Hemeroteca :: 01/11/2007
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Reportajes

Caza menor

Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1
La caza al salto y en mano de perdices silvestres requiere técnica, conocimiento del medio y de la especie y buena forma física. Y resumiendo, tanto en una como en otra modalidad, la clave es echar a las perdices de su querencia y cansarlas.
Las perdices silvestres en octubre, caso de que no haga calor, están en unas facultades físicas que no permiten a ningún cazador acercarse a ellas o sorprenderlas sin más. Hay que cansarlas con la cabeza antes que con las piernas y será entonces cuando el cazador consiga tocar pluma, caso de no tener un perro que se adelante y las saque fuera de tiro después de estar cansadas y desperdigadas, claro que un perro de esos no lo tiene jamás un cazador de perdices silvestres. Cazar perdices silvestres al salto no es tarea fácil, pues aún conociendo el terreno son muchos los factores a tener en cuenta tales como el viento, la hora del día, si han comido o están en ayunas, si el suelo está mojado, helado o nevado. Dicho de otra manera, el cazador tiene que empatizar con las perdices de tal manera que adivine lo que van a hacer en todos y cada uno de sus lances que, aunque sean parecidos, todos serán diferentes. Triste es decirlo, pero quien desde niño no haya cepeado, laceado o reclamado perdices; corrido a los pollos o a las adultas con nieve o en la muda, jamás será un buen cazador de perdices silvestres. Para cazar perdices silvestres de verdad, además de tener excelentes facultades físicas, hace falta ser un gran conocedor de la especie para poder prever sus movimientos en todas y cada una de las circunstancias y lugares donde se las cace. Aproximación sigilosa. Viendo o intuyendo dónde se posan y el tiempo que va a tardar el cazador en llegar a ellas, éste sabe cómo les tiene que entrar después de haberse aproximado al bando sin ser visto ni oído. Claro, la aproximación no consiste en ir detrás de ellas en línea recta al punto donde se hayan posado. Ni de hacer el célebre caracol de Ismael Tragacete, que rara vez te lo permiten ellas o las piernas. La aproximación consiste en acercarse a ellas para que salgan a tiro teniendo siempre muy en cuenta que la perdiz no se queda quieta en los tres primeros vuelos a no ser que esté cansada, revolada o haga mucho calor. En mi Castilla (La Vieja) respetábamos muchísimo al cazador que iba detrás de un bando. Yo jamás vi a nadie que se cruzara o le cortara la mano al cazador solitario de perdices. Es más, hasta la cuadrilla de galgos se paraba para no importunar al cazador de perdices de verdad. Al cazador de perdices que iba sólo se le respetaba mucho, pero a una mano en uve o en u no osaban acercarse a ella ni los pastores, cuanto si más cualquier otro cazador. Yo he llamado a alguno la atención por haber cortado una mano y no tienen conciencia de haber hecho mal. Son los nuevos tiempos. Hoy las granjas han prostituido muchos lugares y lo peor es que donde entran dejan de cazar esos cazadores que antaño cazaban solos o en mano perdices silvestres. ¿Pero aún quedan perdices silvestres en España?, se preguntará más de uno. Sí, sin lugar a dudas. Los días 11 y 12 de agosto me he dado una vuelta por Toro (Zamora) y por Medina de Río Seco (Valladolid). Pues bien. Tengo que decirles que he venido impresionado por la plaga de topillos (Microtus arbalis) y por lo bien que han criado las perdices autóctonas a pesar de tan asquerosos y numerosos compañeros. He entrado a polladas con el coche para observar sus reacciones y son las de siempre, saben de sobra que hay que huir de los coches. He comprobado cómo después de levantadas se posan con recelo, observan y caminan agachadas a los perdederos. ¡Qué polladas! Iba por un camino de un pueblo de esos cuyo nombre no recuerdo y en eso que vi una pollada con pollos pequeños todavía. El camino estaba encajonado y pude haberlos cansado y haber cogido alguno para la jaula. Paré y a trancas y barrancas corrí detrás de ellos. La perdiz hembra dio un pequeño y transversal vuelo para llevarme a ella a fin de que dejara en paz a los pollos. No le hice caso y seguí a los pollos. Fue entonces cuando el macho se me volvió y vino a mí enmoñado y con el ala baja a entregarme su vida peleando para que se salvaran sus