Hemeroteca :: 01/09/2007
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Reportajes

Especial media veda. Codornices de ayer y de hoy

Texto y fotos: Miguel Ángel Romero Ruiz

Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
El autor, natural de un pueblecito palentino, recuerda con nostalgia sus días de infancia y juventud cuando los cazadores vizcaínos le “contrataban” como guía y morralero para cazar la codorniz, teniendo al final que utilizar sus perros cazallos. Luego se traslada a nuestros días y describe, con su peculiar estilo, la situación actual.
Hoy, con la serenidad que me dan los años, puedo jurarles que en lo que a codornices se refiere, las cazo y las he cazado. Pero cuando vuelvo la vista atrás, a diferencia del poeta, veo cafres solemnes con los que –a Dios gracias– no volveré a cazar.

Nací hace más de 56 años en Fuente Andrino (Palencia), minúsculo pueblecito con ahora ya sólo tres familias. Precioso lugar de la Tierra de Campos Castellana.

Si por triunfar se entiende hacer dinero, no lo hice, ni jamás estuvo entre mis prioridades bajeza tal. Pero ni me sobra ni me falta.

Los frailes tuvieron la difícil tarea de comenzar a “desasnarme”, y a decir de muchos, no lo hicieron del todo mal, aun cuando mi mujer les reproche esa pasión por la cultura que me inculcaron y de la que jamás me desprenderé. Mi mujer se queja de que la casa está llena de libros y de que he contagiado tamaña manía a mis dos hijos, pues ambos hicieron carreras vocacionales de esas con las que nadie se hace rico. En resumen, soy un pobre hombre que no ha hecho otra cosa en su vida que trabajar, formarme, leer, escribir, y desde que tengo uso de razón, cazar y pescar. Ya lo ven, no soy un héroe ni tengo nada especial. Tengo, eso sí, alguna cornada política difícil de curar. También tengo dos enfermedades crónicas que me hacen sufrir lo indecible, pero ni me rindo ni les doy tregua. No bebo, ni fumo. No tengo dueños políticos ni nada que agradecer a nadie. Tanto al triunfo como al fracaso los considero dos grandes impostores.

Bueno, más que un feeling de mi modesta persona, casi les escribo un curriculum vitae, pero si me leen, ya verán como nada de lo que les he contado está de más.

Pronto hará ya casi cuarenta años que mis padres emigraron a Vitoria–Gasteiz (Álava), y yo con ellos. Pero no hay día en el que no me acuerde de mi Fuente Andrino del alma, aun cuando no sé por qué razones no me dejan cazar, cosa que no es de extrañar pues a los castellanos nos pierde la falta de solidaridad. Cazo cerca, pero no es igual.

La codornices de antaño. En mi Tierra de Campos, la caza, lo que se dice caza, era la que se llevaba a cabo con galgos. La de perdices era una caza muy digna, pero relegada a un muy segundo lugar. Los autóctonos no gastábamos un tiro en codornices y la considerábamos una caza de veraneantes con perros “lulús” y poco más.

Sé que algún “vendeperros” o “acumulacopas de alpaca” que no sabe cazar dirá que no entiendo de perros. ¿Qué no entiendo de perros? No, no se confundan: yo quiero a los perros, qué no es igual. Y sepan que en casa de mi madre, antes de que yo naciera, ya había un perro setter –que verán en la página siguiente– que unos cafres de ciudad dejaron medio muerto a palos porque decían que no sabía cazar.

