Hemeroteca :: 01/10/2007
38/43
Relatos
Por Redacción
Última actualización 01/10/2007@00:00:00 GMT+1
El “Tío Mingo” fue uno de los que la abandonaron, demasiado mayor ya para subir laderas y poco amigo de quedarse quieto aguardando a las piezas. De los jóvenes del pueblo, contados con una mano los que continuaron y sólo con rifle. Eso de andar para hacerse con dos o tres piezas chicas no iba con ellos. Los demás ven la caza como un asesinato, mientras juegan a la guerra en el ordenador, discuten acaloradamente en los foros de internet, se apoltronan frente al televisor o beben en los bares hasta bien entrada la noche.
Hace años, cuando era un niño, siempre esperábamos la llegada de los cazadores en el pueblo para ver las piezas y preguntarles cómo las habían conseguido. De todos, el más célebre fue el “Tío Mingo”. Con su escopeta del 16, de perrillos, madera gastada, cañones oxidados y cartuchos recargados varias veces, hacía perchas que ni los “ricos” de la capital, que venían impecables, con armas relucientes y canes con pedigrí, jamás lograron. Su perro, un cruce indefinido, buscaba, mostraba y cobraba todo lo que fuera menester. Lo mismo el pelo que la pluma. El dueño, a pesar de sus teóricas limitaciones materiales, tenía un tino que para sí hubieran querido muchos campeones. Siempre lo buscábamos para ver su botín y escuchar las hazañas cinegéticas propias y de su Cano. Él, orgulloso, se ofrecía y deparaba largamente, mientras observábamos su caza y acariciábamos al perro, cansados ambos de la jornada: – Tío Mingo, ¿qué traes hoy? – Cinco pájaros, dos rabonas y tres gazapos. – Y el Cano, ¿qué ha hecho? – Me trajo un rabicorto a diente y dos perdices alicortás. – Tío Mingo, Tío Mingo, ¿y luego...? Era el ídolo de la chavalería. Soñábamos con emularlo algún día, e incluso superarlo, jugando a ser cazadores con escopetas de madera y piedras a modo de proyectiles lanzados sobre cualquier cosa parecida a un animal. Todos sin excepción queríamos ser como él, mejor que él, como los señoritos capitalinos pero con la fortuna a modo de logros venatorios. Asegurábamos que podríamos tener buenos vehículos, buenas armas, buenos perros, buena munición y que llegábamos al pueblo como héroes, cargados de perdices, liebres y conejos, ante la mirada atónita de niños y mayores, siendo el blanco de las miradas femeninas, sobre todo de aquellas mozas que nos gustaban. El paso de los años no perdonó las ilusiones. De todos los amigos, unos se marcharon fuera, a estudiar o a trabajar. Cuando volvían, los que regresaban, ni hablaban de lo nuestro, sino de lo suyo. Otros se olvidaron de la pasión infantil dedicándose a diversiones más cómodas. Los hubo que empezaron y se cansaron pronto. Y tan sólo yo he llegado a ser cazador por encima de cualquier afición. Contra viento y marea porque en mi familia nunca hubo escopeta ni perro. Regreso al coto cada día hábil de la temporada, sin falta, a pesar de la preocupante escasez de piezas. ¡Qué diferencia con aquellos tiempos! Y aun así, casi siempre cuelga algo de la percha al final de la jornada. Los socios hacemos grandes esfuerzos, físicos y económicos, para mantener las poblaciones cinegéticas: majanos, control de predadores, siembras, bebederos, refugios... Pero el monte ha ganado mucho terreno y es difícil controlarlo todo. Así, el jabalí hace estragos en las gazaperas, el raposo abunda en extremo, los córvidos campan a sus anchas, igual que los furtivos, que farean por los numerosos caminos de concentración. Complicada situación para el término, y a pesar de ello, todavía podemos divertirnos un poco. Qué distinto todo a épocas pasadas, cuando se dejaba criar a los animales libremente y medraban sin problemas. Yo soy de los pocos que se mantienen con la escopeta tras la menor. La mayoría se dedica al cochino, en ganchos y monterías, y sólo entre batidas, por pasar el rato, les da a algunos por cazar en mano y con poco sudor. Muchos no están conformes con gestionar el coto, y si no fuera por ciertas subvenciones y el empeño, junto al trabajo duro, de los demás, habrían dejado de lado todo lo que no fuera ir a un puesto a esperar sentados lo que entrase. La irrupción del guarro años atrás en estos montes colmó las expectativas de los que ya perdían la afición. El “Tío Mingo” fue uno de los que la abandonaron, demasiado mayor ya para subir laderas y poco amigo de quedarse quieto aguardando a las piezas. De los jóvenes del pueblo, contados con una mano los que continuaron y sólo con rifle. Eso de andar para hacerse con dos o tres piezas chicas no iba con ellos. Los demás ven la caza como un asesinato, mientras juegan a la guerra en el ordenador, discuten acaloradamente en los foros de internet, se apoltronan frente al televisor o beben en los bares hasta bien entrada la noche. Muy lejos de los de antaño, pero ya no son iguales y tampoco vienen a cuento los reproches, pues cada uno es libre de hacer lo que mejor le parezca, siempre que no falte a los demás, como suele ocurrir. Me hubiera gustado que, a mi regreso de las cacerías, se juntasen los chiquillos para preguntarme cómo había ido el día, mirando esas pocas presas que llevaba, acariciando al perro cansado, como soñábamos entonces: – Señor Jesús, ¿qué trae hoy? – Una perdiz y un conejo. – Y el Don, ¿qué ha hecho? – Cobró bien y mostró mejor. – Señor Jesús, señor Jesús, ¿y luego...? Pero nada de eso. Se limitan a mirar desconfiados, criticando por lo bajo. Algún jovenzuelo suelta, envalentonado por el grupo, lo de “escopetero, criminal”... y se da la vuelta. Hasta una vez hubo un amago de manifestación en cierta junta de carnes, cuando bajaron los cochinos de un gancho, los mismos que destrozaban a sus padres las huertas, pero fueron “disueltos” por los monteros, sin acritud, los mismos que dejaban buenos euros en los establecimientos del lugar. En fin. Los tiempos cambian, sin duda. Nada es lo mismo y todo, o casi todo, fue mejor antes que ahora, al menos para la caza menor, y no creo que tenga una solución inmediata.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (0)   No(0)
38/43
Comparte esta noticia  

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de TrofeoCaza.com, web oficial de la revista Trofeo, decana del mundo cinegético
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.
  • Su dirección de e-mail no será publicada ni usada con fines publicitarios.