polluelos. Me ha ocurrido varias veces y en todas ellas se me pasa por la mente dejar la escopeta. ¡Qué gallardía, valentía, que imagen, cuánta belleza plástica! Hace unos años me ocurrió un caso similar con una hembra que se me tiró a la cara como aquellos pollos de antaño cuando entraba uno en corral ajeno. Me di la vuelta despacio y estremecido me subí al coche. Dicen que el macho abandona a la hembra cuando pone sus huevos, y yo, que de niño he cogido muchos machos engüerando alternándose con la perdiz, me callo y pienso en otra cosa. Los habrá que abandonan a la hembra, no digo que no. Pero lo normal es que el macho sea tan o más amante con su prole. Hay parejas de perdices que viven juntas de por vida. Y esas hembras no entran al perdigón enjaulado. Y esas hembras mueren cuando muere el macho y viceversa. Perdices andaluzas. ¡Qué perdices hay en Andalucía! Y gracias a sus cazadores. Yo que presumo de conocer a fondo los nacionalismos, he observado en Andalucía a los mayores nacionalistas de nuestro Ruedo Ibérico. Sin alardes, sin aspavientos, sin publicaciones, sin banderones, sin desprecios al prójimo, sin nada de todo eso, he visto gente que con más privaciones que aliento conservan las fincas de sus antepasados y no dejan que se altere ni una brizna de hierba, cuanto más la sacrosanta perdiz autóctona. Me da lo mismo que sean carboneros que propietarios de un cortijo. En los cortijos de esa gente hay perdices de las de siempre. Gente como Antonio el de la Pescueza –Pescuezo–, carbonero de Almonte (Huelva). Resumiendo, a pesar de las granjas, Andalucía sigue siendo el paraíso de la perdiz de verdad. De La Mancha no les voy a hablar. Habrá fincas con mucha densidad de perdices silvestres, pero ni di con ellas ni me dieron razón de dónde están. Y las que vi, tenían menos perdices autóctonas que el coto de Hortigüela (Burgos) donde Lesmes Peña, expresidente de la RFEC, y sus hijos se han empeñado en que no se eche ni una sola perdiz de granja y si no hay que cazar, pues no se caza. Bueno es Lesmes, un castellano honrado, honesto, recio y recto de verdad. Solo y al salto. Para ir a perdices al salto o en mano hay que madrugar mucho y dirigirse al sitio donde duermen, lugar éste que para desgracia de ellas y alegría del furtivo –ya quedan pocos– es muy evidente por las cagadas que dejan en él. Hay que entrarles a contraviento y despacio. Bueno, hay que entrarles de forma que las saquemos pronto de su terreno. Las perdices fuera de su terreno son tontorronas. No se levantan a muestra de perro como vemos en los documentales televisivos, pero se juegan la vida antes que salir del área que ellas conocen y entrándoles de forma que las podamos seguir alejando de sus querencias, muchas de ellas “caerán”, a no ser que nos acompañe un perro que nos las saque fuera de tiro o que venga alguien a cortarnos la mano. Ante la duda quédense quietos, pues a un cazador castellano, si le estropean la mano, lo mismo les acaricia el morro sin mediar palabra y luego nadie le quitará la razón. A veces veo a ¿cazadores? delante o a la espera de manos y se me parte el corazón. Y lo peor del caso es que no tienen conciencia del “pecado mortal” que están cometiendo. Quien siga a las perdices en recta es un memo que no las ha cazado jamás. Hay que seguirlas a cubierto a sabiendas de que habrá momentos en los que ellas nos verán y en los que nosotros las veremos a ellas, pero con la ventaja para las perdices de que ellas –queramos o no– nos sentirán cuando estemos cerca. Ellas variarán el rumbo y nosotros las seguiremos para que vayan donde nosotros queremos que vayan, jamás nos dejaremos llevar. Hay que cansarlas. La perdiz se cansa antes con la pata que con el ala. Si a una perdiz –o bando– la hacemos andar, la estamos cansando y en ocasiones se “acucará” exhausta sin ni siquiera haber dado un vuelo. A las perdices silvestres hay que entrarles para que en función del viento, de la topografía del terreno, de la vegetación, etc. etc. las empujemos a volar fuera de tiro para irlas –insisto– sacando de su territorio. Sacarlas fuera de su territorio es fundamental para cazar perdices silvestres. Esto es difícil en tierra quebrada, pero no hay otra manera de acercarse a ellas. En las muchas llanuras de España, la cosa es diferente. Se las tiene a la vista incluso antes de que se levanten. Ellas se posan y corren