Reportajes
Gestión
Medidas para evitar la endogamia y la pérdida de vigor genético
Texto: Javier Pérez González y Juan Carranza
Grupo de Biología Evolutiva, Etología y Gestión Cinegética,
Universidad de Extremadura, 10071 Cáceres
Fotos: Jerónimo Torres
Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
El mantenimiento de las poblaciones de caza requiere de la conservación de su composición genética. Para ello es necesario tener en cuenta qué condiciones de gestión la favorecen, un aspecto muy importante en el marco actual de la certificación cinegética.
Desde hace ya un tiempo la gestión de la caza viene siendo más exigente consigo misma. Uno de los síntomas más claros de este cambio puede ser la implantación de sistemas de certificación de la calidad cinegética encaminada a la conservación de poblaciones cinegéticas naturales, con entidad ecológica y evolutiva, que contribuyen a nuestra identidad cultural así como a la defensa de la actividad cinegética como herramienta de conservación de los valores naturales.
Durante los últimos años hemos asistido a una progresiva definición por parte de las administraciones, científicos y gestores, de los criterios que indican buena gestión cinegética (Carranza & Vargas 2007). Estos criterios tienden a paliar consecuencias de una gestión cinegética que se venía llevando a cabo y que estaba desembocando en una pérdida de las características naturales de unas poblaciones que se estaban homogeneizando y convirtiendo en artificios sin ninguna identidad.
Las consecuencias de esta gestión inadecuada han afectado a multitud de procesos y características de nuestras poblaciones de caza. Uno de los elementos más comúnmente alterados por esta gestión ha sido la composición genética de las poblaciones (Carranza & Martínez 2002).
Los cambios genéticos tienen gran importancia. Ya la Unión Mundial para la Conservación (IUCN) reconoce la necesidad de conservar la diversidad e identidad genética como uno de los tres principales niveles de biodiversidad: genética, específica y de comunidades.
Introducciones y sueltas. Las alteraciones de la composición genética han estado produciéndose por tres frentes diferentes. Por un lado, mediante las introducciones y sueltas de individuos procedentes de granjas o poblaciones donadoras alejadas de la población de destino, se han producido cambios en la composición genética de nuestras poblaciones rompiendo su identidad natural e induciendo su vulnerabilidad debido a la pérdida de las adaptaciones locales que han sido modeladas a lo largo de miles de años de evolución.
Otro frente de alteración ha sido la selección artificial que modifica la composición genética favoreciendo determinados caracteres bajo un criterio no natural. Esta selección ha sido positiva, favoreciendo el apareamiento de individuos con determinados caracteres seleccionados artificialmente, y negativa, generando una mortalidad sesgada hacia determinados genotipos como los que generan los mayores trofeos.
Uno de los ejemplos más típicos de esta mortalidad sesgada hacia determinados genotipos ha sido la caza de los carneros de las Rocosas de Norteamérica. Se ha demostrado que estas poblaciones han sufrido una disminución del tamaño de sus cornamentas como resultado de unos 30 años de caza sobre los machos con mayores cuernos. Los investigadores demostraron que esta reducción tenía una base genética al haberse eliminado los ejemplares con predisposición a producir mejores cuernos.
Esta caza orientada a los trofeos produce efectos de cambio genético cuando ocurre sobre los animales antes de que lleguen a reproducirse. En el caso de los carneros se cazaban los machos jóvenes con mejores trofeos de modo que los adultos reproductores eran los de cuernos más pequeños, pasando sus características a la siguiente generación y así sucesivamente (Coltman et al. 2003).
Pérdida de variabilidad genética. El último frente de alteración es la disminución de la variabilidad genética. Esta disminución puede ser responsable de la imposibilidad de las poblaciones de sobrevivir a cambios ambientales, a parásitos y enfermedades, y de generar fenómenos de consanguinidad con la aparición de taras en los individuos.
La investigación llevada a cabo por nuestro grupo con el ciervo, ha demostrado que las poblaciones sometidas a explotación cinegética tienden a perder variabilidad genética (Martínez et al. 2002). Actualmente estamos estudiando qué manejos concretos son responsables de esta disminución, aunque determinados planteamientos teóricos nos pueden dar una pista de lo que está ocurriendo.
Existen dos procesos que pueden disminuir la variabilidad genética de cualquier población cinegética: la falta de flujo génico y la deriva genética. El intercambio de individuos entre poblaciones es el responsable del flujo génico lo que posibilita el aporte continuo de nueva variabilidad (Slatkin 1987). El flujo génico natural se produce entre poblaciones vecinas lo que facilita el mantenimiento de variabilidad genética sin que se genere un cambio en la identidad ya que probablemente las poblaciones estén sometidas a semejantes, sino las mismas, condiciones ecológicas.
La fragmentación del hábitat o la colocación de mallas cinegéticas son actividades humanas que han generado el aislamiento de multitud de poblaciones de caza. La deriva genética es un proceso un poco más complicado de entender, aunque en realidad no es más que un error de muestreo que tiene lugar en los casos en los que el número de individuos reproductores es escaso y que tiene como consecuencia la disminución de la variabilidad genética (Falconer 1989).