En casa jamás faltaron los perros ratoneros, ni ese setter de nombre Tony que fue con quien aprendí a andar. Claro, mi tío-abuelo materno, José Franco (R.I.P.), quien fue maestro de Buenavista de Valdavía (Palencia), dejaba en mi casa sus perros cazallos para que se bregaran en el campo y en la cosa del cazar. Los “pachones de aquí”, que decía él. Esos pachones, perdigueros o cazallos, qué más da, en ocasiones se le volvían a mi tío-abuelo desde Buenavista de Valdavia hasta Fuente Andrino (30 Km.). Todavía recuerdo que mis padres se trajeron a Vitoria una perrita de ésas. ¡Le parto el alma a quien ponga en entredicho mi amor a los canes!
No se lo querrán creer, pero cuando volvía a Fuente Andrino de vacaciones –o sea, a trabajar en el campo–, sin saber cómo ni por qué, los perros de casa estaban una hora antes donde paraba el autobús de Villasarracino (Palencia), que era en el que venía yo de Palencia. ¡Que no sé de perros!
Y todavía recuerdo los aullidos de los canes la noche antes de que alguno de mi pueblo pasara a ser difunto. Sus aullidos los tengo grabados a fuego sobre mi corazón... ¿Y los galgos que se inmolaban al morir su dueño? ¡Que no sé de perros...!
Entonces segábamos con aquellas segadoras Ajuria o Jolpa tiradas por semovientes –machos, mulas, burros o caballos– que dejaban el corte a ras de tierra, pues la paja era muy valiosa tanto para pienso como para calentarnos en invierno e incluso como combustión para cocinar. Luego el cereal segado se amontonaba en “morenas”, para llegada su hora, acarrearlas a las eras a fin de ser trilladas, aparvarlas y beldarlas. No quedaba en los rastrojos ni un cardo donde pudiera guarecerse una codorniz, pero como había arroyos, aguadutos, linderas, linderones, caminos de herradura, prados, praderas y pastizales, donde además de hierba e insectos crecían toda clase de herbáceas, las coturnas tenían el condumio asegurado.

En aquella época, para el 15 de agosto, fecha en la que se levantaba la media veda, no había ni un centímetro de paja en los rastrojos, ni casi ya “morenas” en el campo; y con una cabaña ovina mucho mayor que ahora, había codornices para aburrir.

Los autóctonos no les hacíamos caso ya que su poca carne no justificaba el precio de un cartucho –la de miles de cartuchos que habré recargado yo–. En aquel entonces, para cazar codornices y perdices autóctonas no valían esos perros de los concursos de ahora. Recuerdo que antaño, ya casi hogaño, a los campeonatos de caza menor con perro iban verdaderos deportistas que cazaban caza salvaje con perros pachones de verdad. Sí hombre, sí. Aquí, en Vitoria-Gasteiz, tenemos vivito y coleando al célebre Moyano que cazaba –concursaba y ganaba– con pachones alaveses idénticos a los perdigueros de Burgos. Para los incrédulos, tengo fotos y testimonios escritos de la época. Pierdo el hilo.

Mis memorias de morralero. Entonces siempre se abría la caza para el 15 de agosto, fecha en la que ya estaba muy adelantada la trilla del trigo y era cuando se dedicaba la jornada a arrancar titos muelas por las mañanas o a beldar durante todo el día si era bueno el cierzo. Trabajos éstos para los que mi padre –con gran esfuerzo– podía prescindir de mí a fin de que me ganara mi “por qué” haciendo de morralero.

Yo era un morralero muy especial, pues además de mi persona, ponía un burro maligno y cabrón que se llamaba Eufrasio, igual –en lo que al nombre se refiere– que un tío carnal mío de Villaherreros (Palencia). En las alforjas del burro iban las viandas además del agua y del vino. Y claro está, un montón de munición que como no se gastara pronto el burrazo se revolcaba a fin de quitarse las alforjas de encima. A éste sí que le atizaba de vez en cuando algún que otro coscorrón, “regalo” que cuando podía me lo devolvía con creces en forma de coz. Cuando me dijo mi madre por carta que el burro se había muerto, sufrí un llanto que me duró tres días y no sé si tres noches. Pues me imaginaba a los buitrazos zampándoselo en las adoberas de Fuente Andrino. Los buitres... antes emigrábamos los humanos españoles a Bélgica y Alemania para trabajar y ahora lo hacen ellos, los buitres, a fin de poder zampar. Pero éste es otro tema.

