán a España a devorar aceitunas y a entregar sus vidas a manos de cazadores italianos.
Pronto se cruza un grupete de renos que salen espantados, al menos no son absolutamente domésticos. Enseguida veo un rebaño numeroso con dos magníficos machos pero Andrés me comunica que su dueño no admite tirarlos en la época de celo porque la carne no es comestible y no le parece correcto ese desperdicio.
Me desojo intentando identificar las marcas, pero son cortes minúsculos en la orejas y hay que tener mucho hábito para distinguirlos.
Luego nada, vemos poquísimos animales y los escasos que percibimos pequeños. Con el mal tiempo están amagados y no dan la cara.
A mediodía tomamos un tentempié en una cabaña de pescadores, donde sesteo un poco, y otra vez al campo. Carrileamos como si estuviéramos buscando ciervas de descaste con el mismo éxito de la mañana.
La cacería es mejor de lo que pensaba, aunque no son tan salvajes como los sarrios del Pirineo, hay que tomar precaución del viento y no dejarse ver para entrarlos, y si bien tienen dueño, estos renos son tan silvestres como muchos antílopes africanos y están menos manipulados que las emblemáticas cabras de las Batuecas.
Cuando vence el día, decido no regresar a mi alojamiento y quedarme en casa de Roger, con lo que me ahorro hora y media de coche hoy y otro tanto mañana, y él con su oficio de taxista se evita el doble esfuerzo que yo.
29 de Septiembre. El paisaje se ha vuelto navideño con los abetos cuajados de nieve y el suelo de un blanco uniforme, pero amanece despejado.
Enseguida vemos un grupo de renos aunque son jóvenes. Al cabo las huellas sobre la nieve delatan un gran rebaño; parada y pie a tierra. Entre la arboleda destaca un macho dominante que se muestra magnífico con el celo, corre a una hembra, persigue a los jovenzuelos y no para quieto un momento.
Me recuerda mucho la ronca del gamo porque también gruñe aunque de modo muy sordo.
Estoy un buen rato sin poder meterlo en el anteojo, la multitud de árboles y las muchas hembras no me dan lugar a tirar. Un espantón y tenemos que ir a buscarlos medio kilómetro más lejos, aquí el bosque no está tan cerrado e identifico muy bien a mi presa. Espero a que persiga a un jovenzuelo para que se separe del grupo principal y en cuanto me ofrece el codillo, disparo. Ya es mío.
Hacemos las fotos de rigor y volvemos felices al coche. La verdad es que la cacería ha sido bonita, incluso emocionante con ese macho señoreando en toda su pujanza.
Luego almorzamos en el hotel de siempre, donde me espera Roger y en su compañía organizo mi viaje de vuelta, ya que tengo la labor terminada.
Andrés me confiesa que anteayer estuvo esperándome para iniciar la cacería, también que él cobra por reno muerto ya sea en un día o en varios y que prefiere hacerlo en el menor tiempo posible. Nunca conoceré los graves y recónditos motivos por los que Magnus quiso que turisteara en las cataratas.
30 de Septiembre. Regreso al hogar. A las diez de la mañana aparece Roger en el aeropuerto de Luleä con mis trofeos perfectamente limpios y preparados para que las líneas aéreas los acepten sin problemas. En Estocolmo el personal mira bastante mi carrito con una bolsa, el estuche del rifle, la caja de la munición y un trofeo de alce y otro de reno campeando sobre todo ello.
Ha sido una excursión bien divertida. La busca del alce con el perro me ha gustado mucho y el reno, aunque tenga apellido, también merece la pena.