o corren sin levantar. El cazador para sacarlas de la querencia camina acercándose por el lado donde ellas apeonan. Enderezan y el cazador se corre a contramano. Corren. Se paran. Se “acucan”. Andan. Ellas no pierden de vista al cazador y el cazador no las pierde de vista a ellas jamás. Como puedan, y casi siempre pueden, huirán corriendo o volando protegidas de la vista del cazador por un majuelo, por un linderón o por un desnivel del terreno. Ellas saben que se las persigue y el cazador sabe que está siendo observado. Se trata de ver quién engaña a quién y, mientras tanto, se van desperdigando. Es erróneo pensar que las primeras que se desperdigan son las más flojas. No, son las más fuertes y lo hacen casi a tiro a fin de que fijemos su atención en ellas y dejemos al bando en paz, que raudo y veloz volverá a su querencia. No nos extrañemos de esto. ¿Qué hace una pata cuando tiene patitos? ¿Cómo se tira del nido la torcaz cuando tiene pichones e incluso huevos? Todos los animales ponen en juego su vida por la de sus pequeñuelos o compañeros de banda. Cuando el machorro o la hembra de perdiz silvestre se desbanda para que el cazador que sigue al bando vaya detrás de ella o de él, hay cazadores bravos de ésos a los que no les importa la percha y entran al desafío a sabiendas de que las posibilidades de captura son escasas, pero eso es caza de verdad. Si se sabe de perdices silvestres –qué las otras también tienen su ciencia, para qué lo voy a negar– y se tienen energías suficientes, se va a por el macho o a por la hembra fuerte que dejará al cazador exhausto y a punto de desfallecer, aunque antes habrán entablado un juego de astucia contra astucia en el que rara vez gana el de la escopeta. Una vez perdida la querencia a fuerza de acoso con sapiencia, la perdiz vuela por instinto y hasta se acuca en un barbecho y no se levanta ni pisándola. Es entonces cuando hay que tirar de perro, pero rara vez una perdiz de éstas aguantará la muestra y cuando sepa que el perro la ha visto o venteado, saldrá bufando rasera o al alto, lo mismo me da. ¿Se imaginan en estos lances a un perro de esos de concurso manejado a golpe de pito y a un kilómetro de distancia? No se me enfaden, estoy escribiendo de cazar perdices silvestres, nada más. El perro siempre tiene que caminar a los pies del amo y en estos lances el cazador tiene que tener la suficiente inteligencia como para dejar que tome la iniciativa el can, y a veces ni por esas, pues como pueda cubrirse la perdiz habrá dado un pequeño vuelo y se habrá quedado quieta en el cárcavo de una finca e incluso debajo de una alcantarilla. Yo las he visto hasta meterse en los montones de paja empacada apeonando a sabiendas de que dentro siempre estará el zorrazo criminal. Se me cae el alma a los pies y siempre me callo cuando me cuentan que vienen de cazar perdices de tal o cual sitio y que han matado no sé cuantas a perro puesto. Eso no es cazar perdices silvestres. Eso es cazar aves de granja; y si les gusta a muchos, pues habrá que habilitar más cotos intensivos. Perdices en mano. Para cazar perdices en mano burgalesa –en forma de uve– o en mano española –en forma de u–, no hace falta ser tan conocedor de la especie y de la topografía del terreno como requiere la práctica de la caza solitaria, si bien es cierto que el jefe de mano debe de ser tan experto perdiguero o más que el cazador solitario, pues además de tener los conocimientos de éste debe saber cómo cazan todos y cada uno de los componentes de la mano y no dejar nada al azar: perros, distancia, recorrido, velocidad, orientación, etcétera. El avance sin perder la forma de la mano y a una velocidad que permita a las perdices silvestres salirse apeonando fuera de la mano, requiere piernas, autoridad del jefe de cuadrilla y canes que no se alarguen y estropeen el trabajo de una modalidad difícil de verdad. Hay que ser hombre templado para ir viendo casi a tiro como se corren las perdices y no variar ni un ápice el recorrido y mucho menos la velocidad. Para cazar perdices en mano hay que ser un gran cazador con piernas, puntería, temple, nada egoísta y muy disciplinado. Si bien es cierto que hoy con los walkie-talkies el jefe de mano tiene mucho terreno andado, no es menos cierto que a los cazadores de mano les gusta llevar encima pocos trastos, utilizar paralelas y saber lo que hay que hacer