Hemeroteca :: 01/11/2007
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Mi rincón

Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1

Dice el Diccionario de la R.A.E.: patético: que es capaz de agitar y mover el ánimo infundiendo efectos vehementes y con particularidad dolor, tristeza o melancolía. Leído su texto en TROFEO de septiembre considero necesario, señor Castejón, puntualizar algunos extremos de mi artículo de agosto, sobre todo por dejar clara mi estima por los jóvenes monteros de buena voluntad. Porque creo absolutamente encomiable que chicos jóvenes tengan que imponer en su peña montera los usos tradicionales. Por ejemplo, los zahones. En “Mi rincón” de mayo escribí: Algunos, por inercia de toda una vida, seguimos apegados a los zahones. Pero pocos. Tan pocos que una asociación de monteros jóvenes de la Sierra Norte de Sevilla, plausiblemente ansiosos por conservar las formas, ha tenido la ocurrencia de exigir a sus miembros el uso de tan clásica prenda. Señor, Señor. Que haya que exigir llevar zahones en la sierra. Es todo un síntoma. Y a mí eso me parece patético, es decir, me infunde dolor, tristeza y melancolía. Dolor por lo perdido, tristeza por lo que supone que la juventud tenga que adoctrinar a los mayores y melancolía por la fuga de aquellos deliciosos tiempos de la montería española en que todo era como siempre había sido. Eso es lo que yo quiero decir cuando escribo que resulta patético cómo los jóvenes sienten la casi dolorosa necesidad de recuperar los viejos modos. Usted, señor Castejón, según parece, me ha interpretado mal. Debiera, ya que muestra cierta afición a escribir, manejar el diccionario. Podría comprobar que “patético” no es un insulto. Pero, como deben haber notado los lectores al comparar mi artículo con la desmesurada proclama que publica usted en TROFEO de septiembre, cuatro veces más extensa que el texto que la provoca, no tengo más remedio que hacerle algunas precisiones. Y es que usted, señor Castejón, ha aprovechado un fútil pretexto, como fue una reflexión mía más literaria y nostálgica que otra cosa, para formar una zapatiesta. No parece sino que estuviera esperando una ocasión. Los monteros tenemos enfrente ecologetas filosóficos, intelectuales cerriles anticaza, funcionarios que pueden acabar con la montería con sus exigencias higiénicas a las rehalas y una sociedad que ve la caza como una manifestación de sadismo. ¿Por qué no orienta sus fijaciones a luchar contra todo eso en lugar de contra alguien que, al fin y al cabo, está en su bando? Pero, hombre, por Dios, qué cruz. Bueno, a lo que iba con las precisiones a su arrebato: 1º. No sé qué tenga que ver toda esa exhaustiva relación de normas monteras conmigo y mi artículo de julio. Son obviedades, puras verdades de Pero Grullo. Un ¡viva Cartagena! para la galería. 2º Como no podía ser menos, estoy de acuerdo con los párrafos que transcribe del Manifiesto de la Montería, que ya reavivó la exigencia de esa normativa que ahora se reclama. 3º. Me parece muy bien que defienda el fijar las normas de la montería tradicional. Pero todas. Incluidas algunas que echo de menos. Por ejemplo: a) Los perreros, al frente de sus rehalas, deben entrar en la mancha para mover las reses, no con la intención de cazar para sí. b) Como consecuencia, debe evitarse la presencia en la mancha de boxers, dogos argentinos, pit bulls y otros perros de los llamados de agarre que sujetan los marranos en cuanto les hacen cara. Tanto más cuanto que los verracos viejos –y con mejores trofeos– son, precisamente, los que más se atrancan con los perros. c) Los trofeos de las reses cogidas por los perros son propiedad siempre de la casa, no del perrero. Y, en el caso de que la propiedad ceda la montería, de la organización arrendataria. Ésas son, objetivamente, normas de la montería española tradicional silenciadas cuidadosa y deliberadamente por usted. Y tengo yo para mí que ahí es donde está la madre del cordero. Lo que siempre le ha molestado, señor Castejón, es que yo recuerde estas reglas con las que, por lo demás, están de acuerdo dueños de coto y orgánicos que lo que quieren es que se diviertan en los puestos sus invitados o sus clientes. Y eso es así. Y no hay más cera que la que arde ni más toros que los anunciados. Venirme a mí con apartados del Manifiesto de la Montería y con todas esas reglas archisabidas me parece, cuando menos, absolutamente innecesario. Yo sentiría mucho haber parecido en alguna ocasión prepotente en esto del monte. Puede ser efecto de la edad, que produce un cierto paternalismo al escribir para los jóvenes. O del mucho camino andado: estuve por primera vez solo en un paso en 1950. También de la dedicación: entre el CÓRDOBA, TROFEO y otros medios he publicado unos 1.300 artículos. Y doce libros sobre caza, casi siempre sobre montería. Y nadie, en tantos años, me ha acusado de heterodoxia más que usted. Si este expediente me ha hecho en alguna ocasión parecer suficiente, me disculpo. Varias veces he escrito que, cuanto más monteo, más difícil me parece conocer la sierra. Dios me libre de creerme el ayatolá de la montería. De sierra, de verdad, de verdad, los que saben son los serranos. Patético lo mío, dice usted y tiene razón. Es capaz de agitar y mover el ánimo infundiendo efectos vehementes y con particularidad dolor, tristeza o melancolía que, después de toda una vida dedicada a exaltar y defender la montería española, le vengan a uno con estas embajadas. Señor Castejón: a partir de esta respuesta, usted puede atacarme como mejor le parezca; puede reunir más partidarios de su opinión; puede rebuscar argumentos todo lo barrocos que quiera para justificar sus posturas; puede tomarse atribuciones para pedir mi dimisión de lo que usted quiera; puede hacer lo que le dé la gana. Y lo puede hacer impunemente en la seguridad de que no le voy a responder. Tengo muchos años, bien llevados, eso sí, y, a pesar de sus descalificaciones, mucha ilusión por hacer cosas. Por ejemplo, asistir los jueves a las sesiones de la Real Academia de Córdoba a la que he mostrado una imperdonable ingratitud con mi constante ausencia; seguir pintando; preparar con Otero la segunda edición de “La montería”, que queremos sacar enseguida; escribir otra novela... Y, por supuesto, montear todo lo que pueda. Por pura limitación de la naturaleza, no me quedan muchísimos años por delante. Y, de los que me queden, espero que comprenda usted que no quiera perder ni un minuto más en paparruchas como ésta.
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