Opinión
Desde mi postura
Por Redacción
Última actualización 01/10/2007@00:00:00 GMT+1
“La existencia de una pléyade de ilustres ecólogos me hace pensar que en ecología, como en medicina, derecho o arquitectura, se pasa fácilmente de los ideales al interés, del interés a la despreocupación y del desentendimiento a la glorificación”
Podría también llamarlos figuras, primeros espadas, santones, budas, patriarcas o de cualquier forma al uso en otros campos: medicina, derecho, arquitectura, etc.
Y es que, dentro de la legión de ecologistas que existen –como las de médicos, abogados o arquitectos, por seguir con el ejemplo–, destaca un grupo influyente, el de los que cabe decir son crema de la profesión (concepto prosaico que a ellos no les gusta de ninguna manera) y generan en sus relaciones un trato social destacado, como en las suyas propias lo originan los demás profesionales comparados.
Nuestros astros vienen a tener posición brillante y economía boyante, consecuencia de múltiples actividades de lo más variadas (incluso prescindiendo de las empresariales, no siempre ausentes): publicaciones, cursos, tribunales de selección y jurados de concesión de premios, consejos editoriales, colaboración con entidades financieras y de mecenazgo, ponencias para congresos y mesas, columnas o artículos de prensa, presencia en radio y televisión…
Únase a ello que a menudo son recompensados con distinciones y galardones bien dotados, que, a título personal y no sólo institucional, se prodigan por la geografía nacional y mundial. Su papel descollante también supone viajar, participar en expediciones y aventuras, involucrarse en investigaciones, ensayos, rutas o programas, etc., con las lógicas mesnadas, dietas y viáticos.
En fin, y por poner término a lo que puede alargarse ad líbitum, no es infrecuente que también ocupen puestos en organizaciones del ramo o afines. O atiendan consultorías y asesorías para organismos y entes públicos, si no son sin más altos cargos del gobierno nacional, regional o local.
La existencia de una pléyade de ilustres ecólogos me hace pensar que en ecología, como en medicina, derecho o arquitectura, por seguir con las referencias elegidas, se pasa fácilmente de los ideales al interés, del interés a la despreocupación y del desentendimiento a la glorificación, aunque ninguno de esos mitos –igual que sus homólogos de la comparación– reconozca que, una vez “establecidos” tras subir al podio (por sus méritos, sin ninguna duda), se siguen creyendo idealistas sin serlo y mesías sin salvar al mundo. Una especie de apóstoles solidarios o sacerdotes del amor y la entrega. Justificando su condición (que les distingue socialmente, aunque ellos lo nieguen), como un crédito que le cobran a la comunidad y una deuda que la colectividad les paga por prestar sus talentos a la causa común del hombre y la naturaleza, conservando y protegiendo la biodiversidad y la atmósfera como expresión de excelsa justicia universal.
Admiro a los valiosos que en un mercado competitivo, sea cual sea su rama del saber o especialidad laboral, demuestran viva inteligencia y voluntad constante. Y hasta arte/s para llegar a encabezar su colectivo o corporación. Pero que no me den a comulgar ruedas de molino envueltas en desprendimiento y almibaradas de altruismo. La utilidad social de su trabajo –que nadie discute o duda– deriva del empeño particular por hacerse famosos (y ricos); sentarse en la primera fila; verse filmados y entrevistados; saberse llamados por los políticos. Y ser invitados a los acontecimientos económicos, mediáticos y sociales; a las inauguraciones, demostraciones y clausuras; y hasta a los días mundiales de lo que algo tenga que ver con su disciplina o materia, ya casi todo y a diario.
Será por ello por lo que a ninguno de los retratados se los tropieza uno en el autobús o el metro, en los trenes de cercanías o en la clase turista de los de largo recorrido. Ni en el gallinero de cines y conciertos (tampoco en la andanada de Las Ventas, pero porque no van a los toros). Sirviendo de poco que el atuendo –en momentos y escenarios propicios– no refleje su real aire burgués, sino un ficticio aspecto proletario que disimula la desahogada posición, el sano patrimonio y el inmejorable concepto bancario. Algo en absoluto exclusivo de quienes cultivan el ecologismo selecto, pero que resulta buen ejemplo para destapar y tirotear el blanco del fariseísmo. En definitiva, la doble cara de unos cuantos más entre los muchos que hacen de esta sociedad occidental, ebria de ambición, un templo de mercaderes con dos decorados, el de los discursos retóricos y el de los cócteles de etiqueta, adonde no van en transporte público, bicicleta o coche compartido (igualándose a concejales, diputados, senadores y autoridades ministeriales, viajeros en medios colectivos sólo el día de la ciudad sin coches, en campaña electoral u ocasionalmente en presentaciones de proyectos, primeras piedras y cortes de cinta).
Y queda la precisión final que justifica el título: lo dicho vale para los cazadores postineros, por lo que ni el mundo de la caza eche campanas al vuelo celebrando la contradicción aquí traída, ni el de la ecología toque a entierro por lo mismo al revés. A duelo global debería repicar el campanario de este orbe capitalista y consumista, que cuanto más tiene más quiere y cuanto más consigue más ansía, “forzando” a sustituir y cambiar, tirar y adquirir para estar contento y ser “feliz”. Un final de dicha terrena que no pocos de escopeta y rifle han visto posible dándole a la maquinilla de reproducir y luego al gatillo. Son los cazadores que presumen de haber asegurado un porvenir creciente en anhelos sin freno. En poco los tengo y menos los envidio, que diría Alonso Quijano.
Eduardo COCA VITA
Cazador y escritor