Generalmente acompañaba a los cazadores vizcaínos por ser quienes más me pagaban y mejores viandas traían. También acompañaba a mis familiares, pero como la propina se traducía en besos, loas y caricias, los evitaba siempre que podía, pues con esos intangibles no podía mi madre comprar arroz o vestimenta en Osorno (Palencia) ya que en mi pueblecito del alma no había tiendas. Recuerdo que los vizcaínos me daban un billete de 25 pesetas al día. Todavía conservo el último que recibí. ¡Cómo añoro esos tiempos!
Al amanecer salían con sus canes corredores –marilynes o lulús para nosotros– que no levantaban casi ninguna coturna, pues todas ellas estaban ya muy baqueteadas por los perros de los pastores y al menor ruido se metían en los arroyos. Y las que se quedaban en las praderas y terrenos no cultivados se les corrían y a las catalépticas muestras del perro les seguían terribles juramentos del cazador.

Perros cazallos y ratoneros. Era entonces cuando les decía yo: “Miren señores, llevamos sus canes a mi cuartocarro, almorzamos, cojo yo mis perros cazallos y si aumentan el estipendio les saco cientos de codornices de los arroyos”. Jamás fallaron mis perros cazallos y mucho menos los ratoneros de casa que se utilizaban para estos menesteres y para cuidar el hato en el campo, amén de para cazar ratones en casa y ratas en los arroyos.

Las ratas eran un manjar de dioses sumamente apreciado y a quienes las cazábamos nos consideraban cazadores de verdad. Tanto era así que su caza le inspiró a don Miguel Delibes la obra que lleva por título Las Ratas. Don Miguel trató de reflejar un cierto realismo social de la época, pero se notaba que... cazar ratas, casi seguro que en alguna ocasión “las había visto cazar”, pero estoy totalmente convencido de que él, don Miguel Delibes, jamás las cazó.

Yo creo que don Miguel no las cazó con perro y pincho, ni a la mano, ni con cepo, se lo digo yo. Cazar ratas de agua con perro y pincho es un arte del que, antes de hablar, no basta con ver, hay que saberlas cazar. La rata de agua no tiene nada que ver con la común. El grave problema es que apenas quedan ratas de agua por ser muy sensibles a la contaminación, ni ratas de agua ni ranas. Luego vino Mario Camus y crucificó la obra de don Miguel con una película desmedida y –en algunos casos– fuera de lugar. Las cosas no eran así, se lo juro, pues allí estaba yo. Perdonen la inmodestia, yo fui un gran pescador de ranas y cazador de ratas de agua. Otra vez he perdido el hilo.

Mi burro Eufrasio. Venían los cazadores cansados junto a mi burro Eufrasio y yo, tomábamos todos un refrigerio –bueno, en el caso de los vizcaínos un almuerzón–. Le llenaba las alforjas de cartuchos a Eufrasio con vista para que no me sacudiera una coz. Y al poco de salir a la ahora extinta laguna que había detrás de nuestra casa, mis perros rateros levantaban y cogían codornices que era un primor. ¡Qué cacerías! ¡Cómo se les amorataba el hombro derecho de tanto disparar! Después de una luenga y gran comilona se echaban una siesta de prior. Horas que yo aprovechaba para regar la huerta, ayudar en la era, limpiar los cerdos o qué se yo.

Desde que tuve uso de razón siempre tuve trabajo de sol a sol. La caza era secundaria y se me permitía si lo que echaba mi madre a la olla valía la pena. Bueno, yo tenía mi trabajo encomendado y nunca en el reparto del tiempo mi padre se metió. Siempre dijeron los mayores de Fuente Andrino que era un niño muy listo, bueno y trabajador. En lo de bueno y listo, tal vez se equivocaran, pero no en lo de trabajador...

Todavía mi tío Benito, hermano de mi madre, ya muy mayor e imposibilitado, me recuerda que lo único que he hecho en esta vida es perder oportunidades. Me recrimina todo mi devenir vital diciéndome que si la cabeza no la exploté, por qué no me profesionalicé como corredor. Me sigue hablando de las carreras de “reglamento” de un tal Mariano Haro, natural de Becerril de Campos (Palencia), campeón de campeones, internacional de cross y de otras modalidades más.

