Reportajes
Caza mayor
Texto y fotos. Agustín Pérez-Mínguez
Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
El autor acompaña a un veterano rehalero durante una batida de guarros en una finca cercada. presencia varios agarres y abate su primer cochino a cuchillo.
Miguel Ángel Sánchez, de Villacastín (Segovia), es un rehalero más que conocido y reconocido en los ambientes monteros. Sus más de 30 años como perrero avalan una brillante trayectoria que sigue vigente con la ayuda de Dani, su actual mano derecha, y sus hijos, Fernando y Miguel Ángel.
Acepté su invitación para montear desde el otro lado de la modalidad, es decir, al lado de los perros y así conocer un mundo reservado a los profesionales y a un puñado de cazadores que han vivido de verdad la experiencia.
La montería era “de las de antes”, por invitación. Se batía una mancha cerrada de mil hectáreas en una bonita finca privada segoviana con un cupo de tres guarros por puesto. Las expectativas no podían ser mejores: tres años sin montear y los números de la última vez…
El día amaneció despejado con una temperatura que recordaba más la primavera que el teórico invierno en el que nos encontrábamos en pleno mes de enero.
Miguel hacía gestos con la cabeza:
– El calor es uno de los peores enemigos de los perros y encima no nos ha tocado la mano buena, pero a la vuelta seguro que tenemos acción…
En el viejo camión Ebro todoterreno y en otra furgoneta más moderna, los cerca de 50 perros barruntaban el momento de la suelta y los amortiguadores chirriaban con sus nerviosos y fuertes movimientos.
Con una señal, Miguel Ángel ordenó abrir. En pocos segundos un tropel de perros salió de estampida.
– A ver cuántos perros se quedan junto a nosotros. Para que luego digan que mis perros sólo agarran.
Mi primer cochino a cuchillo. Miguel Ángel, al igual que otros rehaleros, está inmerso en la vieja polémica sobre los agarres de los perros en montería. Sostiene que hoy en día son necesarios perros ligeros, valientes, que batan mucho terreno y sobre todo que no se amilanen ante los grandes guarros. Se refiere a las fincas cerradas o cercones que es donde se celebran muchas de las monterías actuales y en las que se cobran más de ochenta guarros de media.
Afirma que en este tipo de monterías, o tienes perros poderosos y valientes o los grandes guarros no rompen a las posturas. Está claro que agarran algún ejemplar pero es un tanto por ciento ridículo en comparación con los que levantan de sus encames y empujan hacia las armadas y traviesas.
A los diez minutos de empezar una ladra pone en alerta al rehalero. Me dice que corra, que los perros han agarrado un cochino. Empiezo a correr como un loco, llegando al agarre con la lengua fuera. A unos 300 metros de nosotros los gruñidos de lo que parece una guarra confirman que otro grupo de perros también anda liado.
Entro al cochino por atrás, hundiendo el cuchillo de remate por el costado. Los perros le tienen completamente agarrado y sólo le sueltan cuando deja de respirar. Acabo de matar mi primer cochino a cuchillo sin estar herido de bala.
Es una sensación extraña. La adrenalina se dispara y cuando todo acaba me quedo mirando al manchado cuchillo pensando si realmente ha pasado lo que acaba de pasar. Imagino a nuestros antepasados prehistóricos gritando ante una caza exitosa y me contengo para no hacer lo mismo.
Dani aparece al poco tiempo después de rematar el otro guarro que resulta ser un buen navajero. Miguel Ángel me comenta que en contra de lo que muchos piensan, los machos también “chillan”, y esto ocurre cuando les muerden los genitales, cosa comprensible por otra parte.
Otro remate exitoso. Continuamos por nuestra mano en un terreno fácil de andar salpicado por manchones de monte cerrado. A nuestro lado, un par de cachorros que se estrenan en la apasionante vida que les espera; los demás andan desperdigados quién sabe por donde.
– ¿Cuántas rehalas has visto como ésta? –me comenta Miguel Ángel.
Le digo que pocas, que lo normal es ver a los perreros rodeados de sus perros, corriendo éstos cuando oyen una ladra o cuando ven saltar una res. Su sonrisa es la de un hombre orgulloso de sus perros. El tiroteo que oímos cada poco tiempo es señal de que en las posturas se están divirtiendo.
Mediada la montería, el inconfundible latir de los perros en acción de agarre nos pone de nuevo en guardia. Miguel Ángel quiere que mate un buen cochino a cuchillo y advierte a su ayudante para que me espere.
Llego en plena algarabía y me frenan al ver la boca del guarro:
– Espera, que todavía no está bien agarrado.