con el sólo hecho de inmiscuirse en el devenir venatorio de un difícil arte del que pocos hablan porque no dan valor a lo difícil de verdad. El buen jefe de mano con una buena cuadrilla es aquél que cuando llega un extraño nadie sabe quién es el que manda de verdad. La manera de proceder de un extraño en estas lides consiste en ir donde le digan, mirar a derecha e izquierda para equidistar avanzando siempre con los de la mano sin adelantarse ni atrasarse y sin ser acompañado por un perro corredor de esos que cuando los ven en las revistas los cazadores de perdices salvajes pasan página, callan y miran para otro lado. El jefe de mano. Los hijos de Lesmes Peña Hurtado y muy en especial Daniel, el veterinario de la cuadrilla, te paran la mano en el momento que se cumple el cupo de capacidad de extracción que ellos tienen calculado. Los jefes de ala o mano suelen ser puristas escépticos sumamente conservacionistas de esos que con la mirada te pueden fulminar. Esa gente parece que no quiere que se abatan perdices salvajes y pocos, muy pocos, son los que cogen en mano querencias fijas o dan contramano. Con esa gente es mejor hablar poco y procurar llevar bien la mano, pero sobre todo preguntar. Qué a nadie le duela preguntar y preguntar. Los jefes de mano o ala, cuando no están en su apogeo, son cazadores normales, pero “metidos en harina” no tienen conocidos, ni amigos o forasteros a los que agasajar. Ellos son cazadores en mano y dan por sabido que quien se mete en tales menesteres tiene que tener la modestia suficiente como para, si no saben, preguntar. Si ven a un cazador que no domina esta modalidad, le situarán al final de la uve sin importarles si avanza, retrocede o se ponen a defecar. Ellos son cazadores en mano y quien no lo sea, pues lo ignoran y a otra cosa, a no ser que tengan en él un interés especial. Vuelvo a insistir en que los jefes de mano son gente muy rara a los que no les gusta que se salgan las perdices silvestres de la mano. Tampoco les gusta que se abatan demasiadas perdices y mucho menos que se dejen alicortas. Es más, cuando se llega al cupo, paran la mano en seco con el walkie-talkie, mandan colgar la escopeta y ordenan que trabajen los perros en busca de las alicortas o muertas y no cobradas, para lo cual se necesitan perros de verdad. Procuro ir siempre a los sitios pagando, pero lo de Lesmes Peña Hurtado, además de una excepción, es un honor que me hace un señor tan principal. Normas para cazar en mano. Yo no conozco ninguna norma escrita ni hablada. La mano se da con una longitud de ala que varía en función del número de componentes. La distancia entre cazador y cazador depende mucho del número de perros que se utilicen, de la vegetación y de la topografía del lugar. En la distancia entre personas siempre hay que cuidar que al avanzar con los perros o sin ellos no quede ninguna perdiz “acucada” detrás de la mano y siempre, repito, siempre, alguna se quedará por muy cerrada que sea la mano y por muy buenos canes que llevemos. La perdiz sabe que cuando se aproxima gente a ella en tales circunstancias no es para verla volar. La perdiz, al oír pasos detrás de ella, correrá y correrá para levantarse en los lugares donde se interponga un mato o algo entre ella y el cazador, por eso los perros tienen que ser capaces de no adelantarse al llevar rastro corto. A veces el perro se quedará de muestra a una perdiz acucada en mitad de la mano, pero no les extrañe que se levante antes de llegar. Si la perdiz silvestre está cansada, desorientada y fuera de su lugar, a veces se “agallina” y se deja acercar bastante, pocas veces, insisto. Si la perdiz se dejara cazar como en los documentales ya no quedarían perdices silvestres. Cuando dos o tres amigos cazan en mano tienen que estar muy bien compenetrados y con todo y con ello siempre habrá algún desencuentro, pero eso es otra manera mixta de cazar –entre la mano y el ojeo– que poco tiene que ver con una mano de verdad. Los tres o cuatro amigos se entienden por gestos y se basan en el conocimiento que los unos tienen de los otros y en la topografía del lugar. De todas las maneras, esta última es una manera noble y muy bonita de cazar, pues a uno solo se la suelen jugar y yendo tres o cuatro amigos se hace más morral. Todo depende de lo que se entienda por cazar.
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