Digan lo que digan los textos y nadie mejor que él, que también es cazador, pueden corroborar la información que muy seriamente les voy a dar: Mariano Haro se entrenó corriendo pollos de perdiz y perdices, eso de los entrenamientos de ida y vuelta a Palencia desde su pueblo fue mucho después. Yo, aquí donde me ven, he cogido más pollos de perdiz y perdices a la carrera que con la escopeta. Y como yo, muchos mozalbetes de nuestros pueblos de la profunda y sagrada Castilla la Vieja. Bueno, de la Castilla la Nueva también. Conozco a Ismael Tragacete, buen amigo y gran campeón. Pues sepan que Ismael tiene mucho más de deportista que de cazador. A Ismael y a Mariano, para coger perdices en sus –nuestras– anchas y llanas tierras les sobraba la escopeta y mucho más los perros. Otra vez perdí el hilo.

Mis experiencias como cazador. Sepan que lo que de niño hice por necesidad, luego lo he seguido haciendo por pasión. Sepan que he cazado codornices hasta hartarme y que hace dos años, el primer día de caza en la zona de Saldaña (Palencia), me vine de vacío. Cuando menos codornices abato es ahora que tengo buenos canes, dos todoterrenos con su remolque, preciosas y precisas escopetas y todo lo demás. Y no es porque sea viejo, mal cazador o porque cazo en malos cotos, qué va. Pago y cazo en los mejores cotos codorniceros de España, que a mí no me gusta ir de gorrón. Ahora, cada año entran menos codornices en España y parece ser que la mayor parte de ellas van a parar a Xinxo da Limia (Ourense), donde a juzgar por un buen estudio dirigido por Xesús Marquina Olmedo, jefe de Caza y Pesca de la Xunta Galega, cada año la cosa va a más. No, Xesús Marquina no me invita a nada. Ambos somos miembros de Periodipesca, y poco más.

Los “castillos castellanos” del XXI. Hoy se paga un dineral por los cotos en función de lo que hubo, que no de lo que hay. Y como la caza no está reglamentada fiscalmente como debiera ni existen los controles ya tan manidos en organizaciones similares, ni nadie quiere saber nada con unas mínimas normas de certificación de calidad, resulta que aquí se siega sin control horario, sin límites en los lúmenes de los focos, sin limitación de velocidad, por la noche y por el día, qué más da.

La concentración parcelaria se llevó por delante los aguadutos, arroyos, linderas y linderones, pero eso para la agricultura no entraña dificultad a la hora de delimitar, pues hoy cualquier tractor trae un GPS y puede labrar su finca respetando al milímetro la del vecino sin que para ello haga falta muga, lindera o separación similar. Resultado: muchas codornices mueren en el laboreo, pero a las que quedan no las dejan estar, pues nada más cosechar vienen detrás grandes moles que recogen la paja por succión para hacer con ella empacada tremendos montones que no tienen permiso de obra. Algunos son verdaderos castillos de paja con almenas y todo. Cuando visiten Castilla observarán grandes montones de paja que les recordarán los castillos de la época medieval. Esos montones son buenos para cazar zorros, pero eso es harina de otro costal.

Se debieran hacer contratos en los cotos que vincularan la recogida de paja y muchas cosas más. ¿Qué dicen los planes de gestión al respecto?: na de na.
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  • Codornices de ayer y de hoy

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    1010 | Azu - 16/03/2012 @ 10:26:22 (GMT+1)
    Hola:
    Estoy muy interesada en saber, ya que he leido que tu tio abuelo era profesor en Buenavista de Valdavia, si los niños de Polvorosa (mi abuelo nació allí y sus hermanos) iban a Buenavista a estudiar o había colegio en Polvorosa. Tengo una foto de 1907 aprox donde sale mi abuelo con sus profesores y sería para situar dicha foto.

    Muchas gracias
    Saludos
    Azu
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