La llegada de Tigre, un impresionante presa canario, inmoviliza al cochino sujetándole por una oreja. Con señas me dice que es el momento. Hundo el cuchillo pero de manera defectuosa, sesgado, notando como éste no atraviesa las costillas. Vuelvo a intentarlo y esta vez un suspiro delata que he llegado al corazón del guarro.
Estoy agotado de la carrera pero feliz. Se trata de un buen cochino provisto de afiladas navajas, esos que dicen los perreros que en pocos segundos te pueden formar un estropicio. Nos hacemos las fotos de rigor y seguimos monteando.
Mil y una historias. Por el camino, Miguel Ángel me va comentando mil y una historias de toda una vida dedicada a la rehala. Sus comienzos llevando los perros de un conocido montero y cómo poco a poco, y con la experiencia que dan los años, ha ido conformando el estilo de perros que tiene en la actualidad.
Afirma que hoy en día lo que mejor funciona es el cruce entre diferentes razas de perros, las razas prefiere guardárselas:
– Hay mucho intruso que lleva dos días y se cree “Canene”.
No hace falta ser un lumbreras para ver sangre de perro “cabezón” entre sus pupilos, pero llama la atención las “hechuras” del grueso de la rehala: perros de talla mediana, ligeros pero fuertes, con los miembros anteriores y posteriores muy desarrollados, y con unas boquitas que dan miedo. A pesar del intenso calor, los perros no pararon ni un minuto salvo excepciones que más tarde explicaré.
Algunas bajas. Más acostumbrado a las “emociones” a pie de puesto, el cansancio iba apoderándose de mi cuerpo. Me dije a mí mismo que para ser la primera vez ya estaba servido, aunque la triste realidad es que estaba agotado; dejaría futuros remates a los más jóvenes.
Éstos no se harían esperar y a lo largo de las tres horas y pico de montería, la rehala se vería envuelta en otros 4 ó 5 agarres, entre ellos un macareno que resultó el mejor trofeo de la montería.
La parte negativa fueron las bajas; una definitiva, Jarrales, un macho de tres años en lo mejor de su vida y ocho perros heridos de diferente consideración.
Ayudé en la medida de mis posibilidades a coser los perros. Algunos con profundos cortes. Aprendí del pundonor de perros y perreros, a ninguno escuche la más mínima queja.
Es cierto, y lo viví en primera persona, que estos perros agarran, pero es un precio que hay que pagar para que los grandes guarros no se queden en la mancha. Por cada uno que agarran, hacen cumplir a las posturas dos docenas.
El agarre es consustancial a la montería y los buenos monteros no sólo lo aceptan sino que lo aplauden felicitando a los perreros. Me parece muy triste, y esto es una opinión personal, que no se premie al perrero con los trofeos de los guarros agarrados por sus pupilos. Cuántas paredes estarán decoradas con estas bocas y cuánta sangre de valerosos perros se habrán cobrado las mismas.
Al finalizar la montería nos seguían los dos cachorros y 7 u 8 perros heridos, los demás seguían cazando a pesar del intenso calor. Hubo que llamarlos con la “trompeta” y esperar un buen rato a los rezagados, y dos dormirían al raso en la finca segoviana.
Hay que pagar mejor a las rehalas. Desde aquí me gustaría hacer una reflexión: me parece un desatino, por no decir una inmoralidad, el dinero que se paga por alquilar una rehala. Al igual que hay monterías de 60 euros –las menos– llegándose hasta más de 12.000, no es lógico que se equiparen a todas las rehalas por igual pagándose poco más de 200 euros salvo contadas excepciones. Con ese dinero muchas veces no se cubren ni los gastos del desplazamiento.
Es cierto que muchas rehalas no valen ni eso, pero habría que hacer algo entre todos los implicados para desterrar a los intrusos y aprovechados que lo único que hacen es sacar a pasear a un grupo de pobres perros sin afición ni adiestramiento y valorar en su justa medida a los verdaderos profesionales. Pensemos en los gastos de veterinaria, vehículos, permisos varios, microchips, comida, instalaciones, etcétera.
Tengamos muy claro que un buen perro no tiene precio y los mejores son los que suelen caer en acto de servicio. Pensemos que ningún trofeo vale más que la vida de uno de estos perros, evitando cualquier disparo comprometido.
Es imposible mantener una buena rehala a no ser que se haga por verdadera vocación. Sin la rehala la montería no tendría razón de ser. Los perros son los verdaderos protagonistas de una modalidad única en el mundo y tenemos la obligación de velar por ellos.
Desde aquí mi admiración por Miguel Ángel y por todos los buenos rehaleros que cada temporada inundan con el latir y carreras de sus perros las manchas de la España montera.