Son dos las circunstancias que pueden inducir la acción de la deriva genética. Por un lado poblaciones con pocos individuos tendrán un escaso número de reproductores. Por otro lado, independientemente del número de individuos, alteraciones del sistema de apareamiento pueden impedir que sean muchos los individuos que intervienen efectivamente en la reproducción. Así por ejemplo estructuras poblacionales desequilibradas con proporciones de sexos sesgadas o con escasez de individuos de determinadas edades, o también agregaciones excesivas de individuos durante el periodo de celo, pueden originar un sistema de apareamiento tal que el número de individuos reproductores sea pequeño, con la consiguiente acción de la deriva sobre la variabilidad genética.
Criterios de gestión. En tanto que la certificación de calidad cinegética representa una clara apuesta por la sostenibilidad evolutiva y la identidad natural de las poblaciones cazables, los criterios de gestión “correctos” deben estar encaminados hacia la desaparición de estos manejos que alteran la composición genética.
Sin embargo la certificación de calidad también aboga por la viabilidad económica derivada del aprovechamiento racional de la caza. Por este motivo muchas veces serán admisibles, incluso necesarias, determinadas prácticas que puedan alterar la composición genética de una población, pero sólo en el caso de que estén lo suficientemente justificadas.
La justificación o no estará sometida a una estricta supervisión técnica con criterios bien orientados. Teniendo en cuenta esta circunstancia, podemos desglosar unos criterios de gestión genética a los que se debe tender para evitar la alteración de la composición genética de las poblaciones cinegéticas:
1) Evitar las sueltas e introducciones de individuos.
2) Evitar la selección artificial mediante apareamientos dirigidos o mediante la mortalidad sesgada hacia determinados genotipos, posibilitando que los animales lleguen a las edades reproductivas con la menor influencia posible por parte del hombre, de modo que puedan competir entre ellos y consigan reproducirse los que ganen en esa competencia.
3) Evitar la disminución de la variabilidad genética mediante las siguientes medidas:
– Mantener tamaños poblacionales adecuados. Con ello nos referimos a un número de individuos que, sin sobrepasar la capacidad del medio, no sea lo suficientemente bajo como para que predominen los efectos de la deriva genética.
– Evitar desequilibrios poblacionales. Independientemente del tamaño poblacional, sesgos en las proporciones de sexos o en las estructuras de edades pueden generar alteraciones en el sistema de apareamiento con un consiguiente aumento en el efecto de la deriva genética, o la ralentización de procesos migratorios debido a que la migración suele ser llevada a cabo por un sexo en concreto a una edad determinada.
– Mantener hábitats de calidad. Un hábitat con la suficiente cantidad de recursos distribuidos espacialmente tiene la capacidad para albergar poblaciones con un elevado número de individuos esparcidos por todo el hábitat. Estos dos fenómenos posibilitan la existencia de multitud de reproductores, lo que a su vez disminuye, incluso puede eliminar, el efecto de la deriva genética. Además, hábitats no fragmentados que permitan la existencia de varias poblaciones interconectadas mediante flujo génico van a promover aportes continuos de nueva variabilidad.
La viabilidad económica. En el contexto actual de la caza, muchas veces el cumplimiento de todas estas medidas se hace imposible si se quiere mantener la viabilidad económica. Se hace necesario llevar a cabo prácticas que, estando suficientemente justificadas, nos ayuden a mantener la viabilidad económica sin alterar demasiado la composición genética.
Por ejemplo, en determinadas poblaciones de caza mayor localizadas en fincas cercadas donde se haya sufrido una situación de pérdida de variabilidad genética, una práctica admisible podría ser la introducción de individuos. Sin embargo la supervisión técnica debería asegurar que estos individuos proceden de áreas colindantes –lo que simularía una migración natural– y que solamente se realice ante casos reales de pérdida de variabilidad genética.
En relación a la selección artificial no es justificable una selección positiva con apareamientos dirigidos aunque quizás sí una selección negativa mediante la eliminación selectiva de individuos que sufren claramente taras o alteraciones genéticas.
En cuanto a las tres medidas que evitan la pérdida de variabilidad deben ser tomadas como un juego de acciones que en el mejor de los casos se cumplen todas. En aquellos casos en los que, de una manera justificada, alguna de las medidas no es posible, deben potenciarse las restantes para evitar la pérdida de variabilidad genética.
Por ejemplo, en una población donde el número de efectivos es pequeño, para evitar la pérdida de variabilidad deberíamos asegurar un equilibrio en su estructura para intentar paliar el efecto de la deriva genética y un hábitat de calidad que posibilite el flujo génico y que poco a poco vaya induciendo un aumento en el número de individuos. En el caso de poblaciones de ciervo localizadas en fincas cerradas, para no recurrir excesivamente a la incorporación de individuos procedentes de poblaciones colindantes, habría que establecer poblaciones equilibradas evitando agregaciones excesivas de individuos durante la berrea.
En el marco de la normativa de certificación de calidad cinegética, la composición genética, como cualquier otra característica gestionada en el manejo de las poblaciones de caza, debe someterse a unos criterios generales que van a definir el horizonte hacia el que debe apuntar una gestión que contribuya a conservar la identidad biológica de las especies que forman parte del patrimonio natural de cada región. Todo ello sin perder de vista la enorme importancia económica de la actividad cinegética como motor de desarrollo socioeconómico de áreas rurales, pero a la vez sin aceptar como inevitable el deterioro de valores ambientales para conseguir la viabilidad de la actividad económica.
El trabajo sobre el establecimiento de los criterios y procedimientos para la certificación de la calidad cinegética está financiado por el proyecto PDT05A043 (Junta de Extremadura y FEDER), y la investigación sobre variabilidad genética por el proyecto CGL2004-05993/BOS del Plan Nacional de I+D. n