Grandes firmas
EL Taco de Tico
Por Redacción
Última actualización 01/10/2007@00:00:00 GMT+1
“hay diálogo no ya en el puesto donde se debe cazar en silencio, sino antes y después en el desayuno, en el taco, en el coche camino de la armada, a la caída de la tarde, en el retorno, en el reencuentro, a la hora de la cena con una copa en la mano...”
Y ¿por qué caza usted? ¿Cuál es su filosofía de la caza? Lo he ido preguntando últimamente a los amigos, incluso a alguno de mis enemigos, que los tengo, sobre todo porque escribo de caza sin cazar, que tienen sus razones, y en general me han respondido lo que aquí se titula. Es tan de verdad que me preocupa si ya he titulado así algún que otro “taco” a lo largo de los largos años de mi oficio de escritor de estas páginas.
– Pues mira, porque fundamentalmete me gusta la gente con la que cazo. En soledad y sin nadie con quien comentar el lance, la verdad es que no me gustaría hacerlo.
Llevan razón, porque igual que hablando se entiende la gente, que dice el refrán, también es cierto que cazando ocurre lo mismo. Hay diálogo no ya en el puesto donde se debe cazar en silencio, sino antes y después en el desayuno, en el taco, en el coche camino de la armada, a la caída de la tarde, en el retorno, en el reencuentro, a la hora de la cena con una copa en la mano y una historia en el fondo de lo que se está bebiendo, como si fuera esa aceituna que debe de haber en el vermú para que sepa mejor.
Mi amigo José Luis, el gran restaurador, quien a tantas cazas asiste aunque no caza, igual que yo, dice que esa copa de la tarde, o ese taco el día después, antes de la segunda puesta, tiene en la copa un sabor especial, porque en el fondo navega el sueño formado de una noche de invierno.
– Generalmente por lo que se consiguió o se espera conseguir en el día del remate.
Estuve con José Luis, “el tabernero mayor del reino”, como a él le gusta llamarse –y lleva razón porque ha servido, y mucho, al rey, por ejemplo en las grandes cacerías– en un ganchillo de jabalíes de la finca Escuernaborregos, en la linde de Castilla-La Mancha y Córdoba. Los dos con nuestros abrigos verdes, con nuestro sombrero con plumas de urogallo, y el rifle a punto, pero fuimos amonestados, y severamente, porque no paramos de hablar, de contarnos nuestras cosas; o sea, estábamos cazando recuerdos, y los jabalíes pasaban por nuestro puesto y nos decían al vernos, muy cortésmente y con mirada agradecida:
– Buenos días, buenos días...
Y nosotros, en nuestra algarabía, les saludábamos sombrero en mano.
“Entró en España y al verla se descubrió”, como dice la copla de Manolo Escobar, el mejor cazador de cuadros de que se tiene noticia. De cuadros de pintura ajena, que ahora ha expuesto la colección demostrando que cazar talentos artísticos es más difícil quizá que hacerse con un venado de oro de veinticuatro puntas.
Porque hay cazadores de todo, como siempre digo en esta página. Los hay, por ejemplo de empresas en ruina: las cazan y luego las engordan y las sueltan. Hay cazadores de mosquitos tigre que están asolando más de un barbecho de piel de dama al sol y hay cazadores también de kalashnikov, como les cuento, que en sus posesiones cazan portando en los brazos uno de esos fusiles míticos de las guerras. Como el que tiene encima de su mesa de trabajo en las afueras de Madrid, eso sí, sellado, muerto, hermoso pisapapeles, el escritor y académico y reportero siempre Arturo Pérez Reverte, cazador que fue de guerra y conflicto. Luego están los cazadores taxidérmicos, como ese granadino llamado Antonio Pérez que ha sido portada de El Mundo dominical y que ha conseguido una estampida de cabras montesas saltando que no la hay mejor. Eso sí, sigue soñando el cazador de instantes cinegéticos con hacer su museo en una montaña hueca en Estados Unidos, tipo lo de Chillida en Tindaya de Fuerteventura. Es un genio y de museos me dicen que igual abren uno de piezas formidables, a las que sólo les falta respirar, en Palencia. Les tendré informados.
Leo el retrato literario de la arquera Beatriz Gómez, que responde al boceto iniciático de Diana cazadora tanto que a mí no me importaría ser presa de su fina puntería que recuerda lo que Aristóteles ya decía: “Hay que ser como los cazadores con arco, que siempre consiguen el blanco”.
Hay, insisto, caza tesoros de los mares y exceso de conejos en los campos de Córdoba según me informan, y llevo más de un mes reuniendo datos sobre ese nuevo amuleto que acaba de aparecer incluso en la geografía sudamericana que habla de una extraña poción a base de linimento de pene de tigre batido con lo mismo de león, y en su defecto de perro, aunque a los cazadores que ya tengan años me permito decirles que se está investigando si tiene valor el chisme. El alcalde de Tijuana lo demuestra y por eso anda comprando siempre que puede un permiso especial para largarse hasta la India, de donde viene nuevo aunque no traiga trofeo. Luego están, y en internet todos los que quieran, los cazadores de kamikazes, que te ofrecen dinero y el “paraíso”.
Veo la foto emocionante de Karen Blixen, la gran cazadora blanca de “Memorias de África”, con ese par de colmillos de elefante que ya no se ven más que en las leyendas. Les recomiendo la película “Un engaño de lujo”, protagonizada por Audrey Tautou, donde se cuenta la historia de una bella cazafortunas, que por cierto en verano proliferan.
A Monfragüe lo llaman el valle de los buitres. Un abrazo al embajador Eduardo Garrigues, que compara a las gacelas que le gusta cazar con algunas damas que conoció a lo largo de su vida.
Ha nacido una especie de cazadoras de medusas, única y eficaz. Son las tortugas, aunque no sé si será peor el remedio que la enfermedad.
Me ha encantado el retrato que el marqués de Laula, con dibujo de Barca, se ha hecho en nuestra casa titulado “Es de Huelva y se llama José Ignacio”...
Así que enhorabuena, maestros.
Tico Medina