Arte y Cultura
Concurso de relatos
José Luis Arias Fernández
Dedicado a Raquel,
nuestra preciosa hijita.
Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1
“Aunque pueda parecer sorprendente, allí se vio a Marina, en medio del espartal, con chandal de algodón, zapatos viejos, escopeta al hombro y perro de caza, haciendo como que cazaba, descubriendo que la caza no es un vil asesinato de animalitos indefensos y que el tiro con escopeta no es un “no hace falta apuntar, ni
adelantar, ni tiene mérito porque abre mucho”
Encontraron su cadáver tres días después. Habían buscado sin éxito en su casa, en el negocio, en el apartamento. Se habían movilizado familiares y amigos para escudriñar la marisma, su lugar habitual de paseo. Todo esfuerzo resultó inútil.
Luis y Marina se habían encontrado veintidos años atrás. Como el sol y la luna, lo que os diga. Se parecían lo que un mastín a un podenco, lo que un urbanita convencido a un hombre rural enamorado de la ruralidad, lo que un ecologista en el extremo a un cazador ecologista. Porque Marina era de asfalto y “ecoextrema”, y desde el asfalto siempre quiso cambiar muchas cosas.
Siempre nos resultó fenómeno extraordinario que acabaran “enganchados” el uno al otro y terminaran pareciendo una sola pieza de hierro fundido. Luis, por su parte, enamorado del medio como lo está un hombre del medio, apegado a la tradición y cazador convencido, muchas veces me comentó que no comprendía cómo podían haberse enamorado como lo habían hecho.
Nunca nos aclararon cómo se conocieron, así que el grupo de amigos optamos por la explicación más plausible: manifestación encontrada, ecotalibanes contra cazadores, defensores de comercio justo contra asociación libre comercio –o sea, comerciantes de economía saneada–, me desagrada tu cara, no comparto tu forma de vida, me pareces repulsivo, pues en realidad no es tan estúpida, más que fondón es fortote, pues en la cama, en esa faceta pequeña, intrascendente, nímia, fútil, no nos llevamos tan mal, nada mal. Es más, nos llevamos muy bien, maravillosamente bien.
No nos corrigieron esta reconstrucción de los hechos, así que para todos, en todo el pueblo, esta historia es realidad irrefutable.
Con los años ambos cambiaron. Y para bien. Marina ejerció positiva influencia sobre su marido, por qué negarlo, y quizás, es tan buen momento como cualquier otro para reconocerlo, sobre todo nosotros. Se nos abrió una puerta con vistas a una forma extraña y rara de ver las cosas, “utópica”, cargado el témino de desdén y displicencia para aquellos que nunca la tragaron, y “utópica” a secas para todos los demás. Por su parte, Luis no se quedó atrás, y unas veces con la palabra era un gran orador, y otras con arteras maniobras de mucha estrategia y riesgo se fue arrimando el favor de su amada a la actividad cinegética. Marina era muy buena persona, y también muy inocente, así que no resultaba difícil a Luis prepararle celadas imposibles a una esposa que, mucho me temo, las más de las veces caía en la trampa a sabiendas, con tal de darle gusto a su hombre.
En una ocasión, habiendo vaciado antes la despensa y el frigorífico, Luis se presentó con una pierna vendada hasta la rodilla un sábado por la tarde. De esta guisa, explicó a su mujer que había dado la vitualla a un pobre hombre mendigo que en busca de auxilio había recalado por casa; que sin darse cuenta y sin duda alguna por el cómo nublan los sentidos las situaciones de tanta emoción, había acabado con todo rastro alimentario en la morada; que si no entregó el pienso del perro fue porque el can no lo entendería y que el dinero que había en la mesilla, en su cartera y hasta en el cerdito de cerámica de la cocina, donde se metía el suelto que no cabía en el monedero, había sido destinado a mejorar la penosa situación de aquel hombre. Y si la historia hasta aquí parece rocambolesca, más debió parecerle a Marina el resto del relato: se había lesionado la pierna, un mal resbalón que acaba en luxación, que no acaba en hueso roto de puro milagro.
El problema estaba hábilmente planteado. No había dinero ni provisiones en casa, y durante el fin de semana y el lunes por fiesta local, el pueblo estaba cerrado a cal y canto. Ahora sólo había que echar la red y esperar a que el precioso pez de colores se dejara meter en ella: “Mi vida, no, no digas nada. No debería haber actuado con tan poco sentido común. Me duele la pierna, estos calmantes me tienen atontado. Pero estaba tan mal, se le notaba verdadera nacesidad. No, no me justifiques, no tengo cabeza. Si la pierna me lo permitiera mañana cogía la escopeta y el perro y echaba un rato. No, ya sé que no te gusta la caza, pero no es la primera vez que alguien se echa al monte (...). Bien mirado, hasta tu conciencia excusa la caza en situación como ésta. Si tú te manejaras con la escopeta y te medio desenvolvieras en el campo y con el perro podrías cazar algo. Aunque vosotras con las armas y el campo...”.
Fue en este momento cuando preparó la cara para el restallar de un bofetón, así que contuvo la respiración un momento, cogió suavemente aire, como para que no se notara, y viendo que el peligro mortal se alejaba, dejó unos segundos para que el “si te manejaras”, “te medio desenvolvieras”, y el “aunque vosotras con las armas y el campo”, se amalgamaran en el sorprendido rostro de Marina.
Aunque pueda parecer sorprendente, allí se vio a Marina, en medio del espartal, con chandal de algodón, zapatos viejos, escopeta al hombro y perro de caza, haciendo como que cazaba, descubriendo que la caza no es un vil asesinato de animalitos indefensos y que el tiro con escopeta no es un “no hace falta apuntar, ni adelantar, ni tiene mérito porque abre mucho”. Y así fue, con éstas y otras muchas vivencias que no tengo tiempo de recordar, como Luis y Marina afianzaron amor y respeto mutuo por sus personas y sus diferencias.
A Luis hace unos meses se le mudó la felicidad de su casa. Su Marina había enfermado. Entre hospitales, convalecencias, tratamientos y más hospitales, Luis se apagó a la par que lo hacía su compañera. Tras el entierro de ésta nadie lo volvería a ver con vida.
Encontraron su cadáver tres días después, a doscientos quilómetros del pueblo, en la sierra. Apareció tumbado junto al rifle que le regalara Marina dos temporadas atrás, a menos de doscientos metros del puesto que compartiera con ella el año anterior. Ésa fue la primera y única vez que lo acompañó de caza.
La auptosia determinó que un infarto acabó con su vida, pero todos sus amigos sabemos que su verdadera intención era sentarse en la enorme roca granítica que dominaba la postura, contemplar el paisaje, sacar de la cartera la foto que siempre llevaba de ella, besarla, y descerrajarse un tiro.